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Perspectiva

Alemania cita al embajador ruso e intensifica la confrontación con Moscú

El gobierno alemán convocó el lunes al embajador ruso en Berlín, elevando así la confrontación con Moscú a un nuevo nivel. El Ministerio de Asuntos Exteriores justificó la medida alegando “amenazas directas de Rusia contra objetivos en Alemania” destinadas a “debilitar nuestro apoyo a Ucrania”. La respuesta de Berlín, según declaró, fue “clara”: Alemania “no se dejará intimidar”.

Según informes, el Ministerio de Defensa ruso publicó la semana pasada las direcciones de empresas armamentísticas con sede en Alemania. Esto fue una reacción al anuncio del gobierno alemán de que suministraría nuevos drones y armas de largo alcance a Ucrania, o que los fabricaría allí en cooperación con fabricantes de armas alemanes.

En otras palabras: el gobierno alemán está respondiendo a las advertencias rusas de que, en caso de nuevos ataques ucranianos contra territorio ruso instigados por Alemania, Moscú podría atacar instalaciones militares alemanas, y está respondiendo con una mayor escalada. La convocatoria del embajador ruso tiene como objetivo deteriorar aún más las ya maltrechas relaciones y preparar la transición a una confrontación militar abierta.

La convocatoria de un embajador es una de las acciones más conflictivas en la diplomacia. En una situación en la que Alemania ya desempeña un papel central en la guerra indirecta de la OTAN contra Rusia en Ucrania, constituye una señal política de gran importancia. No representa un diálogo, sino su ruptura sistemática. La convocatoria es un presagio de medidas posteriores, que podrían llegar incluso a la ruptura total de las relaciones diplomáticas.

El ministro de Asuntos Exteriores de Alemania, Johann Wadephul, habla con los medios de comunicación en Luxemburgo, el 21 de abril de 2026. [AP Photo/Virginia Mayo]

Cabe aclarar que, casi 85 años después de la invasión de la Unión Soviética por el régimen nazi, Alemania se encuentra nuevamente, de facto, en guerra con Rusia. Esta situación no tiene nada que ver con la defensa de la “libertad” y la “democracia” frente a un “agresor ruso”, como pretende la propaganda oficial. Es el resultado de una política a largo plazo impulsada por la clase dominante, que está imponiendo sus intereses imperialistas con creciente agresividad.

A principios de 2014, Berlín, en estrecha alianza con Estados Unidos, organizó un golpe de Estado en Kiev y, apoyándose en fuerzas fascistas, instauró un régimen prooccidental. Este régimen intensificó la confrontación con Rusia y, en estrecha coordinación con la OTAN, provocó la invasión rusa en febrero de 2022. Desde entonces, las potencias de la OTAN han alimentado continuamente la guerra contra Rusia en Ucrania y han dejado claro que no buscan una solución diplomática, sino la capitulación militar de Moscú.

La visita del presidente ucraniano Volodímir Zelenski a Berlín hace unos días marcó otro paso decisivo en esta escalada. La firma de la “asociación estratégica” institucionaliza la cooperación militar a un nuevo nivel. Incluye proyectos concretos de armamento destinados a permitir a Ucrania realizar ataques de largo alcance en territorio ruso. Al mismo tiempo, las corporaciones y organismos estatales alemanes están afianzando su influencia sobre sectores clave de la economía ucraniana, en particular sus extensos recursos de materias primas.

Ucrania funciona así como una cabeza de puente geoestratégica del imperialismo alemán. Al igual que Israel en Oriente Próximo, sirve como puesto avanzado para la imposición de intereses imperialistas en toda una región, desde Europa del este hasta el continente euroasiático. Esta orientación forma parte de una estrategia más amplia de expansión hacia el este, que recuerda las ambiciones expansionistas del imperialismo alemán en el siglo XX, las cuales culminaron en los mayores crímenes de la historia de la humanidad.

