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Perspectiva

La escalada de precios impulsada por la guerra alimenta la crisis política y social en Estados Unidos

Camioneros hacen una parada en una gasolinera de Emerson, Georgia, al norte del área metropolitana de Atlanta, para llenar los tanques de sus camiones con remolque. [Foto: AP/David Tulis] [AP Photo/David Tulis]

La inflación de los precios al consumidor en Estados Unidos se aceleró en septiembre, al alcanzar el 3,7 por ciento interanual, frente al 3,4 por ciento de agosto. Los salarios reales cayeron un 0,5 por ciento en un solo mes y acumulan un descenso del 0,7 por ciento interanual, la caída más pronunciada desde 2022.

La Oficina de Estadísticas Laborales, que publicó las cifras el miércoles, señaló el vertiginoso aumento de los precios de la gasolina, el diésel y el combustible para calefacción. La gasolina subió un 9,1 por ciento solo en septiembre, lo que representó más de la mitad del aumento mensual de todos los precios al consumidor. En 12 meses, aumentó un 34,2 por ciento, y la energía en su conjunto, un 20,4 por ciento. El combustible para calefacción se disparó un 15,3 por ciento en el mes y un 74,2 por ciento interanual, un golpe devastador para los millones de familias del noreste que lo utilizan para calentar sus hogares, justo cuando comienza el frío.

Estos aumentos son resultado directo de la guerra de agresión de Estados Unidos contra Irán, iniciada el 28 de febrero, que cerró el estrecho de Ormuz, paso por el que circula aproximadamente una quinta parte del petróleo y del gas natural licuado del mundo. El impacto sigue propagándose por la economía: a través del diésel, aumenta el precio de todo lo que se transporta en camión, y a través de lo que requiera fertilizantes, aumenta el precio de los alimentos. Moody’s Analytics calcula que la guerra ya le ha costado 2.000 dólares al hogar estadounidense promedio, incluidos 1.100 dólares en combustible y bienes, 540 dólares por el aumento de las tasas de interés y 360 dólares en gasto militar. “No es de extrañar que la guerra sea tan impopular”, comentó su economista jefe.

La guerra de Irán le ha costado 2.000 dólares al hogar promedio.

La Reserva Federal elevó su tasa de referencia al 3,75–4 por ciento el 16 de septiembre y, después del informe del miércoles, los mercados estimaban en aproximadamente un 50 por ciento la probabilidad de otra subida en su reunión del 27 y 28 de octubre, una semana antes de las elecciones. Las tasas más altas aumentan los pagos de todas las formas de deuda de los hogares: la hipoteca a 30 años está en el 7,4 por ciento, frente al 6,3 por ciento de hace un año; las tarjetas de crédito cobran un promedio del 22 por ciento sobre los saldos pendientes; y el pago promedio de un automóvil asciende a 680 dólares al mes, un 40 por ciento más que en 2018.

El impacto de estas tasas más altas recae desproporcionadamente sobre la clase trabajadora. Según los propios cálculos de la Reserva Federal, la mitad más pobre de la población adeuda el 52 por ciento de todo el crédito al consumo, y el 40 por ciento intermedio tiene casi la mitad de todas las hipotecas de vivienda, mientras que el 1 por ciento más rico posee el 3 por ciento del crédito al consumo. La deuda de los hogares asciende a 18,8 billones de dólares, y la tasa a la que los préstamos de automóviles y las tarjetas de crédito caen en mora grave es, en palabras de la Fed, “elevada”. Cada cuarto de punto porcentual añadido en nombre de “combatir la inflación” constituye un gravamen sobre la mitad de la población que no tiene ningún margen de maniobra.

En el otro lado de las cuentas está la deuda federal. El Gobierno pagó 1,14 billones de dólares en intereses durante el año fiscal que terminó el 30 de septiembre —más de lo que gastó en las fuerzas armadas o en Medicare, y el 15 por ciento de todo el gasto federal—, y los préstamos que financian la guerra, a las tasas que esta ha generado, aumentan esa suma cada mes. Los intereses se pagan a los tenedores de la deuda. Entre los hogares estadounidenses, el 1 por ciento más rico posee el 39 por ciento de los títulos de deuda pública, y el 10 por ciento más rico, casi el 80 por ciento; la mitad más pobre posee menos del 1 por ciento.

Así, los trabajadores pagan dos veces por la guerra: en el surtidor y en los intereses de sus propias deudas, y nuevamente a través de los impuestos y los recortes sociales que financian un tributo de un billón de dólares a los tenedores de bonos. Los 200.000 millones de dólares adicionales para la guerra que exige el Pentágono se financiarán mediante préstamos a las tasas actuales y se sumarán a la factura.

