Español
Perspectiva

Después de las elecciones de medio mandato en Estados Unidos: ¿qué sigue?

El líder demócrata en la Cámara de Representantes, Hakeem Jeffries (demócrata por Nueva York), acompañado por la legisladora Suzan DelBene (demócrata por Washington) y la legisladora Katherine Clark (demócrata por Massachusetts), en una conferencia de prensa en Washington el miércoles 4 de noviembre de 2026. [Foto de AP/J. Scott Applewhite] [AP Photo/J. Scott Applewhite]

La abrumadora derrota del Partido Republicano en las elecciones de medio mandato registra una creciente rebelión contra el marco de la política derechista que ha dominado Estados Unidos y su sistema bipartidista durante décadas.

La votación fue el repudio más contundente al partido de un presidente en funciones en más de medio siglo, desde las elecciones de 1974 que siguieron al juicio político y la renuncia de Richard Nixon. El martes, los demócratas ganaron la votación nacional para la Cámara de Representantes por unos 13 puntos y obtuvieron al menos siete escaños en el Senado, seis de ellos en estados que Trump ganó tres veces.

El desplazamiento atravesó todas las regiones y todos los sectores de la población. Fue más marcado entre aquellos a quienes Trump reclamaba como su base: los condados rurales, los hombres jóvenes y los trabajadores sin título universitario. Trump convirtió la elección en un referéndum sobre sí mismo y perdió rotundamente.

Dentro de los confines de un sistema político que no permite alternativa alguna a los dos partidos patronales, la votación refleja la oposición a la guerra contra Irán, la inflación, los niveles extremos de desigualdad social y los ataques a los derechos democráticos. Es la continuación, en el contexto de una elección, de las manifestaciones Sin Reyes que involucraron a millones de personas el año pasado y de las protestas masivas contra los asesinatos de ICE en Minneapolis y otras ciudades que estallaron a comienzos de 2026.

La votación forma parte del movimiento internacional de las manifestaciones masivas de jóvenes y trabajadores que se han extendido en los últimos dos meses por Francia, Italia, Grecia, Bélgica, España y Alemania. Además, la debacle sufrida por Trump llega apenas dos semanas después de la derrota del fascista Bolsonaro en Brasil.

Existe un júbilo genuino entre los trabajadores y jóvenes por la humillación de Trump. Para que este hecho no pase desapercibido, debe señalarse que Trump sigue en el cargo. Sigue comprometido con su agenda fascista. Además, ya hay especulaciones de que Trump considerará los resultados electorales como una razón para intensificar la guerra contra Irán.

David Sanger, del New York Times, escribe hoy: “Los presidentes anteriores, de pronto sumidos en la condición de pato cojo, a menudo han recurrido a sus opciones militares, en parte para demostrar que su papel como comandante en jefe no disminuye”.

Como los acontecimientos pronto dejarán claro, existe un abismo infranqueable entre los sentimientos que animan a las masas y el Partido Demócrata.

Pese a todo el júbilo de la noche electoral, la transferencia de una mayoría en el Congreso a los demócratas no cambiará fundamentalmente las políticas de la clase dominante. Las guerras se expandirán, la desigualdad social aumentará y el asalto a los derechos democráticos continuará. Mientras la clase trabajadora se desplaza a la izquierda, la oligarquía financiero-corporativa continuará su programa de militarismo imperialista y guerra de clases.

A lo largo de los dos mandatos de Trump, los demócratas, lejos de oponerse a Trump, funcionaron como sus facilitadores. Su postura nunca ha cambiado: bipartidismo, “terreno común”, disposición a “trabajar con” el presidente. La repitieron mientras Trump enviaba tropas a ciudades estadounidenses, construía campos de detención para inmigrantes y lanzaba una guerra contra Irán.

Los demócratas se apoyarán en los Socialistas Democráticos de Estados Unidos (DSA, por sus siglas en inglés) para dar a este programa una tapadera “izquierdista”. El martes, el número de miembros del DSA en la Cámara de Representantes aumentó de dos a ocho, al incorporarse seis miembros recién electos de Nueva York, Pensilvania, Michigan, Colorado y California a Alexandria Ocasio-Cortez y Rashida Tlaib. Pero su influencia sobre las políticas del Partido Demócrata será insignificante.

En un artículo que exalta el dominio de los “moderados” en la bancada del Partido Demócrata, el New York Times afirma:

“Muchos de sus miembros recién electos ya han dejado claro que esperan que los demócratas persigan resultados alcanzables en lugar de ambiciones ideológicas de gran alcance. Y dada la amplitud de la mayoría demócrata en la Cámara de Representantes, el bloque relativamente menor de miembros de izquierda puede tener una capacidad limitada para insistir en que se atiendan sus prioridades”.

La bancada del DSA funcionará como cortina de humo para los demócratas. Sus miembros se presentaron como demócratas y se sentarán en una bancada dirigida por Hakeem Jeffries, por quien Ocasio-Cortez y Tlaib han votado como candidato del partido a la presidencia de la Cámara en cada Congreso desde 2023.

El historial del funcionario más conocido del DSA muestra adónde conduce esto. Mientras millones de personas se manifestaban contra la administración fascista, Zohran Mamdani, el alcalde del DSA en Nueva York, se reunió dos veces con Trump en la Casa Blanca y lo recibió en Gracie Mansion en una demostración ostentosa de colaboración política.

