En la escuela de verano de La France Insoumise (LFI), Jean-Luc Mélenchon lanzó una importante advertencia sobre la incipiente campaña para las elecciones presidenciales de 2027. Al señalar que probablemente será una contienda entre él y el partido neofascista Reagrupamiento Nacional (Rassemblement National, RN), afirmó: “Francia está entre la espada y la pared. En cada cabina de votación, en cada conciencia, una elección personal hará historia. ¿Qué principio prevalecerá: el individualismo o la unidad de todos, el supremacismo racial o el colectivismo?”
Al destacar que amplios sectores de la oligarquía capitalista francesa buscan instaurar una dictadura de extrema derecha, Mélenchon comparó la situación con la década de 1930. Señaló la histeria pronazi que se apoderó de la clase dominante tras la huelga general francesa de 1936, lo que condujo a la caída del gobierno del Frente Popular y preparó el terreno para la colaboración con la ocupación nazi en 1940:
La República está en llamas y se está desmoronando. Pero los que mandan tienen otras obsesiones que ofrecerte. Vemos la gran conversión de los partidos de derecha y de centro hacia un bloque ideológico unificado con el Reagrupamiento Nacional. Ya están ahí, todos alineados… aquellos que, al vernos avanzar hacia la victoria, ya comienzan a decir: mejor Hitler que el Frente Popular.
La comparación entre la perspectiva actual de la burguesía y su traición reaccionaria de hace 90 años no es exagerada. El RN lidera todas las encuestas, impulsado por una cobertura mediática favorable. Desde Ucrania hasta Irán, pasando por las guerras de Francia en el Sahel, está estallando una nueva guerra mundial. Francia y todos los principales países de Europa, enfrentados a niveles insostenibles de deuda, están gastando decenas o cientos de mil millones en la guerra, al tiempo que imponen políticas de austeridad rechazadas por una abrumadora mayoría de la población.
Pero la comparación entre la burguesía de hoy y la de la época de la colaboración con los nazis muestra precisamente por qué los trabajadores no pueden confiar la lucha contra la dictadura neofascista, la austeridad y la guerra a un Mélenchon, quien es un político procapitalista.
¿Qué nos enseña la experiencia de Francia de hace 90 años? El enemigo de la clase trabajadora está en casa, y no puede ser derrotado mediante maniobras electorales. Las elecciones son un escenario en el que hay que luchar por la movilización sistemática de la clase trabajadora en torno a un programa socialista. La única forma de defender la democracia es a través del desarrollo pleno y sin restricciones de la lucha de clases, de modo que los trabajadores puedan luchar por arrebatarle el poder y el control de la economía a la clase dominante, mediante una revolución socialista.
En 1936, Francia eligió un gobierno del Frente Popular respaldado por partidos burgueses radicales, socialdemócratas y estalinistas, y poco después estalló la huelga general de 1936. Pero la burguesía utilizó los servicios de los estalinistas para imponer el regreso al trabajo, otorgando concesiones sociales a los trabajadores en los Acuerdos de Matignon. Luego se retractó de esas concesiones mediante la inflación y la especulación contra la deuda pública, antes de repudiarlas por completo, después de que el mariscal Pétain, con el apoyo de toda la clase dominante, impusiera la rendición ante la invasión nazi en 1940.
¿Qué propone Mélenchon frente a los nietos de la burguesía de 1940? No hizo un llamado a la movilización de la lucha de clases ni a la transformación de la sociedad mediante una revolución social que derrocara al capitalismo. Basándose en su populismo antimarxista, propuso una campaña electoral orientada a la refundación constitucional del Estado capitalista francés, pasando de la Quinta a la Sexta República mediante la introducción de la planificación ecológica a nivel regional:
La revolución ciudadana propuesta por LFI es una revolución cultural, un cambio concreto en los puntos de referencia de la sociedad. Por eso nuestra propuesta de ecorregiones es un proyecto central para nuestra Sexta República. La ecorregión es la base más cercana a la realidad, articulada junto con los gobiernos municipales, para llevar a cabo una planificación ecológica efectiva.
Mélenchon insistió en que esta refundación del Estado capitalista lo democratizaría y pondría fin a las medidas de austeridad con las que la burguesía responde a las crisis presupuestarias y de deuda. Agregó: “Somos personas serias y responsables. … Nos comprometemos, una vez que estemos en el gobierno, a poner en orden las finanzas públicas, porque somos los únicos que podemos hacerlo, imponiendo finalmente impuestos a las decenas de miles de grandes fortunas y a las corporaciones multinacionales que no pagan impuestos”.
