Según un informe publicado el miércoles por USA Today , el Pentágono está planeando una operación militar en Cuba para derrocar al gobierno castrista de La Habana.
Fuentes familiarizadas con las conversaciones informaron al periódico que la Casa Blanca ha emitido una orden directa para intensificar los preparativos para una acción contra la isla, lo que supone una peligrosa escalada en la larga campaña de Washington para afirmar su dominación colonial en todo el hemisferio.
Estos preparativos se producen tras una serie de amenazas cada vez más explícitas de Donald Trump. El 13 de abril, en la Casa Blanca, junto a una mujer que llevaba una camiseta con la inscripción 'Abuela de DoorDash', una plataforma de entregas a domicilio, Trump dijo como un gánster que Estados Unidos 'podría hacer una parada en Cuba' tras concluir su guerra de agresión contra Irán. Dos semanas antes, había afirmado de forma similar que 'Cuba será la próxima' en ser intervenida militarmente.
Estas declaraciones no son mera retórica. Son la expresión pública de planes de guerra avanzados. El mismo gobierno que aparenta alternar entre intensificar y desescalar su guerra contra Irán, en realidad utiliza las negociaciones como una tapadera táctica.
En el caso de Irán, las maniobras diplomáticas permiten ganar tiempo para movilizar los recursos necesarios para la siguiente fase de las operaciones estadounidenses: asegurar el control del estrecho de Ormuz y las vastas reservas de petróleo y gas de Irán, por cualquier medio necesario, incluida la amenaza abierta de aniquilar toda la sociedad iraní.
Una estrategia similar parece estar desarrollándose en Cuba. Los contactos limitados con la familia Castro, junto con concesiones cuidadosamente calibradas —como la decisión de permitir que un solo petrolero ruso atracara con un suministro máximo para dos semanas— podrían dar paso repentinamente a una devastadora intervención militar contra un país de aproximadamente 8 millones de habitantes cuya economía y fuerzas armadas están en devastadoras condiciones.
La situación humanitaria en Cuba es catastrófica. Décadas del bloqueo económico estadounidense, que equivale a un genocidio —intensificado por el embargo petrolero desde enero—, han provocado apagones diarios que duran horas, además de una grave escasez de agua potable, alimentos y suministros médicos. La economía prácticamente se ha paralizado, y los trabajadores a menudo no pueden acudir a sus puestos de trabajo por falta de transporte, electricidad o artículos de primera necesidad.
A nivel internacional, las tensiones van en aumento. El ministro de Asuntos Exteriores ruso, Serguéi Lavrov, declaró durante una visita a China que Moscú continuaría prestando asistencia a Cuba y expresó su esperanza de que Estados Unidos no volviera a la era de las “guerras coloniales”. El petrolero ruso Universal navega actualmente por el Atlántico Norte y se espera que llegue a Cuba en aproximadamente 15 días. Los analistas lo han identificado como el próximo envío de combustible a la isla.
Por su parte, Washington ha indicado que dichos envíos solo se permitirán 'caso por caso', lo que supone otra medida de presión.
Estados Unidos ya está profundamente involucrado en 'guerras coloniales'. El Pentágono ha desplegado 10.000 soldados adicionales en Oriente Próximo y ha redesplegado el portaaviones USS George H.W. Bush y su grupo de ataque desde el Caribe a esa región.
Este redespliegue se produce tras la finalización de las operaciones en Venezuela, donde Washington orquestó la captura del presidente Nicolás Maduro y la instauración de un régimen títere que ahora entrega el control de las vastas reservas petrolíferas del país —las mayores del mundo—, así como recursos minerales clave, a corporaciones estadounidenses.
La operación planificada para el cambio de régimen en Cuba debe entenderse como parte de esta ofensiva geopolítica más amplia. Al igual que las intervenciones en Venezuela e Irán, busca asegurar recursos estratégicos y rutas comerciales, a la vez que contrarresta la creciente influencia de China en energía e infraestructura.
