El aumento de la deuda nacional de EE.UU. a 40 billones de dólares, anunciado ayer por el Tesoro, marca una nueva etapa en la profundización de la crisis económica y financiera del imperialismo estadounidense, a la cual este responderá con medidas militares cada vez mayores en su intento por contrarrestar su declive histórico.
A menos de un día de alcanzarse el hito, el secretario del Tesoro de EE.UU., Scott Bessent, se vio obligado a intervenir en el propio mercado de bonos gubernamentales, anunciando el miércoles que el Tesoro duplicaría sus recompras de deuda de largo plazo, después de que el rendimiento del bono a 30 años alcanzara su nivel más alto desde 2007. Que el departamento que emite lo que se supone es el activo financiero más seguro del mundo deba ahora intervenir para sostener el mercado de su propia deuda es una medida de hasta qué punto se ha desarrollado la crisis.
Cada día trae nuevas amenazas, nuevas acciones en Ucrania y Oriente Próximo, siendo la más reciente la amenaza de bombardear Omán si se interpone en el camino de las operaciones estadounidenses en el estrecho de Ormuz, mientras Washington desarrolla sus preparativos para la guerra contra China. Como advirtió León Trotsky hace casi un siglo, la erupción del imperialismo estadounidense se expresaría de manera más abierta y más violenta bajo las condiciones de su declive.
Los indicadores financieros del declive —la fuerza motriz última de la guerra mundial en desarrollo que este libra— se revelan en el aumento de la deuda estadounidense y en la turbulencia que ha desatado en los mercados de bonos mundiales en los últimos días, con los rendimientos (tasas de interés) de los bonos de EE.UU., Alemania, Japón y el Reino Unido subiendo a sus niveles más altos en varios años.
El rasgo más revelador de la deuda estadounidense no es solo su tamaño, por significativo que sea, sino la velocidad con que se ha alcanzado. A comienzos de siglo, era inferior a 6 billones de dólares. En los últimos 10 años se ha más que duplicado, creciendo en 3 billones de dólares solo en el último año.
Y ahora se está alcanzando una nueva etapa: el inicio de una espiral de deuda en la cual hay que pedir prestado más dinero solo para pagar los intereses de la deuda ya contraída.
Este año, EE.UU. está previsto que pida prestados al menos 2 billones de dólares adicionales para pagar el aumento del gasto militar —la administración Trump quiere elevarlo a 1,5 billones de dólares— y para cubrir la pérdida de ingresos derivada de los recortes fiscales a los ricos y las corporaciones contenidos en la Ley Grande y Hermosa.
Pero al menos la mitad de este aumento de la deuda se necesitará solo para cubrir el pago de intereses, que actualmente supera el billón de dólares al año, más que el presupuesto militar actual. Se estima que casi uno de cada cinco dólares de los ingresos del gobierno estadounidense se destina a pagar intereses sobre los bonos del Tesoro.
Como comentó Marc Goldwein, director de políticas superior del Comité para un Presupuesto Federal Responsable: “Lo más aterrador de esto es que estamos viendo comenzar la espiral de deuda”.
Matt Egan, gestor de carteras del fondo de renta variable global Loomis Sayles, hizo comentarios similares al New York Times en respuesta al aumento del rendimiento de los bonos del Tesoro a 30 años, que alcanzó el 5,3 por ciento a comienzos de esta semana, el nivel más alto desde 2007.
Señalando que “todo el mundo sabe” que el aumento de la deuda es insostenible, continuó: “Estás en un autobús llamado bono a 30 años, y se acerca un precipicio, pero no sabes si está a 100 metros o a 100 millas. Esperas bajarte del autobús antes de que se estrelle. Ese es el dilema que enfrentamos”.
El sistema financiero estadounidense ha sufrido dos infartos casi fatales en los últimos 18 años —la crisis financiera mundial de 2008 y la congelación del mercado del Tesoro de EE.UU. en marzo de 2020—. Otro desplome parece destinado a ocurrir más temprano que tarde.
Las acciones cada vez más frenéticas de Bessent ciertamente apuntan en esa dirección.
A fines del mes pasado, organizó una extraordinaria intervención conjunta con el Ministerio de Finanzas de Japón para intentar sostener el valor del yen. Se presentó como una manera de “ayudar” a un amigo. En realidad, estuvo motivada por el temor de que si Japón, el mayor tenedor extranjero de deuda estadounidense, comenzaba a vender bonos para intentar sostener su moneda, esto pudiera desembocar en una crisis del mercado del Tesoro.
Estas preocupaciones se reflejaron en la forma en que se organizó la intervención. EE.UU. activó un mecanismo poco utilizado, usando los bonos estadounidenses en poder de Japón como garantía para prestarle dólares, evitando así que tuviera que venderlos. Luego organizó su propia intervención, no usando dólares, sino vendiendo euros, sin siquiera informar al Banco Central Europeo.