La consecuencia política más inmediata se sentirá en las urnas el 3 de noviembre. El Partido Republicano va a la zaga en la mayoría de las encuestas sobre contiendas clave, reflejo de la profunda impopularidad de Trump, sus ataques a los derechos democráticos, la guerra contra Irán y el deterioro de la situación de las familias obreras. Dado el estrecho margen en la Cámara de Representantes y el Senado, los medios corporativos presentan ahora como prácticamente inevitable que los demócratas tomen el control del Congreso.

El Partido Demócrata busca sacar provecho de la inflación y la guerra mediante llamamientos demagógicos a la “asequibilidad”. Pero sus verdaderas diferencias con Trump apuntan en otra dirección. Para fingir “preocupación” por los precios antes de las elecciones, Trump llegó la semana pasada a un acuerdo temporal con Putin para importar diésel ruso y suspender las sanciones sobre su venta, y la dirección demócrata lo denunció. Los senadores Shaheen, Schumer y Warren calificaron el acuerdo de “traición total a Ucrania, a nuestros aliados europeos y a la seguridad nacional estadounidense” y declararon que “Putin solo responde a la fuerza, lo que significa endurecer las medidas contra Rusia”. Los demócratas se oponen a cualquier medida que entre en conflicto con la guerra contra Rusia que desean intensificar. Su objeción a la guerra en Irán es que se trata de la guerra equivocada.

Una victoria demócrata no haría nada por elevar el nivel de vida, defender los derechos democráticos o frenar el avance hacia la guerra imperialista. Trasladaría el control del Congreso de un partido de la aristocracia financiera al otro, mientras los bancos, los directores ejecutivos de las empresas y los multimillonarios seguirían siendo los verdaderos amos.

Al mismo tiempo, Trump responde a la amenaza de una derrota electoral con medidas abiertamente dictatoriales: los tiroteos contra inmigrantes en las calles durante las redadas del ICE; las demandas judiciales y amenazas contra los estados que se niegan a entregar los registros de votantes a su Departamento de “Justicia”; el despliegue de 1.000 fiscales federales como “observadores” electorales; la política confirmada según la cual el ICE puede ejecutar órdenes judiciales en los centros de votación; y el allanamiento de la vivienda de la legisladora Ilhan Omar en Washington, 22 días antes de las elecciones, seguido esta semana por citaciones de un gran jurado a sus familiares. El propio Trump ha dicho que aceptará los resultados solo “si las elecciones son honestas” y que, de lo contrario, “tendrá que pasar algo más”.

La verdadera preocupación de Trump y los oligarcas no es el Partido Demócrata, cuya lealtad al capitalismo estadounidense es inquebrantable, sino la clase trabajadora en los meses posteriores a las elecciones. Las cifras de inflación presagian un crecimiento explosivo de la lucha de clases en Estados Unidos, en condiciones en que decenas de millones de personas están a una factura inesperada de caer en la ruina.

Detrás de las cifras se encuentra una desesperación social creciente. Más de 5 millones de personas han sido excluidas del programa de cupones de alimentos desde que se promulgó la “Gran y Hermosa Ley” el 4 de julio de 2025, y el 1 de octubre la contribución federal a los costos administrativos del programa se redujo a la mitad. Los demócratas se han opuesto de manera simbólica a estos recortes y colaborarán con los siguientes, dirigidos contra Medicare, Medicaid y la Seguridad Social: ya hay ante el Congreso un proyecto de ley bipartidista para crear una comisión sobre la “crisis fiscal” de los programas de prestaciones, mientras ambos partidos votan sumas ilimitadas para las armas y la guerra.

El aumento de los precios está acelerando los procesos que impulsan el crecimiento de la lucha de clases en todo el mundo. La democracia burguesa se está desmoronando, sobre todo en Estados Unidos, y se está reduciendo el nivel de vida de la clase trabajadora para pagar la guerra y enriquecer a una oligarquía financiera. La lucha de clases se intensifica y escapa al control de los sindicatos.

El World Socialist Web Site y los Partidos Socialistas por la Igualdad se orientan hacia este movimiento a través de la Alianza Internacional Obrera de Comités de Base (AIO-CB), que lucha por unir a los trabajadores a través de las fronteras y dotar sus luchas de un programa socialista.

Oponerse a la guerra y a sus costos significa exigir salarios que aumenten al ritmo de los precios, repudiar la deuda de guerra y redirigir los recursos de la sociedad hacia la atención médica, la vivienda y la educación, en vez de destinarlos a los tenedores de bonos y al Pentágono: demandas que solo pueden conquistarse mediante una clase trabajadora que tome el poder político de manos de la aristocracia financiera.

(Artículo publicado originalmente en inglés el 15/10/2026)

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