¿Está el mundo al borde de una guerra nuclear? La pregunta surge directamente de los acontecimientos de los últimos días, mientras la guerra de EE.UU. y la OTAN contra Rusia en Ucrania escala hacia una confrontación abierta entre potencias con armas nucleares.
Rusia declaró esta semana que está preparada para utilizar armas nucleares si la OTAN avanza hacia un bloqueo de Kaliningrado, el territorio ruso en el Báltico situado entre Polonia y Lituania. La advertencia fue emitida a través de las Embajadas rusas en Bélgica, Reino Unido e Irlanda los días 28 y 29 de septiembre, y en una nota diplomática dirigida a la OTAN.
Al afirmar que la OTAN estaba preparando un “bloqueo aéreo y naval” de Kaliningrado, la embajada rusa en Irlanda declaró: “No debe haber ningún error: Rusia estaría dispuesta a utilizar todo su arsenal, incluidas las armas nucleares, para defender su territorio si los países de la OTAN intentan aislar la región de Kaliningrado del resto del país”.
La portavoz de la OTAN, Allison Hart, respondió el martes declarando: “La OTAN es una alianza defensiva y ninguna de nuestras actividades o ejercicios supone un riesgo para ninguna parte de Rusia” y denunció “la amenaza del uso de la fuerza, incluida cualquier retórica nuclear irresponsable”.
Esta declaración es completamente falsa, ya que la alianza de la OTAN está armando y orientando ataques ucranianos en las profundidades de Rusia. NBC News informó en octubre de 2025 que la administración Trump proporcionaría a Kiev inteligencia para ayudarla a “atacar instalaciones de petróleo y gas dentro de Rusia”. El 30 de julio, la Comisión Europea pagó a Kiev 3.470 millones de euros, incluida financiación para “drones propulsados por motores a reacción de largo alcance”. En la noche del 19 al 20 de septiembre, Ucrania lanzó el mayor ataque con drones de la guerra contra Moscú y la región circundante. El 28 de agosto, fuerzas ucranianas atacaron un bombardero estratégico Tu-95, parte de las fuerzas nucleares de Rusia, en la base aérea de Engels.
Además, las “actividades y ejercicios” de la OTAN están dirigidos contra la propia Kaliningrado. A mediados de agosto, según una fuente militar occidental citada por Reuters, decenas de aeronaves de la OTAN llevaron a cabo una operación no anunciada alrededor del enclave. La operación demostró que podían cortar sus enlaces de radio y radar y sus defensas aéreas. Desde enero, 14 Estados europeos han tratado a los petroleros vinculados a Rusia que cambian de bandera o apagan sus transpondedores como “buques sin Estado” susceptibles de ser abordados, y Suecia incautó uno en marzo.
El 11 de septiembre, el ministro de Relaciones Exteriores polaco Radosław Sikorski dijo sobre Kaliningrado: “Apenas hay tropas allí”. Propuso que la OTAN “haga ejercicios de forma tan agresiva de nuestro lado que [Putin] no esté seguro de lo que haremos”. Añadió: “No deberíamos pensar en nuestra confrontación con Rusia como algo que se limita únicamente a Ucrania”.
Las potencias europeas están procediendo sobre la base de que las amenazas de Moscú son falsas. En la Cumbre de Defensa y Espacio de Euronews en Bruselas el miércoles, el secretario general de la OTAN, Mark Rutte, declaró: “No me tomo esto en serio. … Todo el mundo sabe que [Putin] nunca puede ganar contra la OTAN”.
La lógica es la de una escalada implacable. Las potencias europeas han vinculado su política a una victoria ucraniana. “Putin necesita sentir que la guerra está llegando a la propia Rusia”, declaró el miércoles el comisario de Defensa de la UE, Andrius Kubilius.
Mientras tanto, la posición militar de Ucrania se está deteriorando. En julio interceptó solo 29 de 195 misiles balísticos rusos y comienza el invierno sin las defensas aéreas que necesita para proteger su red eléctrica. Cada nuevo revés será respondido con una nueva escalada: la introducción de fuerzas terrestres o la apertura de nuevos frentes, incluido Kaliningrado.
Para Moscú, las consecuencias difícilmente podrían ser más graves. Kaliningrado es en el Báltico lo que Crimea representa en el mar Negro. Es el cuartel general de la Flota del Báltico y la base de los misiles Iskander de Rusia, con capacidad nuclear. Desde que Finlandia y Suecia se unieron a la OTAN, ha quedado rodeada por la alianza por tierra y mar.
