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Perspectiva

Atacante acusado de intentar asesinar a Trump: las consideraciones políticas

Agentes del Servicio Secreto de los Estados Unidos rodean al presidente Donald Trump antes de que fuera retirado del escenario tras un incidente con disparos fuera del salón de baile, durante la Cena de Corresponsales de la Casa Blanca, el sábado 25 de abril de 2026, en Washington. [AP Photo/Alex Brandon]

Aún están emergiendo los detalles sobre el incidente ocurrido el sábado por la noche en el evento de la Asociación de Corresponsales de la Casa Blanca, pero lo que se sabe hasta ahora indica que Cole Tomas Allen, el tirador, estuvo motivado por su oposición política al Gobierno de Trump.

Según un comunicado que distribuyó antes del incidente, Allen, de 31 años, estaba horrorizado por verse implicado en los crímenes de la administración Trump e intentó atacar a altos funcionarios de Trump, aunque su intento no puso a ninguno de ellos en peligro directo. Allen fue imputado el lunes por tres delitos graves, incluido el de intento de asesinato del presidente, que conlleva una pena de cadena perpetua.

Los marxistas se oponen a tales ataques desde una perspectiva política y de principios. Los actos individuales de violencia no contribuyen a la lucha contra la reacción. Sustituyen la movilización política consciente de las masas trabajadoras por las acciones de un individuo aislado. Independientemente de los crímenes de los blancos del ataque—y los de Trump son monumentales—, la cuestión fundamental son las consecuencias políticas de dicha violencia. Cualquiera que sea el motivo del atacante, el resultado es darle al gobierno un pretexto para intensificar la represión y criminalizar a la oposición.

Sin embargo, es necesario señalar la asombrosa hipocresía y cobardía que ha caracterizado la respuesta de los medios de comunicación y la élite política. Con su habitual estupidez, los medios tratan el suceso como si no tuviera relación alguna con la violencia generalizada y sistemática que impregna la vida estadounidense, promovida por el Estado y la clase dirigente, encabezada por un presidente que se regodea en una retórica escalofriante y se comporta como un capo mafioso.

La respuesta de las figuras políticas, tanto en Estados Unidos como a nivel internacional, sigue el mismo guion. Envueltos en el hipócrita estribillo de que 'no hay lugar para la violencia en la política', los funcionarios emiten perogrulladas moralizantes mientras defienden o presiden gobiernos cuya política es la violencia organizada.

Algunas respuestas son particularmente repugnantes. El primer ministro israelí, Benjamin Netanyahu, declaró: “No hay lugar para la violencia, ni contra los líderes políticos ni contra nadie”. Proveniente del jefe de un Estado que libra una guerra genocida en Gaza, esta declaración es una obscenidad. Según estimaciones conservadoras, más de 75.000 palestinos han muerto en el genocidio. Decenas de “líderes políticos” de Hezbolá han sido asesinados en el Líbano por bombas, misiles y dispositivos de sabotaje israelíes, y aún más en Irán.

El presidente francés, Emmanuel Macron, declaró que “el ataque armado… es inaceptable”, y añadió: “Extiendo mi pleno apoyo a Donald Trump”. Desde el punto de vista de la convención diplomática, habría bastado con expresar alivio por el hecho de que nadie resultara herido. Pero “pleno apoyo” es algo completamente distinto. Se trata de un respaldo político, ofrecido a una administración que se encuentra inmersa en una guerra de agresión criminal en Irán y que está instaurando medidas propias de un Estado policial en su propio país.

El primer ministro de la India, Narendra Modi, declaró: “La violencia no tiene cabida en una democracia y debe ser condenada sin reservas”, mientras que la primera ministra italiana, Giorgia Meloni, se hizo eco de la misma idea: “Ningún odio político puede encontrar cabida en nuestras democracias”. Estas declaraciones provienen de individuos que pertenecen a las tradiciones políticas más reaccionarias, violentas y fascistas.

En Estados Unidos, el líder demócrata de la Cámara de Representantes, Hakeem Jeffries, declaró: “La violencia y el caos en Estados Unidos deben terminar”. Hace apenas dos meses, Jeffries respondió al asesinato del líder supremo de Irán, el ayatolá Jamenei, a manos de Trump, afirmando que Jamenei era un “actor despreciable” y que “no derramaría ni una lágrima” por su muerte. Es decir, la violencia y el asesinato son totalmente legítimos cuando se trata de promover los intereses del imperialismo estadounidense.

Otros demócratas siguieron el mismo discurso. La declaración más significativa políticamente fue la del miembro de los Socialistas Democráticos de Estados Unidos (DSA, por sus siglas en inglés) y alcalde de la ciudad de Nueva York, Zohran Mamdani, quien afirmó que 'la violencia política es absolutamente inaceptable' y que se alegra de que el presidente y los invitados a la cena de corresponsales de la Casa Blanca estén a salvo. Bernie Sanders declaró que 'una democracia que funcione se basa en la premisa de que las personas pueden expresar libremente sus opiniones políticas sin temor a ser atacadas o asesinadas', y añadió: 'La violencia política es cobardía política'.

