Las tareas que enfrenta el movimiento contra la guerra

13 February 2003

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El mundo es testigo: rara vez se ha perpetrado un crimen tan descarado como la inminente guerra contra Irak. Por varios meses el gobierno de los Estados Unidos ha mostrado su determinación en invadir a esa empobrecida nación, someterla a la conquista militar y apoderarse de sus campos petrolíferos. Las preparaciones militares se rigen a un horario estricto. Todo lo demás — las presuntas armas para la destrucción en masa de Saddam Hussein, cuya existencia nunca se ha comprobado, las resoluciones y debates del Consejo de Seguridad de la Organización de las Naciones Unidas (ONU), las inspecciones de armas bajo la tutela de la misma - todas son propagandas para manipular y engañar a la opinión pública.

La guerra contra Irak amenaza con llevar a la humanidad a la catástrofe. El imperialismo estadounidense despiadadamente agrava todas las tensiones entre las diferentes nacionalidades y religiones. La conquista de Irak de ninguna manera ha de satisfacer el apetito de Washington; al contrario, lo engrandecerá.

La guerra contra Irak es el primer salvo de la explosión militarista que bien puede terminar en conflagración mundial.

Millones de gente expresarán sus inquietudes y oposición el 15 de febrero (16 en San Francisco). Lo más probable es que Europa presencie las mayores manifestaciones anti bélicas de su historia, las cuales muestran que la gran mayoría de los pueblos mundiales se oponen a la guerra. Apoyamos esas manifestaciones.

Estas manifestaciones, sin embargo, no cambiarán lo que Washington ya decidió hace tiempo: lanzar la guerra. Aunque la cantidad de gente que participe en estas manifestaciones no tenga paralelo, los planes de guerra proceden inexorablemente. La opinión pública de los Estados Unidos y del resto del mundo no le causan la menor impresión a Bush, Cheney, Rumsfeld y sus compinches.

Esta impermeabilidad no se debe a la fortaleza del gobierno de Bush. El presidente de los Estados Unidos no le debe su presidencia a la mayoría democrática, sino al fraude electoral y el dictamen político de la Corte Suprema. A pesar de la continua propaganda de la prensa, esta guerra no llena de entusiasmo al pueblo estadounidense.

Hace una semana, el New York Times publicó un artículo de Thomas Friedman, partidario vociferante de la guerra, quien dio a conocer que "la base de apoyo que existe en los Estados Unidos para este proyecto tan audaz es increíblemente pequeña". Sigue escribiendo: "Desde septiembre he viajado por todo el país, y puedo decir, sin el menor titubeo, que no hubo un sólo público a quien me dirigí en el que la mayoría favoreciera la guerra contra Irak".

No obstante, esta amplia oposición a la guerra aún no encuentra su voz política. El gobierno de Bush puede ignorar la opinión de la mayoría debido a que la parálisis del movimiento obrero garantiza que no entrará en conflicto con la oposición política seria.

En los Estados Unidos no sólo los republicanos apoyan la guerra. Los dirigentes demócratas, casi sin excepción, también la respaldan. En Europa, aún aquellos gobiernos y partidos que ahora rechazan el ataque militar, aceptan la lógica y legitimidad de los objetivos estadounidenses. Ninguno se atreve a declarar los verdaderos motivos de la guerra. Hasta el gobierno alemán, cuya oposición a la invasión militar ha sido la más fuerte, sostiene la ficción de que existen las armas para la destrucción en masa de los iraquíes y, por consiguiente, termina sancionando los objetivos bélicos de Washington.

A medida que la guerra se acerca, los gobiernos de Europa, el Oriente Medio y Asia más de acuerdo se ponen y emprenden el rumbo bélico en conjunto. Alemania, que todavía rehúsa votar por la resolución a favor de la guerra del Consejo de Seguridad de la ONU, le ha garantizado a los Estados Unidos el derecho a volar sobre su espacio y usar las bases militares de los Estados Unidos en el país. Y Francia, que ya no se opone a la guerra "como último recurso"; ha desplegado su único portaviones al Oriente Medio. Luego de indecisión prolongada, Turquía le ha abierto sus bases militares a los Estados Unidos.

Protestar contra la guerra no es suficiente. La lucha contra la guerra requiere una estrategia política conciente y uniforme.

El movimiento contra la guerra debe transformarse en un poderoso movimiento político de la clase obrera. Esto requiere un programa que entienda las causas y las fuerzas que la dan ímpetu a la guerra. Lo que se requiere ahora no es la unidad a cualquier precio, sino la claridad política.

¿Cuáles son las causas de la guerra?

