¡Por una alternativa socialista en las elecciones de 2004!

¡Bill Van Auken para presidente!

14 February 2004

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El Partido Socialista por la Igualdad (PSI) llama a todos sus partidarios y a los lectores del World Socialist Web Site a que participen en nuestra campaña socialista independiente en las elecciones presidenciales del 2004.

El PSI se basa en un programa socialista y democrático para defender los intereses del pueblo trabajador y oponerse a la guerra, a la reacción social y a las agresiones contra los derechos democráticos. Sus candidatos son Bill Van Auken para presidente y a Jim Lawrence para vicepresidente. Bill Van Auken es escritor en jornada completa del World Socialist Web Site. Reside en la ciudad de Nueva York. Jim Lawrence, de 65 años de edad, es obrero jubilado de la industria automovilística. Trabajó en varias fábricas de la General Motors en los alrededores de la ciudad de Dayton, Ohio, por 30 años y sigue siendo miembro del local 696 del United Auto Workers [UAW: Sindicato Unido de los Trabajadores de la Industria Automovilística]. Anteriormente Lawrence se había postulado como candidato socialista al Congreso de Estados Unidos.

El PSI también tratará de postular a otros candidatos en tantas elecciones para el Congreso de Estados Unidos como sea posible.

La campaña del PSI tiene una importancia única para el pueblo trabajador, no sólo en Estados Unidos, sino a nivel internacional. Ocurre en el contexto de una explosión sin precedentes del militarismo estadounidense y de las agresiones contra los derechos y las condiciones de vida de los trabajadores de Estados Unidos, hechos que de modelo para los gobiernos de todos los rincones del mundo.

Millones de gente de Estados Unidos y del mundo entero presienten que el gobierno de Bush significa un nuevo y nefasto cambio en la dirección de la política de ese país. Buscan la manera de luchar contra este nuevo desarrollo, pero no la encontrarán en la fraseología banal ni en los insultos que se propinan los candidatos Demócratas y Republicanos. Estas campañas desperdician cientos de millones de dólares, pero nada tienen que ver con un debate serio y abierto acerca de la crisis social y política que tiene al país en sus garras.

Al lanzar nuestra campaña, el Partido Socialista por la Igualdad no se hace ninguna ilusión. Comprendemos muy bien que nuestros candidatos, en la situación actual en que vivimos, obtendrán una cantidad limitada de votos. Pero nuestro propósito es llevar a un plano más alto, en Estados Unidos y en el exterior, el debate político para quebrar los límites impuestos por la política burguesa de la derecha y presentar una alternativa socialista a la demagogia y a las mentiras de los partidos establecidos y de la prensa. Nuestra campaña no es para ganar votos; es para debatir las ideas y los programas políticos.

El Partido Socialista por la Igualdad usará estas elecciones como oportunidad para desarrollar un debate serio acerca de esta crisis sociopolítica, y para echar las bases programáticas para el establecimiento de un movimiento que transforme, de manera revolucionaria, la sociedad estadounidense.

El PSI tienen toda intención de conducir esta campaña a nivel internacional, no simplemente a nivel nacional. Deseamos que nuestra campaña represente los intereses de las masas trabajadoras y pueblos oprimidos de todo el mundo, cuyas vidas el imperialismo estadounidense afecta profunda y desastrosamente. Puesto que el impacto de Estados Unidos es mundial, sería perfectamente lógico que los ciudadanos de todos los países participen en la elección del presidente del país. Pero como eso todavía no es posible, los candidatos del PSI se valdrán de las elecciones para desarrollar, entre los trabajadores estadounidenses y sus hermanos y hermanas de clase por todo el mundo, el sentido de la unidad internacional.

Consideramos que esta lucha por la unidad internacional es el tema más importante de nuestra campaña. Es fundamental hacer brotar un movimiento verdaderamente mundial contra el imperialismo, un movimiento que se oponga a todo tipo de chauvinismo, pues éste, no importa cuales sean sus bases—religiosas, los estados nacionales o las identidades étnicas—es reaccionario.

¡Le instamos a toda persona que simpatiza con la necesidad de la alternativa que planteamos que se comunique con el Partido Socialista por la Igualdad hoy mismo para integrarse formalmente a nuestra campaña para postular a los candidatos del PSI en la papeleta de su estado, luchar por la política de la campaña del partido y participar como candidato del PSI en su distrito congresista.

Las raíces de la crisis

Creer que los problemas de la clase trabajadora pueden resolverse simplemente reemplazando a Bush es una fantasía. A fin de cuentas, su gobierno expresa la perspectiva de una clase gobernante desesperada, desorientada y temeraria que se enfrenta a una crisis socioeconómica para la cual no tiene ninguna solución ni racional y ni progresista. No cabe duda que dentro de esta clase Bush y sus socios representan una de las capas criminales reaccionarias más repugnantes. Aún suponiendo que sean destituidos en las elecciones de noviembre, el hecho es que los candidatos del Partido Demócrata que los reemplazen no podrán alterar, de ninguna manera significativa, la violenta y destructiva trayectoria del capitalismo estadounidense, en el interior del país o en el plano internacional.

En caso de que el Partido Demócrata triunfe, todas las promesas de la campaña pronto serían reveladas como la palabrería cínica y la demagogia típica de las elecciones. El nuevo presidente Demócrata todavía sería vasallo servil de los mismos intereses empresariales y seguiría la misma estrategia imperialista para dominar al mundo.

Un cambio fundamental y progresista en la política de Estados Unidos no puede darse si simplemente se reemplaza a su personal dominante con otro. Más bien lo que se requiere es una revolución social que le ponga fin al dominio que los intereses empresariales, las enormes fortunas privadas y el sistema capitalista ejercen sobre el pueblo de Estados Unidos.

La necesidad de un cambio tan radical nace de la profundidad de la crisis del capitalismo estadounidense mismo, cuyas causas son:

1. El colapso del sistema de estados naciones: La integración sin precedentes y la reciprocidad de todos sus sectores—es decir, el fenómeno que hemos llegado a conocer como la globalización—son incompatibles con el sistema de estados- naciones en que el capitalismo se basa. La explosión violenta del imperialismo estadounidense, que se expresa de la manera más básica en la doctrina de la guerra preventiva promulgada por el gobierno de Bush, representa la desesperación por resolver, con el establecimiento de la hegemonía de Estados Unidos sobre los demás países, la contradicción entre la economía mundial y el estado-nación.

2. La lucha por las ganancias y la explotación de la clase obrera de Estados Unidos e internacional: El colapso mundial de la posición social de la clase obrera está vinculado al surgimiento de las empresas multinacionales que destruyen al mundo en búsqueda de materias primas y de mano de obra baratas. Los adelantos en la tecnología se usan para facilitar el traslado de los empleos a países donde los salarios bajos y una explotación más despiadada garantizan mayores tazas de ganancias. Este proceso tan inexorable del desarrollo del capitalismo mundial ha tenido un gran impacto sobre los trabajadores estadounidenses, cuyos empleos y salarios han declinado enormemente.

El proceso de la globalización, que cada vez más caracteriza a la producción, es en sí un desarrollo con grandes posibilidades progresistas. Crea la posibilidad de integrar y expandir racionalmente las fuerzas productivas de la humanidad para eliminar la pobreza y aumentar los niveles de vida por todo el mundo. En el contexto de la propiedad privada capitalista de las industrias y las finanzas, la globalización se convierte en enemiga de la clase trabajadora.

