¿Quien será el siguiente en ser bombardeado por los Estados Unidos?

31 December 1969

El bombardeo de Yugoslavia por los Estados Unidos ha abierto un nuevo capítulo en el uso de la fuerza militar en el mundo por parte de América. En las justificaciones públicas del ataque, provistas por Clinton y otros oficiales, la cuestión de la soberanía nacional de Yugoslavia ha sido ignorada.

No es necesario ser un partidario del hombre-fuerte serbio y presidente yugoslavo, Slobodan Milosevic, y su política brutal, para admitir que hace mucho tiempo que Kosovo está reconocido como parte del territorio de Yugoslavia. La guerra actual establece un nuevo precedente, es decir, el derecho de las potencias capitalistas más poderosas, sobre todo los Estados Unidos, a atacar militarmente a cualquier país por la política que lleve a cabo su gobierno dentro de sus propias fronteras.

Esta nueva doctrina tiene sorprendente y siniestra transcendencia. Hace menos de diez años Washington se vió obligado a justificar su agresión contra Irak con el argumento de que Bagdad había provocado el ataque contra sí al invadir otro país, Kuwait. Es más, el gobierno de Bush sintió la necesidad de conseguir la autorización de las Naciones Unidas para la guerra del golfo. Ahora, parece que ninguno de estos principios de ley internacional son utilizados.

¿Sobre qué base, pues, ha lanzado Washington la guerra actual? En su discurso del miércoles por la noche en la Casa Blanca, Clinton justificó el bombardeo con motivo de que la intervención de la OTAN era necesaria para detener la represión que está llevando a cabo Belgrado contra los albaneses en la provincia de Kosovo.

En su resumida historia del conflicto en los Balcanes, Clinton omitió el incendiario papel jugado por los EE UU, Alemania y otras potencias occidentales, que precipitó la guerra civil en la región y su contínuo apoyo a los autócratas, como Franjo Tudjman en Croacia, quien ha llevado a cabo una política de limpieza étnica no menos bárbara que la realizada por Milosevic.

Pero, incluso si aceptamos los argumentos de Clinton como buena moneda, se presenta una cuestión crítica: ¿están los EE UU haciendo valer su derecho, en efecto su obligación, a usar la fuerza militar contra todos los Estados soberanos que violen los derechos de minorías étnicas dentro de sus fronteras?

Si éste es el caso, Washington está obligado a alterar radicalmente su actitud hacia una larga lista de países. Por ejemplo, debería adoptar la causa del nacionalismo tamil en Sri Lanka y cancelar su apoyo al régimen de Colombo, el cual prosigue su sangrienta guerra contra los tamiles del noroeste de esa nación isleña.

También debería preparar su ejército para atacar a su actual aliado, Turquía, la cual prosigue una política de represión policíaca-militar contra su considerable minoría kurda mucho más salvaje que la que prosigue Milosevic contra los kosovares.

¿Y qué pasa con la represión de los vascos por parte de España durante décadas? ¿Y Chechnya y Ossetia, en Rusia? ¿Y Nagorno-Karabakh, en Azerbaijan?

Moviéndonos más hacia el Este, existe una lucha explosiva de la población musulmana de Cachemira, en India. El continente africano está repleto de conflictos entre las minorías tribales y los grupos dominantes.

No olvidemos el apoyo de América a Israel a pesar de la prolongada represión por ese país contra los derechos de los palestinos.

¿Y qué sucede con la agitación de minorías en las mismas fronteras de EE UU, como los quebecois en Cánada y los indios mayas de Chiapas, en Méjico? ¿No debería el Pentágono volver sus vistas hacia lugares como Ottawa y la ciudad de Méjico?

¿En qué principal criterio se basa Washington para distinguir luchas legítimas contra la opresión nacional en el nombre de quien hay que lanzar bombas y misiles, y su norma para determinar qué naciones deben ser atacadas? En efecto, tal criterio nunca se ha presentado, por la simple razón de que no existe.

