Tras las elecciones del 2004 en EE.UU.

El partido Socilaista por la Igualdad y la lucha por la independencia política de la clase trabajadora

Segunda Parte

21 February 2005

La versión original en inglés de este discurso apareció en nuestro sitio por primera vez en dos partes, publicadas respectivamente el 14 y 15 de enero del presente.

Durante el fin de semana del 8 al 9 de enero, el Partido Socialista por la Igualdad [PSI] celebró una conferencia de su militancia en la ciudad de Ann Arbor, estado de Michigan. Hoy publicamos la segunda y última parte del informe que presentara Barry Grey, miembro del Comité de Redacción de la WSWS. La primera parte apareció en nuestro sitio el 19 de febrero.

El discurso de apertura de la conferencia, pronunciado por David North, Secretario Nacional del Partido Socialista por la Igualdad y Presidente del Comité de Redacción del WSWS, apareció en nuestro sitio, en su versión original en inglés, el 11, 12 y 13. La versión en castellano, en dos partes, apareció el 31 de enero, y el dos y el tres de febrero de este año, respectivamente.

Con la debacle de la campaña electoral y la reelección de Bush, la cuestión acerca de la necesidad de una política radicalmente nueva se ha planteado clara y urgentemente ante la clase obrera. Una vez más, la falsedad de todas las perspectivas basadas en la idea que el Partido Demócrata puede, según lo presionen las masas desde abajo, transformarse en un vehículo para la defensa de los intereses del pueblo trabajador y un cambio progresista, ha recibido severo golpe.

No obstante, sería un grave error de política pensar que este partido, a pesar de su desmoralización y desorden actuales, simplemente se desvanecerá de la política, o que, si esto fuese a ocurrir, que un partido de masas que verdaderamente, bajo el control de la clase obrera, represente sus intereses espontánea y automáticamente va a surgir para reemplazarlo.

La independencia política de la clase obrera significa mucho más que una ruptura formal con los partidos políticos de la clase capitalista. Significa que hay que desarrollar, en sectores importantes de la clase obrera, la necesidad de la lucha revolucionaria y política por el socialismo y la confianza en que la clase obrera puede llevar a cabo senejante lucha.

Des de el punto de vista histórico, la gran flaqueza del movimiento obrero estadounidense a los partidos de la burguesía ha sido su incapacidad de romper sus vínculos y establecer su propio partido de masas. De los dos partidos capitalistas principales rn Estados Unidos, el Partido Demócrata por largo tiempo ha funcionado con un objetivo muy específico: bloquear semejante desarrollo y, al hacerse pasar como partido del pueblo, desviar los sentimientos instintivos e incipientemente anti capitalistas de la clase obrera hacia las restricciones de la política burguesa.

En Estados Unidos han habido varios movimientos para establecer terceros partidos. Pero hasta el punto en que éstos—abiertamente reformistas o de tipo más radical—se basaran en los principios sociopolíticos nacionalistas de la clase media, inevitablemente llegaron a funcionar como murallas protectoras de la política burguesa en general y del Partido Demócrata en particular. La ausencia de un desarrollo político independiente de la clase obrera estadounidense no significa, sin embargo, que no ha querido luchar. Al contrario; las luchas de la clase obrera de Estados Unidos por lo regular han sido extremadamente militantes y explosivas.

Pero que los trabajadores no hayan podido librarse de la tutela de los partidos que representan a los mismos capitalistas contra los cuales han batallado en las calles y en las fábricas nos plantea lo siguiente: una verdadera escisión con el Partido Demócrata significa posibilidades revolucionarias enormes. Y es precisamente por esa razón que existen inmensas presiones y fuerzas ideológicas y políticas que se oponen a semejante acto.

El instrumento irremplazable para que la clase obrera venza estos obstáculos es el partido revolucionario, el cual se basa en todo el patrimonio de la lucha del movimiento marxista por los principios y el programa del socialismo internacionalista. Esa es la razón por la cual la lucha por la independencia política de la clase obrera es inseparable—y depende—del establecimiento del movimiento trotskista en Estados Unidos y a nivel internacional.

A uno no le toma mucho tiempo, cuando se discute con aquellos que promueven, de una manera u otra, la política del "menor de los dos males", establecer que la cuestión de la escisión con el Partido Demócrata y el establecimiento de una alternativa independiente de la clase obrera plantea temas de importancia primordial: (1) el nacionalismo y el internacionalismo; (2) los medios de producción en manos privadas; (3) el dominio que el mercado ejerce sobre la vida económica; (4) la producción en beneficio de las ganancias privadas y la propiedad comunal de los medios de producción; y (5) la planificación y la producción científica para abastecer las nececidades humanans.

Estos temas a la vez se vinculan al desarrollo de la conciencia socialista en la clase obrera. La clase obrera as una clase revolucionaria. También es una clase oprimida. La clase gobernante controla todos los medios de educación e información. Su ideología es la ideología dominante. Las mismas formas de producción capitalista y comercio, como explocara Marx, por obligación generan formas de comunicación y pensamiento sociales que ocultan la naturaleza esencialmente explotadora del sistema capitalista y los intereses clasistas que éste sirve.

