En la guerra para "defender la civilización"

Expertos liberales estadounidenses debaten la posibilidad de la tortura

29 November 2001

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La amplia discusión que actualmente toma lugar en los medios de comunicación estadounidenses con respecto a la tortura, inclusive en la prensa liberal, es un signo innegable de la descomposición moral y social del sistema estadounidense y de sus tendencias autoritarias.

El 5 de Noviembre, el New York Times publicó un artículo titulado: “El tema de la tortura penetra el debate de los medios de prensa”. El artículo reportaba una serie de menciones sobre la tortura de “personas bajo sospecha de terrorismo” que recientemente han aparecido en los medios de prensa norteamericanos:

* Un atículo de Jonathan Alter en la edición del 5 de noviembre de la revista Newsweek titulado “Hora de pensar en la tortura”.

*Un fragmento en el canal de televisión Fox News Channel—del cual Rupert Murdoch es propietario—presentado por el locutor Shepard Smith, quien preguntó, ¿“Se le debería permitir a las agencias de la ley y del orden cualquier acción, aunque sea terrible, con tal de obligar a las personas bajo sospecha a “revelar sus secretos”?

*Un comentario del derechista Tucker Carlson en el programa “Crossfire” de CNN, quien sugirió que en ciertos casos la tortura puede que sea “el menor de dos males”.

*Una columna editorial en el Wall Street Journal del 23 de Octubre escrita por el historiador Jay Winik en la que comentaba lo “exitosa” que resultó la tortura de un presunto terrorista en las Filipinas en 1995.

* Un artículo en la revista del internet, Slate, escrito por Dahlia Lithwick y titulado “La justicia torturada”, que presenta los distintos aspectos morales y jurídicos con respecto al debate sobre la tortura.

A esta lista se le puede ser añadir el artículo del 21 de Octubre del Washington Post —“El Silencio de los 4 participantes en la Investigación sobre el terrorismo plantea dilema”—sobre el cual la WSWS ya ha comentado (“US Considers Use of Torture in Interrogation of Terrorism Suspects” http://www.wsws.org/articles/2001/oct2001/det-o24.shtml).

La razón de inmediato del debate sobre la tortura es la aparente negativa por parte de cuatro individuos—Zacarias Moussaoui, Mohammed Jaweed Azmath, Ayud Ali Khan y Nabil Almarabh—en cooperar con las autoridades. A los cuatro se les sospecha de haber participado en el ataque del 11 de Septiembre y están hoy día en una cárcel de Nueva York. A ninguno se le ha imputado algún delito relacionado con los ataques terroristas.

En su artículo en Newsweek, Jonathan Alter escribe: “En este otoño de la furia, incluso un liberal puede encontrarse pensando en...la tortura. OK, quizás no aguijones eléctricos o mangueras de caucho, al menos no aquí en Los Estados Unidos, pero algo para darle ímpetu a la investigación estancada sobre el mayor delito de la historia estadounidense. Ahora mismo, cuatro supuestos secuestradores claves no están diciendo nada. ¿No podemos por lo menos someterlos a tortura sicológica, digamos, con cintas de audio de conejos muriendo o música “rap” a alto volumen? (El ejército ha practicado esto en Panamá y en otros lugares) ¿Qué tal si les forzamos un suero de la verdad intravenoso? ¿O los deportamos a la Arabia Saudita, tierra de las decapitaciones? (Tal como los frustrados agentes del FBI han estado amenazando). Varias personas todavía insisten en que no es necesario reconsiderar nuestras antiguas suposiciones acerca de la ejecución de la ley, pero éstas son personas que penosamente todavía pertenecen a la época anterior al 11 de septiembre; que viven en un país que ya no existe.” Alter insta a las fuerzas policiales estadounidenses a seguir el ejemplo de su contrapartes israelíes, quienes se distinguen por el trato salvaje que le dan a los prisioneros palestinos.

Es extraordinario el encontrarse con una columna periodista de los semanarios principales de los Estados Unidos que aboga por la tortura, práctica que Cesare Beccaria, figura de la Ilustración hace más de 220 años, llamara “digna de un caníbal”. Es más extraordinario aún que el artículo no haya provocado ninguna protesta de los ámbitos liberales.

