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Perspectiva

Las elecciones de medio mandato en EE.UU.: crece la oposición a Trump, mientras ambos partidos apoyan la guerra y la austeridad

El presidente Donald Trump, a la izquierda, camina desde Marine One para abordar el Air Force One el sábado 26 de septiembre de 2026 en la Base Conjunta Andrews, Maryland. [AP Photo/Julia Demaree Nikhinson]

Las elecciones de medio mandato en Estados Unidos del 3 de noviembre, que se celebrarán dentro de apenas cinco semanas, tienen lugar en condiciones de una crisis económica, social y política extrema.

La administración Trump se encuentra en el séptimo mes de su guerra criminal contra Irán, que está financiando, junto con los recortes de impuestos para los ricos aprobados el año pasado, mediante una deuda nacional que actualmente supera los 40 billones de dólares. Los pagos de intereses sobre esa deuda ya superan el presupuesto militar y pronto superarán los pagos netos de Medicare.

La crisis fiscal que se avecina ya está alimentando las exigencias de la aristocracia financiera de recortes masivos a la Seguridad Social, Medicare y Medicaid, y a lo poco que queda de otros programas de la red de “seguridad” social de Estados Unidos, groseramente insuficiente. La semana pasada, la administración Trump dejó sin subsidios de la Ley de Atención Médica Asequible a 760.000 personas.

La única solución que ofrece el aspirante a dictador en la Casa Blanca es una combinación de violencia militar en el extranjero y represión policial en el país. Dijo el martes ante la Asamblea General de las Naciones Unidas que se acerca a decidir si “aniquilará” a Irán, y que las elecciones estadounidenses —es decir, los votos del pueblo estadounidense— no tendrán ninguna influencia en esa decisión.

De hecho, la administración se está preparando para controlar ella misma las elecciones. Después de fracasar en su intento de tomar el control de la votación por correo a través del Servicio Postal, ha demandado a 24 estados por sus padrones electorales, y sus principales funcionarios encargados de hacer cumplir la ley han respaldado el envío de agentes del ICE y del FBI a los centros de votación, desafiando una ley federal que establece como delito estacionar a “hombres armados” en los lugares de votación. Trump está sentando las bases para rechazar los resultados si, como parece probable, el Partido Republicano sufre una debacle.

La administración es cada vez más odiada. Millones de personas han marchado en las protestas “Sin Reyes”, unas de las mayores de la historia estadounidense. La aprobación de Trump se sitúa en el 37 por ciento en la encuesta de Marquette y en el 32 por ciento en las de Quinnipiac y Reuters/Ipsos, el nivel más bajo de cualquiera de sus dos mandatos. El 49 por ciento dice estar peor económicamente que hace un año, y solo el 19 por ciento aprueba la gestión de Trump respecto a la inflación, mientras los precios de la gasolina promedian ahora más de 4,50 dólares por galón.

Respecto a Irán, solo el 28 por ciento aprobó las políticas de Trump, mientras que el 60 por ciento se opone abiertamente a la guerra, la cifra más alta jamás registrada para una guerra estadounidense en su primer año. Aproximadamente el 74 por ciento se opone al envío de tropas terrestres y el 66 por ciento dice que no ha valido la pena librar la guerra.

Una indicación del sentimiento general se produjo cuando Trump fue abucheado ruidosamente en un partido de fútbol universitario en Tennessee, un estado que ganó por amplios márgenes en sus tres campañas presidenciales. Según una versión de prensa, cuando apareció en la pantalla del estadio un video de la llegada de Trump, “un rugido de abucheos audible por encima de los aplausos dispersos” se difundió rápidamente en las redes sociales. Trump ganó la zona de Knoxville, donde se disputó el partido, por 59-39 por ciento en 2024.

La profunda impopularidad de Trump se manifiesta no solo en la reacción de las multitudes, sino también en los lugares donde decide presentarse. Sus dos próximas paradas de campaña para las elecciones de otoño son Oklahoma y Alabama, estados donde ganó por amplios márgenes. El vicepresidente JD Vance hizo campaña en Kansas, donde ningún republicano ha perdido una elección al Senado en casi un siglo. Si los republicanos necesitan ayuda en esos estados, realmente se enfrentan a un desastre el 3 de noviembre.

Las mismas encuestas muestran que el Partido Demócrata tiene una ventaja de entre 8 y 13 puntos porcentuales en la votación genérica, lo que sugiere una mayoría de entre 20 y 40 escaños en la Cámara de Representantes, pese a los esfuerzos del Partido Republicano, respaldado por la Corte Suprema, para manipular mediante la manipulación de los distritos electorales del Congreso. El número de escaños del Senado estadounidense en contienda cerrada, que ha aumentado de un puñado a más de una docena, incluye escaños republicanos en Alaska, Florida, Iowa, Kansas, Maine, Misisipi, Nebraska, Carolina del Norte, Ohio y Texas en riesgo, frente a solo Michigan, Minnesota y New Hampshire para los demócratas.

Una victoria demócrata en las elecciones de medio mandato, aunque demostraría la hostilidad masiva hacia la administración Trump, no cambiaría nada de la crisis del sistema capitalista que constituye la fuerza impulsora de las políticas de Trump. El Partido Demócrata, como partido capitalista e instrumento de los oligarcas financieros y del aparato de inteligencia y militar, defiende los mismos intereses sociales que Trump.