La gran mayoría de los críticos saben que la guerra es por el petróleo. El significado de las reservas iraquíes, las segundas mayores del mundo, ha sido documentado ampliamente. El control de estos abastecimientos satisfaría las exigencias de enérgicas de los Estados Unidos por largo tiempo. Éste entonces no tendría que depender tanto de la Arabia Saudita, cuya estabilidad es cada vez más dudosa. Que el presidente Bush y la mayoría de los administradores de su gobierno tengan sus raíces en la industria petrolífera pone en relieve el papel primordial que el petróleo juega en la campaña bélica de los Estados Unidos.

No obstante, el petróleo representa solamente un aspecto de la guerra. Los objetivos de los Estados Unidos son mucho más ambiciosos y de mucho mayor alcance. Lo que los Estados Unidos quiere es la hegemonía mundial; es decir, la reorganización política y económica del mundo para defender los intereses del capitalismo estadounidense.

Esto exige que tanto las naciones débiles y en vías de desarrollo, tal como Irak como también los rivales imperialistas de Europa Occidental y el Japón accedan al control estadounidense. La conquista de Irak le permitiría a los Estados Unidos dominar a todo el Oriente Medio con la asistencia de Israel. El dominio de los principales recursos enérgicos del mundo le daría una gran ventaja contra sus competidores en Europa, Japón y China.

Tal como lo mostraran los grandes marxistas del Siglo XIX, el imperialismo no surge simplemente de la avaricia de este o aquel grupo en el gobierno. Surge de las contradicciones inherentes en la sociedad capitalista misma. La estructura moderna de la producción, que organiza y une a miles de millones de personas en todo el mundo, que los obliga a depender unos de otros, no puede reconciliarse a un sistema de naciones-estados y relaciones económicas basadas en la propiedad privada. La incompatibilidad entre la economía mundial y la nación-estado obliga a las potencias imperialistas a dividir y redividir el mundo a la fuerza.

Esta fue la causa fundamental de las dos guerras mundiales que devastaron grandes sectores de la tierra durante el último siglo. Alemania, cuyas dinámicas fuerzas productivas el sistema europeo de naciones-estados sofocó, trató de reorganizar a Europa dos veces. Y ahora los Estados Unidos trata de hacer algo mucho más complejo: reorganizar el mundo entero.

El dilema europeo

La guerra ha dividido a Europa. La "política exterior común" se ha hecho añicos. Los gobiernos de la Gran Bretaña, España e Italia, así como también varios países de la Europa Oriental, se han declarado a favor de Bush. Pero esta decisión se debe, en gran parte, a que quieren fortalecer su posición contra la de Alemania. Por otra parte, Francia y Alemania tratan frenar a los Estados Unidos con la diplomacia.

Esa linea no tiene nada que ver con la oposición a la guerra basada en grandes ideales. Ni el gobierno alemán, ni el francés, cuestionan el derecho de las grandes potencias de tomar acción contra Irak. Ambos estám de acuerdo con la resolución 1441 de la ONU, la cual le da un ultimátum y amenaza a Irak con "graves consecuencias".

Temen que un agarre feroz de parte de Estados Unidos limitaría sus propios intereses en la región. Al defender esos intereses, cínicamente juegan con las vidas de cientos de miles de iraquíes. Si a los Estados Unidos no se le puede frenar, forjarán una segunda resolución de la ONU para sancionar la guerra y así no perderán lo que les toca del tesoro cuando éste se reparta. El presidente francés Chirac y el Ministro de relaciones exteriores de Alemania se han referido al tema de igual manera.

Francia y Alemania son viejas potencias imperialistas con sus propios objetivos mundiales, tal como lo demuestra la reciente intervención militar francesa en la Costa de Marfil. El someterse a las órdenes de los Estados Unidos implica renunciar a toda participación independiente en la política internacional. Pero si por otra parte resisten, corren el riesgo de desatar conflictos de consecuencias militares y económicas incalculables.

La otra cara de la crítica que le hacen a los planes de guerra de los Estados Unidos es la intensificación de sus propios rearmes. Para desafiar a Washington, Europa tiene que ser capaz de la acción militar propia. Los desacuerdos en cuanto al futuro de Irak son meramente un augurio del conflicto abierto y directo entre las mismas potencias imperialistas.

Por eso es erróneo ilusionarse con el gobierno francés o el alemán, tal como varios sectores del movimiento por la paz indican. Es fútil hacer exhortaciones para "darle apoyo moral" a Schröder, Fischer o a Chirac cuando batallan con los Estados Unidos. Es imposible luchar contra los imperialistas si apoyamos a uno contra el otro.

Y también es erróneo dejar la decisión acerca de la guerra y la paz a las Naciones Unidas. Que los Estados Unidos tenga el permiso oficial de la ONU o no para atacar a Irak de ninguna manera altera la índole imperialista de esta guerra. Lejos de representar la "comunidad mundial", la Organización de las Naciones Unidas es instrumento de las potencias imperialistas, como lo son el Banco Mundial, el Fondo Monetario Internacional y otras tantas organizaciones internacionales. Usan a la ONU para obligar a los pueblos del mundo a aceptar sus dictados.

