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Perspectiva

¡Liberen a Brittney Griner!

Rehén de Putin que Biden utiliza cínicamente

El World Socialist Web Site exige que el Gobierno ruso libere a la estrella de baloncesto Brittney Griner de prisión, anule su sentencia bajo cargos fraudulentos y la salvaje pena de 9 años y medio en una colonial penal emitida el martes, y que se le permita regresar a su hogar y familia en Estados Unidos.

El cargo de tráfico de drogas es una farsa evidente. Griner tenía una cantidad diminuta de aceite de cannabis que le prescribió su doctor para un dolor de espalda causado por jugar un deporte profesional al nivel más alto año tras año. Se le olvidó quitar dos ampollas que pesaban en total 0,7 gramos de su equipaje antes de partir a Moscú y fue arrestada cuando los detectaron en el aeropuerto.

Griner es una atleta con reconocimiento mundial, no una figura política. Pero su arresto, juicio y sentencia fueron una farsa de principio a fin, siguiendo un guion que el exagente del KGB, Vladímir Putin, sin duda aprendió de sus mentores en la policía secreta estalinista, la cual había llevado farsas judiciales y asesinatos masivos de trotskistas, los viejos bolcheviques y otros socialistas dedicados en la década de 1930.

Si bien Putin ha capturado a Griner como una moneda de cambio frente a Washington, el Gobierno de Biden está buscando sacar provecho del caso de Griner para generar apoyo político para la intervención imperialista en la guerra en Ucrania. Nadie puede creer las lágrimas de cocodrilo de la Casa Blanca. Este es un Gobierno que permitió que un millón de estadounidense murieran por la pandemia prevenible del COVID-19 y que está arriesgando una tercera guerra mundial para promover los intereses económicos y estratégicos de la aristocracia financiera.

Griner fue arrestada el 17 de febrero cuando llegó a Rusia para jugar para el equipo profesional UMMC en Ekaterinburgo. (La ciudad es la cuarta más grande de Rusia. Fue nombrada Sverdlovsk durante la era soviética en honor al líder bolchevique Yakov Sverdlov. Después de la restauración del capitalismo, volvió a su nombre zarista en honor a Catalina, la esposa de Pedro el Grande.)

Ha habido poca discusión en la prensa estadounidense sobre por qué Griner viajó a Rusia, un acto que demuestra una considerable independencia apenas una semana antes de la invasión de Ucrania provocada por EE.UU., cuando el Gobierno de Biden instigaba un frenesí militarista y exigía que todos los estadounidenses dejaran Rusia lo antes posible.

Jugaba en Rusia cuando la liga estadounidense WNBA se encontraba fuera de temporada porque los salarios son mucho menores comparado a otros deportes profesionales en EE.UU. Como una de las jugadoras de mayor paga en la WNBA apenas ganaba $200.000 al año. En cambio, el equipo de Ekaterinburgo le pagaba $1 millón por temporada dada la gran popularidad del baloncesto femenino en Rusia y su renombre como una de las jugadoras mejor conocidas y con los mayores logros en el deporte, incluyendo dos medallas de oro olímpicas.

Aparentemente Griner se encariñó con el pueblo ruso y le dijo al tribunal que consideraba Ekaterinburgo “su segundo hogar”. Según un perfil en el Washington Post, “Dijo que la conmovía la camaradería de sus compañeras ahí y el entusiasmo de sus fans, especialmente las jóvenes que esperaban fuera de los vestuarios para saludarla. ‘Es por eso por lo que seguí volviendo,’ dijo”.

Estos sentimientos humanos fueron recompensados por el Gobierno de Putin con un arresto, una farsa judicial y una sentencia barbárica. Por supuesto, estas acciones no tienen nada que ver con el tráfico de drogas. Griner ha sido efectivamente tomada como rehén para las negociaciones reaccionarias entre Moscú y Washington con respecto al intercambio de espías.

Las afirmaciones del Departamento de Estado de que ha ofrecido liberar al traficante de armas ruso Viktor Bout, quien sirve una pena de 25 años de cárcel en EE.UU., a cambio de Griner y Paul Whelan, quien fue arrestado en Moscú por cargos de espionaje en 2018 y sentenciado en 2020 a 16 años de cárcel. El exmarine tiene lazos estrechos con el aparato militar y de inteligencia estadounidense. El viernes, el canciller ruso Serguéi Lavrov confirmó que hay discusiones en marcha para un intercambio como este a través de canales secretos.

Existe un amplio y totalmente justificado sentimiento de simpatía por Griner entre sus compañeras atletas y en la población estadounidense en su conjunto. En el partido del jueves por la noche entre las Phoenix Mercury y las Connecticut Sun, las jugadoras se pusieron de pie, cogidas del brazo, en un círculo en la mitad de la cancha para observar un momento de solidaridad de 42 segundos en honor a Griner, que lleva el número 42 en las Mercury.