Al mismo tiempo, las contradicciones del sistema empujan a la clase obrera a luchar contra él. La gran cuestión histórica es el desarrollo, dentro de la clase obrera misma, de una comprensión consciente de su posición objetiva en la sociedad capitalista y su papel como fuerza para la revolución social. A esto fue lo que Marx se refirió cuando dijo que la clase obrera tenía que tranformarse de clase en sí a clase por sí.

La crisis objetiva del sistema capitalista crea las condiciones para este desarrollo. Pero el instrumento indispensable para lograr esta transformación es el partido revolucionario marxista, que se basa en todo el patrimonio y el legado del pensamiento científico. Es como si fuera, en las palabras de Marx, el partero de la revolución socialista.

El movimiento trotskista de Estados Unidos durante toda su historia ha conducido una lucha implacable y principista para que la clase obrera rimpa sus vículos con el Partido Demócrata. Se ha conducido de semejante manera en una lucha incansable contra la burocracia que domina al movimiento obrero; contra los burócratas de los sindicatos obreros y sus aliados estalinistas, socialdemócratas y radicales de clase media. Y siempre ha vinculado a esta batalla a la lucha por un programa de exigencias transicionales que parten de las necesidades del momento de la clase obrera y y a la lucha por el poder obrero y el socialismo.

En este momento no es posible repasar en detalle la historia de esta lucha. Simplemente examinaré en breve una importante fase, cuando el movimiento trotskista, primero en el Partido Socialista de los Trabajadores (PST) y luego en la Liga Obrera (precursora del Partido Socialista por la Igualdad), el cual nació de la lucha contra la degenración oportunista del PST, planteó como táctica central la exigencia de establecer un partido laborista. (David North analiza esta cuestión en su ensayo, "La guerra de Irak, el Partido Demócrata y la campaña electoral de Howard Dean", el cual va incluído en el libro que acamaboms de publicar bajo el título, La crisis de la democracia estadounidense.

Fue en 1938 que Trotsky le instó al Partido Socialista de los Trabajadores que adoptara esta exigencia para la formación de un partido laboristra basado en los sindicatos, bajo las condiciones que la explosión de los sindicatos industriales del Congreso de Sindicatos Industriales [CIO] había creado. Este movimiento sindicalista de masas—nacido en las huelgas "sentadas" y en las batallas acérrimas de los trabajadores en las industrias automovilística, del acero y de la energía eléctrica contra los matones de las empresas, la policía y las tropas de la guardia nacional—fue un fenómeno contradictorio. Por una parte reveló la capacidad y el potencial revolucionarios de la clase obrera de Estados Unidos. Muchas de las luchas fueron dirigidas por militantes de pensamiento socialista. Por otra, fueron dominadas desde arriba por los burócratas sindicalistas y los estalinistas del Partido Comunista, quienes, siguiendo su política de colaboración con la clase capitalista, ataron al nuevo movimiento obrero al gobierno de Roosevelt y al Partido Demócrata.

La CIO ya había entrado a un callejón sin salida al año de establecerse, pues se hjabía subordinado a Roosevelt. Pero la trayectoria final del movimiento todavía no se había decidido: ¿hacia la colaboración de clases o hacia la lucha política revolucionaria?

Trotsky propuso que el Partido Socialista de los Trabajadores (PST) exigiera la formación de un partido laborista vinculado a una programa de demandas transicionales para debilitar el control de la burocacia sindicalista pro capitalista y de los estalinistas y así ponerse en buena posición para dirigir la lucha por la independencia política de la clase obrera. Dejó bien claro que no abogaba por el establecimiento de ningún partido laborista reformista, como los de Inglaterra y Australia, y se opuso a todo concepto de que la clase obrera de Estados Unidos estaba obligada a atravesar por un partido laborista reformista mientras se dirigía a la política socialista revolucionaria. Al contrario; exigió un partido laborista como táctica para plantearle a la clase obrera estadounidense, en palabras que pudiera entender, una estrategia para llegar al poder político y al socialismo.

A pesar dre sus esfuerzos, debido a circunstancias mundiales fuera de su control, el PST no pudo quebrar al movimiento obrero del control de los burócratas que regían los szindicatos. Los burócratas no sólo obligaban a los sindicatos a subordinarse al Partido Demócrata y se oponían a todo movimiento por un partido obrero independiente; dirigieron la campaña para purgar a los sindicatos de toda influencia comunista y se aliaron a la política de la Guerra Fría de la clase gobernante de Estados Unidos luego de la Segunda Guerra Mundial. Esta acción condenó al movimiento obrero a una prolongada decadencia que terminó en su desintegración.

Cuando, hacia finales de los 1950 y a principios de los 60, el PST abandonó a la clase obrera, también abandonó la campaña por un partido laborista. La Liga Obrera, basándose en la defensa del internacionalismo y del programa de la Cuarta Internacional, resucitó la demanda y desde su fundación en 1966 luchó por ella como táctica central en la lucha contra la burocracia de los sindicatos obreros y por el desarrollo de la conciencia socialista en la clase obrera. La lucha por esta demanda inalterablemente tuvo que integrar una lucha contra toda clase de tendencias oportunistas de la izquierda que trataban de engendrar ilusiones en el Partido demócrata y denigrar el papel revolucionario de la clase obrera.

