Reforma y revolución en la época del imperialismo

16 June 2000

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A continuación sigue el texto de una charla presentada el 5 de enero de 1998 a la Escuela Internacional de Verano sobre El marxismo y los problemas fundamentales del Siglo XX, que el Partido Socialista por la Igualdad (Australia) organizara en Sidney, Australia, del 3 al 10 de enero de 1998.

David North es Secretario Nacional del Partido Socialista por la Igualdad en los Estados Unidos. Ha dado conferencias extensivamente en Europa, Asia, EE.UU. y la ex Unión Soviética sobre la historia y los principios del marxismo y el programa y las perspectivas de la Cuarta Internacional.

Es autor de varias obras importantes sobre la Cuarta Internacional y la Revolución Rusa, incluyendo La herencia que defendemos; Perestroiska contra el socialismo; El trotskismo contra el estalinismo; y En defensa de la Revolución Rusa. [Ver la sección Books Online de este sitio para títulos adicionales.]

Algunos de estos documentos todavía no se han traducido al castellano, pero pueden encontrarse en el inglés original en este sitio.

Introducción

El Siglo XX nos presenta una paradoja extraordinaria: ninguna otra época en la historia de la humanidad ha transformado las formas y los ritmos de la vida cotidiana de manera tan profunda. El alcance y la marcha de los adelantos científicos continuamente nos obligan a modificar radicalmente no sólo nuestras ideas acerca del universo, sino también la ubicación de nuestro planeta en él. Inclusive hoy día nos asombran las transmisiones extraordinarias enviadas desde Marte por el módulo que nuestra tecnología ha logrado crear. Estos descubrimientos científicos han obligado a la humanidad se ve obligada a reconsiderar y ampliar sus nociones del tiempo, el espacio y de la existencia misma. Las catástrofes y los cataclismos sociales del siglo han sido el telón de fondo para estos adelantos científicos. El mapa mundial se dibuja una y otra vez; las hecatombes han terminado por desarraigar a cientos de millones de personas, quienes han quedado desparramadas por todo el globo.

Pero a pesar de todo ésto, y no obstante los trastornos y transformaciones de la vida, el pensamiento político no ha producido nada que pueda compararse a los adelantos científicos. Desde 1900, el conocimiento humano del universo se ha expandido exponencialmente, pero la comprensión de las leyes que rigen la vida socioeconómica ha resultado inferior a la de Karl Marx y Federico Engels, fundadores del socialismo moderno.

Si analizamos la política burguesa actual, inmediatamente nos damos cuenta que no existe una sola figura que se pueda considerar como pensador o estratega importante. Pero la burguesía tiene una ventaja: posee riqueza y recursos económicos enormes. Antes de estallar las economías del sureste de Asia, el crecimiento de la bolsa de valores y las ganancias récord habían hecho imposible el surgimiento de una visión amplia, estratégica y urgente. Además, la ausencia prolongada de toda oposición política al dominio de la clase capitalista le había permitido a ésta concentrarse en la acumulación de la riqueza, no en defenderse contra la revolución social que la amenaza, lo cual es problema mucho más complejo

La crisis del movimiento obrero

Tan pésima como la política burguesa es, la de lo que diplomáticamente llamamos “movimiento obrero sindicalista” es infinitamente peor. Dirigidos por burócratas a quienes no les importa — y quienes son hostiles a — los intereses de los trabajadores que suponen representar, los movimientos sindicalistas se encuentran moribundos. No es que, a fin de cuentas, la crisis del movimiento obrero organizado haya sido producto de la falta de honradez, corrupción, ignorancia e incompetencia de la burocracia sindicalista. Más bien, estas cualidades, que por supuesto no son muy atractivas, nacen de los procesos sociales que han determinado el carácter antisocialista y conciliatorio del movimiento obrero durante todo un período histórico. Más de medio siglo de política oportunista — basada en la subordinación sistemática de la clase obrera al orden imperialista establecido después de la Segunda Guerra Mundial — ha moldeado la fisionomía social, política, intelectual y moral del movimiento obrero.

Por varias décadas, durante el apogeo de la prosperidad establecida después de la Segunda Guerra Mundial y de los estados nacionales benefactores basados en ella, las consecuencias a largo plazo de la osificación teórica y la corrupción política del movimiento obrero no eran aparentes. Siempre que las relaciones sociales entre las clases, por lo menos en los países capitalistas mayores, procedieran por el camino conciliatorio dentro del marco establecido por el estado benefactor, no cabía lugar para grandes estrategas de la lucha de clases. El período histórico requería pigmeos, e individuos de semejante índole eran tan abundante como los hongos en los países imperialistas.

Es sólo desde que las relaciones conciliatorias y de acomodo se estremecieron, es decir, una vez que la burguesía internacional se mostró indispuesta a — o incapaz de — respetar las viejas leyes familiares, que hemos podido descubrir toda la podredumbre dentro del movimiento obrero que se formó después de la Segunda Guerra Mundial.

Parecería casi manifiesto que la crisis ante la clase obrera ha demostrado que el reformismo ha fracasado de manera concluyente. Sin embargo, esta situación se ha complicado; el colapso espectacular de los regímenes estalinistas en la Unión Soviética y Europa Oriental ha eclipsado la caída del reformismo socialdemócrata. Las masas no tienen inclinación natural para investigar el origen de los sucesos políticos a los cuales se enfrentan. La mayoría de los obreros, creyendo la manera en que los dirigentes estalinistas y sus contrincantes capitalistas han definido estos regímenes, consideraba que estas naciones eran “comunistas” y “socialistas”.

Entre 1989 y 1991, los propagandistas burgueses (y una enorme cantidad de los mismos estalinistas) presentaron el colapso de los regímenes estalinistas como si fuera el fracaso del marxismo y el socialismo. Los obreros nunca aceptarán ninguna alternativa al mercado capitalista siempre que se conformen con esta explicación.

Retorno a Bernstein

Por supuesto, no es posible ignorar la contradicción entre las exigencias del mercado capitalista y las necesidades de la clase obrera. La inquietud de las masas se refleja de antemano en esas capas de las clases medias profesionales incómodas con los signos de la polarización social que aumenta.

Durante el período más reciente, se ha publicado toda una serie de libros que critican el anarquismo del mercado capitalista. Estos se concentran en el impacto que la internacionalización de la producción ha tenido sobre las condiciones de vida de la clase obrera. Advierten acerca de la polarización social que se va expandiendo.

En este clima de ansiedad continua, ha resurgido el interés en una de las figuras más destacadas de los años formativos de la socialdemocracia europea: Eduard Bernstein, “padre” del revisionismo anti marxista. Durante la última década, la Prensa de la Universidad de Oxford ha publicado una nueva edición de la obra principal de Bernstein, Las condiciones preexistentes del socialismo, antología de documentos relacionados con la lucha teórica acerca de la filosofía de Bernstein. Oxford también ha publicado recientemente, en 1997, una nueva biografía de Eduard Bernstein titulada, La búsqueda por el socialismo evolucionario: Eduard Bernstein y la Socialdemocracia, del historiador Manfred Steger. Humanities Press también ha publicado un volumen compañero a los escritos de Bernstein, traducido y redactado por el mismo Steger. Este volumen es acerca de las consternaciones políticas de varias capas de la izquierda pequeño-burguesa.

Steger ha escrito una biografía importante, no porque sea erudita — no pasa de lo ordinario — sino por la visión política que la inspira. Steger ve todo lo que sigue como faro que ilumina nuestra época: el asalto de Bernstein contra el marxismo, su esfuerzo por desvincular al socialismo de la revolución obrera y su sugerencia para redefinir al socialismo como liberalismo basado en las buenas intenciones y la moral. De acuerdo a Steger, la relevancia de Bernstein se basa ante todo en reconocer la imposibilidad de una alternativa revolucionaria al capitalismo.

