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Una crisis creciente en el sistema financiero de EE. UU.

El aumento del rendimiento (tasa de interés) de los bonos del Tesoro de EE. UU. a 10 años por encima del 5 por ciento la semana pasada constituye un hito significativo en lo que se perfila como una crisis emergente en el sistema financiero estadounidense. El rendimiento alcanzó su nivel más alto desde 2007, antes de que estallara la crisis financiera mundial al año siguiente.

En algunos círculos se ha caracterizado como una especie de “normalización” del mercado de bonos después de los rendimientos muy bajos que se mantuvieron durante gran parte de las últimas dos décadas. Pero las condiciones que prevalecen actualmente indican que está lejos de ser así.

El hecho más destacado es el crecimiento acelerado de la deuda estadounidense: se ha multiplicado por más de cuatro, pasando de menos de 10 billones de dólares en 2007 —lo que representaba el 62 por ciento del PIB— a 40 billones de dólares en la actualidad, lo que equivale a alrededor del 125 por ciento del PIB.

La gravedad de la situación es bien conocida en los círculos financieros dominantes. Como señaló el ex presidente de la Reserva Federal, Jerome Powell, antes de dejar el cargo a principios de este año: «No terminará bien si no hacemos algo bastante pronto».

Potencialmente aún más significativo que el tamaño absoluto de la montaña de deuda es el aumento de los pagos por intereses, particularmente tras la subida de las tasas de interés que comenzó en 2022.

En 2019 fue de 575 mil millones de dólares. Hoy en día, el gasto por intereses asciende a 1,25 billones de dólares y se está convirtiendo rápidamente en la partida más importante del presupuesto de EE. UU., lo que da lugar a lo que se ha caracterizado como un “círculo vicioso”, en el que el aumento de los pagos de intereses hace necesario un mayor endeudamiento, lo que incrementa aún más el gasto por intereses.

La deuda de EE. UU. se financia a través del mercado del Tesoro de EE. UU., de 32 billones de dólares, donde el gobierno emite nueva deuda y donde se compran y venden los bonos ya emitidos. El volumen promedio diario de operaciones ronda los 1,2 billones de dólares.

El bono a 10 años constituye la base del sistema financiero estadounidense y mundial, ya que se ha considerado un activo “sin riesgo”. Pero desde la crisis de marzo de 2020, cuando los mercados de bonos del Tesoro se paralizaron y no se pudieron encontrar compradores para la deuda del gobierno de EE. UU., esa suposición, que ha prevalecido desde tiempos inmemoriales, ha sido puesta en duda.

La crisis, que muchos funcionarios financieros estadounidenses han llegado a considerar incluso más grave que la de 2008 —aunque no tuvo los mismos efectos económicos en cadena—, se resolvió mediante una intervención masiva de la Reserva Federal, en la que esta desembolsó unos 4 billones de dólares, constituyendo un respaldo para todos los mercados financieros.

Investigaciones posteriores han revelado que las actividades especulativas de los fondos de cobertura, que utilizan grandes cantidades de fondos prestados para realizar sus apuestas, desempeñaron un papel fundamental en el desencadenamiento de la crisis. Su participación representa un cambio significativo en la estructura del mercado de bonos del Tesoro de EE. UU.

Anteriormente, este mercado estaba dominado por grandes instituciones financieras, bancos, importantes compañías de seguros y entidades similares, que mantenían deuda pública a largo plazo por los rendimientos que podía generar. Hoy en día, las actividades de los fondos de cobertura —que, por su naturaleza, entran y salen rápidamente de operaciones financiadas con grandes cantidades de préstamos a corto plazo— están adquiriendo un papel dominante.

Se ha estimado que alrededor de 1,5 billones de dólares en bonos del Tesoro están invertidos en las llamadas “operaciones de base”, en las que los fondos de cobertura y otros actores toman prestadas grandes cantidades de dinero para obtener ganancias a partir de la mínima diferencia entre el precio de un bono y su cotización en el mercado de futuros.

