Netflix recientemente añadió a su catálogo global la película peruana Chavín de Huántar: el rescate del siglo que fue estrenada en Perú el pasado octubre.
La película, asesorada y apoyada logísticamente por el ejército peruano, es una dramatización del rescate por 195 comandos en abril de 1997 de los 72 rehenes cautivos en la embajada japonesa de Lima, Perú. Catorce miembros del movimiento guerrillero MRTA (Movimiento Revolucionario Túpac Amaru) tomaron la embajada y a los rehenes casi 5 meses atrás.
El ejército peruano presentó la operación como una de las más exitosas de su historia, ya que solo un rehén y dos soldados perdieron la vida. Sin embargo, todos los insurgentes —que carecían de entrenamiento militar, y mucho menos de preparación política— fueron asesinados mediante ejecución sumaria tras ser capturados desarmados.
Ciertamente la toma de la embajada y, sobre todo sus raíces políticas, es un evento que merece ser tratado artísticamente. Reveló ante todo el callejón sin salida al que habían llegado los movimientos armados nacionalistas pequeño-burgueses. Estos fueron promovidos por décadas por los estalinistas, sus aliados de pseudo-izquierda y -de manera más condenable- los revisionistas pablistas como Ernest Mandel y Nahuel Moreno. Estos últimos presentaron a estos movimientos, que no poseían ni aspiraban a obtener el apoyo de la clase trabajadora, como alternativas a los partidos obreros marxistas.
Pero a manos del ejército peruano y el director Diego de León, la película inevitablemente se convierte en una reaccionaria propaganda militar diseñada no solamente para glorificar al ejército peruano (como lo hace análogamente películas de Hollywood como '13 Horas: Los soldados secretos de Bengasi' para las fuerzas de seguridad de EE.UU.) sino, dentro del contexto actual, para también intentar apuntalar la institución del ejército en medio de una crisis del gobierno burgués y una pérdida de credibilidad sin precedentes de todas las instituciones del estado peruano.
Desde un punto de vista artístico, no hay mucho que decir acerca de la película en sí. No es nada más que un conjunto de clichés conocidos y gastados de películas de acción militar. El protagonista Juan Valer, uno de los soldados que murió en el rescate, es presentado como un padre amoroso con una familia perfecta que abnegadamente realiza una petición para unirse al escuadrón que rescatará a los rehenes. Los miembros restantes del escuadrón son unos aguerridos soldados dispuestos a dar su vida, etc.
El tratamiento de los miembros del MRTA, si bien no son presentados como fanáticos o irracionales, es simplemente insulso y no dice prácticamente nada más sobre ellos excepto que decidieron invadir y tomar la embajada para obligar al estado a que libere a sus camaradas encarcelados y presionar al corrupto y autoritario gobierno del entonces presidente Alberto Fujimori para que cambie sus políticas.
Los orígenes sociales y políticos del MRTA son deliberadamente abandonados para presentar a la operación de rescate como una binaria lucha entre el 'heroico' ejército y la guerrilla que es enemiga de toda la nación.
El MRTA emergió de la fusión entre movimientos armados castristas junto con el nacionalismo pequeño-burgués y las tendencias estalinistas. El líder de la toma de rehenes, Nestor Cerpa Cartolini, inició su actividad política a los 25 años como secretario de un sindicato que llevó a cabo la ocupación de una fábrica textil. La acción culminó en una violenta represión ordenada por el gobierno militar, que dejó varios trabajadores muertos y llevó al propio Cerpa a prisión durante un año.
Los métodos de la guerrilla sirvieron para separar a esos jóvenes trabajadores militantes del resto de la clase obrera, reforzando así el control de las burocracias estalinistas y nacionalistas burguesas, dedicadas a subordinar las luchas obreras al orden capitalista.
Como explicó el WSWS:
Lo que todas estas facciones compartían era la convicción de que alguna fuerza distinta a la clase obrera sería el vehículo de la lucha social en Perú. Sus métodos y políticas no tenían nada en común con el marxismo en un sentido genuino. Operaban mediante secuestros, atentados con bombas, robos a bancos y acciones armadas dirigidas principalmente a presionar al Estado peruano y obtener concesiones políticas, no a movilizar ni a educar políticamente a la clase obrera. La organización no hizo llamamientos sistemáticos para obtener el apoyo popular de la clase obrera y permaneció aislada organizativamente de las grandes masas.
La película tampoco hace ninguna referencia a lo que se había convertido para entonces el gobierno de Fujimori. Tras ser elegido inesperadamente en 1990 como un outsider populista opuesto a las reformas neoliberales exigidas por Washington, Fujimori abandonó sus promesas electorales e inició una ola de privatizaciones y 'shock' económico. Para implementar estos duros ataques realizó un autogolpe en 1992, disolviendo el congreso y el poder judicial para concentrar el poder en sus manos y crear una nueva constitución que favorece hasta hoy al gran capital extranjero entre otras leyes antiobreras.