Según el artículo del Times , “Alter dijo que le había sorprendido que su columna no provocara una cantidad mayor de correo electrónico y cartas. Y declaró, quizás más sorprendente aún , que “varias personas, a quienes se les podría llamar izquierdistas”, se le han acercado para susurrarle que “estoy de acuerdo con usted”.

El artículo del Times nota que los periodistas se han visto obligados a plantar el tema de la tortura a nivel público debido a que “la tortura es ya un tema de debate en las barras, los trenes de pasajeros y las mesas de cena”. Esta es una reacción típica de los medios de prensa estadounidenses, que constantemente culpan de sus propias faltas al pueblo estadounidense, diciendo que sólo reaccionan a lo “que el público exige”.

Que la torture de prisioneros sea tema de conversación en los medios de prensa estadounidenses es un hecho de gran importancia política. Ya hemos presenciado, a amplio nivel, prácticas tales como los arrestos y las detenciones arbitrarias, el maltrato de los prisioneros, la incomunicabilidad bajo arresto y la repudiación de las garantías legales, y una extensa ampliación de los poderes policiales para interceptar llamadas telefónicas y conducir espionaje. Ahora aparece el intento de legitimar la tortura. Es razonable uno preguntarse: ¿Qué sigue? ¿Escuadrones de la muerte auspiciados por el gobierno?

La elite gobernante estadounidense, incluyendo el ala liberal de otros tiempos, esta rechazando toda defensa—aún formal—de los derechos democráticos. Sectores de esa elite se está virando rápidamente hacia el fascismo.

¿Cuál es la raíz de este proceso?

La insinuación que la policía y las agencias de espionaje estadounidenses hasta ahora han sido gobernadas por el humanitarismo y la democracia es un disparate reaccionario. La policía federal, estatal y local tiene una larga historia de abusos, sea por medio de la represión de adversarios políticos o del salvajismo “cotidiano” con que embiste a los pobres, especialmente a las minorías. La violencia y la represión en cárceles de Los Estados Unidos aumentan. En mayo del 2000, la Convención de Ginebra Contra la Tortura, auspiciada por las Naciones Unidas, estudió un informe de 45 páginas presentado por Amnistía Internacional que le imputaba a la policía bestialidad y abusos y acusaba a Los Estados Unidos de infracciones contra la convención que había ratificado seis años antes.

También se ha documentado la larga existencia de tortura sistemática (y asesinatos) impuesta por regímenes en todas partes del mundo que han sido respaldados y armados por Washington. Bien se sabe que la “La Escuela de las Américas”, dirigida por los militares estadounidenses y también conocida como “La Escuela de Asesinos”, ha capacitado a muchos torturadores y dirigentes de escuadrones de la muerte en Sudamérica.

La Comisión sobre la Verdad de las Naciones Unidas en El Salvador estableció en 1993 que decenas de graduados de la Escuela de las Américas habían participado en atrocidades y masacres. Las restricciones mínimas que se le habían impuesto a las actividades de la CIA hoy en día se están anulando a causa del ataque del 11 de septiembre. Por ejemplo, también se ha anulado el reglamento que prohibe, desde 1995, emplear “atropelladores de los derechos humanos”.

Los socialistas por largo tiempo han advertido que la intensificación de la crisis política y social en los Estados Unidos significaría la introducción en el propio país de los mismos métodos bestiales de los cuales, durante décadas, la elite dirigente estadounidense se ha valido contra los pueblo del mundo colonial y neocolonial. Este es un proceso que ahora presenciamos.

Todo régimen y clase que se dirige hacia una sociedad totalitaria se ha valido de los sofismos que los partidarios de la tortura ofrecen. Ejemplo: “Tiempos desesperados requieren medidas desesperadas”. La premisa de Alter y de los demás “partidarios de la tortura” es que el estado estadounidense y sus agencias policiales no mienten y que son infalibles, y que aquellos a quienes se les sospecha de ser culpables de haber perpetrado un delito son, de hecho, culpables, y que al FBI, a la CIA y las agencias policiales, por lo general, se les debería dar el derecho a actuar sin impunidad.