“Como el primer teórico marxista reformista importante, Bernstein presumió que la complejidad en desarrollo de la sociedad moderna prohibía que las antiguas revoluciones de gran escala se llevaran a cabo...

“Al llegar al presunto ‘fin del socialismo', el modelo embriónico de Bernstein para un socialismo liberal representa el principio lógico del único proyecto progresista viable de la era post soviética y (quizás) post Keynesiana: un enfoque nuevo al papel de la sociedad civil y un concepto de la democracia que favorece la extensión de los derechos personales sobre los derechos propietarios”. [1]

Mientras proclama a Bernstein como héroe de nuestros tiempos, Steger escribe, con cierta mezcla de cautela y cinismo, que no puede “juzgar el pensamiento político de Bernstein basándose solamente en criterios filosóficos. Lo que permite que la investigación intelectual [de Bernstein] tenga valor para el análisis académico no consiste en el nivel de su [de Bernstein] sofisticación filosófica, ni en la falta de su pureza metodológica. Más bien consiste en sus esfuerzos — muy originales — por formular una síntesis coherente de dos tradiciones que representan la auto realización y la justicia distributiva”. [2]

Recordemos que Bernstein sostenía que le había pegado un golpe teórico tan enorme a los conceptos revolucionarios del marxismo que éste se había quedado tambaleando. Cuando Steger admite que prefiere evitar “los criterios filosóficos” cuando juzga los escritos de Bernstein, reconoce tácitamente que una lucha directa entre Bernstein y Marx en la esfera de la ciencia y la teoría sería entre desiguales.

Pero los defectos teóricos de Bernstein no previenen que Steger lo considere como profeta a quien hay que recurrir. Hoy, después de 100 años, la atracción que Bernstein tiene proviene de los deseos nostálgicos de capas muy definidas de la clase media, no de la fuerza intelectual de sus ideas. A pesar de las debilidades fundamentales del programa de Bernstein, estas capas encuentran en él la expresión de sus intereses sociales y una respuesta a sus ánimos políticos. Peter Gay, biógrafo más inteligente que antecediera a Steger, escribió hace 45 años: “Si Bernstein no hubiera existido, habría sido necesario inventarlo. Alemania exigía una doctrina reformista a principios de siglo”. [3]

Por supuesto, la resurrección del bernsteinismo, por lo menos en su forma original, es casi imposible hoy. Efectivamente éste pasó de moda el momento que nació, aunque ello no era obvio en ese entonces. No obstante, el nuevo interés por la vida de Bernstein y la controversia que sus obras causaron ilustra un tema esencial: aún después de 100 años, los temas políticos por los cuales se luchó a fines del Siglo XIX han mantenido un vigor extraordinario al fines del XX.

Me parece que fue Mark Twain quien dijo que la historia no se repite, pero que rima. Y la verdad es que, a pesar de todas las diferencias enormes y obvias entre las dos épocas, inevitablemente quedamos sorprendidos por lo mucho que las condiciones políticas y el ambiente intelectual que engendraron al bernsteinismo “riman” con la condiciones a las que hoy le damos cara.

Es difícil apreciar completamente hasta que punto la proclamación de Bernstein—“Muerte al marxismo”— resonó entre los intelectuales de la clase media durante los últimos años del Siglo XIX. En medio de una prosperidad capitalista sin precedente y la vasta expansión de su influencia y sus recursos mundiales, el concepto marxista que las contradicciones internas del capitalismo eventualmente lo destruirían le parecía a mucha gente inteligente una contradicción a la realidad palpable.

Pero existe una gran diferencia entre la situación de 1898 y la de 1998: Bernstein anunció su crítica durante un período en que las condiciones de la clase obrera mejoraban visiblemente. No importaba que el reformismo pareciera débil cuando trataba de justificarse teóricamente; en la práctica parecía vigoroso. Hay que comprender este hecho para apreciar lo atractivo del mensaje de Bernstein.

El elemento psicológico esencial del bernsteinismo a fines del Siglo XIX consistía en que el capitalismo se podía reformar gradual y progresivamente. Significativamente, los que hoy día abogan por la necesidad de retornar al bernsteinismo no se pueden valer de semejante optimismo. Más bien, un pesimismo mórbido domina el mundo de la clase media contemporánea. Esta capa social no confía para nada en el papel de la clase obrera como vehículo del cambio social. Su “reformismo”, vago y cobarde, consiste sólo en rogarle a la élite reinante que frene la destrucción de lo poco que todavía queda del estado benefactor. Por otra parte, Bernstein, a pesar de todas sus flaquezas, por lo menos era sincero en su ilusión que el capitalismo, bajo presión e influencia de los socialistas, podía transformarse apaciblemente en una sociedad justa y humanitaria.

Sin embargo, a pesar de esta diferencia fundamental, existe una ideología esencial que vincula la perspectiva de los reformistas desmoralizados actuales con la que Bernstein elaborara hacia fines de los 1890: un desdén altanero hacia el materialismo dialéctico, que constituye la esencia metodológica del marxismo. La inhabilidad en pensar y analizar los sucesos de manera dialéctica, es decir, como unidad de determinaciones contradictorias, rindió a los reformistas de principios del Siglo XX incapaces de comprender las contradicciones internas que, al reventar la Primera Guerra Mundial, iban a destruir al mundo y a los conceptos de los cuales estaban tan satisfechos.

El partido de las masas

Durante un cuarto de siglo, desde que caducaran las leyes anti socialistas en 1890 hasta que estallara la Primera Guerra Mundial en 1914, el PSA [Partido Socialista Alemán] creció hasta convertirse en el mayor partido político de Alemania. La cuenta ordinaria de votos, sin embargo, no es lo suficiente para darnos una idea completa de la influencia tan amplia y tan profunda que la socialdemocracia ejercía en la clase obrera.

En sus tiempos, el PSA era tremendo fenómeno político: el primer partido verdaderamente de las masas obreras. Cuando Bernstein declaró, en 1898, que el movimiento que el PSA representaba era más importante que los objetivos el partido, los dirigentes del PSA se escandalizaron. No se puede apreciar el poder elemental de las argumentaciones de Bernstein — no obstante la apostasía que insinuaban — a menos que tengamos idea del enorme movimiento que el PSA dirigía.

El PSA dirigía un imperio publicitario que producía libros, diarios y publicaciones periódicas relacionados con todo aspecto de la vida obrera. Para el 1895, año en que muriera Engels, el PSA publicaba 75 periódicos, de los cuales 39 se se publicaban a diario seis veces a la semana. Para 1906, ya se publicaban 58 diarios socialistas.

En 1909, la circulación de los periódicos de la socialdemocracia alcanzaba el millón. Para la víspera de la guerra, llegaba a millón y medio. La cantidad de personas que realmente leía la prensa socialista era mucho mayor que la circulación oficial, pues los obreros en las fábricas, tabernas, escuelas y vecindarios se prestaban los ejemplares entre si. Der Wahre Jakob, entre las revistas populares, tenía circulación pagada de 385,000 ejemplares, pero la verdadera cantidad de lectores llegaba al millón y medio. Se calcula que para 1914 la cifra de lectores socialdemócratas era aproximadamente de seis millones y medio.

