Este es el primero de una serie de diez partes dedicados a analizar críticamente la reciente reedición en inglés del libro del historiador británico Hakim Adi, Panafricanismo y comunismo: La Internacional Comunista, África y la diáspora, 1919–1939.
La obra cuenta también con una edición en castellano, publicada en noviembre de 2023 por Bellaterra Edicions. Para esta reseña se ha tomado como referencia la traducción castellana, basada en la primera edición de la obra, excepto en aquellos pasajes que hacen referencia a los cambios y aportaciones introducidos por el autor en la segunda edición inglesa.
En toda África, una nueva generación está irrumpiendo en la lucha de masas contra el orden político heredado de la descolonización. En Mozambique, el Frente de Liberación de Mozambique (FRELIMO), que en su día abrazó el «marxismo-leninismo», reprimió violentamente las protestas de 2024 y 2025, dejando más de 400 muertos. En Tanzania, el gobernante Chama Cha Mapinduzi (CCM), heredero del «socialismo africano» de Julius Nyerere, respondió al levantamiento de 2025 con una brutal represión que se cobró la vida de 3.000 manifestantes. En Kenia, el Estado fundado por Jomo Kenyatta, primer presidente del país y figura destacada del movimiento panafricanista, vio cómo las protestas de la generación Z contra las medidas de austeridad respaldadas por el Fondo Monetario Internacional (FMI) se transformaban en una rebelión de masas contra todo el Estado surgido de la independencia. En Sudáfrica, el Congreso Nacional Africano (ANC), aliado con el Partido Comunista Sudafricano (SACP), preside una sociedad con desigualdades sociales aún mayores que durante el apartheid, reprime sistemáticamente a los trabajadores en huelga y fomenta la xenofobia para dividir a la clase obrera.
Estas son las consecuencias históricas de los movimientos nacionalistas burgueses y pequeñoburgueses que, de una forma u otra, hicieron suyo el panafricanismo y prometieron que la «independencia», asentada sobre el capitalismo y las fronteras impuestas por el colonialismo, acabaría con la dominación imperialista y la opresión social. Muchos de ellos proclamaron también su adhesión al socialismo, al «marxismo-leninismo» o al «socialismo africano». Medio siglo después, los trabajadores y los campesinos siguen padeciendo los estragos del empobrecimiento, las guerras imperialistas y las dictaduras.
En medio del estallido de luchas de masas contra los gobiernos nacionalistas burgueses de África, el profesor Hakim Adi ha reeditado su libro, intelectualmente deshonesto, Panafricanismo y comunismo: La Internacional Comunista, África y la diáspora, 1919–1939.
Publicado por primera vez en inglés en 2013, y publicado al castellano en 2023, el libro aborda un capítulo relativamente poco estudiado de la historia del movimiento socialista internacional: la intervención de la Internacional Comunista entre los africanos y las poblaciones afrodescendientes durante las dos décadas posteriores a la Revolución de Octubre. Examina la política de la Comintern sobre la «cuestión negra», sus esfuerzos por organizar a los trabajadores negros más allá de las fronteras nacionales y por promover una perspectiva socialista entre los millones de trabajadores y campesinos que despertaron a la lucha política a raíz de la Primera Guerra Mundial y de la brutal realidad de la opresión colonial. La obra reúne una considerable documentación sobre las organizaciones, conferencias y personalidades a través de las cuales revolucionarios africanos, caribeños y afroamericanos se acercaron al bolchevismo.
Sin embargo, el libro de Adi constituye un ejercicio de falsificación histórica estalinista. Convierte la historia de la Internacional Comunista en una grotesca caricatura para conferir credenciales revolucionarias al panafricanismo, una ideología nacionalista pequeñoburguesa cuya premisa fundamental es que los africanos y las personas de ascendencia africana comparten intereses raciales y culturales esenciales que trascienden las divisiones de clase. La tesis central de Adi sostiene que la perspectiva de la Comintern era «esencialmente panafricanista».