El Partido Demócrata es un partido de Wall Street y de la clase dominante, y lo que más teme es la oposición a Trump desde abajo. El único asunto en el que libró una campaña implacable contra Trump fue la guerra contra Rusia en Ucrania.

A las pocas horas del cierre de las urnas, los demócratas volvieron al guion. “El pueblo estadounidense eligió la economía por encima del extremismo. El pueblo estadounidense eligió la esperanza por encima del odio”, declaró Jeffries, quien se convertirá en presidente de la Cámara de Representantes en enero. “[E]stamos listos, dispuestos y en condiciones de encontrar un terreno común bipartidista con la otra parte del hemiciclo”.

Millones no votaron por “la esperanza por encima del odio”. Votaron contra la guerra, la miseria social y la dictadura. Sin embargo, tras dos años dedicados a buscar un terreno común con un aspirante a dictador, Jeffries anunció que la búsqueda continuaría.

Barack Obama cantó del mismo himnario, al pedir “una política que una a las personas en lugar de dividirlas”. Fue Obama quien, el día después de la primera elección de Trump en 2016, aseguró al país que la contienda había sido meramente “un juego interno” entre dos lados del mismo equipo.

La oferta de “terreno común bipartidista” a un partido que ha pasado dos años buscando establecer una dictadura presidencial es una promesa a Wall Street, y Wall Street tomó nota. El miércoles, el promedio industrial Dow Jones subió 1.570 puntos, o 3 por ciento, su mejor día desde abril de 2025 y el segundo mejor desde que Trump fue reelegido.

Ese fue el veredicto de la oligarquía financiera sobre la elección. Los banqueros no son ingenuos ni sentimentales. Saben que los demócratas no implementarán una política de reforma social, ni mucho menos socialismo. Si creyeran que la elección representaba alguna amenaza para sus intereses, no estarían celebrando.

Tras la elección de Bill Clinton en 1992, los demócratas impusieron la reducción del déficit y abolieron la asistencia social. Tras la elección de Barack Obama en 2008, rescataron a los bancos, redujeron a la mitad los salarios de los trabajadores automotrices recién contratados y ofrecieron recortes al Seguro Social en busca de un “gran acuerdo” con los republicanos. Joe Biden, que sucedió al primer mandato de Trump, libró la guerra contra Rusia, armó el genocidio en Gaza y preparó el camino para el regreso de Trump.

La otra línea que predomina en los medios es que la elección marca un regreso a la normalidad. “El sistema se ha mantenido”, proclamó el consejo editorial del New York Times, bajo el titular “Trump ha encontrado a su igual”.

No se dejen engañar: Trump es un síntoma, no la causa. Es el representante político de una oligarquía financiera que conserva su control.

Dos fuerzas dominarán la política y la respuesta del Estado en el período que viene. La primera es la crisis económica, que muestra numerosos signos de entrar en una nueva etapa. Con la deuda nacional por encima de 40 billones de dólares y la guerra elevando los precios y los costos de endeudamiento, la clase dominante exigirá que la clase trabajadora pague. El Washington Post, propiedad de Jeff Bezos, trazó la agenda el miércoles al proclamar que “un asunto reclama encontrar un terreno común: el inminente abismo fiscal”, es decir, recortes importantes a los programas sociales.

La segunda es el imperialismo estadounidense, que no se convertirá en un cordero manso por un cambio en la composición del Congreso. Muchos afirman que la elección marca el fin de la guerra contra Irán, pero ninguna facción de la clase dominante está dispuesta a tolerar un revés importante en Oriente Próximo. La guerra contra Irán, además, es un frente de una guerra mundial, que incluye la intensificación del conflicto con China y la guerra contra Rusia en Ucrania, la principal prioridad de los demócratas.

El sentimiento popular está mucho más a la izquierda del Partido Demócrata. Millones de personas quieren el fin de la guerra, la defensa de los derechos democráticos y una mejora radical de sus condiciones de vida. Todas las facciones de la clase dominante y, hay que añadir, del aparato sindical están aterrorizadas ante la radicalización expresada en la votación y lo que esta anticipa.

Durante décadas, las profundas divisiones de clase de la sociedad estadounidense han sido suprimidas por los dos partidos de las grandes empresas, por la burocracia sindical y por una cultura política oficial que negaba la misma existencia de las clases. Estas divisiones de clase están comenzando a estallar y se desarrollarán con una fuerza explosiva.

La oposición que encontró expresión en las urnas no permanecerá en el terreno electoral. Estados Unidos está entrando en un período de escalada de la lucha de clases.

La cuestión fundamental es la brecha entre la magnitud de la crisis y el desarrollo de la dirección que requiere la clase trabajadora. Las condiciones objetivas para un movimiento de masas contra la guerra, la desigualdad y la dictadura maduran rápidamente. La conciencia política necesaria para llevar adelante ese movimiento apenas comienza a tomar forma.

Para avanzar en sus intereses, la clase trabajadora debe desarrollarse como una fuerza política independiente, unida con los trabajadores a través de las fronteras nacionales y armada con un programa socialista y revolucionario. La tarea política central de nuestra época, de la que dependen la victoria del socialismo y el futuro de la humanidad, es la resolución de la crisis de dirección revolucionaria en la clase trabajadora.

(Artículo publicado originalmente en inglés el 05/11/2026)

Loading