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La irresponsabilidad homicida de las políticas hacia el coronavirus del gobierno alemán

Cada día mueren de 200 a 300 personas de COVID-19 en Alemania. El número de nuevos contagios registrados a diario es de 300.000. Según el ministro de sanidad Karl Lauterbach, la cifra real es el doble. Desde que empezara la pandemia, el Instituto Robert Koch (RKI) ha registrado 20 millones de contagios. Este triste récord se alcanzó el sábado.

Dos tercios de esos contagios han ocurrido bajo la coalición “semáforo”. Desde que el Partido Socialdemócrata (SPD), los Verdes y los Liberales Demócratas (FDP) asumieran el obierno el 8 de diciembre de 2021, 13 millones de personas se contagiaron, el doble respecto a los que se contagiaron desde que empezara la pandemia. El nuevo gobierno también es responsable de un quinto de las 128.000 muertes en Alemania.

Una mujer pasa por un centro abandonado de tests de coronavirus en Fráncfort, el martes 2 de noviembre de 2021. A pesar de la ola actual de BA.2, Alemania ha eliminado casi todas las medidas de protección. (Foto AP/Michael Probst) [AP Photo/Michael Probst]

¿Y qué está haciendo para contener el desastre? Está aboliendo todas las medidas de protección. Como un bombero que apaga un incendio con gasolina en lugar de agua, está alimentando la pandemia.

La semana pasada, el gobierno aprobó la nueva Ley de Protección del Contagio, que habría que llamar mejor la Ley de Contagio Masivo Deliberado. Elimina casi todas las medidas protectoras anteriores y delega la responsabilidad a los Länder (Estados federales). Aunque estos pueden introducir la obligatoriedad de la mascarilla, reglas de distancia social y medidas semejantes en “puntos calientes”, el umbral para hacerlo excede con mucho los anteriores. La fragmentación de la responsabilidad a los Estados federales se ve más acentuada aún por la fragmentación en distritos.

Las apariciones públicas del ministro Lauterbach (SPD) tienen cada vez más un carácter esquizofrénico. El viernes, apareció en la rueda de prensa del gobierno flanqueado por el jefe del RKI, Lothar Wieler, y la directora del Marburger Bund de los médicos, Susanne Johna, y sonó la alarma.

Desafortunadamente, la situación no era buena, se quejó Lauterbach. Trescientas muertes diarias eran intolerables y tenía que haber reacciones inmediatas y rápidas. Como el gobierno federal tiene las manos atadas, dijo, apeló a que los Estados federales hicieran algo. No bastaba con la esperanza de que bajara el nivel de incidencia con la mejora del tiempo, declaró. Pero el propio Lauterbach es responsable de la ley que le ata las manos al gobierno federal y les quita instrumentos efectivos a los Estados.

El jefe del RKI, Wieler, también hizo hincapié en la naturaleza desesperada de la situación. En una semana, el 3 por ciento de la población había dado positivo, dijo. Más de 4 millones de personas estaban contagiadas actualmente, lo que incrementaba el riesgo de infección. La pandemia estaba lejos de terminarse. “Esta ola no será la última”, advirtió.

La representante de los médicos, Johna, describió la situación catastrófica de los hospitales, tres cuartos de los cuales habían tenido que restringir sus servicios. La razón era la costosa atención de los pacientes de coronavirus y la alta ausencia de médicos y enfermeras que han contraído COVID-19 o que renunciaron a causa de la carga insoportable de trabajo.

Los tres estuvieron de acuerdo en la necesidad de aumentar la cobertura de la vacunación. Pero no queda nada de la campaña de vacunación que la coalición anunció a plena voz cuando asumió. Solo de los particularmente vulnerables mayores de 60, 2,2 millones siguen sin estar vacunados. De la obligatoriedad planificada de la vacuna solo se habla y se habla en comisiones parlamentarias interminables y probablemente nunca entre en vigor.

La irresponsabilidad del gobierno federal tiene su lógica. No se limita a Alemania sino que caracteriza las políticas hacia el coronavirus de casi todos los gobiernos del mundo, con la excepción de China. Han abandonado toda responsabilidad sobre la salud y la vida de su propia población, aunque las consecuencias sociales y sanitarias de la pandemia son devastadoras.

En los dos primeros años, tomando en cuenta la mortalidad excedente, 18 millones de personas en todo el mundo murieron por la pandemia. Es el equivalente aproximado de la cantidad de soldados y civiles que murieron combatiendo durante los cuatro años de la Primera Guerra Mundial. La mayoría de esas muertes se podrían haber evitado con una estrategia consistente de eliminación del COVID. Tras cada muerte quedan aquellos que han perdido un pariente, un amigo, el responsable del sustento, o un hijo.

Todavía no hay estadísticas confiables sobre las consecuencias sanitarias y sociales del COVID de larga duración. Pero numerosos estudios muestran que se lo está subestimando completamente. El WSWS ha advertido repetidamente de este peligro y ha entrevistado a prestigiosos científicos sobre el tema.

Un artículo que apareció en la sección de ciencia de FAZ el 8 de marzo, que daba un panorama del estado actual de la investigación científica, concluye: “Ahora está claro que el covid de larga duración, o —como se lo llama a menudo en términos médicos— ‘postcovid’, es, por toda la dificultad en definir la enfermedad con precisión y estrechar los muchos posibles síntomas así como la heterogeneidad de la duración del padecimiento, virtualmente una herencia masiva de las olas de contagio de coronavirus”.