La integración mundial de la producción y la movilidad sin precedente del capital socavan la orientación de las antiguas organizaciones obreras, las cuales todavía abogan por la protección de las industrias nacionales y por un mercado basado en la mano de obra nacional. Estas maquinarias burocráticas, incluyendo a la AFL-CIO de Estados Unidos, han pasado de ponerle presión a los patronos y al gobierno para conceder beneficios a los trabajadores a ponerle presión a los trabajadores para darle todo tipo de concesiones a las empresas con tal de atraer capital. Por lo tanto, estas organizaciones, tan vinculadas a un programa nacional, no pueden sino cumplir un papel reaccionario.

Para defender los empleos, los salarios y las condiciones laborales, los trabajadores norteamericanos deben rechazar todo nacionalismo y proteccionismo económico, pues éstos los subordinan a la patronal al mismo tiempo que los separan de sus hermanos de clase en otros países. Además, los trabajadores deben crear su propia estrategia internacional para combatir la estrategia internacional de las empresas transnacionales. Tienen que coordinar, conscientemente, sus luchas para defender sus empleos y normas de vida con las de los trabajadores mundiales y luchar para defender los intereses de los trabajadores de todas las naciones a base de un programa común socialista y anti capitalista.

3. El aumento de desigualdad social: Los intereses de la preponderante mayoría de los 6.3 mil millones de habitantes que pueblan al mundo están subordinados a las ganancias de un pequeño sector de la sociedad. La enorme expansión de la desigualdad social durante las últimas dos décadas no es una característica meramente desagradable del capitalismo. Más bien, la enorme concentración de la riqueza en manos del 1 por ciento más rico de la población de Estados Unidos y de otros países capitalistas desarrollados es, en sí, una de las causas principales del colapso del sistema socioeconómico.

No importa cuan serio sea el problema—la falta de empleos, de atención médica, de educación, de vivienda—en última instancia lo que determina si las posibles soluciones son o no son aceptables es el impacto que puedan tener sobre las fortunas personales de los ricos. La resolución de todos los problemas económicos, políticos y sociales se decide a base de la siguiente fórmula: todo es bueno que aumente las fortunas de los ricos. Toda restricción de la acumulación de la riqueza privada es malo y, si es posible, debería ser declarada contra la ley.

4. La anarquía del capitalismo: La satisfacción de las necesidades sociales que una compleja sociedad de masas requiere es imposible en un sistema económico que se base en la propiedad privada de los medios de producción y en la acumulación sin restricciones de las fortunas personales. La necesidad de utilizar, de manera científica y social, las fuerzas productivas y la tecnología humana—sin las cuales no existiría la civilización—nos plantea la histórica misión de subordinar conscientemente las ganancias capitalistas a la planificación social en base de fundamentos humanitarios, democráticos e inteligentes, lo que equivale a reemplazar el capitalismo con el socialismo.

La clase obrera es la única fuerza social capaz de dirigir esta lucha y establecer las bases políticas y económicas del socialismo. En la actual sociedad globalizada y de masas, la clase obrera abarca capas sociales más amplias que la de los trabajadores empobrecidos o la de los trabajadores industrializados. Todos los que dependen de sus cheques para sobrevivir pertenecen a la clase obrera: oficinistas, profesionales con títulos universitarios, empleados en el campo de las artes y la cultura. En los países ex coloniales de Asia, Latinoamérica y África, cientos de millones de ex campesinos llegan a las ciudades, donde trabajan en las fábricas y los talleres de explotación intensa que abastecen a las grandes empresas transnacionales. La clase obrera crece y cobra mayor envergadura en la economía mundial.

Miles de millones de asalariados, así como también los dueños de pequeñas y medianas industrias, se encuentran totalmente a la merced de la pequeña clase que domina inmensas concentraciones del capital industrial y bancario. Eso de que todos participamos en una “democracia de accionistas” es un fraude. En una época anterior, cuando a las reformas progresistas todavía se les consideraba parte legítima de la política oficial, había la opinión que la monopolización de las fuerzas productivas era antidemocrática y, por consiguiente, se adoptaron medidas para desbaratar a los monopolios y oligopolios gigantes.

Es la responsabilidad de la clase obrera llevar a cabo, en base a un programa socialista, la reorganización de la vida económica para defender los intereses de la vasta mayoría de la población. Lo primordial para lograr este objetivo es el establecimiento del control popular y democrático de las enormes concentraciones de capital en el campo de las finanzas, las telecomunicaciones, las empresas farmacéuticas, energéticas y del transporte, y toda esfera de la economía que influye directamente sobre las condiciones en que viven los pueblos de Estados Unidos y el mundo.

El Partido Socialista por la Igualdad va a participar en las elecciones del 2004 para iniciar un movimiento político de masas por una alternativa socialista a los partidos reaccionarios y fracasados de las grandes empresas de Estados Unidos. El objetivo de este movimiento es acabar con el dominio político de la clase capitalista y establecer un gobierno obrero que represente los intereses del pueblo trabajador y que expanda enormemente su control democrático sobre las decisiones que afectan sus vidas. Queremos liberar a la clase obrera de las garras de los Partidos Republicano y Demócrata. Es nuestro objetivo organizar, educar y transformar a la clase obrera de Estados Unidos en una fuerza política independiente y consciente de sí misma como clase social.

El imperialismo de Estados Unidos y la Guerra

La explosión del militarismo estadounidense domina las elecciones del 2004. Desde que Bush asumió el mando de la Casa Blanca, Estados Unidos ha atacado y ocupado a Afganistán y a Irak, y ha puesto en sus miras a Siria, Irán y Corea del Norte, posiblemente para atacarlos en un futuro no muy distante. También ha desplegado fuerzas militares terrestres y aéreas en países bastante dispersos: las Filipinas, Kazajstán, Georgia, Liberia y Colombia.

La campaña militarista de Estados Unidos es imperialista y colonialista. Desde el colapso de la Unión Soviética, la burguesía de Estados Unidos ha llegado a creer que ya no existe ningún obstáculo que efectivamente detenga sus afanes por la hegemonía mundial. Su objetivo es afianzar los intereses de las empresas transnacionales norteamericanas antes que sus poderosos rivales adquieran la capacidad para desafiar a Estados Unidos. Aunque Bush y la prensa norteamericana pintan al estallido del militarismo estadounidense como reacción defensiva a los ataques terroristas del 11 de septiembre, 2001, la facción ultra derechista que gobierna bajo Bush había propuesto esa política durante toda la década del 90. El 11 de septiembre del 2001 fue el pretexto para poner en marcha los planes de conquista que se habían formulado hace tiempo.

Estados Unidos tiene tres objetivos en la conquista de Irak: obtener acceso a las segundas reservas petrolíferas mayores del mundo; colocar sus fuerzas militares en el mismo centro del Oriente Medio y así obtener una ventaja sobre todos sus rivales potenciales que, desde el punto de vista geográfico y estratégico, no tiene precedentes; y tratar de apaciguar la inconformidad social que aumenta en el país mismo.

Existe un vínculo indestructible entre la economía capitalista y las guerras: las principales potencias capitalistas se han visto forzadas a participar cada vez más en una lucha acérrima por los mercados, por las ganancias y por el acceso a las materias primas y mano de obra baratas. A fin de cuentas, el conflicto mundial entre las potencias principales es inevitable, a menos que la clase obrera internacional intervenga como fuerza revolucionaria y le ponga fin al imperialismo una vez por todas.