En un comentario sobre la operación, el columnista de economía mundial del británico Telegraph, Ambrose Evans-Pritchard, observó de manera contundente: “Todo esto grita desesperación”.
Hay otras medidas desesperadas. Una de ellas es tratar de emitir deuda en el extremo corto del mercado, porque allí la tasa de interés es más baja. Pero esto significa que la deuda debe refinanciarse con una frecuencia cada vez mayor, en condiciones en que la naturaleza del mercado del Tesoro de EE.UU. ha experimentado una gran transformación en el período reciente. Antes estaba dominado por inversores de largo plazo.
Pero en los últimos años, la participación de los fondos de cobertura, que lo utilizan como medio de especulación, ha crecido rápidamente.
Escribiendo sobre este desarrollo a comienzos de este mes, el periodista del Financial Times Robin Wigglesworth señaló que el mercado del Tesoro, que había desempeñado un papel decisivo en el financiamiento del desarrollo de la economía estadounidense, era “ahora, podría decirse, una fuente de peligro, que trasciende el mero tamaño de la carga de la deuda”.
Según un análisis de la Reserva Federal publicado a comienzos de este año, los fondos de cobertura duplicaron su exposición a la deuda del gobierno estadounidense entre 2023 y 2025, y ahora controlan aproximadamente el 8,5 por ciento del mercado, convirtiéndolos en tenedores de deuda del Tesoro mayores que Japón, China y Arabia Saudita juntos.
Los fondos de cobertura no son inversores de largo plazo, y una de sus principales actividades es el llamado “basis trade” (arbitraje de base), en el cual explotan la diferencia entre los futuros del Tesoro y el precio actual para obtener una ganancia. Pero como esa diferencia es tan mínima, deben pedirse prestadas grandes sumas de dinero para hacerla rentable.
Esto significa que son extremadamente vulnerables a un aumento de las tasas de interés, tanto así que al menos un analista, Steven Blitz, economista jefe para EE.UU. de la firma británica de investigación económica global TS Lombard, ha concluido que la Reserva Federal no puede elevar las tasas de interés para combatir la inflación, porque cualquier endurecimiento drástico desencadenaría una reacción en cadena y haría que los costos de financiamiento “explotaran”.
El efecto de la actividad de los fondos de cobertura ya se vio en la “carrera por el efectivo” de marzo de 2020, que llevó a una congelación del mercado del Tesoro: durante días no hubo compradores para la deuda estadounidense. Esto requirió una intervención de varios billones de dólares por parte de la Reserva Federal para evitar un colapso del sistema financiero estadounidense y mundial. Su participación y el nivel de especulación se han expandido a pasos agigantados en los seis años transcurridos desde entonces.
En su más reciente esfuerzo por sofocar la turbulencia del mercado de bonos, Bessent ha anunciado que el Tesoro aumentará sus recompras en el mercado secundario del Tesoro, donde se compran y venden bonos ya emitidos, de 2.000 millones a 4.000 millones de dólares, con el fin de reducir los costos de financiamiento de largo plazo.
Pero lejos de contar con alguna solución a la crisis cada vez mayor, las acciones de Bessent se asemejan cada vez más al legendario niño holandés que corre a tapar un agujero tras otro en el dique. Pero, a diferencia del niño de la historia, que salvó a un pueblo, las acciones desesperadas de Bessent solo empeoran la situación.
Y esto forma parte de un desarrollo más amplio, que se remonta al menos 40 años atrás. En 1987, el presidente de la Reserva Federal, Alan Greenspan, intervino para garantizar liquidez tras el mayor desplome bursátil de un solo día en la historia de Wall Street.
La llamada “opción de venta de Greenspan” (Greenspan put) respaldó el estallido de la especulación financiera en la década de 1990 y comienzos de la del 2000, desembocando en la crisis financiera mundial de 2008.
Esta se vio alimentada aún más por los masivos rescates gubernamentales y la intervención de la Reserva Federal mediante la “flexibilización cuantitativa”, supuestamente para salvar al sistema financiero. Pero su principal efecto fue financiar una nueva ronda de especulación, que se aceleró aún más tras la intervención de marzo de 2020. Las regulaciones introducidas para intentar controlar a los bancos solo condujeron al crecimiento del crédito privado y de la actividad de los fondos de cobertura, hoy en el centro de una nueva crisis que se desarrolla rápidamente.
No hay soluciones económicas o financieras a la mano. El imperialismo estadounidense busca resolver esta crisis por medio de la guerra, mientras inicia ataques cada vez más profundos contra la clase obrera en el país. La clase obrera solo puede resolverla mediante la lucha por el poder político, basada en el derrocamiento del orden capitalista irracional y destructivo y de sus oligarcas, y en la reconstrucción de la sociedad sobre bases socialistas.
(Artículo publicado originalmente en inglés el 19/08/2026).