Según un estudio danés basado en 150.000 encuestados, “más de un tercio de los contagiados todavía se quejaban de por lo menos un problema relacionado con el Covid a seis meses o un año de haberse contagiado, la mitad de ellos informan de agotamiento, problemas de memoria persistentes, y/o grandes dificultades de concentración. Neblina cerebral, ansiedad y otros problemas de salud mental también parecen ser particularmente persistentes”.

Estudios médicos han encontrado que hasta contagios suaves de coronavirus pueden llevar a una reducción en la densidad de la materia gris en el cerebro, enfermedades cardiovasculares severas, y un debilitamiento del sistema inmunitario. Los niños también se ven afectados. Condiciones cardiovasculares como ataques cardíacos, inflamación del corazón, apoplejía, embolias pulmonares, y trombosis de las venas de las piernas a menudo ocurren meses después de la infección.

Un sistema social cuyos estratos gobernantes ni quieren ni pueden proteger la vida y la salud de su población ha perdido toda razón de existir. Hay un vínculo directo entre la crisis profunda y global del capitalismo y las políticas irresponsables hacia el coronavirus que están siendo aplicadas.

La desigualdad social, que viene aumentando desde hace décadas, ha empeorado rápidamente en la pandemia. Aunque —en palabras del primer ministro británico Boris Johnson— “se amontonen los cadáveres”, los precios de las acciones están alcanzando nuevos récords. Los bancos de Wall Street hicieron ganancias récord de $45 mil millones en los primeros tres meses del año pasado. Los 180.000 trabajadores de la industria recibieron una bonificación media anual de $257.500, mientras que un amplio sector de la clase trabajadora estadounidense se hunde en la pobreza.

La situación no es diferente en Alemania y en otros países capitalistas. La orgía de enriquecimiento de una pequeña minoría es mantenida por los bancos centrales, que inyectan enormes sumas en la economía en la forma de compra de bonos y préstamos sin intereses. Esta burbuja especulativa corre el riesgo de estallar si la explotación de la clase trabajadora no es intensificada constantemente. Esta es la principal razón de la eliminación de todas las protecciones contra el coronavirus. La ganancia prima por encima de la vida humana.

La guerra de Ucrania ha agravado más la crisis del capitalismo. El ataque reaccionario de Rusia a Ucrania fue preparado sistemáticamente y provocado deliberadamente por la expansión de la OTAN hacia el este.

El objetivo de la OTAN no es solo la integración de Ucrania en su ámbito de influencia, sino el cambio de régimen en Moscú y la sumisión de Rusia y China, así como el control de sus ricos recursos minerales. La edición de fin de semana de Handelsblatt sacó una imagen de Putin y del líder chino Xi en una mira. Debajo, el titular decía, “La gran batalla por las materias primas”. Continuaba, “La guerra muestra la dependencia de unos pocos países productores. Este es solo el comienzo: China está estableciendo monopolios en todos los materiales importantes —a expensas de la economía alemana”.

La guerra está haciendo de pretexto para una enorme ofensiva para el rearme. El presupuesto militar alemán está siendo triplicado este año desde €50 mil millones a €150 mil millones, cuyo coste va a serle impuesto a la clase trabajadora.

El rumbo bélico, como la imprudente política hacia el coronavirus, es apoyado por todos los partidos —desde el ultraderechista Alternativa para Alemania (AfD) hasta el partido La Izquierda. Las demandas de los negacionistas ultraderechistas del coronavirus y los antivacunas que causaron disturbios en las calles el año pasado ahora forman la base de la acción del gobierno.

La ofensiva contra Rusia se caracteriza por el mismo desprecio por la vida humana que la política hacia el coronavirus. Los políticos y los medios ahora discuten abiertamente los pros y los contras de una guerra nuclear que implicaría el fin de la humanidad.

Es típico un comentario del editor de FAZ, Berthold Kohler, quien escribe que la preocupación de que “Putin pudiera utilizar armas biológicas, químicas o incluso nucleares” no se “justifica”. Sin embargo, rechaza considerar cualquier concesión o negociar una solución diplomática. “Aunque Rusia se retirara inmediatamente de Ucrania, no habría un regreso a las relaciones prebélicas para Occidente, ni política ni económicamente”.

Hay que tomarse en serio el peligro de una guerra mundial nuclear. Ante una crisis global del sistema capitalista y duras tensiones de clase —un “punto de inflexión de la historia”, al decir del canciller Olaf Scholz— la clase gobernante alemana otra vez está recurriendo a la guerra y a formas autoritarias de gobierno. Ya demostró hace 80 años, bajo Hitler, de qué acciones desesperadas y de qué crímenes es capaz al hacerlo.

Apelar a la clase gobernante y sus partidos es completamente inútil en estas condiciones. La lucha contra el COVID, contra la guerra y contra los recortes de programas sociales y del salario coinciden de manera necesaria. Esto requiere construir un movimiento independiente de la clase trabajadora internacional que luche por el socialismo.

(Publicado originalmente en inglés el 27 de marzo de 2022)

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