El gobierno de Bush se ha cubierto con la manta de la lucha contra el “terrorismo” para ocultar la índole criminal de sus objetivos bélicos en Afganistán e Irak. Trata de encubrir un hecho muy inconveniente: el “terrorista” o “tirano” de hoy fue el aliado de ayer. Esa categoría incluye no sólo a Saddam Hussein, sino a Osama bin Laden, Slobodan Milosevic, Manuel Noriega y otros blancos de las acciones militares de Estados Unidos durante las dos últimas décadas.

La única manera de derrotar la amenaza del terrorismo es poniéndole fin a sus causas: ponerle fin al dominio militar, político y económico de Estados Unidos sobre el Oriente Medio; retirar todas las fuerzas militares de Estados Unidos y así liberar a los pueblos de la región para que ellos mismos determinen su propia trayectoria política, inclusive el control de sus materias primas. Esta es la condición esencial para la resolución democrática al conflicto en el Oriente Medio que permita a judíos, árabes y kurdos y otros pueblos de la región vivir en paz.

El Partido Socialista por la Igualdad exige que Estados Unidos retire todas tropas de Irak, Afganistán, de todo el Oriente Medio y de Asia Central. Exigimos que todos los que planearon y organizaron las invasiones de Afganistán e Irak— desde Bush, Cheney y Rumsfeld hasta los funcionarios de menor categoría—sean enjuiciados por cometer crímenes de guerra. Abogamos por el desmantelamiento de la maquinaria de guerra del Pentágono y la eliminación de todas las armas para la destrucción de masas, sobretodo las que se encuentran en Estados Unidos y otros países imperialistas.

Proponemos una política exterior socialista basada en la solidaridad internacional de la clase obrera. Los recursos de la tecnología de los países industriales avanzados deberían emplearse no para oprimir, explotar y exterminar a los pueblos del “Tercer Mundo”, sino para elevar las normas de vida de todos los pueblos trabajadores a mejores niveles y establecer, por primera vez en la historia mundial, las condiciones para una verdadera igualdad social en todo el planeta.

Las agresiones contra los derechos democráticos

En su política exterior e interior del país, el gobierno de Bush manipula el 11 de Septiembre so pretexto para poner en práctica toda una serie de medidas que se habían preparado por adelantado. En nombre de la “guerra contra el terror” y a través de leyes respaldadas por ambos partidos principales—como La Ley Patriota de Estados Unidos—ha anulado protecciones constitucionales básicas, tales como la presunción de la inocencia, la ley que protege los derechos del detenido, el derecho a tener abogado y el derecho a juicio público sin demora.

Ya se establece la infraestructura de un estado policial norteamericano: el Ministerio para la Seguridad de la Nación, el Comando Norte del Pentágono, la centralización de todas las fuerzas militares de Estados Unidos continental y un campo de concentración en la Bahía de Guantánamo en Cuba.

La agresión sin precedentes contra los derechos democráticos no se debe simplemente a los caprichos de Bush o a la personalidad de John Ashcroft, Fiscal General de la nación. Es consecuencia del enorme aumento en la desigualdad social que se ha estado desarrollando en Estados Unidos durante las últimas tres décadas.

Las divisiones en la sociedad son profundas. En un lado se encuentra una oligarquía que disfruta de una fabulosa fortuna; en el otro, las masas de la clase trabajadora y de la clase media que luchan a diario para pagar sus deudas. La intensificación de estas presiones sociales hace imposible sostener formas democráticas de gobernar. A fin de cuentas, las agresiones contra los derechos democráticos representan un mecanismo de defensa para la clase dominante, que trata de proteger su enorme riqueza contra los anhelos sociales de la gran mayoría de la población.

Las amenazas de dictadura son la culminación de un prolongado proceso histórico. Desde la Segunda Guerra Mundial, las agresiones contra los derechos democráticos han sido numerosos: la era de McCarthy durante la década del 50; el espionaje llevado a cabo en el interior del país por el FBI y la CIA durante los 60; el escándalo de Watergate durante los 70; el escándalo de Irán-Contra de los 80. El gobierno Demócrata de Clinton puso en práctica graves medidas antidemocráticas de alcance extenso. Muchos elementos de La Ley Patriota de Estados Unidos tienen sus raíces en el Acta Antiterrorista de 1996, adoptada bajo el mandato de Clinton. Esta ley le abrió paso a más ejecuciones, a más tribunales secretos y a las deportaciones en masa.

Durante una época anterior, como la crisis de Watergate, varias capas de la clase gobernante se opusieron eficazmente a esfuerzos por socavar el orden constitucional. Pero a medida que estas agresiones se extienden, y que el abismo económico entre la clase reinante y la clase obrera se hace más ancho, esta oposición se ha debilitado progresivamente. Casi no hubo ninguna resistencia al uso de las investigaciones fraudulentas que culminaron en el juicio político contra Clinton. El robo de las elecciones del 2000, con la participación de los medios de prensa y la capitulación del mismo Partido Demócrata, mostró que ningún sector de la clase gobernante se arriesga a defender seriamente los derechos democráticos.

El gobierno de Bush representa, en todo el sentido de la frase, la llegada al poder de un elemento criminal de la clase gobernante de Estados Unidos. La Corte Suprema lo puso en el poder después que perdiera el voto popular. Gobierna a través de la provocación política. Usa los horribles acontecimientos del 11 de Septiembre, 2001, para justificar, de toda manera posible, el programa de la extrema derecha. Y a la misma vez impide toda seria investigación de lo que ocurrió ese día. ¿Cómo es que las agencias de espionaje de Estados Unidos le dieron riendas sueltas a tipos reconocidos como terroristas? ¿Cómo es que las fuerzas militares del país se quedaron con los brazos cruzados cuando cuatro aviones fueron secuestrados simultáneamente? ¿Por qué ignoró el gobierno de Bush las advertencias previas acerca un ataque inminente?

La decisión de Bush para basar su salvación política en una apocalíptica “guerra contra el terror” sugiere consecuencias nefastas para el pueblo de Estados Unidos. No hay razón para presumir que el gobierno de Bush voluntariamente va a entregar las riendas del poder aún violando la voluntad popular. Existe un peligro muy real que, durante el transcurso de la campaña del 2004, el gobierno permitirá, o dirigirá, un nuevo ataque terrorista devastador en Estados Unidos, sobretodo si la suerte electoral de Bush no resulta tan afortunada. Ya han aparecido varias advertencias en la prensa del país que si semejante ataque sucediera, las elecciones del 2 de noviembre serían postergadas o canceladas del todo, o se llevarían a cabo bajo ley marcial.

Los derechos democráticos y la lucha por el socialismo

La defensa de los derechos democráticos requiere una respuesta militante contra los esfuerzos del gobierno de Bush para desatar las fuerzas sociales y políticas más reaccionarias y hacer retroceder las reformas progresistas del pasado. El Partido Socialista por la Igualdad es infatigable en su defensa de los adelantos sociales y democráticos del pasado: los derechos civiles, el derecho al voto, la educación pública universal, la atención médica para ancianos, etc., así como también de las garantías constitucionales de las libertades civiles.

El Partido Socialista por la Igualdad exige derechos iguales para todos y se opone a toda discriminación en el empleo, la vivienda, la educación—o cualquier otra esfera social—que se base en la raza, el origen nacional, la religión, el género o la preferencia sexual. Defiende el derecho sin restricciones de la mujer al aborto, así como también el matrimonio entre personas del mismo sexo.