La circulación de Vorwärts, diario político principal del PSA, llegó a los 165,000 ejemplares, y la de Neue Zei, revista famosa redactada por Karl Kautsky, llegaba a los 10,500. Die Gleichheit, periódico que el partido dirigía a las trabajadoras y que seguía una línea anti militarista bajo la dirección de Clara Zetkin, llegó a alcanzar una circulación de 125,000 ejemplares. La gama de intereses a los cuales los periódicos auxiliares del partido se dirigían se puede ver en los títulos: El Ciclista Obrero (168,000 ejemplares), Diario de los Cantantes Obreros Alemanes (112,000), Diario de la Educación Física para Obreros (119,000), El Hostelero Libre (11,000), El Obrero Abstinente (5,100) y El Obrero Estenógrafo (3,000).

Además de estas publicaciones regulares, el PSA publicaba literatura política en masa, la cual asumía proporciones gigantescas durante las campañas electorales. Volantes, afiches, ediciones especiales de los diarios y panfletos se lanzaban por millones. El partido también poseía grandes imprentas que lanzaban libros acerca de la historia, la política y la cultura en diez y cientos de miles de ejemplares.

El PSA organizó y coordinó una cadena masiva de actividades sociales en la cual participaban todos los sectores y edades de la clase obrera. Tan profundamente se identificaba el PSA con la clase obrera que la palabra arbeiter ( obrero en alemán) tenía un contenido político de por sí.

Al concluir el siglo, el PSA participaba por lo menos en veinte tipos de actividades de carácter social y educativo específico. Dirigía innumerables clubes dedicados a la gimnasia y a sociedades de canto. En una sola ciudad, Chemnitz, el PSA organizó no menos de 142 sociedades obreras para el canto, las cuales presentaron 123 conciertos. En la región de Thuringia, el PSA patrocinó 191 clubes de gimnasia.

Para cientos de miles de trabajadores alemanes, el PSA no era simplemente una organización política; era el eje alrededor del cual planeaban gran parte de sus vidas. Si el trabajador quería nadar, levantar pesas, practicar el pugilismo, dar caminatas en el campo, remar o entrar en el deporte de la vela, jugar fútbol o ajedrez, observar los pájaros, estudiar arte dramático o la salud y participar en la conservación de la naturaleza, el PSA tenía la organización exacta en que se uno se podía inscribir.

El PSA también consagró enormes recursos a la educación política formal. Desde la década de 1890 en adelante, ofrecía cursos en historia, derecho, economía política, ciencias naturales y retórica. Bebel, Liebknecht, Zetkin y Luxemburg estaban entre los que daban cátedras sobre estas materias. Cursos de tres meses de duración se ofrecían tres veces al año. Las inscripciones aumentaron de 540 en 1898 a 1,700 en 1907. En 1906, el partido estableció una escuela oficial.

El aumento en la cantidad de bibliotecas obreras nos muestra el papel que el partido jugara para fomentar la cultura de la clase obrera. Entre 1900 y 1914, el partido y los sindicatos bajo el control de éste permitieron el establecimiento de 1,100 bibliotecas en 750 zonas diferentes. Estas bibliotecas contaban con más de 800,000 tomos, y ya para 1914 habían más de 365 bibliotecarios en las nóminas de pago del PSA.

Por último, debemos darle énfasis especial a cierta estadística. Durante los primeros años del siglo, el PSA condujo una campaña agresiva para reclutar a las mujeres trabajadoras, lo cual causó tremenda reacción. De 1905 a 1914, la cantidad de mujeres miembros aumentó de 30,000 a 175,000. Ha de notarse que entre las publicaciones más populares del partido se hallaba La cuestión sobre las mujeres, publicado por August Bebel.

El desarrollo económico capitalista y la expansión de los sindicatos

Antes de proceder con el análisis de la postura de Bernstein, es esencial que consideremos el ambiente económico nacional e internacional del cual manaron sus conceptos. Bernstein negó la validez de la dialéctica materialista histórica, pero su propia evolución intelectual y política procedió de acuerdo a estas leyes.

La economía mundial que se desarrolló entre 1873 y 1893 fue muy compleja y contradictoria. Los precios y las ganancias se habían estancado en una depresión prolongada. Durante esos 20 años, el nivel de los precios en la Gran Bretaña declinó 40%. El precio del hierro disminuyó 50%. Pero este período de deflación de precios y ganancias también resultó en una producción industrial próspera y en novedades tecnológicas. A decir la verdad, estos dos aspectos esenciales de las condiciones económicas mundiales se relacionaban de manera dialéctica. La presión sobre la tasa de ganancias proporcionó el ímpetu al desarrollo de nuevas técnicas de producción y de organización administrativa que terminaron en una expansión vasta de la producción industrial. Entonces, pues, aún cuando la economía mundial se estancaba en la depresión de los precios y las ganancias, el desarrollo industrial, particularmente en Alemania y en Los Estados Unidos, crecía explosivamente.

El capital comenzó a penetrar zonas completamente nuevas, tales como Latinoamérica. La búsqueda por inversiones que garantizaran ganancias terminó en un colonialismo muy semejante al imperialismo. La prolongada recesión de precios-ganancias concluyó inesperadamente hacia fines del 1894, cuando el capitalismo entró en un período que, desde el punto de vista burgués, fue tan glorioso que se le llegó a llamar La bella época, apelación que ha perdurado hasta nuestros días.

Alemania era de los centros más dinámicos de esta expansión económica, lo cual le presentó al movimiento marxista profundas implicaciones contradictorias. Obviamente, una de las condiciones necesarias para la expansión del PSA era el rápido crecimiento de la clase obrera. Pero este fenómeno dependía en sí de la velocidad extraordinaria con que la industria alemana se expandía. La unificación de Alemania, no obstante las formas políticas reaccionarias con que se había logrado bajo Bismarck, cementaron las bases para la rápida evolución de la industria a escala mayor. La producción del hierro aumentó de 2.7 millones de toneladas en 1880 a 8.5 millones en 1900. Durante el mismo período, la producción del acero subió de 625,000 toneladas a 6.6 millones. Entre 1873 y 1900, la se duplicó la cantidad de barcos que arribaban en los puertos alemanes. La concentración y cartelización de la industria llegó a convertirse en una de las características principales del desarrollo económico alemán. Entre 1882 y 1907, si la cantidad de empresas pequeñas aumentó 8%, el de las empresas mayores aumentó 231%. Para 1907, 548 negocios empleaban a casi 1.3 millones de trabajadores.

La doctrina oficial del PSA abogaba por la guerra de clases, pero su propia expansión se vinculaba totalmente a la expansión de la industria nacional alemana, aunque de forma indirecta. Este eslabón entre la industria nacional y la evolución de los sindicatos era aún más directo. Hasta mediados de los 1890, la expansión de éstos era mucho más lenta que la del partido, sobre el cual dependían para su orientación política y apoyo material-económico. Pero la gran prosperidad económica que se desató en 1895 y que duró hasta el estallido de la Primera Guerra Mundial, resultó en dos tendencias: la gran expansión de los sindicatos; y el cambio radical en las relaciones entre los sindicatos — cuyos dirigentes por lo general casi no se interesaban en la teoría marxista y en los principios socialistas — y el PSA. Mientras aumentaban el tamaño y los recursos económicos de los sindicatos, menos dispuestos estaban sus dirigentes a subordinar sus inquietudes prácticas a problemas más fundamentales: la política y los principios socialistas.

Bernstein ataca el marxismo

Ahora regresemos a Bernstein. Nació séptimo de 15 hijos en una familia judía de la clase media baja. Inició su participación política en el movimiento socialista en 1872 luego que Bebel pronunciara su valiente defensa de los principios socialistas e internacionalistas durante la Guerra Franco-prusa. En 1875 fue diputado en el congreso de unidad convocado por los partidarios de Eisenacher y Lasalle en Gotha.