A principios de este año, la Reserva Federal publicó un estudio que reveló que los fondos de cobertura habían duplicado su exposición a la deuda pública de EE. UU. entre 2023 y 2025 y que ahora poseen alrededor del 8,5 por ciento del mercado, lo que significa que pueden desempeñar un papel decisivo al desencadenar una «corrida hacia la salida» en momentos de turbulencia.

Como señaló el informe: «La combinación de gran escala, alta concentración y elevado apalancamiento crea el potencial para una tensión sistémica si múltiples participantes se enfrentan a presiones simultáneas o si se producen choques graves que afecten a los participantes más importantes».

Otra fuente de inestabilidad es el alejamiento de los inversionistas extranjeros, incluidos los bancos centrales, de la deuda estadounidense, lo que refleja una creciente falta de confianza en el estado de las finanzas públicas. Si bien los activos denominados en dólares siguen predominando, el oro ocupa ahora una proporción mayor de las reservas de los bancos centrales que los bonos del Tesoro de EE. UU. Las cifras más recientes muestran que el valor de la deuda pública estadounidense en poder de China cayó a 618 mil millones de dólares en julio, menos de la mitad de su nivel de 1,3 billones de dólares en 2013.

Los flujos internacionales hacia las acciones estadounidenses representan actualmente el 2,8 por ciento del PIB, una cifra superior a la inversión en bonos del Tesoro, que es del 2 por ciento, salvo por un breve período durante la pandemia. Es evidente que el capital internacional busca sacar provecho del auge del mercado bursátil impulsado por la inteligencia artificial.

Pero dicha actividad, descrita por un analista de Deutsche Bank como un “gran cambio en los mercados de activos de EE. UU.”, tiene el potencial de acarrear consecuencias importantes. Las entradas de capital extranjero han sido durante mucho tiempo un factor clave para sostener el mercado de deuda de EE. UU. Si el dinero se dirige a otros lugares, esto amenaza con provocar un aumento en las tasas de los bonos, elevando el costo de la deuda para las gigantes de la IA, lo que a su vez podría sofocar el auge de la IA, el cual está desempeñando un papel cada vez más importante en el sostenimiento de la economía en general.

El aumento de las tasas de interés también está afectando fuertemente a los fondos de crédito privados, que se endeudaron considerablemente cuando las tasas de interés se encontraban en niveles ultrabajos. Sus modelos de negocio se han basado en comprar empresas y luego llevar a cabo una “reestructuración” antes de venderlas con ganancias.

Las tasas de interés más altas afectan al capital privado en dos frentes. Por un lado, deben aumentar lo que pagan por su deuda; por otro, les resulta cada vez más difícil vender las empresas que han adquirido con una ganancia suficiente, si es que logran venderlas.

Al informar sobre esta situación, el Wall Street Journal señaló que los inversionistas habían estado exigiendo recuperar una cifra récord de 349 mil millones de dólares en “empresas zombis” —es decir, empresas que no se podían vender— y que el “sufrimiento” de los fondos de capital privado, que cuentan con más de 2 billones de dólares en activos en Estados Unidos, estaba “repercutiendo en todo el sistema financiero”.

Turquía ofrece una advertencia de lo que podría ocurrir en EE. UU. de una forma u otra, ya que allí las autoridades liquidaron la semana pasada 131 fondos de inversión como resultado de lo que se ha descrito como una estafa masiva similar al esquema de Ponzi.

Un comentario reciente en el Financial Times aconsejó al secretario del Tesoro de EE. UU., Scott Bessent, que prestara atención porque, si bien Estambul estaba muy lejos de Wall Street y era fácil restar importancia a los problemas de los “mercados emergentes” el escándalo en Turquía “tiene más paralelismos con los mercados desarrollados de lo que los observadores estarían dispuestos a admitir”.

Los mercados financieros dependen no solo del movimiento del dinero, sino también de la confianza en que las autoridades del Estado, encargadas de garantizar la seguridad del propio sistema, sepan lo que están haciendo y tengan una perspectiva clara.

