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Perspectiva

El Partido Socialista por la Igualdad responde al discurso fascista de Trump ante el Congreso

En Estados Unidos, donde el sistema capitalista bipartidista ha gobernado por 150 años, todos los que se oponen auténticamente a las políticas e intereses de la clase gobernante son privados del derecho a pronunciarse ante el pueblo. No obstante, si el Partido Socialista por la Igualdad tuviera la oportunidad de una respuesta televisada, no solo al discurso del Estado de la Unión de Trump sino también a la respuesta de los demócratas, esto es lo que habríamos dicho

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Buenas noches. El Partido Socialista por la Igualdad agradece esta oportunidad excepcional para presentar nuestra evaluación del Estado de la Unión.

Como representante del PSI, dirijo estas palabras no solo a los trabajadores y jóvenes de Estados Unidos, sino a nuestros hermanos y hermanas de clase en todo el mundo. No son nuestros enemigos. El pueblo trabajador estadounidense se opone y no quiere formar parte de ninguna guerra lanzada por la oligarquía obsesionada con el poder en un intento desesperado por resolver la crisis del sistema capitalista.

Lo que han visto —si es que pudieron soportarlo— ha sido un espectáculo grotesco y degradante. Ahí estaba el propio Trump, profiriendo odio, amenazas y resentimiento durante casi dos horas. En la biografía cinematográfica de Lincoln escrita por Spielberg, hay una escena en la que el gran líder radical, Thaddeus Stevens, reprende a un congresista reaccionario y despreciable. Es, proclama Stevens, “un cadáver moral... más reptil que humano”. Mientras veía a Trump menear la cabeza, lamiéndose los labios de lagarto y repitiendo sus idioteces, me vinieron a la mente las palabras de Stevens.

Y luego estaban los congresistas. Con pocas excepciones, confirman las palabras de otro gran estadounidense, Mark Twain, quien observó: “Probablemente se podría demostrar con hechos y cifras que no existe una clase criminal claramente americana, salvo el Congreso”.

A un lado del pasillo estaba sentado un grupo de fascistas republicanos, que se ponían de pie de un salto y cantaban: “¡USA, USA!” —el equivalente estadounidense de “Sieg Heil ”— cada vez que su Führer se detenía a tomar aliento.

Al otro lado, sentados con las manos cruzadas, los cobardes representantes del falso partido opositor, el Partido Demócrata, soportaron casi dos horas de insultos, abusos e incitaciones abiertas por parte de un hombre que los llamó 'enfermos', 'locos' y 'tramposos' que están 'destruyendo nuestro país'. Al terminar, abandonaron la sala y le entregaron el micrófono a una exagente de la CIA, la gobernadora Abigail Spanberger, quien pronunció una refutación somnífera sobre la 'asequibilidad' y la 'gestión competente'.

Este es el estado de la democracia estadounidense en 2026. Un presidente fascista y una oposición dócil. Una clase dirigente unida en sus principios esenciales —la defensa de las ganancias, la prosecución de la guerra, la represión de la clase trabajadora— y dividida únicamente en cuanto a qué facción gestionará el saqueo.

Nadie en esa cámara te representó anoche.

La lucha contra el fascismo, contra la guerra imperialista, contra la dictadura de la oligarquía multimillonaria, no surgirá de los pasillos de mármol del Capitolio. Surgirá desde abajo: de las fábricas, los almacenes, los hospitales, las escuelas, los barrios donde la clase trabajadora vive y trabaja. Surgirá de la movilización política independiente de la clase trabajadora sobre la base de un programa socialista. O no surgirá en absoluto.

El discurso de Trump fue una sarta de mentiras descaradas. Declaró que la economía está 'en auge como nunca' y que 'los precios se están desplomando'. Se jactó de precios de la gasolina y compromisos de inversión totalmente inventados, y recitó una serie de cifras manipuladas sobre empleos, salarios y aranceles, como si la repetición pudiera convertir la propaganda en realidad. Fue el discurso de un vendedor, pronunciado en nombre de la oligarquía financiera, con el objetivo de ocultar los hechos conocidos por todos los trabajadores: que las necesidades básicas son inasequibles y que la sociedad está siendo saqueada mientras los multimillonarios se atiborran del arca pública.