Ya a principios de su carrera política, Bernstein mostraba cierta preferencia por varias formas de la política demócrata pequeño-burguesa. Durante cierto tiempo estuvo bajo la influencia den Eugen Dühring. Poco después, mientras trabajaba de secretario para el demócrata izquierdista Karl Hochberg, quien contribuía financieramente al PSA, Bernstein participó en la creación de un documento que le urgía al partido que abandonara su orientación exclusiva hacia la clase obrera y que adoptara una actitud más conciliatoria hacia la burguesía. El documento enfureció a Marx y Engels, quienes aceptaron a Bernstein otra vez sólo después que éste viajara a Londres acompañado de Bebel y se disculpara ante los viejos revolucionarios por haber violado los principios políticos.

Las leyes anti socialistas obligaron a Bernstein a abandonar Alemania en 1878; su exilio duró veintitrés años. Vivió en Suiza por varios años y luego se mudó a Inglaterra hacia finales de los 1880. Fue durante su prolongada estadía en este país que se familiarizó con la sociedad reformista fabiana y se hizo amigo íntimo de sus lumbreras.

Frecuentemente cenaba con personalidades como Beatrice y Sidney Webb y George Bernard Shaw.

Según Steger, Bernstein quedó muy impresionado con “los éxitos que el punto de vista utilitario y práctico de los obreros ingleses había logrado. Habló en términos muy positivos de la buena relación entre los dirigentes sindicalistas y los representantes de la burguesía liberal, arguyendo que tal “convenio matrimonial” había contribuido al éxito del reformismo gradual inglés. Para Bernstein, la evolución continua del modelo británico comprobó que pactos compatibles y recíprocos entre el capital y la mano de obra eran posibles y lo inspiró a comunicar sus observaciones a sus camaradas en el partido alemán”. [4]

Los fabianos no eran más que uno de los elementos del ambiente intelectual político que influía a Bersntein. La rápida expansión del socialismo en Alemania y por toda Europa le dejó bien claro a la burguesía que su influencia no podía contenerse simplemente con la represión estatal. Imperaba responder a las inmensas cuestiones intelectuales que el marxismo planteaba. Ocurrió en los 1890, pues, que las universidades asumieron un papel nuevo y vital que todavía persiste: el de baluartes anti marxistas. Ahora los escritos de Marx eran analizados minuciosamente con tal de descubrir inconsistencias o flaquezas y así comprobar erróneas las afirmaciones del movimiento socialista. Los nuevos “Asesinos del Marxismo” académicos se convirtieron en figuras de gran autoridad e influencia; sus escritos recibían grandes elogios y publicidad. Hombres como Böhm-Bawaerk, Tugan-Baranovsky, Benedetto Croce, Werner Sombert y Max Weber, para no mencionar a docenas de figuras menos famosas y a otros tantos de menor talento, mantenían una barrera de fuego continua contra casi todos los aspectos de la teoría marxista.

A su propia manera, las obras de estos pensadores confirmaban la observación esencial de Marx que “el modo de producción de la vida material determina el proceso general de la vida social, política e intelectual” y que los conflictos sociales, cuya existencia es objetiva, se reflejaban y se resolvían en formas ideológicas bien definidas ". [5] Los artículos de estos criticones académicos pequeño-burgueses encontraban su expresión en los escritos del propio Bernstein. En efecto, se puede decir sin exagerar que, aparte de su prestigio político, Bernstein contribuyó muy poco a las argumentaciones anti marxistas que circulaban en las universidades de la época. Engels comenzó a notar el cambio en la perspectiva de Bernstein y se quejó que éste se parecía más y más a un pequeño negociante inglés muy satisfecho consigo mismo. En vida, Engels podía controlar a Bernstein, pero una vez que falleció en agosto de 1895, Bernstein empezó a distanciarse del marxismo a toda velocidad.

En 1898 Bernstein escribió una serie de artículos que repudiaban el patrimonio teórico y el programa revolucionario del PSA [Partido Socialista Alemán]. Elaboró su punto de vista más detalladamente en su libro, Condiciones que preceden al capitalismo. Insistió que había llegado el momento de reconocer que el análisis de Marx acerca del capitalismo como sistema desgarrado por sus propias contradicciones internas era producto de su capacitación basada en la filosofía de Hegel, la cual no tenía ninguna relación a la realidad empírica. Era error peligroso que los socialistas basaran sus tácticas en la posibilidad de una crisis mayor en el sistema capitalista. Más bien toda la evidencia sugería que el capitalismo tenía un potencial casi sin límites para avanzar el progreso, lo cual conduciría natural, democrática y apaciblemente al socialismo. Esos desdichados marxistas que seguían insistiendo que el socialismo surgiría de una crisis mayor engendrada por las contradicciones internas del capitalismo sufrían de “catastrofitis”, enfermedad que los incapacitaba para enfrentarse a la realidad contemporánea.

Puesto que Marx y Engels se habían equivocado al basarse en contradicciones económicas que no existían, habían errado al creer que el capitalismo conducía a la pauperización de la clase obrera. Los sindicatos, según Bernstein, se habían mostrado capaces de incrementar la porción de los ingresos nacionales que le pertenecía a los obreros. En cuanto al énfasis que Marx le había dado a la teoría del valor de la mano de obra y a la manera científica en que ésta supuestamente había comprobado la explotación de la clase obrera, bueno, esto era desperdicio teórico que tenía que botarse a la basura. ¿Qué necesidad había, se preguntó Bernstein, de comprobar la índole intrínseca explotadora de la plusvalía en el modo de producción capitalista? Esta obsesión con el problema de la formación del valor había llevado al movimiento socialista a concentrar toda su artillería contra el modo de producción capitalista, no a exigir que se lograran y realizaran demandas a través de la actividad sindicalista y de la legislación nacional para obtener una distribución más equitativa del ingreso nacional.

Bernstein insistía que los intereses de largo plazo de la clase obrera quedarían asegurados no por medio de la revolución, sino a través de los éxitos graduales y seguros de los sindicatos. Castigó a “varios socialistas” para quienes “los sindicatos sólo sirven para demostrar, de manera práctica, lo inútil de toda acción que no base en la política revolucionaria”. Para Bernstein, los sindicatos constituían el medio a través del cual las injusticias del capitalismo se podían vencer: “A razón de su ubicación en la economía, los sindicatos son el elemento democrático de la industria. Tienen la disposición para mermar el poder absoluto del capital y darle al trabajador influencia directa en la gerencia de la industria”. Si Bernstein tenía dudas acerca de los sindicatos, era que no debían esforzarse en adquirir demasiado poder. Su objetivo era convertirse en socios del capital, no controlar la industria.

Según Bernstein, otro error de Marx y Engels fue su concepto del estado como instrumento de opresión clasista. Arguyó que Inglaterra comprobaba que un estado organizado democráticamente podía funcionar como representante de toda la ciudadanía y mejorar continuamente el bienestar general. [Énfasis del traductor] El objetivo de la clase obrera no debe ser el de reemplazar al estado en existencia, y mucho menos desbaratarlo, sino convertirlo en instrumento de democracia supra clasista cuya eficacia se mejora eternamente. Es más, la clase obrera no necesita, ni debería tratar de establecer, su propia dictadura clasista. La “dictadura del proletariado” era una frase que no pertenecía en el debate político moderno:

“...La dictadura clasista pertenece a una civilización inferior y, aparte de su utilidad práctica y conveniencia, sólo puede considerársele como paso retrógrado; como atavismo político si aboga que la transición del capitalismo al socialismo necesariamente tiene que lograrse según los preceptos de una época que no tenía Idaho que tenía idea imperfecta — los métodos actuales que se pueden utilizar para propagar y hacer cumplir las leyes, y que no tenía las instituciones para lograr este propósito...”