Pero la defensa de los derechos democráticos no puede limitarse simplemente a la misión negativa de hacer retroceder los ataques contra las libertades civiles o las normas constitucionales. El concepto de los derechos democráticos tiene que expandirse más allá de los límites que definen la igualdad sólo ante la ley y sus garantías procesales. Tiene que abarcar las realidades sociales de la vida para las amplias masas del pueblo trabajador.

La defensa de los derechos democráticos es inseparable de la lucha contra la concentración de la fortuna privada. Hay cierta hipocresía en el concepto de los derechos iguales ante la ley en una sociedad que se ahoga en la desigualdad social y económica. El derecho a votar cada dos o cuatro años significa poco cuando la oligarquía que domina la economía dicta los temas más importantes de la vida cotidiana: si uno se queda con su empleo o si lo despiden; cuanto se le va a pagar; bajo que condiciones laborales va a funcionar.

La democracia ha de contar con un contenido social muy profundo, comenzando con la democratización de los lugares de empleo, donde la gran mayoría de la población contribuye sus horas y sus esfuerzos. La democracia industrial significa que el pueblo trabajador verdaderamente domine su vida laboral. Todas las decisiones que afectan las condiciones laborales—la seguridad, los salarios, el empleo y las horas laborales—deben ser ratificadas por los trabajadores. Las decisiones comerciales deberían ser transparentemente honestas, y la dirigencia de las empresas también debería ser aprobada por el voto democrático de todos los empleados.

En última instancia, la defensa y la expansión de la democracia dependen de la movilización política de la clase obrera por el socialismo.

La crisis de la sociedad estadounidense

Desde el punto de vista de la economía, Estados Unidos, en el 2004, se encuentra más polarizado que nunca. Los ricos son mucho más ricos y los pobres mucho más pobres. El abismo entre los dos se sigue ensanchando a medida que más y más familias, quienes en otra época se habrían considerado a sí mismas como miembros de la clase media, ahora se enfrentan a una inseguridad económica que no deja de aumentar y a constantes presiones que hacen hundir su existencia.

El 1 por ciento más rico es dueño de más del 40 por ciento de toda la riqueza de la sociedad estadounidense—y de más de del 80 por ciento de los activos financieros, tales como las acciones y los títulos—y su parte de la riqueza aumenta cada vez más. Un décimo del 1 por ciento más rico, es decir, los 129,000 hogares más ricos, recibieron un ingreso total de $505 mil millones en el 2002, o sea, un promedio de $4 millones por cabeza. Al mismo tiempo, 25 por ciento de los trabajadores asalariados ganaron $8.70 la hora, lo cual ha sido declarado oficialmente el salario de pobreza para un trabajador que labora jornada completa.

Los empleos: Más de nueve millones de trabajadores han sido declarados oficialmente desempleados. Otros cinco millones caen en la categoría de trabajadores “desanimados”; es decir, que se han dado por vencidos y ya no buscan trabajo activamente. Estos no cuentan en las estadísticas oficiales. 25 millones de personas adicionales trabajan en jornada parcial, por lo general con salarios bajos y sin beneficios. Desde que Bush entrara en la Casa Blanca en enero del 2001, más de 2.5 millones de empleos han desaparecido en la industria de la manufactura. Bush ha de ser en el primer presidente, desde Herbert Hoover durante la Gran Depresión, cuyo gobierno regirá sobre la reducción neta de los empleos durante su plazo de cuatro años.

Los niveles de vida: El ingreso promedio de los hogares disminuyó por 2.2 por ciento durante 2002, con la mayor baja en la región del Medio Oeste (3.7 por ciento) debido a la desaparición de empleos de fábrica. Los salarios reales se han estancado o han declinado durante los últimos 30 años. Durante este mismo período, desde 1973 en adelante, el precio de las hipotecas de las casas ha aumentado 70 veces más rápido que los salarios promedio de los trabajadores varones. Los obreros estadounidenses se ven obligados a trabajar más y más horas sólo para pagar sus cuentas. Las horas laborales del trabajador de jornada completa han aumentado de 1,720 al año en 1973 a 1,898 horas anuales en 1998, o sea, un aumento de 178 horas, lo que equivale a cuatro semanas de trabajo adicionales al año.

La inseguridad económica: La deuda de los consumidores, que es la peor carga financiera que cae sobre los hombros de la clase obrera y la clase media de Estados Unidos, ha aumentado escandalosamente del 22 por ciento de los ingresos en 1946 al 110 por ciento de los ingresos de hoy día. La deuda total de las tarjetas de crédito aumentó 300 por ciento del 1989 al 2001, y la deuda de la familia promedio aumentó 53 por ciento. Durante sólo los últimos cuatro años, la deuda de los hogares ha aumentado de $6.5 trillones a $8.7 trillones, principalmente en las familias de clase media que renuevan la financiación de sus hipotecas para conseguir dinero y así pagar las deudas que los aplastan..

La pobreza: A pesar de los enormes adelantos científicos y tecnológicos y de la productividad de la mano de obra, la cantidad de estadounidenses que se ven cara a cara con el hambre, la falta de vivienda y la pobreza es la mayor desde la Segunda Guerra Mundial. La cantidad de personas que viven en la pobreza aumentó por 1.3 millones en 2002 y alcanzó los 35 millones. Las municipalidades y centros de caridad reportan que las exigencias por alimentos y la vivienda de emergencia han aumentado drásticamente. Al mismo tiempo, los programas del gobierno para socorrer a los pobres han sido reducidos enormemente.

La atención médica: Más de 43 millones de estadounidenses no gozan de seguro médico, y decenas de millones sufren el aumento desastroso de los precios que hay que pagar para cuidar la salud, sobretodo para comprar las recetas médicas. Para la mayoría de las familias obreras, los despidos significan que no sólo pierden sus ingresos, sino también el seguro médico. Durante 2002-2003, dos tercios de los estados redujeron los beneficios de Medicaid [atención médica para los pobres] para los pobres o hicieron más difícil llenar los requisitos para recibir semejante ayuda, lo cual redujo la cobertura para dos millones de personas, la mayoría de ellos niños.

La seguridad de los jubilados: El derecho de decenas de millones de ancianos a tener un retiro con dignidad ya no es seguro, pues las empresas han saqueado los fondos para las pensiones, el valor de las cuentas 401(k) ha disminuido precipitosamente, y Wall Street y el gobierno de Bush ambos quieren privatizar a la Caja del Seguro Social. La “reforma” del programa de Medicare [atención médica para ancianos] que el Congreso adoptara como ley y Bush aprobara el año pasado es el primer paso hacia la privatización y la destrucción del programa que garantiza la cobertura de seguro médico a los ancianos.

La educación escolar: 30 por ciento de la juventud norteamericana no llegó a graduarse de la escuela preparatoria [normal, bachillerato] en el 2000, lo que significa un aumento de 26 por ciento desde 1990. Miles de edificios escolares se están desmoronando o son peligrosos. El programa de Bush—denominado “Qué ningún niño se quede atrás”— adoptado por el Congreso con el apoyo de ambos partidos con la intención deliberada de socavar la educación pública y forzar el cierre de miles de escuelas públicas. El costo de las inscripciones universitarias ha aumentado enormemente, y la asistencia económica para estudiantes ha sido reducida marcadamente. Para muchas familias, aún aquellas de ingresos medios, la educación universitaria estará fuera de su alcance.