En los Estados Unidos, según la Constitución y el sistema legal imperante, se presume que un individuo bajo arresto es inocente hasta que se pruebe lo contrario. La culpabilidad o la inocencia se determina mediante un juicio en que el acusado goza de asistencia jurídica y de un jurado, compuesto de sus semejantes, que, luego de considerar y estudiar las pruebas, pronuncia su veredicto. El peso de las prueba cae sobre los hombros de la fiscalía. En un caso penal, ésta debe probar la culpabilidad “sin que quede una duda razonable”. Pensadores democráticos por muchas décadas ya habían elaborado estos reglamentos jurídicos e integrádolos a la tradición jurídica de la Revolución Estadounidense, la cual se había opuesto a los antiguos tribunales británicos de inquisición y a otras prácticas despóticas. La Carta de los Derechos [las diez primeras enmiendas a la constitución de Los Estados Unidos], que prohíbe el “castigo cruel e insólito”, fue una reacción directa a las monarquías europeas que hacían uso de la tortura.

Estos son los principios y tradiciones democráticas que ahora sufren repudiación y agresión. ¿En que se basa este cambio, por parte de amplios sectores del establecimiento político, hacia métodos de gobierno policial?

Las relaciones sociales en los Estados Unidos han atravesado por cambios radicales en las últimas décadas. La sociedad estadounidense se ha polarizado muchísimo; casi todos los beneficios de la bolsa de valores y la explosión de las ganancias se han acumulado en manos de un puñado de personas en la cima de la sociedad. El resultado—y varios procesos ideológicos relacionados— la elite próspera se ha desarrollado cada vez más enajenada de la clase trabajadora, inclusive de sectores que antes se les llamaba la clase media, de la cual están separados por un gran abismo. Invariablemente, esto engendra la hostilidad hacia los derechos democráticos de la mayoría de la población, a quienes se les considera un obstáculo a la acumulación de riqueza y poder aún mayores.Fue obvio que, durante la crisis [desatada por el esfuerzo para someter a Clinton a juicio político], un desprecio siniestro hacia los principios democráticos permeaba el sistema político estadounidense. Los métodos de Kenneth Starr—quien atropellaba las garantías legales, usaba amenazas e intimidaciones, y acosaba y perseguía a los testigos—eran los de un inquisitor. El próximo paso lógico es la coacción física.

Este desprecio por los derechos democráticos se hace particularmente agudo y grotesco en los medios de prensa estadounidenses. En su gran mayoría, estos voceros bien pagados y corruptos de los poderosos se han ido a la derecha extrema. Varios expertos, locutores y columnistas desempeñaron un papel obsceno durante los escándalos sexuales de Bill Clinton al apoyar a la ultra derecha en su atentado para derrocar el gobierno electo.

No es solamente la guerra en Afganistán lo que ha encolerizado a esta gente. Puede que el conflicto mismo y la histeria manipulada por el gobierno hayan desatado su súbita simpatía por la tortura para tratar con los supuestos “enemigos de Los Estados Unidos de América”. Pero también puede que haya otros procesos en acción. La prosperidad de la bolsa de valores ha reventado y la situación social vinculada a ella comienza a desencadenarse. Alter y sus compinches se encuentran cara a cara con la pérdida de sus ingresos y la disminución de sus portafolios.

Los expertos que una vez se consideraban a sí mismos liberales ahora acogen con beneplácito la introducción de acciones gubernamentales policiales, las cuales, a fin de cuentas, son una preparación para lo que ocurra en el interior del país. ¿A qué es lo que esta gente verdaderamente le tienen miedo? ¿A Osama bin Ladin? No, eso es principalmente para engañar al público. Lo que verdaderamente los atemoriza—y también al resto de las clases altas de la sociedad estadounidense—es el impacto de la recesión económica sobre las capas amplias de la población y la inestabilidad política, la radicalización y el solevantamiento social que ha de seguir. Estos procesos económico-sociales han conducido a varios sectores de la clase dominante a aceptar la tortura. Por supuesto, la tortura al “estilo estadounidense” es especialmente hipócrita, pues requiere que se insista insiste que esta práctica barbárica se infligirá exclusivamente en “defensa de la libertad”. El nuevo santo y seña de sus defensores le hace eco a la frase infame de la Guerra de Vietnam: “Para salvar a la democracia hay que destruirla”.

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