La democracia representaba cierta forma política que garantizaba los derechos de todos los ciudadanos. Cuando Bernstein se refería con admiración a la civilidad que ésta había introducido en los asuntos humanos:

“... En nuestra época existe una garantía casi incondicional que los que constituyen la mayoría de una comunidad democrática no promulga leyes que violan, de manera duradera, la libertad personal... Más bien la experiencia nos ha demostrado que mientras más persistan los acuerdos democráticos del estado moderno, más animosidad pierden los conflictos que los partidos promueven. Aquellos que no pueden imaginarse el éxito del socialismo sin la violencia considerarán este punto de vista como crítica contra la democracia...

“... En una democracia, los partidos y las clases que los apoyan pronto aprenden a reconocer los límites de su poder y en toda ocasión abogan razonablemente por sólo aquello que las circunstancias le permitan lograr. Con tal de eventualmente obtener concesiones en el acomodo inevitable, moderan sus exigencias, aun cuando piden más de lo que se puede lograr, pues la democracia es la escuela el acomodo.

Bernstein no consideraba a Inglaterra como caso excepcional; la democracia tenía el mismo potencial mágico en Alemania. Afirmaba que el PSA se equivocaba en insistir que el carácter reaccionario de la burguesía alemana era inalterable. “Puede ser que actualmente esto sea verídido, aunque existe suficiente evidencia que prueba lo contrario. Pero aún así, no puede durar mucho”. La clase capitalista se mostraría mucho más receptiva a campañas por reformas democráticas si el PSA cesara de amenazarla con la revolución social. La misión del partido era asegurarle a la burguesía que “no tenía ningún entusiasmo por una revolución violenta contra el mundo no proletario”. Una vez que esta orientación produjera efectos, el miedo de la burguesía hacia el PSA se desvanecería y ésta se uniría a la clase obrera en “causa común” contra los elementos más reaccionarios del régimen absolutista pruso.

Bernstein, por consiguiente, le urgió al PSA que abandonara sus fantasías revolucionarias y comprendiera que el socialismo, liberado del determinismo que había desorientado a Marx y Engels, no era más que “liberalismo consistente”. Escribió: “Es un hecho que ningún pensamiento liberal existe sin también ser parte del equipo intelectual del socialismo. A mi parecer, el socialismo no puede negar en teoría ni siquiera el principio de la responsabilidad económica del individuo por sí mismo, por más ‘mancherista' que esto parezca. Ni tampoco se puede concebir ninguna circunstancia que ocasione la suspensión de este principio. No hay libertad sin responsabilidad”.

Bernstein prosiguió a desechar con desprecio toda agitación socialista contra el militarismo. Por principios no se oponía al colonialismo. Escribió que bajo el dominio europeo, “los salvajes, sin excepción, se encuentran en mejor situación que antes...” Hasta los indígenas estadounidenses eran beneficiarios de esta regla: “Si más bien los indios anteriormente sufrieron grandes agravios, hoy día sus derechos están protegidos. Es un hecho verídico que su población ya no declina y que otra vez asciende”.

En cuanto a la persistencia de la agitación socialista contra la voracidad del imperialismo alemán, Bernstein arguyó que a la Socialdemocracia “no le debería ser indiferente a que Alemania — que efectivamente ha contribuido tanto a la civilización de los pueblos — sea eclipsada por el consejo de las naciones”. El PSA tampoco tenía la razón en exigir que al ejército permanente del Kaiser fuera reemplazado con un ejército popular, pues sus advertencias que el militarismo representaba una amenaza perpetua de violencia contra la clase obrera ya habían pasado de moda. “Afortunadamente”, escribió Bernstein, “nos estamos acostumbrando más y más a resolver las diferencias políticas con otros medios que no son las armas”.

Nada le causa más daño a la reputación de Bernstein como teórico y estratega político que la publicación de sus obras. Aún la selección cuidadosa de sus obras por Steger no logra que la estatura intelectual de Bersntein reluzca (y los trozos que he citado no aparecen en la biografía que Steger ha escrito acerca de Bernstein). Más bien, lo que le sorprende al marxista contemporáneo es el contenido tan bobo de las críticas de Bernstein. Hay que preguntarse: ¿Cómo es posible que esta bobería se pudiera considerar refutación al marxismo? Es imposible no quedarse boquiabierto ante la estupidez filistea de este snob quien , a fines de la era victoriana, parecía totalmente indiferente, para no decir ciego, a las actualidades más serias y perturbadoras de su época. No se si a Bernstein le gustaba la música, pero se habría beneficiado muchísimo al oir las sinfonías de su contemporáneo Gustav Mahler. Bernstein podría haber descubierto en las obras de este compositor algo que sus obras totalmente carecían: el presentimiento de la tragedia que ya comenzaba a abrumar la civilización burguesa. Pero este Bernstein era Eduardo, no Leonardo, y dudo que hubiera sido capaz de aprender mucho de la obra del perturbado compositor austríaco.

Cuando los párrafos que he citado fueron escritos, sólo faltaban quince años para que estallara la catástrofe que Eduard Bernstein consideraba inconcebible; catástrofe que inauguraría una era de barbarie cuyos horrores no tienen paralelo histórico. La tendencia del desarrollo capitalista no fue en dirección hacia una democracia cada vez más amplia y una disminución del antagonismo clasista, sino hacia la represión de las masas y la guerra civil. Al envisionar en el futuro, el miope de Bernstein sólo podía ver el arco iris de la democracia, pero no el alambre de púas de las trincheras y de los campos de concentración.

Los conceptos filosóficos de Bernstein

El oportunismo encontró su expresión más avanzada y rica en los escritos de Bernstein y sus contemporáneos. Durante las décadas que siguieron, ondas sucesivas del oportunismo no pudieron añadir ninguna teoría de importancia a lo que los partidarios de Bernstein ya habían expresado. En nuestra propia época, que posee un nivel teórico mucho más inferior, las críticas contra el marxismo solamente reproducen, aunque con menos calidad, aquellos que Bernstein que ya había avanzado. Por consiguiente, al estudiar los conceptos teóricos de Bernstein, que ya pasan de los de cien años, hay que analizar la gama entera del anti marxismo contemporáneo. El estilo es el hombre, y el contenido esencial del estilo es la metodología. Cuando una persona comienza a hablar de política, revela no solamente sus opiniones acerca de los sucesos actuales, sino también los conceptos teóricos que influyen sus opiniones y el proceso intelectual con que llega a ellas. Lo que es verídico para individuos también es verídico para las tendencias políticas.

El oportunismo político tiene ciertas bases metodológicas y epistemológicas. No deseo darle alas al concepto simplista que todas las manifestaciones del oportunismo se pueden reducir a la epistemología errónea, o que el estudio de las bases epistemológicas del revisionismo elimina la necesidad de emprender un análisis serio de los temas en disputa. Pero el tema del método filosófico tiene significado inmenso y fundamental. Bernstein no basó sus argumentaciones simplemente en sostener que uno u otro elemento del marxismo había sido refutado, aunque es cierto que creía que los desarrollos contemporáneos habían comprobado que Marx y Engels habían cometido muchos errores. Eso era, sin embargo, de importancia secundaria. Según Bernstein, el mismo concepto de “socialismo científico” era una contradicción. Mantenía que el socialismo no podía aspirar al nivel de ciencia puesto que era “un movimiento comprometido que no podía dirigirse a la ciencia con neutralidad”. [6] “Ningún ‘ismo' puede considerarse ciencia”, añadió. “Los ‘ismos' son no más que perspectivas, tendencias, sistemas de pensamiento o exigencias, pero nunca ciencia”. [7] No obstante sus pretensiones científicas, el movimiento de masas socialista “es un movimiento que tiene tan poco que ver con la ciencia como las Guerras Campesinas de Alemania o la Revolución Francesa, o cualquier otra lucha política. El socialismo como ciencia depende del conocimiento; como movimiento se guía del ‘motivo noble' como interés propio”.