Para sostener esta tesis, Adi tergiversa la historia de la Comintern, presentando como una misma organización a la Internacional revolucionaria fundada por Lenin y Trotsky en 1919 y a la Comintern estalinizada, disuelta en 1943. De este modo, Stalin aparece como el legítimo heredero y sucesor de Lenin, mientras que desaparece del relato la trascendental lucha entre el trotskismo —que defendía la revolución socialista mundial y la independencia política de la clase obrera frente a la burguesía nacional— y el estalinismo, que subordinó el movimiento comunista a los intereses de la burocracia soviética y a sus alianzas con las fuerzas nacionalistas burguesas. Adi borra así de la historia el enfrentamiento entre estos dos programas irreconciliables, una lucha que marcó decisivamente el destino de la Internacional Comunista y de la clase obrera internacional a lo largo del siglo XX.
Esta omisión es sistemática. A lo largo de las 529 páginas de la edición castellana, dedicadas al periodo comprendido entre 1919 y 1939, Trotsky —quien, junto a Lenin, fue el principal dirigente de la Revolución de Octubre, redactó el manifiesto fundacional de la Internacional Comunista y desempeñó un papel central en sus cuatro primeros congresos— aparece mencionado tan solo tres veces, siempre de pasada. Adi no cita ni una sola obra de Trotsky. La Oposición de Izquierda y la Cuarta Internacional, fundada en 1938 para defender la herencia y el programa revolucionarios del bolchevismo, quedan completamente excluidas.
No menos reveladora es la práctica desaparición de Iósif Stalin, el verdugo de la Revolución de Octubre. Su nombre aparece apenas cuatro veces y, aun entonces, principalmente para minimizar su perniciosa influencia. La doctrina del «socialismo en un solo país» —dogma político central de la Comintern estalinista desde mediados de la década de 1920 y de la burocracia soviética hasta su propia disolución en 1991, y al que Trotsky y la Oposición de Izquierda se opusieron desde el principio— ni siquiera se examina. El resultado es una defensa del estalinismo sin Stalin.
El tratamiento que Adi hace del terror estalinista de los años treinta constituye una abierta apología. En el prólogo a la segunda edición inglesa, publicada en 2026, despacha el asesinato de los propios cuadros de la Comintern con una breve referencia en la que, como demostraremos, termina justificando el terror para luego eludir cualquier examen de sus consecuencias, alegando que quedan fuera del alcance de su investigación. Sin embargo, dieciséis de los revolucionarios que figuran en su libro, varios de ellos ampliamente citados y analizados, fueron víctimas de aquella represión: unos fueron ejecutados y otros perecieron en los campos de concentración estalinistas, por orden de la misma burocracia cuyas políticas Adi presenta como una expresión legítima de la labor de la Internacional Comunista.
¿Cómo puede un historiador profesional producir semejante libro? Adi no es una figura marginal. Es un destacado historiador de África y de la diáspora africana, entre cuyas publicaciones figuran West Africans in Britain, 1900–1960 (1998), Pan-Africanism: A History (2018) y African and Caribbean People in Britain: A History (2022), esta última seleccionada como finalista del Premio Wolfson de Historia de 2023. En 2015 se convirtió en el primer historiador de ascendencia africana en ocupar una cátedra de Historia en Gran Bretaña. Dedicó diez años a investigar el libro, consultando más de una docena de importantes bibliotecas y archivos de Rusia, Gran Bretaña, Francia y Estados Unidos, con el apoyo de la Academia Británica y el Leverhulme Trust.