La infraestructura social: Los sistemas de carreteras, puentes, transporte de masas, acueductos, servicios de alcantarillado y otras esferas de la infraestructura social se desploman debido a dos factores: las reducciones presupuestarias; y la clase adinerada rehusa permitir inversiones sociales de importancia. La crisis más aguda se encuentra en los gobiernos estatales, los cuales en conjunto, para este año fiscal, se enfrentan a un déficit de más de $80 mil millones. Los gobiernos estatales han puesto en práctica enormes reducciones, desde el cierre de bibliotecas públicas hasta darle menos de comer a los reos. Tal como mostrara el apagón eléctrico que ocurrió en el nordeste y el oeste medio del país en 2003, las empresas de servicios públicos, bajo presión de Wall Street para mantener las ganancias trimestrales al máximo, han fracasado en hacer las inversiones necesarias para el mantenimiento de sus equipos.

Las cárceles: Más de 2.1 millones de estadounidenses estuvieron encarcelados durante el 2000, cuatro veces más que en el 1980. La cantidad de habitantes en Estados Unidos que se encuentra en las cárceles es mayor, proporcionalmente a su población, a la de todos los países industrializados. Y es de los pocos países que todavía aplica la barbárica pena de muerte. Del 1980 al 2000, la cantidad de hombres de raza negra en las prisiones aumentó de 143,000 a 792,000. Hoy día, los hombres negros que están en las prisiones son más numerosos que los que asisten a las universidades.

La situación de la juventud: Aproximadamente 5.5 millones de jóvenes entre los 16 y 24 años de edad no asisten a la escuela y tampoco tienen empleo. La sociedad estadounidense esencialmente los ha abandonado. Aproximadamente 1.3 se han fugado de sus hogares o no tienen donde vivir excepto en las calles del país. Cinco mil mueren cada año debido a atracos, las enfermedades y el suicidio. La cantidad de reos jóvenes aumentó de 74 por ciento durante la década del 90, a pesar de la enorme reducción de los delitos cometidos por los jóvenes. Cuatro millones de niños sufren enfermedades psicológicas, y decenas de miles de padres han sido obligados a entregar la custodia de sus hijos a los estados como única manera de obtener el tratamiento psicológico debido.

La política de Bush ha exacerbado la desigualdad social y casi destruye los servicios públicos básicos. La mayor parte de la reducción de las rentas internas por $1.35 trillones en 2001 y la segunda vuelta de reducciones en el 2003 beneficiaron al 1 por ciento más rico de la población. Por otra parte, el gobierno federal ha reducido enormemente los gastos reales que satisfacen las necesidades sociales del país.

Las capas más altas del mundo empresarial norteamericano son nidos de crimen y fraude. Cientos de jefes ejecutivos han saqueado a sus propias empresas, acumulado fortunas personales que llegan a millones y miles de millones. Mientras tanto, los trabajadores y los pequeños accionistas pagan el precio. Enron es sólo la más infame—y la más vinculada personalmente a Bush—de todos los criminales empresariales. Nueve de las diez peores bancarrotas de la historia de Estados Unidos han tomado lugar desde que Bush se hiciera presidente. Cientos de miles de millones de dólares han sido robados o perdidos. Pero sólo un puñado de jefes ejecutivos han sido arrestados, para no decir encontrados culpables y enviados a la cárcel.

Nada de esto es una aberración. Que tantos patronos y jefes ejecutivos de las empresas se hayan convertido en criminales es una forma de patología social. La causa objetiva de este proceso se encuentra en la prolongada crisis del capitalismo norteamericano, la cual empezó durante la década del 70 con la aguda caída de las tasas de ganancia, sobretodo en la manufactura. La clase gobernante reaccionó a la crisis con una ofensiva despiadada contra la clase obrera durante la década del 90: eliminó empleos y salarios; destruyó a sindicatos enteros; redujo enormemente las rentas internas de las empresas y de los ricos; y destruyó los reglamentos que rigen la práctica de los grandes negocios. La impotencia de las viejas organizaciones sindicalistas, la capa gobernante se sintió liberada de toda restricción social, política y moral para seguir acumulando sus fortunas privadas. No obstante, ni siquiera estas medidas podían contrarrestar las contradicciones básicas de la producción capitalista, las cuales tienen la tendencia de disminuir la tasa de ganancia que se le extrae al proceso de la mano de obra. Durante la década del 90, las empresas de Estados Unidos decidieron que el fraude, a niveles enormes, sería su modo de vida. Falsificaron los libros para mostrar ganancias falsas, aumentar el precio de las acciones e hinchar los cofres de los ejecutivos principales.

Un programa socialista para defender a la clase obrera

El objetivo del programa del Partido Socialista por la Igualdad es la reorganización de la economía de Estados Unidos y del mundo a base de los intereses de la clase trabajadora. El sistema capitalista actual, en que el enorme poder de las industrias y de las finanzas es propiedad privada, debe ser reemplazado por un sistema socialista en que la propiedad pública y control democrático sobre la economía reinan. Abogamos por la creación de un sistema económico cuya organización se basa en el principio de que la satisfacción de las necesidades humanas, no en las ganancias y la acumulación de vastas fortunas personales.

Para establecer las bases económicas de la reorganización de la vida económica en base de los intereses de las amplias masas del pueblo trabajador, abogamos la transformación de todas las empresas industriales y de la manufactura cuyo precio es de $10 mil millones o más en empresas públicas, con compensación absoluta a los pequeños accionistas. La compensación a los grandes accionistas han de negociarse en público. El PSI también propone la nacionalización de todos los grandes bancos y las instituciones de seguros. Además, el PSI aboga por la nacionalización de la industria de la electricidad y por convertir a todos los recursos naturales importantes en propiedad pública controlada por el público.

La reorganización de la economía de Estados Unidos según estas pautas haría asequible a los enormes recursos para poder poner en práctica los programas que mejorarían significativamente las condiciones de vida de la clase trabajadora.

Abogamos por un extenso programa de obras públicas para garantizar empleos a todos los que actualmente se encuentran desempleados pero tienen la capacidad para trabajar. Hay una necesidad urgente de aumentar los niveles de ingresos de millones de trabajadores estadounidenses, la cual se puede satisfacer estableciendo un ingreso anual garantizado y financiado por el gobierno y flexible según la inflación.

Abogamos por una educación escolar pública gratis y de buena cualidad, así como también acceso gratis a la educación universitaria; el seguro médico universal; la subvención estatal de la vivienda para construir hogares cómodos y a buen precio; garantizar a los trabajadores el derecho a integrarse a sindicatos (“uniones”) y gobernarlos democráticamente; declarar ilegal todo esfuerzo para destruir los sindicatos obreros y reducir los salarios; conceder plenos derechos democráticos, inclusive la ciudadanía, a los trabajadores inmigrantes, documentados o no; seguridad de jubilación con buenos sueldos para todos los trabajadores; y para que el gobierno le preste ayuda a los negocios pequeños y de tamaño mediano.

Los derechos sociales que acabamos de describir arriba pueden realizarse a base de medidas concretas que promuevan la igualdad social. Hay que poner el programa de rentas internas de cabeza: en vez de saquear al pueblo y enriquecer a los millonarios y a los grandes negocios, debe convertirse en instrumento para establecer la redistribución radical de la riqueza. Ello significa la cancelación de las reducciones en las rentas internas para los ricos que tuvieron lugar bajo los gobiernos de Ronald Reagan, George Bush padre y George W. Bush (hijo), la restauración de impuestos directos sobre la riqueza, tales como el impuesto sobre los bienes raíces, y la abolición de las excepciones y los trucos de contabilidad que permiten a las empresas pagar solamente una pequeña fracción de los impuestos sobre sus ganancias. Los impuestos deberían ser reducidos para la vasta mayoría de la población, y aumentados drásticamente para aquellos que reciben salarios altos y han acumulado grandes fortunas.