Desde esta lista parcial de puntos explosivos étnicos y nacionales alrededor del mundo, es evidente que la política de los EE UU no está basada en ningún principio moral, ni universal. Al contrario, Washington apoya vigorosamente a una gran cantidad de países que llevan a cabo una represión sistemática de sus minorías nacionales.

En realidad, la actitud de los EE UU en cada caso está determinada por el concepto que predomina en la élite gobernante de acuerdo con los intereses económicos y geopolíticos del capitalismo americano. Incluso el inicio de un análisis objetivo demuestra que la política de Washington es totalmente oportunista e hipócrita. Hasta qué punto es capaz el gobierno de ocultar este hecho al pueblo americano, se lo debe a los medios de información, ninguno de cuyos representantes se atreve a desafiar las banalidades y mentiras de Clinton, Madeleine Albright y compañía.

Los razonamientos del gobierno de Clinton para bombardear Yugoslavia presentan una fórmula que puede ser utilizada para justificar la intervención de los EE UU en cualquier parte del mundo. Según cambian las circustancias, la “inexperta democracia” de hoy puede convertirse de la noche a la mañana en “Estado delincuente”. Es más, ésto provée un marco político para explotar y manipular los agravios de distintos grupos nacionales y étnicos, no con objeto de fomentar objetivos de paz, democracia o derechos humanos, sino para estimular el impulso del imperialismo de los EE UU hacia el dominio del mundo.

Este ha sido durante mucho tiempo el modus operandi del imperialismo occidental en los Balcanes. Desde el siglo pasado, las grandes potencias - Alemania, Rusia, Inglaterra, Francia - se han hecho pasar como campeones de varios grupos nacionales y étnicos en la región, provocando amenudo conflictos entre ellos, para defender sus intereses en Europa Central. Al final del siglo veinte, los EE UU han surgido como el exponente más cínico y despiadado de esa política, con resultados catastróficos para los habitantes de esta región.

Un artículo en el Wall Street Journal del jueves proporciona una expresión particularmente crasa de esta política de manipulación. Escrito por Zalmay Khalilzad, director de estudios estratégicos en RAND, llama a los EE UU a armar al (ELK) Ejército de Liberación de Kosovo y a utilizarle como una fuerza de choque contra el régimen de Belgrado. El autor escribe: “Según cambie la balanza de fuerzas sobre el terreno, es posible que Belgrado se incline a aceptar las demandas occidentales.”

Indicativo de la imprudencia que caracteriza a los fabricantes de la política de los EE UU, el autor del Journal declara que tal política sólo puede ser efectiva si los EE UU y la OTAN están preparados a estacionar gran cantidad de tropas en la vecina Albania, lo cual serviría como santuario para el ELK, y también Macedonia. Con un descarado cinismo, Khalizad advierte: "El apoyar a una insurgencia no ata las manos a Washington. Los EE UU podrían modular su apoyo a los Kosovares según se vaya desarrollando la situación en Kosovo y Belgrado.”

¿Donde aplicará Washington su fórmula de intervención militar próximamente? Ya hemos nombrado varios puntos de conflicto que son candidatos para la siguiente erupción del militarismo americano. Y hay otros.

Es aconsejable que la población mundial siga de cerca las emanaciones de los medios de información americanos en los próximos meses. Si, por ejemplo, el New York Times, o la red de noticias, empezara a desarrollar una profunda preocupación por una situación inquietante en el Tibet, sería lógico tomarlo como prueba de una creciente marea de militarismo anti-chino en la clase dirigente de los EE UU

Ningún país, ni aún los más íntimos aliados de los EE UU - y sus mayores rivales - en Europa y Asia, están totalmente a salvo. Detrás de los tópicos de paz y democracia, el imperialismo americano se está lanzando a una política de dominio global con consecuencias potencialmente catastróficas.

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