Para 1996 el gobierno peruano era culpable de masacres llevadas a cabo por sus escuadrones de muerte y otras numerosas violaciones de derechos humanos, intervenciones y asalto a los poderes del estado y una corrupción masiva. Su propia reelección en 1995 fue producto de una modificación de leyes aprobadas por el congreso bajo su corrupto control.
El ejército peruano fue la columna vertebral del régimen. Este sacó a los tanques el día del autogolpe de 1992 para amedrentar a la población y miembros del ejército se volvieron parte de sus escuadrones de la muerte
En realidad, el ejército peruano, al igual que todas sus contrapartes en Latinoamérica, tiene un nefasto y sangriento historial de intervención en la democracia del país. Durante el siglo veinte, ocho de sus golpes de estado lograron derrocar a gobiernos civiles o fueron insurrecciones internas dentro de un régimen militar.
Hoy en día, la democracia del país nuevamente está bajo asalto por parte del llamado 'Pacto mafioso del congreso'. Una alianza de partidos de derecha y ultraderecha a cuya cabeza se encuentra la propia hija de Fujimori, Keiko.
Esta alianza ha seguido el libro de jugadas de Fujimori y ha usado al congreso como una plataforma para concentrar el poder político en sus manos mediante modificaciones a la Constitución, amenazas a jueces y fiscales, la aprobación de leyes que debilitan la lucha contra el crimen y la corrupción y la destitución de presidentes democráticamente elegidos.
Millones de peruanos desprecian a esta miserable camarilla de sinvergüenzas que han asaltado al estado, como en la época de Fujimori, para convertirlo en su instrumento para sostener sus privilegios y favorecer al gran capital extranjero. Desde el 2023, luego de destituir al presidente de pseudoizquierda democráticamente elegido Pedro Castillo en un golpe parlamentario, el congreso ha mantenido una aprobación entre 4% o 6%, una de las más bajas del mundo.
Es justamente éste el contexto en el que se debe apreciar la aparición y promoción de la película. Cara a cara con una población que les desprecia y con todas sus instituciones políticas desprestigiadas hasta más no poder, la clase gobernante peruana intenta aferrarse a un episodio “glorioso” del ejército para obtener algo de aprobación para que pueda aún mantenerse en el poder o para arrullar a la población en la medida de lo posible.
Esto se ve reflejado, de una manera distorsionada, en el hecho que la película ha sido uno de los más grandes éxitos comerciales del cine en Perú. Ciertamente el rescate de la embajada japonesa es un episodio que tiene aprobación en la mayoría de peruanos.
En 2004, el entonces presidente Alejandro Toledo (quien actualmente cumple dos condenas consecutivas de 34 años de prisión por haber recibido sobornos de la constructora brasileña Odebrecht por un total de más de 35 millones de dólares) fundó el Museo Chavín de Huántar, que consiste en una réplica de la estructura utilizada para entrenar para el asalto a la embajada. Posteriormente, la corrupta y odiada presidenta Dina Boluarte presidió la ceremonia del 27º aniversario del asalto a la embajada japonesa en abril de 2024.
Boluarte intervino para destituir a su director, el historiador Manuel Burga, tras quejarse de que el Museo Lugar de la Memoria (LUM) no prestaba la debida atención a la Operación Chavín de Huántar. Ella reaccionó así por temor a que el LUM, que conmemora a los aproximadamente 70.000 muertos en la “guerra sucia” de dos décadas en Perú, que comenzó en 1980, añadiera una presentación sobre el asesinato de 50 personas entre enero y marzo de 2023, cuando ella misma dio la orden de disparar a matar para reprimir las protestas generalizadas contra el derrocamiento del presidente Castillo.
A pesar de los intentos de la clase dirigente peruana por reescribir su sangrienta historia y glorificar a sus fuerzas armadas, la crisis insoluble del capitalismo y la ofensiva imperialista de Washington contra América Latina están azotando a Perú e impulsando nuevamente a las masas trabajadoras a la lucha en defensa de sus derechos económicos, sociales y democráticos. El Ejército peruano será llamado una vez más a demostrar su utilidad como instrumento de represión estatal.
La victoria de la clase trabajadora exige una ruptura con todos los partidos burgueses, incluidos aquellos que se presentan como populistas de izquierda, y la construcción de una dirección revolucionaria basada en el programa del Comité Internacional de la Cuarta Internacional, para liderar a la clase trabajadora en Perú y a nivel internacional en una ofensiva socialista contra la guerra, la dictadura y el capitalismo. Este programa incluye la abolición del ejército permanente junto con el sistema capitalista que defiende.
(Artículo publicado originalmente en inglés el 30 de abril de 2026)
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