El jueves, el Event Horizon Telescope (EHT) publicó la primera imagen del supermasivo agujero negro Sagitario A* en el centro de nuestra galaxia, la Vía Láctea. Logró detectar uno de los tipos más elusivos de objeto astronómico y culmina más de un siglo de estudios teóricos y experimentales en Astronomía. Los resultados son una muestra brillante de las posibilidades desarrolladas por el trabajo humana y coordinadas sobre una base internacional y científica.
Más de 300 astrónomos y cientos de ingenieros y personal de apoyo de 60 instituciones en 20 países, ubicados en distintas regiones de los siete continentes, realizaron las observaciones, procesaron los datos y dieron mantenimiento a la infraestructura técnica necesaria para una labor tan inmensa. Después de que se hicieron observaciones sobre Sgr A* en 2017, se transportaron miles de terabytes de datos al Haystack Observatory de MIT y el Max Planck Institute of Study para ser procesados y analizados por algunas de las supercomputadoras más poderosas del mundo. Fueron necesarios cinco años de trabajo para caracterizar y entender los resultados.
El resultado inmediato es producto de más de dos décadas de planificación por parte del equipo colaborador, que fue iniciado en 2009 con el objetivo principal de observar los dos mayores agujeros negros en el cielo desde la perspectiva de la Tierra: Sagitario A* y el agujero negro en el centro de la galaxia Messier 87. Para lograrlo, el quipo incorporó radiotelescopios de todo el mundo y combinó sus capacidades de observación para ver por primera vez un conjunto de objetos astronómicos.
Los telescopios que participaron en la captura de los datos necesarios para producir el gráfico final incluyen el Atacama Large Millimeter Array y el Atacama Pathfinder Experiment en Chile, el Heinrich Hertz Submillimeter Telescope en Arizona, el telescopio IRAM 30m en España, el James Clerk Maxwell Telescope y el Submillimeter Array en Hawai, el Large Millimeter Telescope en México y el South Pole Telescope en la Antártida.
El gráfico producido es también un golpe contundente contra todas las formas de pensamiento irracionalista, ya sea el misticismo del oscurantismo religioso o el posmodernismo y su afirmación de que todas las “narrativas” son igualmente válidas. En efecto, existe una realidad objetiva y material, que se rige por leyes físicas cognoscibles.
Se espera que en los próximos meses y años se obtengan resultados más profundos. El EHT finalizó en marzo su última campaña de observación, que incluía tres nuevos telescopios que permitirán obtener imágenes aún mejores. Y ahora que se han recogido y publicado los datos sobre los dos objetivos principales de la colaboración, ésta explorará otras regiones del Universo aún más enigmáticas, en particular los chorros energéticos a escala galáctica producidos por los agujeros negros supermasivos cuando grandes cantidades de gas y polvo fluyen hacia ellos.
Como todo descubrimiento científico, el conjunto EHT es el resultado de más de un siglo de trabajo pionero en astrofísica teórica e ingeniería avanzada. La teoría de la relatividad general de Einstein, en la que se basa la comprensión moderna de los agujeros negros, se desarrolló en 1915. La detección inicial de las radioondas del núcleo galáctico se produjo en la década de 1930 y las técnicas astronómicas necesarias para detectar la materia que entra en espiral en un agujero negro se desarrollaron en la década de 1960. No fue hasta la década de 1980 cuando se planteó por primera vez la hipótesis de que Sgr A* era un agujero negro, y las observaciones realizadas en las décadas de 1990 y 2000 descartaron la gran mayoría de las demás posibilidades.
Al mismo tiempo, la producción de este tipo de imágenes es un proceso inherentemente internacional. Para conseguir la resolución necesaria para ver el agujero negro (en realidad, el gas extremadamente caliente que rodea al objeto invisible), hay que construir y mantener radiotelescopios en los extremos opuestos del globo, convirtiendo así la propia Tierra en una gigantesca antena de radio capaz de detectar señales extraordinariamente débiles.