Hay que investigar la especulación de la década del 90 que terminó en la expropiación delictiva de los recursos empresariales por parte de los jefes ejecutivos a expensas de los trabajadores y los pequeños accionistas. Hay que recuperar esta riqueza hurtada y usarla para mejorar los servicios sociales y los niveles de vida de la clase trabajadora.

Los derechos de propiedad deben ser subordinados a los derechos sociales. Esto no significa que todo debe nacionalizarse, o que los negocios de tamaño mediano deben ser abolidos puesto que ellos también son víctimas de las grandes empresas y los bancos. El establecimiento de una economía planificada la darás a semejantes negocios acceso al crédito y a condiciones del mercado más estables, siempre que le garanticen a los trabajadores buenos sueldos y condiciones laborales.

El Partido Socialista por la Igualdad también aboga para que se establezca medidas para darle a la clase trabajadora acceso total al arte y a la cultura. En otra época, la cultura popular de Estados Unidos era una de las maravillas del mundo. Servía como polo de atracción debido a sus innovaciones y a su poderoso espíritu democrático y humanista. Pero igual que en otras esferas, la subordinación de la cultura a las ganancias del capital ha resultado en una increíble degeneración.

Las reducciones de los fondos a las artes y las agresiones ideológicas de la derecha contra la expresión artística han tenido un gran impacto sobre la cultura popular. Las subvenciones del gobierno a los museos, las orquestas, los teatros, y a la televisión y a la radio públicas se han detenido casi del todo. La educación en el arte y la música ha sido reducida drásticamente o eliminada totalmente de la mayoría de las escuelas públicas. El daño a la producción intelectual y moral de la sociedad que es consecuencia de esta orientación tan mercenaria y filistea no se puede calcular. Pero sí que existe un vínculo indisputable entre, por una parte, la glorificación del militarismo, de la bestialidad y del egoismo y, por otra, la hostilidad al patrimonio artístico y cultural de generaciones anteriores.

El Partido Socialista por la Igualdad exige que se viertan grandes fondos para las artes y la para crear nuevas escuelas y centros que garanticen que todas las capas de la población tengan acceso a la música, a la danza, a las artes dramáticas y a la pintura a precios bajos o gratis. Hay que quitarle a los políticos el control que tienen sobre las decisiones que afectan las subvenciones y las becas para las artes y ponerlo en manos de comités de artistas, músicos y otros trabajadores culturales.

Junto al derecho a la cultura se encuentran la libertad de prensa y la expresión política, la cual ha sido drásticamente socavada. Al actuar como vocero para el gobierno y las grandes empresas, la prensa, controlada por las corporaciones, juega un papel deplorable. Los canales de televisión y los periódicos principales, que más y más caen bajo el control de las empresas gigantes, han abandonado totalmente la función de ese “cuarto poder”, que solía someter toda acción del gobierno y de la clase empresarial a críticas acérrimas. Sigue siendo verdad que un público informado es elemento esencial para la democracia. La falsa información que los cínicos de la prensa arrebujan juega un papel central en la subversión de los derechos democráticos.

El Partido Socialista por la Igualdad rechaza la idea que la “prensa libre” sería imposible sin el control que ejercen riquísimos malhechores sobre sus periódicos y los medios de comunicación. Ellos dictan lo que el pueblo tiene derecho a oír y saber, y envenenan mentes con ideas retrógradas y prejuicios reaccionarios. Abogamos por la disolución de los grandes monopolios de la prensa para ponerlos bajo control público, con garantías de acceso democrático a puntos de vista oposicionistas.

Sólo un programa económico socialista puede garantizar el desarrollo racional de los recursos finitos del planeta. La subordinación de toda actividad humana al afán por las ganancias y a la acumulación de las fortunas personales amenaza con desatar un desastre ecológico. La incapacidad del capitalismo de resolver todos los problemas que surgen de las necesidades de una sociedad de masas, que cada vez más compleja, amenaza con consecuencias mortíferas a la supervivencia de la humanidad. La planificación económica socialista creará las condiciones para una verdadera colaboración internacional para proteger a la tierra.

Ninguno de los derechos sociales que hemos mencionado pueden ser garantizados sin un poderoso y amplio movimiento de las masas trabajadoras. El Partido Socialista por la Igualdad se hará uso de las elecciones de 2004 para establecer dicho movimiento desde abajo. Recurrirá a los trabajadores, a los estudiantes, a la juventud y a los profesionales para que den un paso hacia adelante y se unan a la lucha por un mundo mejor.

¡Por la ruptura con el Partido Demócrata!

El problema histórico principal de la clase obrera estadounidense ha sido su incapacidad de romper con los partidos burgueses y establecer su propio partido de masas independiente. El sistema bipartito actual sólo ofrece la ilusión que existe una alternativa. No importa cuales sean las diferencias entre los Republicanos y los Demócratas, ambos aceptan y defienden las restricciones sociales del capitalismo estadounidense: que las grandes fortunas y la producción para las ganancias controlen y dominen todas las fases de la vida.

Aunque, a pesar de obstáculos sociales y legales que aumentan, el pueblo trabajador todavía tiene el derecho al voto y puede ejercerlo, la verdad es que no tienen por qué votar y que no existe ninguna manera efectiva de influir sobre la política del gobierno, que es determinada totalmente por los intereses de las facciones rivales de la clase gobernante que compiten entre sí. En la práctica y desde el punto de vista político, la clase obrera ha perdido todos sus privilegios.

La flaqueza central de los anteriores movimientos sociales de masas en Estados Unidos, comenzando con la rebelión populista de la década del 1890, pasando por las militantes luchas sindicalistas de los Trabajadores Industriales del Mundo antes de la primera Guerra Mundial, por las enormes sublevaciones de los sindicatos durante la década del 1930, hasta los movimientos por los derechos civiles y en contra de la guerra de Vietnam durante la década del 1960, es que nunca lograron liberar al pueblo trabajador del dominio del Partido Demócrata. Por lo tanto, la clase obrera fue limitada a luchar por el alivio de este o aquel mal social. No pudo nunca hacer valer en el campo político la reorganización de la sociedad estadounidense para que sirva los intereses del pueblo en vez de los de la patronal.

Los líderes de mayor visión del Partido Demócrata, tales como Franklin D. Roosevelt, trataron de aliviar los peores aspectos del capitalismo para salvarlo. La política del New Deal [Nuevo Trato], seguida por las medidas sociales adoptadas bajo Lyndon Johnson durante la década de 1960, hizo posible que el Partido Demócrata, con la ayuda de los burócratas de los sindicatos, impidiera todos los desafíos directos contra el capitalismo estadounidense.

Durante las tres últimas décadas, sin embargo, la decadencia del capitalismo estadounidense en la economía mundial, ha empujado a estos dos partidos de las grandes empresas bruscamente hacia la derecha. Los Republicanos han adoptado abiertamente una política reaccionaria; exigen la destrucción de todas las reformas sociales existentes. Los Demócratas han abandonado todas las propuestas de reforma social y se adaptan, en palabra y acción, a la política Republicana de guerra de clase.

En Estados Unidos han transcurrido toda una generación desde que se adoptaran las últimas reformas sociales significativas en la década del 1960. Han pasado 40 años desde que Johnson proclamara su “guerra contra la pobreza”. Ésta se basó en la premisa de que el sistema capitalista era capaz de eliminar la miseria social. Hoy día el capitalismo norteamericano es más rico que nunca, pero más gente vive en la pobreza que en 1965.