La crisis de la sociedad estadounidense

Cuando Alemania se fue a guerra en 1914 y 19329, lo hizo para conquistar nuevas fuentes de materias primas, nuevos mercados y "mayor espacio para vivir". Pero la guerra también le permitía escapar la crisis económica interna. En 1939, a Hitler no le quedaba otra alternativa que hacer guerra. La moneda y la economía alemanas se desmoronaban, lo que habría causado un terremoto que su régimen apenas habría sobrevivido.

Los Estados Unidos se encuentra en situación similar. La unanimidad que la clase gobernante - incluyendo a los dirigentes demócratas - ha mostrado al unírsele a Bush expresa su desesperación política. Necesita la guerra porque no tiene ninguna solución para los problemas económicos y sociales que azotan a la sociedad estadounidense.

El colapso de la burbuja especulativa de Wall Street ha revelado que las bases de la prosperidad de la década del 90 estaban podridas. Enormes cantidades de valores financieros se desplomaron. Miles de millones de dólares se invirtieron en transacciones especulativas que no produjeron ninguna riqueza real. La fantasía que el valor se podía crear independientemente y aparte del proceso de producción tuvo un gran efecto sobre la estructura social y sobre la clase gobernante misma.

Mientras tanto el manejo de las empresas adquiría un carácter más y más delictivo. Sus transacciones, cuyo ímpetu venía casi exclusivamente del enriquecimiento privado de los altos ejecutivos, resultaron ser un saqueo desvergonzado de la sociedad. Cuantas más riquezas acumulaba un pequeño sector de "los de arriba" más se estancaban y deterioraban las condiciones de las otras capas sociales.

La desigualdad social de los Estados Unidos es más evidente que la de todos los otros países industrializados. El ingreso anual acumulado de las 13,000 familias más ricas es mayor que el ingreso total de las 20 millones de familias más pobres.

Detrás del telón, una lucha clases encarnizada azota la sociedad estadounidense. Esta lucha no ha podido encontrar su expresión política abierta, pues ambos partidos tradicionales - tanto el Partido Demócrata como el Partido Republicano - defienden sin reservas los intereses de la oligarquía gobernante.

Grandes sectores del movimiento por la paz ignora los vínculos entre el afán de Washington por la guerra y la crisis de la sociedad estadounidense. No obstante, es precisamente este factor que empuja el peligro de guerra, sino que también presenta la clave para vencerlo. La única manera de detener a los fomentadores de guerra es con la movilización de la clase obrera.

Estrategia política contra la guerra

El análisis histórico y clasista de las causas e ímpetus de la guerra nos lleva a ciertas conclusiones fundamentales sin las cuales el movimiento contra la guerra ha de fracasar.

* Los adversarios de la guerra tienen que dirigirse al pueblo trabajador, cuya oposición a todo el sistema capitalista de explotación y al saqueo imperialista es fundamental y objetiva. Este es el sector que siente a diario, de la manera más directa, el deterioro del sistema a través del desempleo, la reducción de los servicios sociales y las agresiones contra los derechos democráticos. La oposición a la guerra tiene que vincularse a un programa que se dirige a temas sociales de gran urgencia: el empleo, la educación escolar, la salud, la vivienda y la defensa de los derechos democráticos.

* Los aliados de los que se oponen a la guerra en Europa no son los gobiernos europeos en pugna con el gobierno de Bush, sino el pueblo trabajador de los Estados Unidos. Toda alianza con los gobiernos europeos establece una muralla entre el movimiento contra la guerra y la clase trabajadora de Europa y los Estados Unidos, pues estos mismos gobiernos — por ejemplo, Francia y Alemania - han desatado ataques bestiales contra los derechos democráticos y las condiciones sociales.

* El movimiento contra la guerra debe ser internacional. Debe unir los trabajadores de todos los países, razas y religiones contra el enemigo común y rechazar todo intento de dividir a la clase obrera.

* La política del movimiento debe ser independiente. No puede subordinarse a los partidos que tienen uno o ambos pies en el campo burgués. Esto incluye no sólo a los demócratas de los Estados Unidos, sino también los socialdemócratas, los verdes, el Partido Comunista de Francia y la Izquierda Democrática de Italia y Alemania. Es necesario establecer un nuevo partido de la clase obrera basado en un programa socialista internacional.

El Comité Internacional de la Cuarta Internacional ha establecido al World Socialist Web Site para establecer y construir ese partido. La WSWS todos los días analiza los acontecimientos políticos principales y le facilita a sus lectores la orientación política. Con sedes editoriales en cuatro continentes y lectores en casi todos los países del mundo, la WSWS ofrece la estructura inicial para el nuevo partido obrero internacional.

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