Una de las compañeras de equipo de Griner, la base Skylar Diggins-Smith, subrayó que la protesta no tenía nada que ver con la política (es decir, la guerra en Ucrania). “Se trata de un ser humano y de nuestra amiga y hermana en la vida real. ... Nadie quería ni siquiera jugar hoy. ¿Cómo se supone que vas a afrontar el partido con la mente despejada si todo el grupo está llorando antes del partido? Porque tratas de honrarla y tratas de salir y seguir jugando con fuerza por ella”.

La crueldad del régimen de Putin hacia Griner no debería llevar a la clase obrera de Estados Unidos ni de cualquier país a olvidar que el imperialismo estadounidense es la fuerza reaccionaria más poderosa del planeta y la más despiadada. La invasión de Ucrania fue la respuesta desesperada y ruinosa de Putin al cerco de Rusia dirigido por Estados Unidos durante dos décadas, que ha expandido constantemente la OTAN en Europa del este y que culminó con el golpe de Estado dirigido por fascistas en Ucrania en 2014, instigado por el imperialismo estadounidense y alemán.

El Gobierno de Biden ha tratado de utilizar el encarcelamiento de Griner de la manera más cínica, como un elemento adicional en su campaña de propaganda para justificar la intervención militar masiva de EE.UU. en la guerra de Ucrania, incluyendo decenas de miles de millones de dólares en armas, y el despliegue de las fuerzas especiales de EE.UU. para proporcionar inteligencia, selección de objetivos y dirección en el campo de batalla para el ejército ucraniano.

La Casa Blanca emitió una declaración superficial de un párrafo después de la sentencia de Griner, calificándola de “inaceptable” y prometiendo “trabajar incansablemente y buscar todas las vías posibles para traer a Brittney y Paul Whelan a casa sanos y salvos lo antes posible”.

El expresidente Donald Trump denunció de hecho cualquier esfuerzo por liberar a Griner. “Ella sabía que no podía entrar cargada de drogas”, dijo. “La atraparon. Y ahora, se supone que nosotros debemos sacarla”. Este comentario increíblemente soez iba dirigido a los partidarios racistas y fascistas de Trump, que desprecian a Griner por ser una destacada atleta negra y lesbiana y por defender abiertamente los derechos LGBTQ.

En lo que respecta al trato cruel de los presos, Estados Unidos supera con creces a Rusia. Estados Unidos encarcela a más de 2 millones de sus propios ciudadanos, el doble, per cápita, que Rusia. La población carcelaria ha aumentado asombrosamente un 500 por ciento en los últimos 40 años, tanto bajo Gobiernos demócratas como republicanos. Las condenas por drogas representan, con mucho, el mayor número de presos, muchos de ellos, como Griner, condenados sobre la base de inculpaciones y pruebas inventadas por la policía.

En cuanto a las circunstancias en las que se encuentran los presos, las cárceles estadounidenses son famosas por la violencia, las enfermedades y la muerte, así como por el uso generalizado de métodos de tortura como el aislamiento. Hubo titulares sobre el envío de Griner a una “colonia penal”, un destino terrible, sin duda, si se produjera. Pero los medios de comunicación no se preocupan por los cientos de miles de reclusos de las cárceles estadounidenses que trabajan por unos centavos la hora, o que son contratados por empresas para reducir costes, o enviados a carreteras y campos en cuadrillas como esclavos.

A partir de la Administración de Obama, cuando Biden era vicepresidente, el Gobierno de Estados Unidos ha perseguido especialmente a los periodistas y a quienes tratan de denunciar los crímenes del imperialismo estadounidense. La Administración de Obama-Biden persiguió a más denunciantes que todos los Gobiernos anteriores de Estados Unidos juntos, y envió a la soldado del ejército Chelsea Manning a prisión durante siete años por filtrar a WikiLeaks pruebas de las atrocidades de Estados Unidos en Irak y Afganistán.

Fue el vicepresidente Biden quien calificó al fundador de WikiLeaks, Julian Assange, como un “terrorista de alta tecnología”, mientras la Administración de Obama convocaba a un gran jurado secreto en su contra y lo acosaba obligándolo a refugiarse en la Embajada de Ecuador en Londres. Fue la Administración de Trump la que discutió planes para asesinar a Assange, puso micrófonos ocultos en sus reuniones con sus abogados defensores y respaldó la redada de la policía británica que lo sacó de la Embajada y lo puso en la prisión británica más rigurosa.

Ahora es el Gobierno de Biden el que está a punto de conseguir la extradición de Assange a Estados Unidos, donde se enfrentaría a un juicio por 17 cargos falsos de espionaje, lo que podría suponer una condena de 175 años de cárcel en una prisión de máxima seguridad en Colorado.

La clase obrera debe exigir la liberación de todos los presos políticos, ya sea que estén detenidos en una de las mazmorras de Putin, la prisión de Belmarsh apodada la Guantánamo británica, o el vasto gulag estadounidense.

(Artículo publicado originalmente en inglés el 6 de agosto de 2022)

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