El récord del gobierno de Clinton ejemplifica el fracaso del “liberalismo” del Partido Demócrata. Al abandonar la promesa de extender la atención médica, al eliminar los programas de provisión social, al atacar los derechos democráticos y al intervenir y lanzar guerras en Somalia, Haití, Bosnia, Kosovo, Sudán, Afganistán e Irak, fue Clinton quien cementó las bases de gran parte de la política reaccionaria del gobierno de Bush. Bill y Hillary Clinton respaldaron la decisión de Bush en invadir y ocupar a Irak, y ahora ambos se oponen a que Estados Unidos se retire de ese país.

El Partido Demócrata le abrió las puertas a la derecha Republicana para que ésta se apoderara del gobierno de Estados Unidos. Rehusó combatir la conspiración—dirigida por la extrema derecha, por agentes políticos, jueces y el investigador Kenneth Starr—del proceso contra Clinton. Esa campaña desestabilizadora fue seguida por la capitulación de los Demócratas al secuestro de las elecciones presidenciales del 2000 y la instalación de un presidente, quien perdió el voto popular, como resultado de la intervención de la Corte Suprema.

La campaña electoral del 2004 representa un paso más en la trayectoria derechista de la política oficial de Estados Unidos. El Partido Republicano representa los sectores menos restringidos y más rapaces de la clase capitalista. Tratan de movilizar a la más reaccionarias y retrógradas capas de la clase media, como la derecha cristiana, y a racistas y a fascistas abiertos, convirtiéndolas en base principal de su apoyo popular. El objetivo común de todos estos elementos es la abolición de toda restricción sobre las ganancias de las empresas y la explotación de la clase obrera. Quieren eliminar las condiciones de trabajo establecidas por los sindicatos, si es que éstas todavía son beneficiales; los reglamentos que rigen el ambiente, la salud y la seguridad en el trabajo; los impuestos sobre los ingresos empresariales y las herencias de grandes fortunas; el impuesto progresista sobre las rentas internas; la jornada de ocho horas; y hasta los reglamentos que rigen la mano de obra juvenil.

El Partido Demócrata, no obstante la ocasional petulancia populista de sus candidatos, es una de las dos principales instituciones del capitalismo estadounidense. Sirve los intereses de una oligarquía que se encuentra muy inquieta con la selección de un candidato que bien pueda reemplazar a George Bush en la Casa Blanca si las circunstancias lo exigieran. Todo el proceso electoral—comenzando con las elecciones primarias y acabando con el día de las elecciones—está bajo el control de las grandes fortunas y de la prensa, la cual somete a todos los candidatos a prueba y los pone en forma, a la vez que manipula la opinión del público. A fin de cuentas, la elección del presidente reflejará el consenso de la burguesía, no los deseos democráticos del pueblo.

No importa lo intenso y amargo que sean los conflictos entre los dirigentes Demócratas, éstos sólo difieren en cuanto a tácticas: de cómo poner al Partido Demócrata en la mejor posición posible para impedir y, si fuera posible, descuartizar, en cuanto sea necesario, todo movimiento de protesta social para restringirlo y desviarlo de manera que no le presente ningún peligro al sistema capitalista. No importa de que manera difieran con Bush, todos los candidatos Demócratas principales están absolutamente de acuerdo con los Republicanos acerca de los intereses fundamentales de la clase capitalista gobernante. Por esa razón vemos la insistencia—aún de aquellos que ahora nos aseguran que inicialmente se opusieron a la guerra contra Irak—de que Estados Unidos debe seguir con la ocupación y acabar con la resistencia de las fuerzas guerrilleras iraquíes.

En la izquierda de los Demócratas se encuentra una facción más o menos populista. Algunos de sus integrantes funcionan dentro del partido (ejemplo: las campañas electorales de Dennis Kucinich y Al Sharpton) y otros apoyan al Partido Verde o a la posible candidatura independiente de Ralph Nader, quien fuera candidato Verde en las elecciones del 2000. Todos estos elementos sirven para cubrir al Partido Demócrata y a la política burguesa en general con el manto del “izquierdismo”. Promueven la ilusión que el Partido Demócrata puede ser empujado hacia la izquierda, o que se puede transformar en vehículo para una reforma sociopolítica radical. Defienden el sistema capitalista de ganancias y, en el caso de Kucinich, abiertamente aceptan el nacionalismo económico de la burocracia sindical obrera y de aquellos sectores de los grandes negocios que se han quedado atrás o que ya no pueden competir.

El Partido Socialista por la Igualdad se opone a la política racial de Al Sharpton por ser opuesta a los intereses del pueblo trabajador y de la necesidad de establecer un movimiento internacional de masas contra el capitalismo. Aquellos que se declaran como representantes políticos de grupos raciales invariablemente lo hacen a favor de pequeñas capas sociales privilegiadas de la población negra, latina, o de otros grupos étnicos que buscan puestos privilegiados en el sistema y los beneficios que éste da. Nuestro partido se opone a toda política que se base en la identidad racial y firmemente se declara a favor de la integración y la unión de todo el pueblo trabajador.

Los Verdes juegan un papel político reaccionario. Se oponen al establecimiento de un movimiento socialista basado en la clase obrera y abogan por la creación de un tercer partido capitalista. Como muestra la historia del Partido Verde en Alemania, apenas logran los Verdes ejercer cierta influencia sobre la política capitalista, abandonan su radicalismo inicial. Los ex pacifistas de los Verdes alemanes le abrieron camino al primer despliegue de tropas alemanas en el exterior desde la Segunda Guerra Mundial. En California, el candidato Verde, Peter Camejo, respaldó la destitución del gobernador, inspirada y financiada por la derecha, y terminó dándole apoyo implícito a Cruz Bustamante, el principal candidato Demócrata.

Durante la campaña electoral del 2004, estos políticos, disfrazados con fórmulas izquierdistas, una vez más tratarán de poner a un lado la cuestión de independizar políticamente a la clase obrera de los dos partidos capitalistas. Tratarán de desviar toda oposición popular a Bush y hacerla marchar detrás de cualquier candidato que los Demócratas nombren. Sostienen el lema, “¡Todos menos Bush!”, como si Bush fuera la única arma del capitalismo norteamericano y no uno de los muchos instrumentos de la clase gobernante.

Toda esta política basada en escoger el “menor mal” es un callejón sin salida para la clase obrera. No existe ningún atajo para la lucha contra guerras imperialistas y reacción social. Es imperativo ahora emprender la creación de un partido socialista independiente de masas. El Partido Socialista por la Igualdad se ha postulado para las elecciones del 2004 para enfocar y establecer las normas para lograr este objetivo.

El socialismo y la clase obrera de Estados Unidos

El Partido Socialista por la Igualdad se basa en las grandes tradiciones del movimiento socialista internacional. El socialismo significa la igualdad, la solidaridad y la cooperación entre humanos, la liberación material y espiritual de la humanidad de la opresión y la escasez. La primera misión del socialismo es la eliminación de la pobreza, objetivo que indudablemente se puede lograr puesto que las fuerzas productivas y los tremendos adelantos científicos y tecnológicos de la humanidad han avanzado a pasos gigantes. El socialismo emprenderá el mejoramiento de los niveles de vida de las amplias masas de la humanidad y la creación de condiciones que conlleven a una completa igualdad total.