Mucho de estas declaraciones exige respuesta. Comencemos con el análisis que el socialismo moderno, como expresión de intereses sociales específicos, carece tanto de ciencia como los movimientos anteriores. Igual que muchas de las otras argumentaciones de Bernstein, éste es más ingenioso que profundo. No se puede negar que los intereses clasistas motivan todos los movimientos sociales. Pero la diferencia esencial entre el movimiento socialista moderno marsixta y los movimientos de masas revolucionarios anteriores es que el primero convierte a este elemento motivador - es decir, el interés clasista - en tema digno de análisis teórico e histórico.

Para ser preciso, Marx y Engels no fueron los primeros en reconocer y atribuirle gran significado a la lucha de clases. Este descubrimiento, aunque solo parcialmente, ya se podía discernir en los historiadores de la antigüedad, del Renacimiento y, más recientemente, entre los historiadores franceses de la restauración post napoleónica a principios del Siglo XIX, en particular Guizot. Pero fueron Marx y Engels los que indentificaron y explicaron las bases fundamentales de la lucha de clases. Marx y Engels le dieron énfasis no sólo a la lucha de clases y a la manera en que ésta se relaciona a intereses materiales, es de decir, a intereses basados en la propiedad; también mostraron que esos mismos intereses — y las luchas sociales que engendraban - le deben su existencia a las fuerzas productivas que el hombre crea y a las relaciones de producción que esas mismas fuerzas necesitan para operar. Al basarse en este descubrimiento mucho más profundo de los orígenes de la sociedad clasista y de las bases de la civilización humana, hicieron posible que por primera vez se elaborara la comprensión materialista consistente de la historia; es decir, que se explicara la formación de intereses económicos y la evolución del pensamiento social.

Fue solo con el desarrollo el marxismo que el hombre logró formular las leyes que rigen su propio desarrollo social e intelectual. Fue este segundo aspecto en particular - la manera en que la conciencia social se deriva de la existencia social - que le facilitó al movimiento socialista comprender completamente, sin valerse en ningún momento de la mística, sus propios orígenes, su existencia, su evolución y sus aspiraciones; es decir, sin tener que recurrir a motivaciones idealistas. He aquí la profunda diferencia entre el movimiento socialista marxista y los movimientos revolucionarios que le precedieron. Podemos presumir con toda seguridad que todos los movimientos sociales del pasado, del futuro o del presente, de alguna manera u otra expresan intereses sociales. Pero el movimiento marxista puede legítimamente afirmar sus bases científicas siempre que sus principios, programa y acciones se guíen por el conocimiento de las leyes del desarrollo histórico. La distinción que Bernstein hizo entre “socialismo como movimiento” y “socialismo como ciencia” fue, para ser brusco, bastante ridícula. Aceptar que el socialismo, como ciencia, entiende las leyes que rigen el desarrollo de la consciencia social para luego declarar que el socialismo como movimiento se basa en un “motivo noble” fue un disparate estúpido. Después de todo, la ciencia, que afirma que la consciencia social es producto de condiciones históricas que se forman sobre un nivel determinado de las fuerzas productivas y de las relaciones de producción correspondientes, no puede declarar, cuando dirige a un movimiento de masas, que se guía por un “motivo noble”. Se vería inmediatamente obligada a explicar, si es que ha de serle fiel a su ciencia, los orígenes y bases sociales de ese “motivo noble”.

Analicemos ahora la declaración de Bernstein que ningún ‘ismo” puede ser ciencia. Esta orden pondría a Darwin en una situación muy precaria. Pero supongamos que el error de Bernstein fue que no se pudo expresar bien, que su intención había sido arguir que el compromiso que los ‘ismos' implican son incompatibles con la ciencia. Fue una argumentación a la cual Bernstein regresó una y otra vez: la ciencia es incompatible con todo partidarismo. “Si el socialismo se interesara en convertirse en pura ciencia”, declaró, “tendría que abandonar la doctrina clasista que representa las aspiraciones de los trabajadores. Este es el punto preciso donde el socialismo y la ciencia necesariamente toman rumbos diferentes.

“Permítanme expresar mi opinión sin ninguna ambigüedad: la teoría socialista es ciencia solo y siempre que la persona no socialista, objetiva e imparcial acepte sus propuestas”. [9]

Si esto último fuera verdad, la única persona dotada para pronunciar veredicto sobre la reputación científica del marxismo sería completamente indiferente hacia el destino de la humanidad. Al invocar las exigencias de lo que él llamaba “la ciencia pura”, Bernstein insistía que ésta era incompatible con la presencia de “cualidades subjetivas y volitivas”. [10] Según él, la práctica científica no puede reconciliarse con ningún objetivo humano específico.

Pero no hay que reflejar mucho para ver el error de este pensamiemnto. La voluntad y el partidarismo de ninguna manera niegan la ciencia. Hay que suponer que el científico que estudia el virus VIH no es indiferente a las consecuencias del SIDA. Esperamos que el cirujano quiera con toda gana salvar la vida de su paciente con el bisturí. En ambos casos, los dos tienen motivos “subjetivos” específicos. El primero quiere aniquilar el virus VIH; el segundo quiere salvar la vida de su paciente. Ello no significa que son incapaces de adoptar una actitud científica hacia su trabajo. En su propia época, Bernstein se topó con esta misma objeción. Durante una cátedra que presentó en mayo, 1901, en la que arguyó que al socialismo no se le podía considerar como ciencia debido a que éste lo guiaba un objetivo especial, alguien le preguntó a Bersntein si él consideraba que la medicina, puesto que la cura era su objetivo especial, era ciencia. Bernstein contestó con típica sofistería. Escribió: “Contesté que para mí la cura es ‘el arte de la medicina', el cual se basa en el dominio completo de la ciencia de la medicina, cuyo objetivo no es la cura, sino el conocimiento de las condiciones y los medios que llevan a la cura. Si aceptamos esta distinción conceptual como ejemplo típico, no será muy difícil, pues, inclusive en los casos más complejos, averiguar donde la ciencia termina y el ‘arte', o la ‘doctrina' comienza”. [11]

Plekhanov le respondió: “El socialismo como ciencia analiza los medios y las condiciones de la revolución socialista; el socialismo como ‘doctrina' o arte político trata de llevar a cabo esta revolución con la ayuda del conocimiento adquirido”. [12]

Bernstein consideraba que la ciencia solo consiste en catalogar los hechos comprobables; los científicos son no más que oficinistas encargados de coleccionarlos, pesarlos, ordenarlos y colocarlos en los lugares apropiados. Este concepto no sólo le negaba el impulso y función creativa a la ciencia, sino que tampoco la arraigaba en la historia. Durante los últimos 2,500 años, la evolución de la ciencia ha procedido a través de la lucha entre tendencias opuestas, en la cual las diferencias siempre se han relacionado no solamente con conceptos abstractos, sino también con intereses materiales. Parece casi de más señalar, como nos muestra el destino que le esperó a Giordano Bruno y a Galileo Galilei, que la ciencia a menudo chocaba contra la resistencia de clases sociales que percibían en su evolución de ella una amenaza a su posición social. Cuando Bernstein se refiere a la “imparcialidad científica”, tiene en mente un concepto muy definido del proceso cognoscitivo: el reflejo del mundo material en la mente humana y la acumulación del conocimiento constituyen un proceso esencialmente pasivo y contemplativo. Es decir, en su materialismo, que era de carácter mecanicista y no dialéctico, existía un abismo entre el objeto a conocer y el sujeto consciente. Bernstein ponía en duda no sólo la legitimidad científica del marxismo. Su concepto de la “ciencia pura” no le permitía aceptar que el estudio científico de la sociedad fuera posible. Fundamentalmente sostenía que el pensamiento científico tenía que limitarse a esas esferas donde el sujeto humano consciente y el objeto a conocer se enfrentan — suponemos en las ciencias naturales y teóricas — como si fueran entidades totalmente extrañas y separadas una de la otra. Afirmó que las exigencias de la “ciencia pura” no permiten que ésta se contamine con la compenetración del sujeto y el objeto durante el proceso cognoscitivo.