Estos objetivos se ven reforzados por un patrón de escalada de violencia en toda la región, incluyendo ataques casi diarios a embarcaciones en el Pacífico Oriental y el Caribe. Estas operaciones, llevadas a cabo bajo el pretexto de combatir el narcotráfico, han causado la muerte de al menos 178 pescadores desde septiembre, sin que se haya presentado ninguna prueba de actividad criminal.
Cuba ocupa una posición de inmensa importancia estratégica para el imperialismo estadounidense. Su proximidad a Florida, su control sobre rutas marítimas clave del Caribe y su potencial como base militar contribuyen a su relevancia. Washington ha invocado repetidamente las acusaciones de que China y Rusia mantienen instalaciones de inteligencia de señales en la isla para justificar su postura agresiva.
La Orden Ejecutiva 14380 de Trump, emitida en enero de 2026, declaró un estado de emergencia nacional en Cuba y amenazó con imponer aranceles punitivos a cualquier país que le suministrara petróleo. Esta medida obligó a México, principal proveedor de Cuba tras la intervención estadounidense que interrumpió las exportaciones venezolanas, a suspender los envíos.
La ofensiva actual está plasmada en lo que se ha denominado el “Corolario Trump” de la Doctrina Monroe, descrita en la Estrategia de Seguridad Nacional de 2025. Esta doctrina reafirma el dominio estadounidense sobre el hemisferio occidental al negar a las potencias rivales el acceso a “activos estratégicamente vitales”, incluidos puertos, bases militares y recursos naturales.
Enmarcada en términos abiertamente expansionistas —similares a la 'Gran Alemania' de Hitler—, la administración ha impulsado el concepto de una 'Gran Norteamérica', que se extendería desde Groenlandia hasta el ecuador mediante un programa de recolonización.
El objetivo no es simplemente el control geopolítico, sino el desmantelamiento de todos los logros sociales asociados a las luchas de la clase trabajadora y de liberación nacional del siglo XX, incluida la Revolución cubana de 1959, que condujo a vastas nacionalizaciones y a derechos sociales y laborales básicos.
Un informe publicado el lunes por el Wall Street Journal detalla las conversaciones secretas entre funcionarios estadounidenses y familiares de Raúl Castro, hermano del fallecido Fidel Castro y presidente hasta 2018. Su hijo, Alejandro Castro Espín, y su nieto, Raúl Rodríguez Castro, participaron en las conversaciones con representantes estadounidenses.
Rodríguez Castro, conocido como “el Cangrejo”, ha sido filmado disfrutando de un estilo de vida ostentoso, que incluye fiestas en yates y apariciones en clubes nocturnos de Miami. Según se informa, ahora frecuenta los círculos diplomáticos y empresariales de élite en Europa.
Alejandro Castro Espín, general del Ministerio del Interior, desempeñó un papel fundamental en la negociación del restablecimiento de las relaciones diplomáticas con Estados Unidos durante la administración Obama en 2015. Ha seguido buscando contacto con funcionarios estadounidenses, quienes lo han descrito como 'no ideológico' y 'pragmático'.
Otra figura, el sobrino nieto de Raúl Castro, Óscar Pérez-Oliva, ha ascendido rápidamente en la política y es considerado por muchos como un posible sucesor del presidente Miguel Díaz-Canel. Actualmente como viceprimer ministro y ministro de Comercio Exterior e Inversiones, Pérez-Oliva ha buscado abiertamente la captación de capital extranjero, declarando en una entrevista televisiva en Estados Unidos que 'Cuba está abierta a los negocios'.
Estas cifras están estrechamente vinculadas a GAESA, un vasto conglomerado controlado por los militares que domina los sectores más rentables de la economía cubana, incluyendo el turismo, el cambio de divisas y la distribución de combustible. Los observadores estiman que GAESA controla más del 40 por ciento de la economía nacional.
Junto a ellos se encuentra una generación más joven, ejemplificada por el nieto de Fidel Castro, Sandro Castro, un influencer que presume coches de lujo y ha declarado abiertamente que los cubanos quieren el capitalismo.
