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Perspectiva

El ataque masivo con drones contra Moscú marca una nueva etapa en la guerra de EE.UU.-OTAN con Rusia

Ucrania atacó Moscú en la madrugada del sábado, en los mayores ataques contra la capital rusa en lo que va de la guerra. El alcalde de Moscú dijo que se derribaron 450 drones dirigidos hacia la ciudad. Tres personas murieron en la región de Moscú, y se incendió la refinería que normalmente suministra el 40 por ciento del combustible de la ciudad.

El ataque siguió al ataque ruso con drones, una semana antes, contra un tren de pasajeros en la estación de Yahodyn, en el oeste de Ucrania, a unos 2 kilómetros de Polonia, minutos después de que pasara por allí un tren que transportaba al ex primer ministro británico Boris Johnson y a asesores de seguridad de varios gobiernos europeos.

El presidente ucraniano, Volodímir Zelenski, dijo el domingo que el ataque también había incluido al misil de crucero ucraniano Flamingo y al Pelican, el primer misil balístico de fabricación nacional del país. El Flamingo porta una ojiva de 1.150 kilogramos, frente a los 50-60 kilogramos de los drones Liutyi en los que Ucrania se ha apoyado, y usa un sistema de guía suministrado por la empresa francesa Safran.

Existe ahora un estado de guerra de facto entre Rusia y las potencias imperialistas de la OTAN, cuya política es la escalada implacable.

Ucrania está atacando ciudades rusas con armas pagadas, desarrolladas conjuntamente y, con frecuencia, suministradas directamente por las potencias de la OTAN, las cuales también proporcionan imágenes satelitales e inteligencia de blancos. Desde junio, la Unión Europea ha invertido 8.500 millones de euros en drones y misiles para Ucrania.

El financiamiento y el armamento de los ataques contra Moscú van más allá de la temeridad. Los líderes europeos saben que puede seguir un importante contraataque ruso, y sus acciones están destinadas a provocar precisamente esa represalia. El primer ministro polaco, Donald Tusk, le dijo a su Parlamento el jueves que la inteligencia sobre los planes rusos de ataques con drones y misiles contra los países que apoyan a Ucrania es ahora “altamente consistente y, lamentablemente, convincente”. Dos días después llegó el ataque contra Moscú.

Sin embargo, no hay llamados de ningún líder de las potencias europeas de la OTAN a negociaciones, a dar un paso atrás desde el precipicio. La presidenta de la Comisión Europea, Ursula von der Leyen, dijo el 2 de septiembre sobre la presión de Europa contra Rusia: “La aumentaremos. Y no nos detendremos”.

Las potencias de la OTAN calculan que, al escalar la guerra, pueden provocar el colapso del gobierno del presidente ruso, Vladímir Putin. Puede que crean que no se llegará a un intercambio nuclear. Pero están dispuestas a arriesgarse a que ocurra, y existe una lógica de los acontecimientos que es independiente de lo que cualquier gobierno se proponga.

¿Qué impulsa a las potencias imperialistas hacia tales acciones? La respuesta radica en las crisis sociales, económicas y políticas propias, para las cuales no tienen solución. Las intenciones criminales de quienes llevan a cabo estas políticas son bastante reales. Pero ellas mismas son producto de la lógica objetiva del imperialismo.

Las potencias europeas enfrentan un crecimiento lento, una productividad rezagada y una brecha tecnológica cada vez mayor con Estados Unidos y China, que Mario Draghi, expresidente del Banco Central Europeo, ha calificado de “un desafío existencial”. El imperialismo alemán desempeña el papel central en la escalada. Berlín es el mayor financista europeo de la guerra, y el canciller Friedrich Merz ha declarado que no habrá “ninguna restricción” sobre el alcance de las armas usadas contra Rusia. Alemania elevará su presupuesto de defensa un 32,7 por ciento el próximo año, a 109.700 millones de euros, mientras recorta 38.300 millones de euros de la salud y las pensiones para 2030.

Dos veces en el siglo XX, el imperialismo alemán marchó hacia el este. En 1941, Hitler lanzó una guerra de aniquilación contra la Unión Soviética para obtener lo que llamó Lebensraum, “espacio vital”, la conquista de la tierra, los recursos y la mano de obra del este, la cual costó 27 millones de vidas soviéticas. Ocho décadas después de la derrota del Tercer Reich, la clase dominante alemana, enfrentando la erosión de su base industrial y sus mercados de exportación, vuelve a ver una salida a su crisis en el este.

Estados Unidos, por su parte, es impulsado por una deuda federal masiva e insostenible, y por una crisis cada vez más profunda del sistema del dólar, acelerada por el aumento de los costos de endeudamiento. Los intereses sobre la deuda de 40 billones de dólares costaron 1,052 billones de dólares en los primeros 11 meses del año fiscal, más de lo que gastó el Pentágono. El rendimiento del bono del Tesoro a 10 años cerró el viernes en el 5,01 por ciento, su nivel más alto desde julio de 2007. El imperialismo estadounidense busca contrarrestar su declive económico por medios militares.