Esa confianza ya se ha visto gravemente sacudida por las acciones del presidente Trump: sus aumentos de aranceles, sus guerras, sus amenazas contra la independencia de la Reserva Federal y su incesante exigencia de que las tasas de interés se reduzcan al 1 por ciento.

Pero ha surgido un nuevo factor desestabilizador en la figura de Bessent, a quien en los círculos financieros se consideraba el llamado “adulto en la sala”. Sin embargo, sus acciones recientes indican que los más altos niveles del aparato financiero del Estado están lidiando con una situación que amenaza con salirse de su control.

A finales de julio, Bessent organizó una intervención junto con Japón para detener la caída del valor del yen, ante el temor de que esto provocara una venta masiva de dólares en los mercados de divisas mientras las autoridades japonesas intentaban contrarrestarla. Tras el fracaso de esa medida, presionó al Banco de Japón para que aumentara su tasa de interés en su reunión de la semana pasada, con la esperanza de que esto estabilizara el yen. Esa iniciativa también parece haber fracasado. Incluso desafió a los mercados a apostar en su contra al declarar: “Yo soy la casa”.

Preocupado por el aumento de los rendimientos de los bonos a plazos más largos en los mercados de EE. UU., Bessent anunció que el Tesoro elevaría sus recompras de deuda a largo plazo de 2 mil millones de dólares a hasta 6 mil millones de dólares por operación.

Eso también ha fracasado. Y ocurrió justo cuando la Reserva Federal, por primera vez en tres años, subió su tasa en 0,25 puntos porcentuales e indicó que vendrían más subidas. El resultado ha sido que, mientras un brazo del aparato financiero del Estado buscaba bajar las tasas en el segmento de plazo más largo del mercado, otro las subía en el de plazo más corto.

Este tipo de medidas improvisadas han dado lugar a crecientes comentarios de que Estados Unidos, el centro del sistema financiero mundial, se está volviendo cada vez más parecido a una economía de los llamados “mercados emergentes”.

Las cuestiones inmediatas que surgen de esta crisis en desarrollo son: ¿Hacia dónde se dirige el sistema financiero? ¿Y cuáles son las implicaciones para la clase trabajadora, que se enfrenta a ataques cada vez más intensos contra su nivel de vida y sus condiciones sociales?

Una clara indicación de lo que nos espera en el futuro cercano la proporcionó un reciente artículo de opinión publicado en el New York Times por Jared Bernstein, presidente del Consejo de Asesores Económicos de la administración de Biden.

“Durante años”, escribió, “no fui alarmista respecto a la deuda nacional. Durante la administración de Biden, incluso critiqué a quienes pedían una política presupuestaria más austera. Pensaba que la austeridad fiscal haría más daño que bien. Nuestra realidad fiscal ha cambiado significativamente desde entonces, y también lo ha hecho mi postura respecto a la deuda pública”.

Advirtió que, dado que la deuda compuesta crece más rápido que la economía, Estados Unidos corre el riesgo de “entrar en una espiral de deuda”.

Las implicaciones para la clase trabajadora son claras: el capitalismo estadounidense, como reconoce incluso alguien que se autodenomina “no alarmista” como Bernstein, está atrapado en el vórtice de una crisis cada vez mayor.

Los representantes del Estado capitalista y los oligarcas a quienes sirve se están preparando para un nuevo ataque masivo contra la clase trabajadora. El programa de austeridad que exigen no puede llevarse a cabo pacíficamente, sino solo a través de niveles cada vez mayores de violencia estatal, de la cual las medidas aplicadas hasta ahora bajo el gobierno de Trump, con la connivencia de los demócratas, son solo el comienzo.

La clase trabajadora debe intensificar su lucha contra este programa de guerra de clases mediante el desarrollo de comités de base en las fábricas, los lugares de trabajo y las comunidades, y llevar adelante la lucha política por el socialismo.

(Artículo publicado originalmente en inglés el 21 de septiembre de 2025)

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