Son estos intereses sociales —la enorme riqueza de los multimillonarios, Wall Street y la élite empresarial— los que dictan las políticas del Gobierno de Estados Unidos, independientemente de si quienes reciben las órdenes son los demócratas o los republicanos.

Trump no es un maníaco cualquiera que haya llegado por casualidad a la Casa Blanca. Es un representante genuino de la élite gobernante estadounidense, una amalgama corrupta de estafa, especulación y robo descarado. Él y su familia han acumulado miles de millones desde su regreso a la Casa Blanca hace poco más de 20 meses. Ha beneficiado a su clase, devolviéndole billones de dólares en recortes de impuestos en 2017 y 2025, que recompensaron invirtiendo en sus campañas.

Un nuevo estudio concluyó que la remuneración de los directores ejecutivos de las mayores empresas estadounidenses aumentó un 14 por ciento en 2025, hasta un promedio de 27,9 millones de dólares. Los directores ejecutivos ganaron 325 veces más que el trabajador típico el año pasado. Este no es un proceso que haya comenzado con Trump. Es producto de la crisis y la decadencia de larga duración del capitalismo estadounidense. De 1978 a 2025, la remuneración de los directores ejecutivos aumentó un 1.316 por ciento, mientras que los salarios y prestaciones de los trabajadores típicos aumentaron solo un 28 por ciento.

El Partido Demócrata no ofrece ninguna alternativa porque defiende el sistema capitalista con la misma firmeza que Trump, aunque sus métodos difieran en ciertos detalles. Su campaña electoral gira en torno a la “asequibilidad”, una palabra escogida para reconocer la ira por los precios sin nombrar su causa, el capitalismo. La publicidad del partido ataca los aranceles de Trump y los recortes republicanos a Medicaid. La guerra de Trump contra Irán, si es que aparece, es criticada porque eleva los precios de la gasolina, no porque constituya un crimen contra el derecho internacional y la Constitución de Estados Unidos.

Lo que realmente defienden los demócratas quedó expuesto durante la visita de Estado de Xi Jinping. El senador Chuck Schumer se quejó de que Trump había recibido al presidente chino “como un suplicante” y que debía “finalmente mostrar algo de firmeza”. Veintiún senadores demócratas exigieron ampliar las ventas de armas a Taiwán. El senador Richard Blumenthal declaró el domingo en Fox News: “Que el presidente esté... celebrando a Xi mientras este está ayudando a Irán, que intenta matar a nuestros hijos e hijas, es absolutamente [aborrecible]. Y estoy conmocionado y profundamente alarmado de que el presidente, en efecto, se esté inclinando ante él y no esté desembolsando el dinero que Taiwán necesita para defenderse”.

En cualquier caso, no se trata de lo que los demócratas podrían querer hacer, incluso tomando sus palabras al pie de la letra. Se trata de lo que pueden hacer dentro del marco del capitalismo. Quienquiera que controle el Congreso en enero se enfrentará al mismo billón de dólares en intereses, al mismo mercado de bonos, a las mismas exigencias del aparato militar y al mismo derrumbe del dominio económico mundial estadounidense. Ningún partido que defienda este sistema puede poner fin a la guerra, reducir la deuda o restaurar lo que ha sido recortado, porque la guerra y la deuda son los medios mediante los cuales la clase gobernante estadounidense lucha por mantener su posición en el mundo.

Los demócratas lo saben, por lo que ya se están preparando para el bipartidismo. Jared Kushner se reunió en privado con Hakeem Jeffries en agosto para discutir “maneras en que la Casa Blanca y los demócratas pueden colaborar”. La resolución que financia la guerra hasta diciembre fue aprobada por 370 votos contra 48 en la Cámara y 90 contra 6 en el Senado. El primer acto de una mayoría demócrata sería un llamado a la unidad en materia de “seguridad nacional”.

Una expresión crítica de estos planes de colaboración con Trump es la selección de candidatos demócratas para las elecciones del 3 de noviembre. Un próximo análisis del WSWS ha descubierto que más de 60 candidatos demócratas a la Cámara de Representantes provienen directamente del aparato de inteligencia y militar.

En caso de que los demócratas obtengan avances considerables en las elecciones, habrá muchos más agentes de inteligencia, militares y graduados de West Point y Annapolis en el bloque demócrata que autodenominados “socialistas democráticos”. Entre los favoritos demócratas en escaños disputados estrechamente se encuentran dos generales y dos almirantes, así como funcionarios de carrera del Departamento de Estado, la Agencia de Inteligencia de Defensa, la Agencia de Seguridad Nacional y el FBI.

No es que los “demócratas de la CIA” sean necesarios como contrapeso a los demócratas del DSA. En muchos casos, particularmente en política exterior, existe una considerable coincidencia. Esto no solo se deriva de la historia del DSA como tendencia política anticomunista y proimperialista, sino, más fundamentalmente, de las fuerzas de clase que determinan la orientación del Partido Demócrata en su conjunto y de todas sus facciones.

Las elecciones de medio mandato registrarán la ira de la población, y el Partido Demócrata intentará absorberla y desviarla. Pero la crisis que produjo esa ira se intensificará cualquiera que sea el resultado, y empujará a la clase trabajadora a la lucha contra ambos partidos. La tarea es dar a esa lucha una forma política independiente: un movimiento de la clase trabajadora, organizado en comités de base y vinculado a través de las fronteras, dirigido contra la guerra y el orden social que la produce.

(Artículo publicado originalmente en inglés el 28/09/2026)

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