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Balikatan 2026: Estados Unidos convierte a Filipinas en una base de avanzada para la guerra contra China

El 5 de mayo, Estados Unidos lanzó un misil de crucero Tomahawk desde un aeropuerto civil en Leyte, alcanzando un objetivo en la provincia agrícola de Nueva Ecija como parte de Balikatan 2026 —las mayores maniobras militares entre Estados Unidos y Filipinas de la historia, en las que participan 17 000 soldados de siete países, unos 10 000 estadounidenses y, por primera vez desde la Segunda Guerra Mundial, fuerzas de combate japonesas que disparan misiles antibuque en suelo filipino.

El coronel estadounidense Robert Bunn, en el centro, habla junto al coronel de la Armada filipina Dennis Hernández, a la izquierda, y al capitán de corbeta de la Armada canadiense Craig Cook durante una conferencia de prensa sobre el próximo ejercicio militar conjunto denominado «Balikatan», celebrada en el cuartel general militar de Camp Aguinaldo el 14 de abril de 2026, en la ciudad de Quezón, Filipinas. [AP Photo/Aaron Favila]

El lanzamiento fue el primer disparo real del sistema de misiles de alcance medio Typhon desde su despliegue en Filipinas en abril de 2024. El sistema Typhon transporta misiles Tomahawk capaces de alcanzar objetivos a miles de kilómetros de distancia con una ojiva convencional o nuclear. El hecho de que un arma de este tipo se lanzara desde un aeropuerto internacional civil y se dirigiera hacia tierras agrícolas en Nueva Ecija no es casual: revela la naturaleza del ejercicio.

Balikatan 2026 no es un ejercicio de entrenamiento. Es una declaración de intenciones. Un analista de seguridad filipino lo describió sin ambigüedades como «un ensayo general multilateral a la luz de la agenda irredentista y agresiva de China contra Taiwán en 2027». Washington no estaba ensayando la defensa del pueblo filipino. Estaba ensayando una guerra que se librará en suelo filipino, a costa de Filipinas, y en la que la población filipina servirá de escudo humano para miles de millones de dólares en armamento estadounidense dispersado.

La escala por sí sola marca una escalada, pero los desarrollos cualitativos son más significativos. Japón ha desplegado aproximadamente 1.400 efectivos de la Fuerza de Autodefensa y, por primera vez desde la Segunda Guerra Mundial, está llevando a cabo ejercicios de combate con fuego real en suelo filipino. Se han disparado misiles antibuque japoneses Tipo 88 en Filipinas, el primer uso de ese sistema fuera del territorio japonés.

Se han desplegado lanzadores antibuque del Sistema de Interdicción de Buques Expedicionarios de la Marina de los Estados Unidos (NMESIS) en la isla de Itbayat, en las Batanes, un pedazo de tierra habitado por unos pocos miles de familias de pescadores ivatanes que se encuentra aproximadamente a 160 km al sur de Taiwán, justo a ambos lados del canal de Bashi, por el que las fuerzas navales chinas tendrían que pasar necesariamente en cualquier contingencia en Taiwán. Filipinas ha integrado simultáneamente sus propios misiles de crucero supersónicos BrahMos, recientemente adquiridos, en el marco operativo conjunto junto con estos sistemas estadounidenses y japoneses. Por primera vez, una red multinacional de misiles antibuque que cubre el estrecho de Luzón está operativa, aunque sea temporalmente, en territorio filipino.

Un simulacro de logística de preposicionamiento marítimo —la descarga de buques de suministro militar en Cagayan de Oro y la distribución de material por toda Luzón— sirvió para poner a prueba las cadenas de suministro en tiempo de guerra que sustentarían operaciones de combate a gran escala en todo el archipiélago. Balikatan no es un ejercicio anual aislado; es el punto culminante anual de más de 500 actividades militares conjuntas programadas entre Estados Unidos y Filipinas solo para 2026 —más de una por día, la cifra más alta en la historia de la alianza.

Estados Unidos ha construido una elaborada ficción legal para ocultar lo que de hecho está ocurriendo. El Acuerdo de Cooperación de Defensa Mejorada (EDCA) de 2014 otorga a las fuerzas estadounidenses acceso a nueve instalaciones militares filipinas designadas de manera rotativa, y los funcionarios filipinos insisten ritualmente, especialmente desde que Irán amenazó con ataques de represalia contra bases estadounidenses tras los ataques de Washington en febrero, en que «no hay bases militares estadounidenses en Filipinas».