Esta política, que evita exigir la expropiación de los monopolios capitalistas y las grandes fortunas, es un callejón sin salida político en la lucha contra el neofascismo y el militarismo.
Si hay una lección inolvidable de la catástrofe de 1936-1940, es que los trabajadores no pueden apoderarse de la riqueza de la oligarquía utilizando el Estado capitalista. Incluso cuando, ante el estallido de la lucha de clases, la burguesía retrocede temporalmente, regresa después con una política aún más violenta y desesperada. Para preservar su riqueza, está dispuesta a pisotearlo todo, desde los derechos democráticos más fundamentales hasta sus invocaciones al “honor sagrado” de la nación.
Por eso la burguesía francesa prefirió a Hitler antes que a las reformas del Frente Popular en 1940 y por eso hoy apoya cada vez más al RN.
Las propuestas ya muy manidas de Mélenchon sobre una Sexta República y la planificación ecológica no son suficientes para hacer frente a una crisis de este tipo. Mélenchon conserva un electorado obrero porque puede poner de relieve, a su manera, la crisis cada vez más profunda del orden existente. Así, en su escuela de verano, dijo:
Las grandes potencias del siglo XX se han derrotado a sí mismas. Trump y Netanyahu han sido derrotados por Irán. Putin está empantanado en Ucrania. En todas partes del planeta, los equilibrios geopolíticos y las alianzas se están desmoronando. … A este panorama le sumaré la amenaza de una crisis financiera mundial aún más grave que la de 2008, debido a la burbuja de la inteligencia artificial y a la situación del dólar estadounidense.
Pero esta situación exige una contraofensiva revolucionaria de la clase trabajadora. Mélenchon no hizo un llamado a movilizar a la clase trabajadora contra la guerra, a detener la explosión del gasto militar en la guerra de Ucrania y la militarización de Europa, ni a desenmascarar al RN. No advirtió a los votantes de clase trabajadora del RN sobre el plan de austeridad de 100 mil millones de euros del presidente del RN, Jordan Bardella, para luchar por recuperarlos y llevarlos de vuelta a la oposición de izquierda al capitalismo. Esto no entra en los cálculos electorales de su campaña a favor de la planificación ecorregional. Pero es una cuestión de vida o muerte para la clase trabajadora.
Por encima de todo, Mélenchon desvía la atención de los trabajadores de la lucha de clases internacional. El humillante revés de Trump en Irán y la movilización masiva de millones de jóvenes y trabajadores estadounidenses en las protestas “¡No Kings!” (Sin Reyes) contra Trump son señales de que se está gestando una nueva era de la lucha de clases. Pero los trabajadores y los jóvenes no pueden detener la guerra si se ven limitados por una estrategia electoral puramente nacional.
Los trabajadores deben organizarse de manera independiente, a nivel de las bases, construyendo la Alianza Internacional Obrera de Comités de Base (AIO-CB). Esta es la lección que nos deja el estrangulamiento por parte de las burocracias sindicales de las huelgas masivas de 2023 contra los recortes a las pensiones de Macron, que se desarrollaron en medio de una ola de huelgas de millones de trabajadores en Alemania, Gran Bretaña y toda Europa.
Mélenchon se limitó en ese momento a plantear una sola vez en un discurso la posibilidad de una huelga general. Las burocracias sindicales, por su parte, aterrorizadas por las protestas masivas que estallaron contra Macron, sofocaron el movimiento tan pronto como se aprobaron los recortes ilegítimos de Macron. Dando la espalda a sus hermanos y hermanas de clase de toda Europa y a la lucha por los Estados Socialistas Unidos de Europa, Mélenchon se adaptó a la traición sindical.
Pero para que la clase trabajadora pueda luchar con una perspectiva revolucionaria, independientemente de las burocracias sindicales, los defensores de esa perspectiva deben primero unirse. Esto no puede hacerse basándose en la perspectiva procapitalista de LFI. Esta es la tarea que se propone el Parti de l’égalité socialiste, siguiendo la advertencia de Trotsky en los años previos a la Segunda Guerra Mundial:
Lo que puede salvar la situación en Francia es la creación de una auténtica vanguardia revolucionaria de varios miles de hombres, que comprenda claramente la situación, que esté completamente libre de la influencia de la opinión pública burguesa y pequeñoburguesa (“socialista”, “comunista”, “anarcosindicalista”, etc.) y que esté dispuesta a ir hasta el final. Esa vanguardia sabrá encontrar el camino hacia las masas.
(Artículo publicado originalmente en inglés el 28 de agosto de 2026)