El presidente —cuyos agentes cometieron el asesinato de Renée Nicole Good y Alex Pretti en Minneapolis, cuya administración justificó los asesinatos, y cuyo vicepresidente declaró que la muerte de Good fue 'una tragedia de su propia creación'— compareció ante el Congreso y no pronunció ni una sola palabra sobre ellos. En cambio, se burló de los demócratas por negarse a ponerse de pie cuando les exigió que afirmaran que 'el primer deber del gobierno estadounidense es proteger a los ciudadanos estadounidenses, no a los inmigrantes ilegales'.

Pronunció una lluvia de mentiras racistas, tildando a la comunidad somalí de Minnesota de 'piratas' que han 'saqueado' decenas de miles de millones de dólares al pueblo estadounidense. Este es el lenguaje que los nazis usaron contra los judíos para sentar las bases del Holocausto. Trump habla de 'corrupción', no en relación con el saqueo diario de Wall Street, los contratistas del Pentágono y los multimillonarios que redactan las leyes, sino para inventar un pretexto para redadas, arrestos masivos y la ocupación federal de ciudades. Amenazó con repetir lo ocurrido en Minneapolis en otros lugares.

Bajo el lema de la 'Ley para Salvar a América', Trump exigió medidas para impedir el voto de 'inmigrantes ilegales y otros' y afirmó, sin la menor prueba, que 'está en marcha un fraude descontrolado'. Esta es una declaración de que cualquier resultado electoral que no sea una victoria republicana es ilegítimo. Es un plan para la supresión del voto, la intimidación y la criminalización de la oposición, mientras Trump se prepara para celebrar las próximas elecciones bajo la mira de un fusil, vigiladas por un Servicio de Inmigración y Control de Aduanas (ICE, por sus siglas en inglés) que exigirá documentos de identidad, como los agentes de la Gestapo en la Alemania nazi.

El discurso de Trump también fue una celebración del gansterismo imperialista y del supuesto 'derecho' del imperialismo estadounidense a invadir, bombardear, asesinar y secuestrar a su antojo. En sus declaraciones, trató la invasión militar de Venezuela —la matanza de civiles y el secuestro de su presidente electo— como un triunfo digno de aplauso. Otorgó una Medalla de Honor a un piloto de helicóptero herido en el ataque y narró la operación con la desenvoltura de quien relata una expedición de caza.

Según los estándares establecidos en los juicios de Núremberg tras la Segunda Guerra Mundial, esto constituye un 'delito contra la paz' ilegal, comparable a los actos que llevaron a los acusados nazis a la horca. Pero para el régimen de Trump, el derecho internacional, la soberanía de las naciones y la prohibición de las guerras de conquista son, como lo expresó el secretario de Estado Marco Rubio, 'abstracciones' que deben ignorarse. Trump se jactó de que Estados Unidos también ha 'dañado gravemente su industria pesquera. Nadie quiere ir a pescar', una referencia sádica y presumida a los asesinatos de pescadores perpetrados en el Caribe y el Pacífico.

Gaza fue borrada de la existencia. La palabra 'Palestina' no apareció en el discurso. Con armas estadounidenses y apoyo político y logístico, decenas de miles de hombres, mujeres y niños han sido asesinados; hospitales destruidos; universidades arrasadas; una población civil sometida a hambruna y bombardeos. Israel continúa realizando ataques aéreos desafiando el alto el fuego que Trump afirma haber negociado. Cientos de personas han muerto desde la supuesta tregua. El genocidio continúa, y el presidente que lo permitió lo ha declarado resuelto.

Trump habló durante más de 90 minutos antes de mencionar a Irán, como si nadie en el país tuviera derecho a saber por qué ni cuándo Estados Unidos planea lanzar una guerra. Y cuando finalmente mencionó a Irán, sus comentarios se limitaron a unas pocas frases que no explicaban nada, durante el mayor despliegue militar estadounidense en Oriente Próximo desde 2003.

Los archivos de Epstein —una auténtica lista de las figuras más conocidas de la clase dominante estadounidense e internacional— no fueron mencionados. A pesar de la publicación de más de tres millones de páginas de documentos que exponen el universo social degenerado de la oligarquía capitalista estadounidense e internacional —los multimillonarios, políticos, intelectuales, ejecutivos tecnológicos y la realeza que circulan en la órbita de un traficante sexual infantil convicto—, el presidente, cuya íntima relación de décadas con Epstein está documentada en fotografías, bitácoras de vuelo y testimonios de testigos, no dijo nada. El día del discurso de Trump, una investigación de NPR informó que el Departamento de Justicia había eliminado o retenido registros relacionados con Epstein que hacen referencia a acusaciones que involucran a Trump, lo que subraya el encubrimiento continuo por parte del aparato estatal.