Ninguna de estas figuras hizo hincapié en el punto fundamental de que la administración Trump, y los funcionarios que la integran, son culpables de una violencia sistemática y alarmante, así como de amenazas de violencia política.

Consideremos la siguiente selección de declaraciones de Trump:

  • Sobre Irán, abril de 2026: “Esta noche morirá toda una civilización, para no volver jamás. No quiero que eso suceda, pero probablemente ocurrirá”. Y en marzo: “Si el estrecho de Ormuz no se abre inmediatamente al comercio, concluiremos nuestra agradable estancia en Irán haciendo estallar y aniquilando por completo todas sus centrales eléctricas, pozos petrolíferos y la isla de Kharg (¡y posiblemente todas las plantas desalinizadoras!)”.
  • Sobre los demócratas y la oposición política, abril de 2026: “Ahora, con la desaparición de Irán, ¡el mayor enemigo que tiene Estados Unidos es el Partido Demócrata, de izquierda radical y altamente incompetente!”.
  • Sobre los narcotraficantes, noviembre de 2022: “Vamos a pedir que todo aquel que venda drogas, que sea sorprendido vendiendo drogas, reciba la pena de muerte por sus atroces actos”. Y sobre los ladrones de tiendas, septiembre de 2023: “En pocas palabras, si robas una tienda, puedes esperar que te disparen al salir. ¡Qué te disparen!”.
  • Sobre los manifestantes contra la violencia policial, mayo de 2020: “Cuando empiezan los saqueos, empiezan los disparos”. Y sobre la conducta policial, julio de 2017: “Por favor, no sean demasiado amables”.

Podrían recopilarse innumerables declaraciones de carácter similar. Cabe añadir la defensa y justificación explícitas del asesinato de Renée Nicole Good y Alex Pretti en Minneapolis, así como la glorificación de la brutalidad y la violencia contra los trabajadores inmigrantes por parte de fascistas como Steven Miller.

Como siempre, la respuesta cobarde y cómplice de los demócratas —incapaces de decir la verdad por temor a legitimar la oposición popular— solo anima a Trump y a los republicanos a pasar a la ofensiva. Los líderes del partido aprovecharon el incidente para intensificar la incitación y la represión, denunciando a una “izquierda radicalizada”, presentando el suceso como el “resultado inevitable” de la oposición al régimen y exigiendo más poderes policiales y mayor financiación para el aparato represivo.

Inmediatamente después del incidente, Trump se unió a sus aliados republicanos para exigir que ABC 'despidiera de inmediato' al presentador de programas nocturnos Jimmy Kimmel por los chistes que hizo antes de la cena de corresponsales, utilizando el episodio para intensificar el ataque a la libertad de expresión.

La secretaria de prensa de la Casa Blanca, Karoline Leavitt, formuló esta campaña de la manera más explícita. “Esta violencia política proviene de una demonización sistemática de [Trump] y sus seguidores”, declaró el lunes, culpando a “miembros electos del Partido Demócrata e incluso a algunos en los medios de comunicación”.

Leavitt fue más allá, insistiendo en que quienes “constantemente, y falsamente, tachan al presidente de fascista… y lo comparan con Hitler… están alimentando este tipo de violencia” y denunciando lo que ella denominó un “culto al odio de izquierda”. El objetivo es declarar la crítica política como una forma de “violencia” y justificar una represión violenta.

De hecho, la gran mayoría de los actos de violencia política organizada en Estados Unidos provienen de la derecha: de redes de milicias armadas y extremistas de ultraderecha. La última década ha sido testigo de una escalada reiterada de violencia de derecha: la movilización de fuerzas fascistas el 6 de enero de 2021; ataques de alto perfil y complots de asesinato contra funcionarios públicos; y actos de violencia individual perpetrados por figuras de ultraderecha como Kyle Rittenhouse. Durante años, evaluaciones federales y los principales centros de investigación han identificado al extremismo de ultraderecha como la principal fuente de terrorismo interno mortal y violencia política en el país.

Al mismo tiempo, si algo alimenta actos como el atribuido a Cole Tomas Allen, es, sobre todo, la criminalidad del propio gobierno, sumada a una estructura política que bloquea cualquier vía genuina para que la oposición masiva de trabajadores y jóvenes encuentre expresión. La represión y el desvío deliberados de la ira popular por parte del Partido Demócrata y el aparato sindical solo profundizan la sensación de frustración e impotencia, creando las condiciones propicias para que surjan acciones individuales desesperadas, imprudentes y destructivas.

El camino a seguir no reside en la violencia individual, sino en el desarrollo de la lucha de clases, que abre la posibilidad de una vía mucho más consciente, colectiva y optimista: la movilización independiente de la clase trabajadora contra la guerra, la dictadura y el orden capitalista que las produce.

Ajustar cuentas con Trump no es cuestión de actos individuales ni de la destitución de un solo hombre. Es una lucha contra el Estado capitalista y los intereses de la clase dominante a los que sirve: guerra en el extranjero, represión en el país. La única fuerza capaz de detener esta caída en la barbarie es la clase trabajadora, actuando de forma consciente e independiente, movilizando su poder social contra todo el aparato del militarismo, la dictadura y el dominio oligárquico.

(Artículo publicado originalmente en inglés el 28 de abril de 2026)

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