La franqueza con la que se articula ahora esta política quedó demostrada en un discurso pronunciado por el ministro de Asuntos Exteriores, Johann Wadephul, el 17 de abril, durante la ceremonia de traspaso de la 41.ª Brigada Panzergrenadier y el pase de lista de la misión de la OTAN en Lituania. Wadephul denunció a Rusia como una “amenaza” que “aterroriza al pueblo de Ucrania”. De ello dedujo la necesidad de expandir masivamente la fuerza militar de Europa, con Alemania a la cabeza, aumentando la preparación y reforzando permanentemente la presencia en el flanco oriental de la OTAN. Alemania asume la “responsabilidad” de la defensa de Europa, una formulación que, en este contexto, no significa otra cosa que la preparación para una gran guerra europea contra Rusia.

Resulta particularmente revelador el despliegue y la expansión de las tropas alemanas en Lituania. La 41.ª Brigada Panzergrenadier y otra brigada de combate —con un total de más de 5.000 efectivos y fuertemente armados— actualmente estacionadas allí no constituyen una medida defensiva, sino que forman parte de una estrategia militar ofensiva destinada a una confrontación directa con Rusia.

Al mismo tiempo, las potencias europeas están impulsando sus capacidades y planes nucleares. Las iniciativas del presidente francés Emmanuel Macron para una disuasión nuclear europea más sólida no solo se debaten, sino que se impulsan activamente. El lunes, Macron y el primer ministro polaco Donald Tusk, en una reunión en Gdańsk, se pronunciaron a favor de realizar ejercicios conjuntos y estrechar la cooperación en el ámbito de las estrategias de despliegue nuclear.

“Nuestra cooperación, tanto en el ámbito nuclear como en maniobras conjuntas, es una cooperación sin límites”, declaró Tusk. Macron afirmó que en los próximos meses se adoptarían medidas para lograr “avances concretos”, especialmente en el ámbito de la disuasión nuclear. “Podría haber despliegues” de aviones de combate franceses con ojivas nucleares en Polonia.

Estos avances cuentan con amplio respaldo en Berlín. El canciller Friedrich Merz ha indicado que Alemania está dispuesta a participar en las iniciativas nucleares europeas correspondientes. Al mismo tiempo, aumentan las voces en los círculos políticos y militares que abogan abiertamente por la adquisición de capacidades nucleares propias por parte de Alemania. Esto supone un umbral que incrementa drásticamente el peligro de un conflicto nuclear.

Las crecientes tensiones entre las propias potencias europeas no alteran esta trayectoria fundamental. Por el contrario, intensifican la presión para rearmarse militarmente y posicionarse en la lucha por las esferas de influencia y los recursos. La guerra en Ucrania y la escalada contra Rusia constituyen escenarios centrales de esta redistribución global.

En este contexto, la postura del gobierno alemán respecto a la guerra entre Estados Unidos e Israel contra Irán también constituye una advertencia. Cuando el canciller Merz defendió las amenazas de aniquilación proferidas por el presidente estadounidense Donald Trump como tácticas de negociación legítimas, dejó claro que la clase dirigente está dispuesta a respaldar —y a emplear nuevamente— las formas más extremas de violencia militar. Las críticas desde Berlín no se dirigen contra estos métodos bárbaros, sino contra el peligro de que una escalada bélica en Oriente Próximo debilite la ofensiva estratégica contra Rusia.

Las consecuencias de esta política son enormes. Una guerra abierta contra Rusia exige la militarización total de la sociedad. Ya se están erosionando los derechos democráticos, se está recortando drásticamente el gasto social y se está orientando la economía hacia la producción bélica. La reintroducción del servicio militar obligatorio busca reclutar a cientos de miles de jóvenes como carne de cañón. Una guerra directa contra la potencia nuclear rusa aumentaría inevitablemente el peligro de una escalada nuclear, amenazando la existencia de toda la humanidad.

Los trabajadores y los jóvenes deben afrontar esta realidad. La clase dominante está dispuesta a sumir al mundo en la catástrofe una vez más para imponer sus intereses imperialistas. Esto solo puede contrarrestarse mediante la construcción de un movimiento socialista internacional contra la guerra. La clase trabajadora debe organizarse de forma independiente, movilizarse contra el militarismo y la guerra, y luchar por una sociedad basada en las necesidades sociales y no en el afán de lucro.

(Artículo publicado originalmente en inglés el 22 de abril de 2026)

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