La escalada por parte de las potencias europeas es, en parte, una respuesta al giro en la política exterior estadounidense bajo Trump. La atención de la administración está fija, al menos por ahora, en la guerra contra Irán, que comenzó el 28 de febrero, y en el conflicto con China, cuyo presidente, Xi Jinping, llega a Washington esta semana.

Al mismo tiempo, sectores dominantes del establishment gobernante estadounidense están azuzando a los europeos. Cincuenta y ocho demócratas de la Cámara de Representantes votaron el 16 de septiembre a favor de un proyecto de ley que autoriza aranceles de hasta el 100 por ciento contra los mayores compradores de petróleo ruso, y el líder de la minoría en la Cámara, Hakeem Jeffries, quien votó en contra, objetó que era demasiado débil. Si los demócratas ganan el control del Congreso el 3 de noviembre, perseguirán un programa aún más agresivo de guerra contra Rusia.

Las potencias imperialistas estadounidense y europeas han llegado a una posición análoga a la de las grandes potencias en 1914. En las semanas posteriores al asesinato del archiduque austriaco en Sarajevo, el 28 de junio de 1914, los gobiernos de Alemania, Austria-Hungría, Rusia, Francia y Reino Unido concluyeron que la guerra, con todas sus terribles consecuencias, era la opción menos mala ante ellos. Al igual que en 1914, y como ocurrió con Hitler en 1939, las clases dominantes ven la guerra como un medio para suprimir problemas que no pueden resolver. Ninguno de estos gobiernos está dispuesto a retroceder, y no hay ninguna línea roja que no estén dispuestos a cruzar.

Los gobiernos han elegido la escalada, pero no controlan sus consecuencias. Si se les pudiera mostrar cómo lucirán sus ciudades dentro de dos años, no los detendría. León Trotsky, codirigente de la Revolución rusa, escribió en el programa fundacional de la Cuarta Internacional, de 1938: “La burguesía, por supuesto, es consciente del peligro mortal que una nueva guerra representa para su dominio. Pero esa clase es hoy inmensurablemente menos capaz de evitar la guerra de lo que lo era en vísperas de 1914”. Esta valoración es aún más cierta hoy.

La guerra, ya en su quinto año, fue instigada por las potencias de la OTAN. Tres décadas de expansión de la OTAN hacia las fronteras de Rusia, y la transformación de Ucrania en una armada patrocinada por la OTAN, estuvieron dirigidas a provocar el conflicto que comenzó con la invasión de Putin en febrero de 2022.

El régimen ucraniano, que libra la guerra en nombre de las potencias imperialistas, enfrenta quizás la crisis más profunda de todas. La dictadura de Zelenski gobierna bajo ley marcial, no celebra elecciones y ha prohibido a los partidos de oposición. Recluta capturando a hombres en las calles, y enfrenta una resistencia cada vez mayor al reclutamiento forzoso en Leópolis, Ternópil, Lutsk y otras ciudades.

El 10 de agosto, un tribunal ucraniano condenó al socialista Bogdán Syrotiuk, de 27 años, a 15 años de prisión por oponerse a la guerra y llamar a la unidad de los trabajadores ucranianos y rusos contra ella.

La invasión reaccionaria de Ucrania fue la respuesta de un régimen que es, en sí mismo, producto de la disolución de la Unión Soviética en 1991. El gobierno ruso es un gobierno de oligarcas que se enriquecieron mediante el saqueo de la propiedad estatal, y sus políticas han representado un callejón sin salida desde el principio. La estrategia de Putin a la hora de invadir Ucrania era presionar a las potencias de la OTAN, a las que constantemente llamaba sus “socios occidentales”, para lograr un acomodo con Rusia. En cambio, ellas usaron la invasión como pretexto para una escalada militar masiva.

El mayor peligro de la situación política es el abismo entre la magnitud de la amenaza y la comprensión de ella entre la población. Masas de personas perciben el peligro, pero no pueden creer que sus gobiernos arriesgarían una guerra nuclear. Los gobiernos están explotando esta incredulidad. Los medios y el establishment político hacen todo lo posible por impedir que la población conozca y comprenda los peligros.

Los trabajadores y los jóvenes de todos los países deben ser advertidos de que sus gobiernos los están conduciendo hacia una guerra con Rusia que puede terminar en el uso de armas nucleares, y de que ninguna sección de la élite política la detendrá.

Nada puede detener esta guerra, salvo un movimiento de la clase obrera internacional. Existe la base para semejante movimiento. Hay una oposición cada vez mayor en la clase obrera de todos los países, expresada en una creciente ola de huelgas y protestas. El impacto de la guerra, incluidos los precios disparados y el vaciamiento de los programas sociales para pagar el rearme, se combina con la crisis social general: niveles asombrosos de desigualdad, despidos masivos y el asalto a los derechos democráticos.

Estas luchas deben unirse en un movimiento político consciente. Debe ser internacional, uniendo a los trabajadores de Ucrania, Rusia, Europa y América contra su enemigo común. Debe ser independiente de todos los partidos de la clase dominante, que apoyan la guerra. Debe ser socialista, dirigido contra el sistema capitalista que es la fuente de la guerra.

La alternativa a la guerra mundial es la revolución socialista mundial.

(Artículo publicado originalmente en inglés el 20/09/2026).

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