Panafricanismo y comunismo representa una variante de lo que David North, presidente del Consejo Editorial Internacional del World Socialist Web Site, identificó a principios de los años noventa como la «escuela postsoviética de falsificación histórica». Esta corriente académica surgió tras la disolución de la Unión Soviética, presentada ampliamente como la desacreditación definitiva del socialismo. Su argumento político central sostenía que nunca había existido una alternativa revolucionaria al estalinismo y que los crímenes y el colapso de la burocracia soviética demostraban el fracaso del proyecto socialista. Por ello, se atacó o desestimó la lucha histórica de Trotsky y la Oposición de Izquierda contra el estalinismo, que constituye una poderosa refutación de la tesis del «fin del socialismo». Ian Thatcher, Geoffrey Swain y Robert Service, figuras destacadas de esta escuela, escribieron biografías de Trotsky destinadas a tergiversar y desacreditar su papel histórico. Sus falsificaciones fueron sometidas a una crítica minuciosa por North en su libro En defensa de León Trotsky.
Adi recurre a otro método. No intenta refutar las ideas de Trotsky; sencillamente, las elimina del relato histórico. Es el equivalente literario de la práctica de Stalin de borrar a Trotsky de las fotografías de la Revolución de Octubre.
El libro de Adi no fue escrito únicamente para los sectores acomodados y privilegiados de la clase media negra de Gran Bretaña, Europa y Estados Unidos, para quienes el estudio del panafricanismo y de la historia de la población negra se ha convertido en un medio para conseguir puestos académicos, becas, subvenciones para la investigación y ascenso profesional dentro del capitalismo. Su importancia trasciende ese entorno privilegiado.
En toda África, los trabajadores y los jóvenes están experimentando un proceso de radicalización política. En su búsqueda de una alternativa, inevitablemente dirigirán su mirada hacia las grandes luchas del siglo XX, sobre todo hacia la Revolución de Octubre de 1917 y la fundación de la Internacional Comunista.
En ese proceso se encontrarán con el libro de Adi y sus pretensiones de autoridad histórica. Pero, en lugar de explicar el programa revolucionario de la Comintern en sus primeros años y su posterior destrucción a manos del estalinismo, la historia falsificada de Adi pretende desarmar políticamente a una nueva generación, especialmente en África, que busca una orientación socialista. La conduce de vuelta a las mismas políticas nacionalistas burguesas cuyas consecuencias catastróficas padece hoy.
En 2018, Adi expuso de la siguiente manera sus argumentos en defensa del panafricanismo:
«El panafricanismo —la aspiración a la unidad y la liberación de África y de los africanos— sigue teniendo cierta relevancia porque muchos consideran que África y los africanos todavía no son completamente libres ni están unidos. Dicho de otro modo, las consecuencias de la esclavitud, el colonialismo y su legado, de un mundo organizado en torno al capital y del imperialismo siguen siendo tan relevantes hoy como lo eran en 1897, cuando Henry Sylvester Williams y Alice Kinloch fundaron la Asociación Africana en Londres.
El dominio colonial, tal como existía a comienzos del siglo XX, ha desaparecido en gran parte de África y en la mayor parte del Caribe. Sin embargo, muchos siguen sintiendo la necesidad de que todas las personas de ascendencia africana se unan, hablen y actúen como una sola voz para transformar el mundo en beneficio de África y de todos aquellos que comparten esa herencia.
[…] La historia sugiere, por tanto, que el panafricanismo no ha sido tanto un sueño, ni simplemente una visión, sino un enfoque multifacético concebido para afrontar los problemas comunes de África y los africanos».[1]
Al establecer una comparación directa con 1897, Adi pretende pasar por alto el fracaso de la burguesía nacional a la hora de superar, a lo largo de más de un siglo, la dominación y la opresión imperialistas. El panafricanismo que presenta como solución es la misma perspectiva defendida durante décadas por los padres de la «independencia». ¿Quiénes proclaman hoy con mayor insistencia su adhesión al panafricanismo? Nada menos que la propia burguesía africana.