Los archivos de Epstein exponen a una clase dirigente compuesta por degenerados. Ninguno de los partidos quiere que se hable de ellos porque ambos están implicados: Clinton y Trump, Summers y Bannon, académicos liberales y agentes fascistas.

Y ahora llegamos a los demócratas. El Partido Demócrata no es un partido de oposición. Es un partido de la clase dominante estadounidense. Su función es absorber y neutralizar la oposición social, bloquear el movimiento político independiente de la clase trabajadora y garantizar que ningún desafío al capitalismo surja desde abajo.

La respuesta oficial del partido no la dio un senador ni un congresista, sino la gobernadora de Virginia, Abigail Spanberger. Manteniendo siempre abiertas sus opciones, ni Bernie Sanders ni Alexandria Ocasio-Cortez insistieron en dar la respuesta del Partido Demócrata a Trump.

Como era de esperar, los demócratas presentaron a una exagente de la CIA que, al invocar sus credenciales de la agencia de inteligencia, advirtió que Trump estaba 'cediendo poder económico y fuerza tecnológica a China' y 'doblegándose ante un dictador ruso'. El mensaje no iba dirigido a la clase trabajadora, sino a la clase dominante: somos confiables, somos serios, podemos dirigir el imperio con mayor competencia y menos vergüenza pública.

Lo que Spanberger no dijo es una autoacusación. No exigió la abolición de ICE. No mencionó a Renée Good ni a Alex Pretti. No denunció la invasión de Venezuela ni el genocidio en Gaza. No cuestionó el presupuesto militar de un billón de dólares ni el ataque a los programas sociales.

Los demócratas no se oponen a la maquinaria de represión y guerra. Solo se oponen a la crudeza con la que Trump la opera.

Para instaurar una dictadura, Trump no necesita aplastar físicamente a los políticos demócratas. Cabe destacar que, cuando un congresista demócrata, Al Green, levantó un cartel denunciando el racismo de Trump, el personal de seguridad lo sacó a rastras de la cámara sin ninguna objeción de sus compañeros de partido.

Los demócratas temen que si hacen algo que socave los procedimientos obsoletos del decoro del Congreso, alentarán la oposición popular y la acción masiva de la clase trabajadora que no pueden controlar y que resultará una amenaza para el sistema capitalista.

La clase trabajadora debe hablar por sí misma

La gobernadora Spanberger comenzó sus comentarios afirmando que Estados Unidos se basaba en la idea de que la gente podía “unirse para exigir mejores resultados de su gobierno”.

Eso es falso. Thomas Jefferson, ningún cobarde, escribió que, ante un gobierno opresivo, “es derecho del pueblo alterarlo o abolirlo e instaurar un nuevo gobierno”. Los Fundadores no “exigieron algo mejor” al rey Jorge III. Declararon la independencia y libraron una guerra revolucionaria de ocho años. Esa es la tradición que debería inspirar a la clase trabajadora hoy.

Doscientos cincuenta años después, la exigencia de la clase trabajadora no debe ser que Trump o los demócratas “lo hagan mejor”. Ha llegado el momento de romper con la política del autoengaño.

La lección central del espectáculo de anoche es que la clase trabajadora no tiene voz en el sistema político del capitalismo estadounidense. Ningún partido representa sus intereses. Ningún partido defenderá sus derechos. Todo el entramado de la política oficial existe para impedir que la clase trabajadora se reconozca como clase, se organice de forma independiente y luche por sus propios intereses contra la clase que la explota.

Esto debe cambiar. La clase trabajadora debe hablar por sí misma.

El Partido Socialista por la Igualdad pide:

La abolición de ICE y de todo el aparato de terror migratorio. Los trabajadores inmigrantes no son enemigos de la clase trabajadora estadounidense. Forman parte de la clase trabajadora internacional. Convertir a los inmigrantes en chivos expiatorios es el arma más antigua del arsenal de la clase dominante: la promoción deliberada de divisiones raciales y nacionales para impedir la unidad de los explotados contra los explotadores. Exigimos plenos derechos de ciudadanía para todos los inmigrantes.

Los asesinatos de Renée Good y Alex Pretti deben ser investigados de forma independiente por comités de la clase trabajadora. Los responsables, desde los agentes que apretaron el gatillo hasta los funcionarios que dieron las órdenes, deben ser llevados ante la justicia.