Casi por definición, el estudio científico de la sociedad humana por marxistas u otros era técnicamente imposible. Si Bernstein tenía la razón, ¿cómo podría haber una ciencia social genuina si los observadores e investigadores humanos mismos forman parte del organismo que tratan de estudiar? Como Kautsky notara cuando le replicó a Bernstein acerca de esto mismo: “Todo el mundo ocupa cierto lugar específico dentro de este organismo; lugar desde el cual dirige sus observaciones, donde tiene funciones determinadas, y donde depende de otras piezas. Las piezas específicas del organismo se contradicen unas a las otras. Seguro que estos son obstáculos muy serios, pero si fueran tan imponentes que excluyen a la ciencia, eliminarían no sólo al socialismo científico, sino a todas las ciencias sociales”. [13]

Todos las argumentaciones de Bernstein giran alrededor de las mismas fórmulas metafísicas, simplistas y vulgares: los procesos “objetivos” son aquellos que operan totalmente independiente de la acción y de la voluntad humana. Nada que se desee o se logre por medio de la actividad consciente es realmente objetivo. Lo “objetivo” es solamente aquello completamente externo a la humanidad y a su estado consciente; que resulta de procesos espontáneos. Por lo tanto, todo comportamiento humano intencional es esencialmente subjetivo. Según Bernstein, pues, el término “necesidad objetiva” no se le puede atribuir a ningún comportamiento social humano en el cual la consciencia para más allá del instinto.

Desde este punto de vista, la lucha de clases en sí no expresaba ninguna necesidad objetiva histórica. Más bien manifestaba la voluntad humana subjetiva, que se le imponía a la cadena de los sucesos objetivos.

Declaró Bernstein: “Este deseo por mejorar las condiciones de un grupo social determinado nunca puede ser ‘objetivo'. Hasta se podría decir que la explicación para transformaciones económicas nunca justifica el uso de la palabra ‘objetivo', pues éstas nunca ocurren sin la intervención de la actividad humana”. Cuando trató de clarificar la línea de demarcación entre lo objetivo y lo subjetivo dentro del comportamiento humano, entre lo que se puede y no se puede discutir conforme a la ciencia y la necesidad, Bernstein ofreció el ejemplo siguiente: “La necesidad universal para alimentarse es una fuerza objetiva, pero el deseo por una dieta variada es subjetivo. Cualquier cosa que reemplace las necesidades perennes de la vida para realizar una idea o alcanzar un objetivo deliberado no se basa en la necesidad objetiva”. [14]

Hasta el análisis más superficial destruye la argumentación de Bernstein. Nos dice que la necesidad por alimentarse es objetiva, pero que “el deseo por una dieta variada” no es más que subjetivo. No parece habérsele ocurrido que un “deseo” específico pueda ser la expresión subjetiva de una necesidad arraigada en lo objetivo. O para expresarlo de otra manera, que el deseo subjetivo puede desarrollarse a base de un análisis consciente de la necesidad objetiva. La necesidad de alimentarse, claro, es objetiva, pero la manera en que el ser humano responde a la angustia que el hambre causa no es solamente un impulso subjetivo e instintivo. La ciencia de la nutrición y el concepto de un ‘régimen alimenticio balanceado" que contenga poca grasa saturada representan el refinamiento, la adaptación y la dirección del impulso subjetivo conforme a la comprensión científica de las necesidades del organismo humano. Más bien, la consciencia es el requisito esencial para armonizar el deseo subjetivo con la necesidad objetiva.

Pasemos del arte culinario a la política. Sin tratar de mejorar su lógica, Bernstein insistió en que el socialismo definitivamente tenía que renunciar toda pretensión científica porque tenía aspiraciones, en este caso una organización socioeconómica que no existía. Se preguntó con exasperación: “¿Cómo puede ser “ciencia pura” algo por lo cual aspiramos?” [15] Lo único que la ciencia puede hacer es observar y comentar sobre lo que ya existe. Declaró: “Debido a que el colectivismo como sistema económico es un ideal, no se le puede considerar simultáneamente como ciencia”. [16]

Aunque a Bernstein puede habérsele ocurrido que estaba demoliendo solamente las pretensiones científicas del socialismo marxista, cuando afirmó que las aspiraciones humanas son externas al reino de la ciencia, en realidad negaba a la ciencia misma. La investigación científica es en sí una práctica social cuyo impulso creativo se encuentra en la reacción subjetiva humana a las condiciones objetivas que lo rodean. La ciencia surge como expresión de lo que la humanidad conscientemente apropia de la naturaleza para su existencia y reproducción. Lejos de presumir la separación absoluta del sujeto y el objeto, la premisa fundamental del pensamiento científico es la relación dialéctica entre la humanidad y la naturaleza.

Aquí es útil consultar a Marx: “La mano de obra es, en primer lugar, un proceso en que la humanidad y la naturaleza ambos participan, y en el cual el hombre, por su propia cuenta, comienza, rige y controla las reacciones materiales entre él y la naturaleza. Fuerza de la propia naturaleza, el hombre se opone a ella, poniendo en movimiento brazos, piernas, cabezas, manos - es decir, las fuerzas naturales de su cuerpo - para apropiar lo que la naturaleza produce y adaptarlo a su propia voluntad. A la misma vez que actúa sobre el mundo externo y lo cambia, cambia su propia naturaleza. Desarrolla sus poderes durmientes y los obliga a actuar en obediencia a sus exigencias. ... Las acciones de la araña se parecen a las del tejedor, y la abeja, al construir su colmena, hace sentir inferior al arquitecto. Pero lo que distingue al peor arquitecto de las mejores abejas es que el arquitecto construye su estructura en la imaginación antes de erigirla en la realidad. Al terminar todo proceso laboral, adquirimos un resultado que desde un principio ya había existido en la imaginación del creador”. [17]

La ciencia no se limita, tal como lo hace un oficinista cuando hace sus inventarios, a la descripción del mundo material tal como existe externo a la consciencia y práctica humana. La ciencia tiene mucho que ver con lo que no existe. Trata de descubrir dentro de la naturaleza objetiva la posibilidad de transformar en realidad los sueños del hombre. El mito de Icaro ha existido por más de dos mil años. El sueño de volar eventualmente se transformó en los dibujos de Leonardo, en el biplano de los hermanos Wright, y más recientemente, en el transbordador espacial. “La consciencia del hombre no solo refleja el mundo; también lo ‘crea'”.