Estas vastas obras científicas son cada vez más habituales. El Gran Colisionador de Hadrones, la detección de ondas gravitacionales, el experimento IceCube para detectar neutrinos, así como prácticamente todas las misiones espaciales, requieren un esfuerzo internacional para tener éxito. Como ejemplo en sentido contrario, la misión ExoMars de la Agencia Espacial Europea, cuyo lanzamiento estaba previsto para este año, ahora no se lanzará hasta al menos 2028 después de que Rusia retirara su participación en la misión como consecuencia de las sanciones impuestas al país tras ser provocada por EE.UU. y la OTAN a emprender la guerra con Ucrania.
La necesidad de la colaboración internacional fue destacada por Xavier Barcons, director general del Observatorio Europeo Austral, quien dijo en una conferencia de prensa para anunciar los hallazgos que “Este extraordinario resultado no habría sido posible para una sola instalación o incluso por la comunidad astronómica nacional de un solo país. Se necesitaron ocho radioobservatorios en todo el mundo, y esa red ya se ha ampliado a 11 en la actualidad, muchos de ellos construidos, financiados, operados y apoyados a través de organizaciones internacionales en muchos países del mundo”.
A continuación, Barcons se sintió obligado a señalar que el descubrimiento “demuestra lo que podemos conseguir cuando cooperamos, cuando trabajamos juntos. Esto es muy importante de recordar en los tiempos que vivimos, en los que el mundo no va en esa dirección, por desgracia”.
Efectivamente, no. Cabe suponer que Barcons se refería al conflicto en espiral entre la OTAN y Rusia, que amenaza a la humanidad con la aniquilación nuclear. O tal vez a la pandemia de COVID-19, que se calcula que ha matado a 20 millones de personas en todo el mundo y en la que los países ricos han acaparado vacunas y otras terapias.
Barcons también pudo estarse refiriendo a la actual y acelerada catástrofe climática, que los Gobiernos del mundo no han hecho nada por reducir y que amenaza con ahogar las costas del mundo a finales de siglo. Y a pesar de las advertencias durante más de medio siglo sobre el desastre que se avecina, las naciones se han negado sistemáticamente a reducir las emisiones de gases de efecto invernadero en nombre de sus intereses capitalistas nacionales.
Esta situación es producto de relaciones sociales y políticas definidas y de procesos económicos objetivos. Es la división del mundo en Estados nación rivales que compiten en un mercado capitalista global lo que produce tales horrores, por no mencionar la aplastante desigualdad y pobreza a la que se enfrentan miles de millones cada día.
Una colaboración científica seria implica un cierto esfuerzo consciente por parte de los participantes para rechazar los mantras chauvinistas y nacionalistas escupidos por todos los gobiernos, que preferirían ver a estos científicos produciendo armas de destrucción masiva cada vez más terribles que trabajando juntos para entender la naturaleza y nuestro lugar en ella.
Esos mismos gobiernos han supervisado una astronómica redistribución de la riqueza durante la pandemia, entregando billones de dólares a Wall Street y otros mercados financieros, mientras obligan a los trabajadores a volver al trabajo en medio de una pandemia para pagar los rescates. La guerra en Ucrania ha producido escasez de productos de primera necesidad, alimentos y fórmulas para bebés, mientras que la inflación se ha disparado, sumiendo a cada vez más personas en la miseria.
Sin embargo, los grandes logros científicos como la primera imagen de Sagitario A* permiten vislumbrar otra manera de organizar la sociedad. Si los principios de planificación científica y de colaboración internacional que permitieron este triunfo se aplicaran a la sociedad contemporánea, sería posible acabar con la guerra, la pobreza, las enfermedades evitables y todas las demás formas de miseria social.
La clase capitalista ha demostrado que está completamente comprometida con la acumulación continua de ganancias privadas, sin importar las consecuencias para la ecología de la Tierra ni el coste en vidas humanas. Por lo tanto, le corresponde a la clase obrera, la fuerza social objetivamente revolucionaria e internacional de la sociedad, derrocar el capitalismo en su conjunto, allanando el camino para un orden social nuevo y superior, el socialismo.
(Publicado originalmente en inglés el 13 de mayo de 2022)