El significado política del carácter social de la familia Castro y del Estado cubano es evidente. No representa, ni siquiera de forma distorsionada o burocrática, a la clase obrera cubana. Constituye una élite gobernante privilegiada, integrada en redes capitalistas globales y preocupada, ante todo, por preservar su riqueza y privilegios bajo cualquier sistema político que surja. Su disposición a negociar con el imperialismo estadounidense subraya su carácter fundamentalmente contrarrevolucionario.
El régimen cubano ya ha implementado medidas radicales para abrir la economía a la inversión extranjera y ha cortejado activamente a los exiliados cubanos adinerados en Miami, precisamente los estratos sociales que históricamente han apoyado los ataques terroristas y los intentos de golpe de Estado contra la isla.
En este contexto, el papel que siguen desempeñando las organizaciones pseudoizquierdistas a la hora de caracterizar erróneamente el régimen y, por ende, las acciones del imperialismo estadounidense, resulta particularmente pernicioso. El grupo morenista Left Voice, afiliado a la denominada Corriente Revolución Permanente, afirma que el gobierno cubano sigue siendo un Estado obrero burocrático que conserva un “carácter socialista” y que solo necesita la presión de la clase trabajadora para adoptar políticas más democráticas. Advierte de una “restauración capitalista” sin una mayor participación de las masas, fomentando así la ilusión de que el régimen actual puede reformarse en una dirección progresista.
En Estados Unidos, Left Voice aboga por la oposición a las políticas de Washington mediante llamamientos a burócratas sindicales y redes activistas dominadas por el Partido Demócrata. Estas propuestas no buscan movilizar a la clase trabajadora de forma independiente, sino subordinarla a las mismas instituciones del Estado capitalista responsables de la agresión imperialista.
Esto refleja el papel que desempeñaron las tendencias revisionistas en la década de 1960, que aclamaron el movimiento de Fidel Castro como modelo de revolución socialista y denunciaron al Comité Internacional de la Cuarta Internacional (CICI) como “ultraizquierdista” y “sectario” por rechazar esta caracterización. El Partido Socialista de los Trabajadores (SWP) de EE.UU., liderado por Joseph Hansen, promovió la revolución cubana como la “prueba de fuego” para el trotskismo, argumentando que un movimiento guerrillero pequeñoburgués había establecido un Estado obrero.
En oposición, la Liga Socialista Obrera (SLL), la sección británica del CICI, defendió los principios fundamentales del marxismo. Insistió en que el liderazgo revolucionario consciente de la clase trabajadora es indispensable, que Cuba representaba una confirmación negativa de la Teoría de la Revolución Permanente y que el empirismo de Hansen equivalía a una adaptación a las fuerzas burguesas y no proletarias.
Hoy, mientras Estados Unidos se prepara para una nueva guerra colonial contra Cuba, estas lecciones cobran una relevancia urgente. Pronto Trump hablará de convertir a Cuba en el estado número 52, tras haber propuesto ya la anexión de Venezuela como el número 51. Es fundamental comprender las implicaciones de esta guerra en toda su trascendencia histórica y política.
Para Lenin, la cuestión central de la Primera Guerra Mundial no radicaba simplemente en la denuncia de las políticas imperialistas, sino en la transformación de la guerra imperialista en una lucha revolucionaria de la clase obrera contra su propia clase dominante. Esto requería una lucha implacable contra el oportunismo y el chovinismo dentro del movimiento obrero.
Hoy, ninguna otra tendencia, salvo el CICI, plantea la necesidad de construir un liderazgo revolucionario independiente capaz de unificar las luchas de los trabajadores en todo el hemisferio. La crisis de Cuba subraya la necesidad de una lucha consciente por el socialismo como único medio para frenar la deriva hacia una guerra mundial imperialista y una dictadura.
(Artículo publicado originalmente en inglés el 17 de abril de 2026)