Pero los humanos no viven sólo del pan; el plan del socialismo no consiste solamente en la satisfacción de las necesidades más severas, aunque claro, esto es de suma importancia. Su éxito echará las bases para que la cultura, las ciencias y la estatura intelectual y moral de los hombres y las mujeres puedan desarrollarse. La visión del socialismo hará posible que los talentos, los intereses y el potencial humano del pueblo se desarrollen lo más posible en un mundo en que los medios de producción serán propiedad social, no privada; en que la planificación y la cooperación internacionales—junto con y la enorme extensión de la participación popular y el control democrático—capacitarán al ser humano a sobreponerse a la inseguridad económica desmoralizante y a los efectos abrumadores de la competencia.

Con la llegada de Karl Marx, el socialismo se convirtió en ciencia. Con la revolución de Octubre en 1917, se convirtió en el programa de un movimiento popular de masas que derrocó al capitalismo y estableció el primer estado obrero: la Unión Soviética.

La Revolución Rusa fue parte de una amplia lucha internacional de la clase obrera por la igualdad social. Todos los adelantos principales de los trabajadores norteamericanos estuvieron relacionados al socialismo y fueron dirigidos por militantes con simpatías socialistas: la jornada de ocho horas, las leyes que rigen la mano de obra juvenil, la educación pública universal, el establecimiento de los sindicatos obreros industriales, la anulación de las leyes “Jim Crow” que promovían la segregación racial en el Sur del país.

Como muchos de los grandes ideales, el socialismo ha sido abusado y traicionado. En la Unión Soviética, la burocracia que se formó bajo el mando de Joseph Stalin lo traicionó. El estalinismo no fue la continuación del patrimonio igualitario e internacionalista de la Revolución Rusa. Fue una reacción nacionalista contra nuestro movimiento. La burocracia estalinista destruyó la democracia obrera, impuso un gobierno dictatorial, eliminó a todos los marxistas verdaderos y traicionó todas las luchas de la clase obrera en todo el mundo, todo en nombre del socialismo. La traición estalinista de la Revolución Rusa culminó en la colaboración directa de la burocracia del Kremlin con el imperialismo internacional para desmantelar a la Unión Soviética y restaurar el capitalismo a principios de la década del 90.

En Estados Unidos, las luchas de la clase obrera fueron traicionadas por la burocracia que surgió en los sindicatos obreros. La burocracia defendió al sistema capitalista y políticamente subordinó los trabajadores a las grandes empresas norteamericanas, principalmente a través de la alianza con el Partido Demócrata. La traición de la AFL-CIO [Federación de Trabajadores de Estados Unidos-Congreso de Sindicatos Industriales] resultó en una alianza entre los sindicatos y las grandes empresas y, por consiguiente, en su transformación en instrumentos para suprimir, no defender, a la clase obrera.

Nuestro movimiento se basa en el patrimonio de los mejores, de los más valientes y más visionarios representantes de la clase obrera, quienes lucharon por el socialismo en oposición a la burocracia. Nadie encarna esta tradición mejor que León Trotsky, uno de los dirigentes de la Revolución Rusa que encabezara la lucha contra las traiciones del estalinismo y echó las bases para el renacimiento del movimiento obrero internacional con la fundación de la Cuarta Internacional en 1938: partido mundial de la revolución socialista.

Estados Unidos también ha producido grandes luchadores por el socialismo; hombres y mujeres que batallaron contra los burócratas del movimiento obrero y consagraron sus vidas a la liberación de la clase obrera. Entres estas destacadas figuras se encuentran Big Bill Haywood, Eugene Debs y James Cannon. Los trabajadores de Estados Unidos deben reafirmar este valioso patrimonio socialista para organizar la lucha de hoy y así defender sus derechos democráticos y sus condiciones de vida.

En ningún otro país ha llevado a cabo la clase gobernante capitalista una lucha más feroz e implacable contra el socialismo que en Estados Unidos. Desde el momento que nace, todo ciudadano del país es sometido a una tremenda avalancha de propaganda anti socialista. Los trabajadores han de preguntarse a sí mismos porqué esta situación ha ocurrido. ¿Cuál es el temor? ¿Es mera coincidencia que de todos los países industrializados Estados Unidos es donde más se ha arraigado la idea que las ganancias de las empresas y la acumulación de las fortunas personales tienen el derecho de ejercer dominio sobre las necesidades sociales; donde el capitalismo ejerce su dominio de la clase obrera de la manera más implacable; donde la concentración de la riqueza es la más descarada y obscena?

Todo aquel que instintivamente reconozca que los intereses de la sociedad han de tomar precedencia sobre la acumulación de la riqueza de ciertos individuos debe unirse e integrarse activamente a la campaña del Partido Socialista por la Igualdad en las elecciones del 2004.

Únase y promueva al PSI para las elecciones del 2004

Le instamos a todos nuestros partidarios, a todos aquellos que se guían del análisis político del World Socialist Web Site y a todos los que apoyan la alternativa socialista a los dos partidos de los grandes negocios que sean participantes activos en la campaña del PSI para las elecciones del 2004. Esto significa, por lo menos durante las etapas iniciales, integrarse al esfuerzo para que nuestros candidatos aparezcan en las papeletas de voto.

No cabe duda que las dificultades son enormes. En ningún otro país capitalista avanzado es tan difícil para un partido independiente de la clase obrera ejercer el derecho democrático elemental a aparecer en las papeletas de votos como en Estados Unidos. Para que los nombres de Bill Auken y Jim Lawrence aparezcan en dichas papeletas de todos los cincuenta estados se requieren 750.000 firmas (el estado de California requiere 150.000) para las peticiones. Esto no incluye las decenas de miles de dólares en impuestos y gastos legales. Colocar los nombres de los candidatos del PSI en las papeletas de voto para las elecciones al Senado y a la Cámara de Diputados también requiere un enorme esfuerzo. Ello se puede lograr, pero sólo si se establece un movimiento político que desde abajo movilice a amplios sectores entre los trabajadores, los profesionales, los jóvenes y los estudiantes y vaya más allá de los límites establecidos por las elecciones, echando así las bases para el establecimiento de un partido socialista de masas de la clase obrera.

Presentamos a nuestros lectores la oportunidad de vencer estas dificultades. Únanse a nuestros esfuerzos por darle publicidad a nuestra campaña. Consigan apoyo para nuestros candidatos. Ayuden a colocarlos en las papeletas de voto en tantos estados como sea posible. Decidan ustedes mismos postularse como candidatos del PSI para el Congreso de Estados Unidos. Ayúdennos a establecer al PSI como el nuevo partido político del pueblo trabajador.

Para poner nuestra visión en práctica, el PSI llevará a cabo una conferencia nacional en la ciudad de Ann Arbor, estado de Michigan, del 13 al 14 de marzo del presente. Esta conferencia debatirá el programa político del PSI y todas las medidas prácticas que han de tomarse durante la campaña electoral. Lanzará un esfuerzo nacional para colocar a Bill Vann Auken y a Jim Lawrence en la papeleta y organizará las campañas del PSI para los puestos congresionales, así como también planes para esta ambiciosa movilización política, de una costa a la otra, del pueblo trabajador y de la juventud.

El PSI invita a todos los que desean integrarse a esta campaña a que asistan a la conferencia en Ann Arbor y formen parte del esfuerzo por establecer un nuevo partido político de la clase obrera.

Inscripciones para la conferencia:
Cuota: $15, pagados previo a la conferencia
Oprima aquí para inscribirse por Internet.

Para inscribirse y pagar por correo regular, favor de imprimir y llenar nuestro formulario de inscripción PDF. Enviarlo a la dirección indicada con su cheque o giro postal.

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