Al comprender las leyes de la naturalreza, el hombre llega a utilizar y a alterar, en defensa de sus propios intereses, las condiciones espontáneas que la misma naturaleza le presenta. Por igual, el marxismo ha logrado discernir, de manera científica, las leyes que rigen el desarrollo histórico de la humanidad, permitiendo de tal manera que la vida socioeconómica se pueda organizar en base a las necesidades humanas que se comprenden conscientemente. Bernstein, mientras negaba la posibilidad de semejante discernimiento, tergiversaba la diferencia fundamental entre el marxismo y las varias formas anteriores de pensamiento socialista utópico. Alegaba que “la verdadera esencia” del marxismo era la “teoría de un futuro orden social”. Pero ésto fue falso en dos aspectos:

En primer lugar, esta teoría del futuro nunca ha sido “la verdadera esencia” del marxismo. Ni tampoco lo ha sido ninguna teoría de la historia. Más bien ha sido la filosofía materialista que, basada en la dialéctica, se basa en que el ser tiene supremacía sobre la consciencia.

Segundo, Marx y Engels nunca ofrecieron ninguna teoría de un futuro orden social. Más bien suplieron una explicación insistentemente materialista de las leyes generales del desarrollo histórico y, a base de ello, la índole del modo de producción capitalista. En contraste al socialismo utópico, el cual basaba su visión del futuro en principios abstractos, el marxismo reveló la necesidad y posibilidad histórica del socialismo con un análisis de las contradicciones de la sociedad en existencia. El objetivo de Marx no fue la planificación de un nuevo sistema social. Ni tampoco “inventó” él el socialismo.

Come bien se sabe, Marx nunca trató de dibujar ningún plano para el orden social del futuro. Nada que se compare a los falansterios de Fourier aparece en los escritos de Marx.

Pero Marx sí demostró que la evolución económica de la sociedad burguesa, independientemente de la voluntad de los socialistas, cementa las bases para la socialización de los medios de producción y que las contradicciones del modo de producción capitalista, el cual se basa objetivamente en la explotación de la clase obrera, tiende hacia la crisis, la desintegración y la revolución social. El socialismo es, por consiguiente, el resultado necesario (pero no inevitable en el sentido formal) de la estructura socioeconómica en existencia y, en un sentido más profundo aún, de toda la evolución histórica de la humanidad.

El empirismo de Bernstein

Aún reconociendo la vacuidad de los conceptos teóricos de Bernstein, uno todavía se siente obligado a preguntarse: ¿Cómo es posible que Bernstein estuviera tan ciego ante las contradicciones sociales que se acumulaban y que conducían a la civilización europea hacia la catástrofe? Por lo menos podemos encontrar una respuesta parcial si le planteamos la pregunta a nuestros contemporáneos. ¿Por qué tanta gente supuestamente inteligente es ciega a las contradicciones que empujan a nuestra propia civilización hacia el abismo? ¿Por qué el colapso de los “Cinco Tigres del Asia” ha tomado de sorpresa a tanta gente que se supone son bien informadas? La vida de Eduard Bernstein debería estudiarse no como modelo sino como historia amonestadora. Especialmente en nuestra propia era de ignorancia histórica y ceguera política hay algo que se puede aprender de los errores de Eduard Bernstein quien, a pesar de todas sus limitaciones, no saldría mal si se le comparase a las figuras políticas que actualmente dominan el mundo. Además, en defensa de Bernstein, hay que reconocer que en 1898, rodeado por la riqueza y el poder del capitalismo europeo hacia finales del Siglo XIX, no era tan fácil darse cuenta de los indicios que anunciaban el desastre inminente. Se necesitaba no sólo la sagacidad, sino también lo que Marx en una ocasión llamó “la fuerza de la abstracción”.

Era precisamente esta capacidad intelectual que Bernstein carecía. Como empírico, sus horizontes políticos eran determinados por los “hechos” según los derivaba de sus observaciones casuales, de los periódicos y de sus estudios sobre la economía estadística. Bernstein sinceramente se creía a sí mismo hombre de ciencia y su gran censura contra Marx fue que la metodología hegeliana y los objetivos revolucionarios de él le impidieron ser objetivo ante los “hechos” de la vida socioeconómica.

Bernstein laboraba con la ilusión típica del empírico: que los “hechos” son las partículas elementales — “puras”, que ni juzgan ni están contaminadas por el intelecto — de datos absolutamente objetivos que constituyen la estructura orgánica de la verdad. La acumulación de cierta cantidad suficiente de estas partículas de datos y hechos de política neutral le facilitará al científico social un cuadro verdaderamente objetivo de la realidad social que servirá de base a un curso de acción razonable.

Lo que el empírico niega, o fracasa en reconocer, es que los “hechos” de la realidad social son en sí productos de la historia y que la manera de aislarlos y conceptuarlos se determina socialmente. Todo hecho social es producto de condiciones históricas y forma parte de una red muy compleja de relaciones socioeconómicas. Además, estos “hechos” se comprenden - más bien llegan a reconocerse como “hechos” - con conceptos cognoscitivos y categorías que también son productos y reflejo del proceso histórico.

El empírico que insiste que su selección y estudio de los hechos sociales son completamente neutrales no está consciente del carácter de los conceptos con que labora, los cuales la historia ha determinado; es decir, que adopta una actitud esencialmente inconsciente y sin crítica hacia las formas que su propio pensamiento adopta.

La actitud sin crítica de Bernstein hacia conceptos teóricos apareció de la manera más detallada en su famosa declaración que el objetivo final no valía nada, que a él sólo le importaba lo de aquí y ahora. ¿Qué insinuaba esta filosofía? Igual que con los hechos mismos, desarraigó la práctica del socialismo de su contexto histórico. De esta manera, la actividad política había de formularse sin ninguna idea que era parte del proceso histórico al que le era responsable.

Conforme a su empirismo, Bernstein proclamó que rechazaba la perspectiva revolucionaria precisamente en el momento que las contradicciones, cuya existencia él negaba, estaban a punto de estallar y salir a la superficie observable de la vida política. No siempre es el búho sabio el que vuela al anochecer. A menudo, la apariencia de estabilidad es mucho más visible cuando el sol de un orden social comienza a ponerse. Los datos empíricos, testigos a la fortaleza del sistema en existencia, han alcanzado su apogeo de manera cuantitativa. Al empírico le parece inútil insistir que un orden social cuya viabilidad la respalda una colección de datos tan impresionante pueda dejar de existir. Pero estos trozos de datos ya han sido rebasados. En todo caso, no son más que signos contradictorios de una situación que, debido a su propia índole, no sólo es inconcluyente, sino que ya ha comenzado a cambiar de dirección. El empírico político, aferrándose de todo dato a su alcance para justificar su capitulación al orden social en existencia, comete el error de imponerle una conclusión arbitraria a un proceso continuo. Confunde los momentos de transición histórica con los resultados finales. Esa es la razón por qué en 1898 Bernstein no podía ver la sombra que se acercaba — 1914 — y mucho menos la del 1933.

Notas:

1.

La búsqueda por el socialismo evolucionario: Eduard Bernstein y la Socialdemocracia, Manfred Steger, (Cambridge University Press), pp.14-15.

2. 3.

Ibid p.15.

4. 5.

El dilema del socialismo democrático (New York, 1970), p. 110.

6.

4. Steger, op cit., p. 69.

5. Marx-Engels, Obras Completas, Vol. 29, p. 203.

6. Obras escogidas de Eduard Bernstein 1920-21, ed. Manfred Steger. (New Jersey, Humanities Press, 1996), p. 97.

7. Ibid., p. 99.

8. Ibid., p. 95.

9. Ibid., p.116.

10. Ibid., p. 118.

11. Ibid., p. 104.

12. Obras Filosóficas Escogidas, Volumen III (Moscú: Editorial Progreso, 1976), p. 34.

13. Neue Zeit, 1901 (traducción al inglés de D. North).

14. Bernstein, op. cit., p. 36.

15. Ibid., 106.

16. Ibid., p. 108.

17. El Capital, Carlos Marx, Volumen I, p. 174.

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