Pero las fuerzas estadounidenses no se limitan a las instalaciones designadas por el EDCA. La antigua potencia colonial se mueve con impunidad por todo el archipiélago. Lanzan un Tomahawk desde el aeropuerto civil de Tacloban y colocan misiles antibuque en Itbayat, que no aparece en ningún documento del EDCA. El aeropuerto de Lal-lo en Cagayan —una instalación del EDCA en el norte de Luzón, a un corto vuelo de Taiwán— se está desarrollando como depósito de reabastecimiento para aeronaves estadounidenses y filipinas. La Agencia Logística de Defensa de EE. UU. ha publicado simultáneamente una licitación para un depósito de combustible en el golfo de Davao —fuera de cualquier designación del EDCA— capaz de almacenar aproximadamente 977 000 barriles de combustible del gobierno estadounidense para buques de guerra y aeronaves durante un período de cuatro años.

Esta es la lógica operativa de la propia estrategia del Pentágono de «disuasión por negación» y su concepto de Operaciones de Base Avanzada Expedicionaria (EABO), que exige explícitamente dispersar sistemas de misiles, las reservas de combustible y los nodos logísticos por todo el territorio aliado para complicar los cálculos de puntería del adversario, pero lo hace incorporando armamento estadounidense en aeropuertos civiles, comunidades pesqueras y provincias agrícolas, convirtiendo a la economía civil filipina en el medio físico a través del cual operan las fuerzas estadounidenses. Los ejercicios contra drones en Balikatan —que preparan a las fuerzas filipinas y estadounidenses para ataques saturados con drones— confirman que Washington anticipa exactamente esto. Está preparando defensas contra los mismos ataques que sus propias provocaciones están diseñadas para provocar.

La integración de Japón en esta preparación para la guerra conlleva una carga histórica específica que la clase dominante filipina está evitando cuidadosamente. Japón está llevando a cabo ejercicios de combate en suelo filipino por primera vez desde su ocupación durante la guerra, en la que cometió algunos de los peores crímenes de la historia de Filipinas: solo en la Masacre de Manila de febrero de 1945 murieron unos 100.000 civiles. El vehículo legal para este regreso es la doctrina de la «autodefensa colectiva», una reinterpretación del artículo 9 de la Constitución japonesa de posguerra —la cláusula que renuncia formalmente a la guerra y prohíbe a Japón mantener «potencial bélico»— introducida por el gabinete de Abe en 2014, que permite a Japón usar la fuerza cuando un aliado es atacado y se considera que la «supervivencia» de Japón está en juego.

Un simulacro de logística de preposicionamiento marítimo —la descarga de buques de suministro militar en Cagayan de Oro y la distribución de material por toda Luzón— sirvió para poner a prueba las cadenas de suministro en tiempo de guerra que sustentarían operaciones de combate a gran escala en todo el archipiélago. Balikatan no es un ejercicio anual aislado; es el punto culminante anual de más de 500 actividades militares conjuntas programadas entre Estados Unidos y Filipinas solo para 2026 —más de una por día, la cifra más alta en la historia de la alianza.

Estados Unidos ha construido una elaborada ficción legal para ocultar lo que de hecho está ocurriendo. El Acuerdo de Cooperación de Defensa Mejorada (EDCA) de 2014 otorga a las fuerzas estadounidenses acceso a nueve instalaciones militares filipinas designadas de manera rotativa, y los funcionarios filipinos insisten ritualmente, especialmente desde que Irán amenazó con ataques de represalia contra bases estadounidenses tras los ataques de Washington en febrero, en que «no hay bases militares estadounidenses en Filipinas».

Pero las fuerzas estadounidenses no se limitan a las instalaciones designadas por el EDCA. La antigua potencia colonial se mueve con impunidad por todo el archipiélago. Lanzan un Tomahawk desde el aeropuerto civil de Tacloban y colocan misiles antibuque en Itbayat, que no aparece en ningún documento del EDCA. El aeropuerto de Lal-lo en Cagayan —una instalación del EDCA en el norte de Luzón, a un corto vuelo de Taiwán— se está desarrollando como depósito de reabastecimiento para aeronaves estadounidenses y filipinas. La Agencia Logística de Defensa de EE. UU. ha publicado simultáneamente una licitación para un depósito de combustible en el golfo de Davao —fuera de cualquier designación del EDCA— capaz de almacenar aproximadamente 977.000 barriles de combustible del gobierno estadounidense para buques de guerra y aeronaves durante un período de cuatro años.