En un aspecto, el enclave es más sensible que Crimea. Su estatus ha sido reconocido internacionalmente desde la Conferencia de Potsdam de 1945, que lo transfirió a la Unión Soviética. Una acción contra Kaliningrado sería un ataque contra un territorio que ningún Gobierno disputa que sea ruso. La doctrina nuclear rusa permite una respuesta nuclear a una agresión convencional que cree “una amenaza crítica” para su integridad territorial.
Nikolai Sokov, antiguo diplomático ruso y analista nuclear con sede en Viena, dijo a Reuters en una entrevista publicada el miércoles: “Ellos (Rusia) esperan más acciones, incluido un bloqueo del mar Báltico, justo por debajo del nivel de guerra según el cálculo europeo, pero para ellos esto será una guerra abierta. Veo un riesgo de error de cálculo mutuo”.
Un bloqueo de Rusia puede estar “justo por debajo del nivel de guerra según el cálculo europeo”, pero conforme al derecho internacional constituye un acto de guerra. La definición de agresión adoptada por la Asamblea General de las Naciones Unidas en 1974 incluye “el bloqueo de los puertos o costas de un Estado por las fuerzas armadas de otro Estado”.
Dados los riesgos, es asombroso que no haya llamados a negociaciones ni se hable de una solución. El único debate en las capitales europeas es hasta dónde y con qué rapidez escalar.
Esta es la temeridad de las potencias imperialistas asediadas por una profunda crisis social, económica y política, que impulsan la guerra sin considerar adónde conduce. El régimen de Putin, que habla en nombre de la oligarquía capitalista y es incapaz de hacer un verdadero llamamiento a la clase trabajadora internacional, responde con amenazas nucleares.
El contraste con 1962 es tajante. Cuando Estados Unidos y la Unión Soviética llegaron al borde de una confrontación por los misiles soviéticos en Cuba, el peligro fue reconocido abiertamente. El presidente John F. Kennedy anunció la crisis por televisión nacional el 22 de octubre y, durante la semana siguiente, el mundo siguió cada acontecimiento. Kennedy y el líder soviético Nikita Jruschov intercambiaron cartas, y los dos Gobiernos, temiendo las consecuencias, negociaron por canales indirectos hasta encontrar una forma de retroceder. Hoy no existe ni reconocimiento ni negociación.
Existe un abismo enorme entre la magnitud del peligro y el conocimiento que tiene de él la población. Millones de personas perciben que algo está profundamente mal, pero no pueden creer que sus Gobiernos arriesgarían una guerra nuclear. En la medida en que el peligro se presenta en los medios, aparece como la inexplicable amenaza de los rusos, la “retórica nuclear” de Putin y la “guerra híbrida”. Nunca se presenta como una respuesta a lo que están haciendo las potencias de la OTAN.
Hasta la noche del miércoles, el New York Times y CNN no habían informado sobre la advertencia de Moscú. Los medios que sí se pronuncian están presionando por una mayor escalada. El Washington Post escribió el lunes: “Un mejor mensaje de Trump sería que Estados Unidos permitirá que Ucrania haga más si Rusia no cede”.
Los demócratas han atacado al presidente estadounidense Donald Trump por no ser suficientemente agresivo contra Rusia. El 24 de septiembre, 21 senadores demócratas declararon que los “llamamientos a la desescalada” en la cumbre de Trump con el presidente chino Xi Jinping “no hacen nada para detener el flujo de bienes chinos de doble uso que mantienen viva la maquinaria bélica de Vladimir Putin”. Entre los firmantes se encontraban el líder demócrata Chuck Schumer, Elizabeth Warren y Adam Schiff.
La guerra en Ucrania, provocada por tres décadas de expansión de la OTAN hasta las fronteras de Rusia, forma parte de una lucha por la dominación mundial que se libra en todos los continentes. Más de cuatro años después del comienzo de la guerra, se está preparando a espaldas de la población una nueva y catastrófica etapa. La clase trabajadora, que pagará el precio, debe ser alertada. Los Gobiernos que recortan empleos y programas sociales para financiar el rearme son los mismos que conducen hacia una guerra que podría volverse nuclear.
La lucha contra la guerra debe vincularse a la lucha de clases que ya se está desarrollando. La misma crisis que está impulsando a la clase dominante hacia la guerra está empujando a los trabajadores a luchar contra los despidos, contra la destrucción de los programas sociales y contra los ataques a los derechos democráticos.
La clase trabajadora es la única fuerza social capaz de detenerla, pero solo puede hacerlo si comprende lo que se está preparando y lucha conscientemente contra la guerra y contra el sistema capitalista que la produce. La primera tarea es romper el silencio sobre el peligro. Instamos a nuestros lectores a difundir esta declaración lo más ampliamente posible.
(Artículo publicado originalmente en inglés el 01/10/2026)
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