El presidente keniano, William Ruto, proclama su compromiso con un «panafricanismo impulsado por el comercio». El presidente sudafricano, Cyril Ramaphosa, declara: «El panafricanismo no es solo una filosofía política. Es un motor del progreso económico. Es la base de nuestra prosperidad compartida». El dictador ruandés Paul Kagame insiste en que «nuestras respectivas identidades nacionales» no están «en contradicción con el panafricanismo», mientras que Yoweri Museveni, de Uganda, señala el «patriotismo y el panafricanismo» como principios rectores de su gobernante Movimiento de Resistencia Nacional, junto con un programa destinado a «emancipar al sector privado y alentarlo a convertirse en el principal creador de riqueza de la economía».
Las falsificaciones históricas de Adi tienen implicaciones políticas contemporáneas, como quedó de manifiesto en una entrevista concedida a BreakThrough News el 5 de octubre de 2026. En ella, atribuye a la Comintern la introducción de la organización de trabajadores y campesinos y de la necesidad de derrocar por la fuerza el dominio colonial, para luego declarar: «El movimiento comunista aportó esta perspectiva al panafricanismo». Adi señala su influencia en las luchas de liberación de Angola, Mozambique, Sudáfrica y Zimbabue, e invoca a Amílcar Cabral, Nelson Mandela y Walter Sisulu como prueba de ello.
Aquí queda clara la utilidad política del estalinismo para la perspectiva panafricanista de Adi. El estalinismo conservó el lenguaje del marxismo, el socialismo, la revolución y el antiimperialismo, al tiempo que repudiaba el programa internacionalista del bolchevismo. Su teoría de las dos etapas subordinó a la clase obrera y la lucha por la revolución socialista a una supuesta primera etapa de liberación nacional, que exigía a los trabajadores y a las masas oprimidas someterse a la dirección de la burguesía nacional.
Después de la Segunda Guerra Mundial, esta concepción proporcionó a los movimientos nacionalistas africanos emergentes una justificación ya elaborada para aplazar indefinidamente el socialismo en favor de la independencia nacional y el desarrollo económico bajo dirección burguesa. Las nacionalizaciones y la planificación estatal podían presentarse como «socialismo africano», mientras el poder político permanecía en manos de las élites nacionalistas y las economías africanas seguían subordinadas al imperialismo. De este modo, el estalinismo dotó al nacionalismo burgués de credenciales revolucionarias, permitiendo que movimientos comprometidos con la preservación de las relaciones capitalistas se presentaran como herederos del marxismo y de la Revolución de Octubre. Este papel histórico explica por qué el estalinismo resulta tan útil hoy para los intentos de Adi de presentar el panafricanismo como una continuación de la tradición comunista revolucionaria.
Cuando se le pregunta cómo se libra actualmente la lucha por la unidad africana, Adi responde, de manera patética: «Creo que el mejor ejemplo del panafricanismo moderno sería algo así como el movimiento por las reparaciones». Adi se dedica a ensalzar un movimiento dirigido por las burguesías africana y caribeña, que reclaman a las potencias imperialistas compensaciones por la esclavitud y el colonialismo para llenarse sus propios bolsillos, mientras imponen brutalmente las políticas de austeridad del FMI y sirven a los intereses del imperialismo. En su relato no hay ni una sola referencia al movimiento de la generación Z en Kenia, Madagascar y Marruecos, a las protestas de masas contra el FRELIMO en Mozambique ni a la sangrienta represión de manifestantes por parte del Gobierno del CCM en Tanzania.
La entrevista de Adi en BreakThrough News pone al descubierto el contenido político actual de su historia de la Internacional Comunista. La lucha revolucionaria por la movilización política independiente de la clase obrera queda subsumida bajo la bandera más amplia del panafricanismo, que diluye las diferencias de clase. Adi elimina el antagonismo fundamental entre la clase obrera africana y la burguesía nacional, mientras que las instituciones de los Estados capitalistas existentes siguen ocupando un lugar central en su concepción de la unidad africana.
Esta crítica demostrará que el relato de Adi no resiste un examen riguroso de los hechos históricos. Recuperar esa historia es esencial para la lucha por una perspectiva socialista independiente para la clase obrera africana.
Continuará.
[1] Hakim Adi, Pan-Africanism: A History (2018), pp. 221-224.
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