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Un súper El Niño agravará la crisis de hambre que enfrentan cientos de millones de niños en todo el mundo

Anomalías de la temperatura superficial del mar, 4 de octubre. [Foto: NOAA] [Photo: NOAA]

El Niño, el calentamiento recurrente del océano Pacífico ecuatorial, recibió originalmente su nombre de los pescadores peruanos por una corriente cálida frente a sus costas, pero desde hace mucho tiempo se sabe que modifica los patrones meteorológicos en todo el planeta. En la economía mundial actual, sus efectos se sienten no solo en el clima, sino también a través de las cadenas mundiales de suministro que vinculan la producción agrícola, la pesca, el comercio y los precios de los alimentos.

El fenómeno que se está desarrollando amenaza con ser el más poderoso del que se tenga registro, traduciéndose en miles de millones de dólares en pérdidas, hambre, destrucción de viviendas y medios de subsistencia, desplazamientos y muertes.

En su análisis diagnóstico del 10 de septiembre, la Administración Nacional Oceánica y Atmosférica de Estados Unidos (NOAA) situó en más del 90 por ciento la probabilidad de un El Niño “muy fuerte” durante el otoño y el invierno del hemisferio norte. También estimó una probabilidad del 75 por ciento de que, entre octubre y diciembre, se convierta en “un acontecimiento histórico que superaría la intensidad de los anteriores fenómenos de El Niño registrados desde 1950”.

El 21 de septiembre, la anomalía diaria de temperatura en la región Niño 3.4 del Pacífico central, que mide la intensidad de El Niño, alcanzó los 3,11 °C, superando el récord de 3,08 °C establecido en noviembre de 2015, según Carbon Brief. Los modelos de pronóstico examinados por esa publicación proyectan un máximo de alrededor de 4,1 °C hacia finales de este año, muy por encima de cualquier episodio de El Niño registrado instrumentalmente.

El 30 de septiembre, UNICEF informó que al menos 25,8 millones de niños en América Latina y el Caribe, aproximadamente uno de cada siete, están expuestos a sequías e inundaciones asociadas con El Niño.

La convergencia del calentamiento global, las aguas excepcionalmente cálidas del Pacífico ecuatorial y la catástrofe geopolítica producida por la guerra de Estados Unidos e Israel contra Irán ha creado las condiciones para una “tormenta perfecta”.

Jean-Martin Bauer, director de análisis de seguridad alimentaria del Programa Mundial de Alimentos (PMA), declaró a El País que el número de personas que sufren inseguridad alimentaria aguda ha aumentado de 130 millones a 266 millones en apenas diez años. “Ya tenemos tres países con comunidades en riesgo de hambruna: Sudán, Sudán del Sur y Somalia”, advirtió. En agosto, el PMA proyectó que El Niño empujaría a otros 49 millones de personas al hambre aguda, elevando el total en los países donde opera la organización de 225 millones a 274 millones.

Nada de esto es simplemente un desastre natural. El Niño está golpeando a un mundo en el que el capitalismo ya ha creado las condiciones para el hambre masiva. Los países más pobres dependen del mercado mundial para obtener alimentos, una guerra imperialista ha estrangulado los envíos de fertilizantes desde la región que suministra un tercio de las exportaciones mundiales de urea, y las principales potencias están desmantelando la ayuda alimentaria mientras destinan sumas récord al armamento. Que una perturbación climática se convierta en una hambruna no depende únicamente de las temperaturas oceánicas, sino de las relaciones sociales.

Del Perú al Corredor Seco

El calentamiento del Pacífico ecuatorial central ha estado tradicionalmente asociado con la sequía en el Corredor Seco de Centroamérica, mientras que el calentamiento de la región Niño 1+2, frente a Ecuador y Perú, golpea directamente a estos dos países.