Cese inmediato de todas las operaciones militares imperialistas. Retirada de todos los soldados de Oriente Próximo. Fin del bloqueo a Cuba. Fin de la ocupación de Venezuela. Detener los preparativos de guerra contra Irán. Ni un dólar, ni una vida para los intereses depredadores del imperialismo estadounidense. El presupuesto militar de un billón de dólares debe reorientarse para satisfacer las necesidades sociales de la clase trabajadora: salud, vivienda, educación, infraestructura.

La expropiación de la oligarquía. La concentración de 7,8 billones de dólares en manos de 905 multimillonarios, mientras millones carecen de atención médica, vivienda y alimentos, expresa la lógica del sistema capitalista. Los bancos, las grandes corporaciones, los fondos de cobertura y los monopolios tecnológicos deben ser puestos bajo propiedad pública y control democrático por la clase trabajadora. Las fortunas obscenas de la oligarquía —acumuladas mediante la explotación, la especulación, el fraude y el empobrecimiento de la mayoría— deben ser expropiadas y utilizadas para financiar una expansión masiva de los programas sociales.

La reversión de todos los recortes a los programas sociales y el establecimiento de derechos sociales. Recuperar cada dólar robado de Medicaid. Restablecer la elegibilidad para los cupones de alimentos. Garantizar la sauld universal, la educación pública gratuita hasta la universidad, viviendas asequibles y una jubilación segura para todos los trabajadores. Estas no son demandas utópicas. La riqueza existe, creada por el trabajo de la clase trabajadora, pero ahora está acaparada por la clase dominante. La tarea es recuperarla.

La creación de comités de base en cada fábrica, lugar de trabajo y barrio. El aparato sindical, transformado hace tiempo en apéndices de la dirección corporativa, no liderará esta lucha. Sus intereses institucionales están ligados a la preservación del mismo sistema que está destruyendo a la clase trabajadora. Los trabajadores deben organizarse de forma independiente, a través de comités de base elegidos democráticamente que respondan a nadie más que los propios trabajadores. Estos comités deben estar conectados entre industrias, estados y fronteras nacionales, a través de la Alianza Internacional Obrera de Comités de Base (AIO-CB), el marco organizativo para la unificación de las luchas de la clase obrera internacional.

La preparación de las condiciones para una huelga general. La crisis de la democracia estadounidense no puede resolverse mediante las urnas de un sistema político amañado, controlado por dos partidos capitalistas, ambos financiados por los mismos oligarcas. El poder de la clase trabajadora reside en su trabajo: en su capacidad colectiva para detener la producción, detener el flujo de ganancias y paralizar la maquinaria de explotación. La huelga general política es un arma poderosa de la clase trabajadora, y las condiciones para su uso se están desarrollando rápidamente. La tarea es sentar las bases organizativas y políticas ahora.

La unidad internacional de la clase obrera. La clase obrera es una clase internacional. El capital opera globalmente; la clase obrera debe organizarse globalmente. Las mismas corporaciones que explotan a los trabajadores en Detroit explotan a los trabajadores en Monterrey, Shenzhen, Daca y Berlín. El mismo sistema imperialista que libra guerras en Oriente Próximo empobrece a los trabajadores de todos los continentes. La lucha contra Trump y la oligarquía estadounidense es inseparable de la lucha de los trabajadores de todos los países contra el sistema capitalista mundial. Divisiones nacionales, raciales, étnicas y religiosas: todas son armas de la clase dominante, desplegadas para impedir lo que más teme: la unidad de los explotados.

La crisis de la clase obrera es, en última instancia, una crisis de liderazgo revolucionario. Las condiciones objetivas para un movimiento de masas de la clase obrera no solo están presentes, sino que se intensifican a una velocidad que asombra incluso a quienes las anticipaban desde hace tiempo. Lo que falta es una dirección política consciente que pueda transformar la creciente ira, la creciente resistencia y el creciente reconocimiento de que el sistema mismo está roto, a través de un movimiento unificado para la transformación socialista de la sociedad.

En 1775, Tom Paine proclamó en el inmortal panfleto Sentido común, que inspiró la Revolución estadounidense: “Tenemos el poder de comenzar el mundo de nuevo”.

El nuevo mundo será socialista. El poder que lo construirá es la clase obrera.

(Artículo publicado originalmente en inglés el 25 de febrero de 2026)

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