Esta es la lógica operativa de la propia estrategia del Pentágono de «disuasión por negación» y su concepto de Operaciones de Base Avanzada Expedicionaria (EABO), que exige explícitamente dispersar sistemas de misiles, las reservas de combustible y los nodos logísticos por todo el territorio aliado para complicar los cálculos de puntería del adversario, pero lo hace incorporando armamento estadounidense en aeropuertos civiles, comunidades pesqueras y provincias agrícolas, convirtiendo a la economía civil filipina en el medio físico a través del cual operan las fuerzas estadounidenses. Los ejercicios contra drones en Balikatan —que preparan a las fuerzas filipinas y estadounidenses para ataques saturados con drones— confirman que Washington anticipa exactamente esto. Está preparando defensas contra los mismos ataques que sus propias provocaciones están diseñadas para provocar.

La integración de Japón en esta preparación para la guerra conlleva una carga histórica específica que la clase dominante filipina está evitando cuidadosamente. Japón está llevando a cabo ejercicios de combate en suelo filipino por primera vez desde su ocupación durante la guerra, en la que cometió algunos de los peores crímenes de la historia de Filipinas: solo en la Masacre de Manila de febrero de 1945 murieron unos 100.000 civiles. El vehículo legal para este regreso es la doctrina de la «autodefensa colectiva», una reinterpretación del artículo 9 de la Constitución japonesa de posguerra —la cláusula que renuncia formalmente a la guerra y prohíbe a Japón mantener «potencial bélico»— introducida por el gabinete de Abe en 2014, que permite a Japón usar la fuerza cuando un aliado es atacado y se considera que la «supervivencia» de Japón está en juego.

La expresión «autodefensa colectiva» cumple hoy exactamente la misma función que la «Esfera de Coprosperidad de la Gran Asia Oriental» en la década de 1940: es el pretexto jurídico y moral, ya muy manido, para la proyección militar regional. La «esfera de coprosperidad» de ayer —bajo la cual Japón conquistó, esclavizó y masacró a sus vecinos bajo la bandera de la liberación asiática del imperialismo occidental— se renombra hoy como un «Indo-Pacífico libre y abierto», defendido por las «Fuerzas de Autodefensa» japonesas que disparan misiles antibuque desde Filipinas a instancias de Washington.

Toda esta movilización bélica se está desarrollando en un panorama ya devastado económicamente por la guerra criminal liderada por Estados Unidos contra Irán. La economía filipina se vio brutalmente afectada por el cierre del estrecho de Ormuz. Filipinas, que importa casi todo su petróleo, fue el primer país del sudeste asiático en declarar una emergencia energética nacional. Los precios del diésel en las gasolineras se duplicaron, pasando de 55 a 130 pesos por litro. Los conductores de jeepneys —la columna vertebral de gran parte del transporte del país— se vieron obligados a abandonar las carreteras.

El aumento de los costos del combustible ha elevado el precio de todos los productos básicos que dependen del transporte y la agricultura. La inflación general de Filipinas se disparó al 7,2 por ciento en abril de 2026, su nivel más alto en más de tres años, impulsada por un aumento interanual del 6 por ciento en los precios de los alimentos: el maíz subió un 9,4 por ciento, el pescado y los mariscos un 7,7 por ciento, y las verduras un 6,1 por ciento. La carga recae con mayor fuerza sobre los más pobres: la inflación para el 30 % de los hogares con ingresos más bajos ha superado la tasa general, comprimiendo presupuestos ya de por sí desesperados.

La clase trabajadora filipina no tiene ningún interés en esta guerra. Washington no está defendiendo a Filipinas; está utilizando el archipiélago —sus aeropuertos, sus comunidades pesqueras, sus provincias agrícolas, sus jóvenes soldados— como plataforma de lanzamiento avanzada y zona de amortiguación prescindible para una guerra contra China por Taiwán y la hegemonía regional de Estados Unidos. Los intereses que se defienden son los del imperialismo estadounidense, de la oligarquía filipina alineada con él y de un Japón en proceso de remilitarización que ahora envía tropas de combate y misiles de vuelta al país que sus fuerzas ocuparon y masacraron en el pasado.

Lo que se necesita es la movilización política independiente de la clase trabajadora filipina —junto con los trabajadores de Estados Unidos, Japón, China y toda la región— en oposición activa a la guerra imperialista. La lucha contra la guerra es inseparable de la lucha contra el sistema capitalista que la produce.

(Artículo publicado originalmente en inglés el 5 de mayo de 2026)

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