La Comisión Multisectorial encargada del Estudio Nacional del Fenómeno El Niño (ENFEN) del Perú mantiene su Alerta de El Niño Costero. Su comunicado del 28 de septiembre pronostica un calentamiento de magnitud “extraordinaria” en esa región hasta enero de 2027, con lluvias de moderadas a intensas en la costa norte a partir de este mes. El peligro es doble: mientras la costa norte enfrenta lluvias torrenciales, inundaciones y deslizamientos de tierra, la sierra sur y partes de la Amazonía podrían sufrir déficits de precipitaciones y pérdidas de cultivos.

Las autoridades peruanas han asignado más de 4.200 millones de soles para la prevención de desastres y están movilizando tropas, helicópteros, aviones y reservas de alimentos de emergencia. Sin embargo, hasta el 6 de julio, los gobiernos nacionales, regionales y locales habían gastado apenas el 44 por ciento del presupuesto anual destinado a la gestión del riesgo de desastres. Los desastres anteriores muestran lo que está en juego.

El Niño de 1982-83 causó la muerte de 512 personas en el Perú y dejó a casi 1,27 millones de personas sin hogar o afectadas de otras maneras, con pérdidas de 3.280 millones de dólares, equivalentes al 11,6 por ciento del PIB. Quince años después, el fenómeno de 1997-98 causó daños por unos 3.500 millones de dólares, aproximadamente el 6 por ciento del PIB. Detrás de esas cifras había ciudades costeras inundadas sin sistemas adecuados de drenaje, viviendas destruidas, comunidades aisladas y trabajadores y pequeños agricultores que perdieron sus fuentes de ingresos.

Mientras el Perú se prepara para las lluvias, Centroamérica enfrenta el peligro opuesto. La sequía se extiende por el Corredor Seco, donde millones de personas dependen de pequeñas explotaciones agrícolas, y los cultivos de subsistencia ya se están perdiendo en Guatemala, Honduras, El Salvador y Nicaragua. El 19 de agosto, Honduras declaró en alerta a 234 de sus 298 municipios, incluida la capital, Tegucigalpa. En Panamá, la sequía retrasó la siembra de arroz, y se espera que la superficie sembrada alcance apenas unas 60.000 hectáreas, frente a una meta de 90.000. En el departamento colombiano de Tolima, los incendios forestales de la estación seca arrasaron más de 50.000 hectáreas, destruyeron 14.340 hectáreas de cultivos y afectaron a 28.000 productores.

Un súper El Niño intensificaría una crisis de hambre mundial que ya es inmensa. Según el informe de las Naciones Unidas sobre El estado de la seguridad alimentaria y la nutrición en el mundo, publicado en julio, 645 millones de personas padecieron hambre crónica en 2025. En África, la cifra fue de una de cada cinco personas, es decir, 309 millones, y el continente ha superado a Asia como la región con el mayor número de personas que padecen hambre. Esta hambre masiva existe junto a avances científicos y tecnológicos sin precedentes en la producción y distribución de alimentos.

Según el Informe mundial sobre las crisis alimentarias, el 78 por ciento de los 42 países que enfrentaban graves crisis alimentarias en 2022 eran importadores netos de alimentos. Cuando los precios mundiales aumentan, los países que carecen de las divisas necesarias para comprar suficientes alimentos en el mercado mundial pasan hambre.

La respuesta de las principales potencias ha sido cortar esa línea de supervivencia. Se proyectaba que la financiación del PMA disminuiría alrededor de un 40 por ciento en 2025 después de que la administración Trump recortara drásticamente la ayuda exterior, mientras otros grandes donantes, incluidos varios gobiernos europeos, también redujeron sus presupuestos humanitarios. En noviembre pasado, la agencia advirtió que solo podría asistir a 110 millones de los 318 millones de personas que enfrentarían hambre aguda en 2026, a un costo de 13.000 millones de dólares, y que esperaba recibir apenas la mitad de esa suma.

El llamamiento de UNICEF por 53,8 millones de dólares para emergencias en América Latina y el Caribe, incluidos los preparativos ante El Niño, seguía sin contar con financiación para el 55 por ciento de su monto a finales de junio. Mientras tanto, la administración Trump está solicitando 1,5 billones de dólares para las fuerzas armadas en el año fiscal 2027. La totalidad de los recursos requeridos por el PMA para 2026 equivale a menos del uno por ciento de esa suma.

Una crisis que abarca continentes

La globalización económica ha multiplicado las formas en que un desastre climático regional se convierte en una crisis mundial. Una cosecha perdida en América Latina, África o Asia puede elevar los precios internacionales de los cereales, el café y el cacao, y con ellos el precio de los alimentos para familias situadas a miles de kilómetros de distancia. Los pequeños agricultores son particularmente vulnerables. Según una estimación de la FAO de 2021, las explotaciones agrícolas de dos hectáreas o menos producen aproximadamente el 35 por ciento de los alimentos del mundo, pero tienen escasa capacidad para absorber simultáneamente las sequías, las inundaciones y el aumento de los precios de los fertilizantes y los combustibles.

La guerra contra Irán ha convertido este último peligro en una realidad. Después de que el estrecho de Ormuz quedara prácticamente cerrado a finales de febrero, el precio de la urea, el fertilizante nitrogenado más utilizado, aproximadamente se duplicó en cuestión de semanas. El Golfo suministra alrededor de un tercio de las exportaciones mundiales de urea. Los agricultores que no pueden pagar los fertilizantes siembran menos y cosechan menos. Por lo tanto, El Niño, el calentamiento global y la guerra dejan de actuar como crisis separadas. Sus consecuencias convergen sobre las mismas poblaciones: trabajadores, agricultores y pescadores de todo el mundo.

El calentamiento global constituye el telón de fondo. El aumento de las temperaturas está acelerando la pérdida de glaciares en el Himalaya, Groenlandia, la Antártida y la Patagonia, y las clases dominantes ven en ello una oportunidad para el saqueo. El impulso de la administración Trump por apoderarse de Groenlandia está vinculado, en parte, al acceso a minerales que quedan expuestos por el retroceso del hielo. En Argentina, el gobierno de Milei, el aliado más cercano de Washington en Sudamérica, impulsó este año una reforma de la Ley de Glaciares que permite a los gobernadores provinciales abrir zonas periglaciares a la minería.

Un súper El Niño también puede elevar temporalmente aún más las temperaturas mundiales, acercando al planeta a transformaciones que podrían desarrollarse a lo largo de décadas. Una de las más alarmantes es la conversión progresiva de partes de la selva amazónica en ecosistemas más secos. La carga inmediata recaería sobre las comunidades indígenas y sobre ciudades como Manaos, Iquitos y Pucallpa, que dependen del bosque y de sus ríos para su alimentación y sus medios de subsistencia, pero una Amazonía gravemente debilitada alteraría aún más el clima y la producción agrícola en todo el mundo.

La crisis climática no es un fracaso de la ciencia ni de la tecnología, sino de las relaciones sociales bajo las cuales estas operan. Bajo el capitalismo, la producción está impulsada por la acumulación de ganancias y no por las necesidades humanas.

Esta contradicción es especialmente destructiva porque la crisis climática es global, mientras que el mundo permanece dividido en Estados nacionales rivales, cada uno de los cuales defiende los intereses de su propia clase dominante. Cada cumbre climática choca contra este muro.

Por lo tanto, cada niño que padece hambre plantea la misma contradicción fundamental. La humanidad posee la capacidad productiva y tecnológica para alimentar a la población mundial y, sin embargo, cientos de millones de personas pasan hambre. La lucha contra el hambre y la catástrofe climática es inseparable de la lucha por unir a la clase trabajadora internacional y reorganizar la economía mundial sobre la base de las necesidades humanas, en lugar de las ganancias privadas: la lucha por el socialismo.

(Artículo publicado originalmente en inglés el 6 de octubre de 2026)

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