Las enormes traiciones de la clase obrera por la AFL-CIO durante la década de los 80, la adopción por la burocracia de una política corporatista basada en la colaboración entre la dirigencia empresarial y los sindicatos, y su promoción—cada vez más brutal—del nacionalismo y el chauvinismo económicos significó que los antiguos sindicatos se habían transformado más o menos en agencias directas de las empresas. Ya no era posible reconciliar una línea revolucionaria al llamado por un partido laborista basado en semejantes organizaciones. Por consiguiente, al concluir los 80, la Liga Obrera reformuló la demanda. Ahora abogaba por un partido laborista basado en un programa socialista, pero optó por pasar de alto que se basara en los sindicatos.

Finalmente, después que la burocracia estalinista liquidara a la Unión Soviética en 1991, la Liga Obrera y el Comité Internacional de la Cuarta Internacional asimilaron la esencia de esta traición y concluyeron toda la fase de "ligas", cuyas tácticas se habían enfocado en dirigir a los trabajadores de base a confrontar a los dirigentes de los sindicatos, había rebasado su utilidad. Nuestro movimiento internacional inició la transformación de ligas en partidos, resultando en la formación del Partido Socialista por la Igualdad.

La demanda por un partido laborista ya se había agotado. Ni era útil y su contenido revolucionario había desaparecido. El objetivo del movimiento trotskista ahora era establecer sus propias organizaciones que formaran un partido internacional. Fue de esta lucha que nació el World Socialist Web Site como instrumento principal para el reestablecimiento de la cultura socialista y un verdadero movimiento obrero internacional.

El tema central de este repaso consta del significado programático de la lucha por la independencia política de la clase obrera, del papel decisivo de nuestro partido en esta lucha, y del concepto que su esencia es la lucha por una perspectiva socialista e internacionalista—por el marxismo—en la clase obrera.

La crisis del sistema bipartito de los Demócratas y los Republicanos

Tenemos que anticipar y prepararnos conscientemente desdde el punto de vista político, para los enormes cambios y las convulsiones en la superestructura política y en la orientación de las amplias masas del pueblo trabajador en Estados Unidos. El impacto de la guerra en Irak y la profundizante crisis económica se harán más pesadas para la clase obrera. Entre los comentaristas burgueses capaces de comprender sobriamente los problemas económicos del capitalismo estadounidense, la opinión general es que Estados Unidos debe poner su casa en orden; es decir, tiene que tomar medidas drásticas para reducir su presupuesto y los desiquilibrios en las balanzas comercial y de pagos. Varios hablan abiertamente de reducir drásticamente el consumo del pueblo estadounidense.

Un indicio de lo que esto significa en práctica apareció esta semana con el fallo del Tribunal de Quiebra, que canceló el contrato entre la aerolínea US Air y el sindicato de los mecánicos, lo cual resultará en una reducción entre el 6 y el 35% en los salarios de los trabajadores sindicalizados y eliminará miles de empleos. El juez también aprobó la petición de la empresa para cancelar las pensiones de los mecánicos, los auxiliares de vuelo, y los jubilados. De un zarpazo, este dictamen autoriza el traslado de $1.300.000.000 en salarios, beneficios y pensiones de los trabajadores a los empresarios.

Este robo legal en la industria aérea abre el camino a una ola sin precedentes de reducciones salariales y ofensivas para destruir los beneficios de retiro de los trabajadores en toda la economía. Las convulsiones y la ira que estas acciones van a producir—y que la prostración absoluta de los sindicatos han de intensificar—varios hechos comenzarán a ejercer su influencia, inclusive que la "guerra contra el terror" es, en realidad, una intensificación de la guerra contra la clase trabajadora.

La intensificación de las tensiones sociales inevitablemente encontrarán su expresión dentro de los partidos burgueses establecidos y en sus alrededores; proceso que será invigorado por el surgimiento de las luchas sociales de las masas. No podemos predecir la velocidad precisa de este proceso, o cuales serán las formas exactas que asumirá. Pero sí hay ciertas cosas que podemos aseverar, pues tenemos las lecciones de la historia según el movimiento marxista las ha comprendido.

En primer lugar, la clase dirigente tratará de adaptar y ajustar sus instrumentos políticos para, si es posible, adelantársele a movimientos sociales semejantes y enmarcarlos dentro de la política burguesa según surgen. La represión y la violencia del estado no serán escasas. Pero eso en sí no será suficiente. Tendrán que tenderse nuevas trampas.

La historia enfáticamente sugiere que el Partido Demócrata, a pesar de lo desacreditado y desmoralizado que esté, no va simplemente a desaparecer del mundo. No va a dejarse desaparecer fácilmente. Ha sido muy útil, por mucho tiempo y con gran destreza, como supresor de la mobilización independiente de la clase obrera y defensor de las bases del régimen capitalista a favor de ese sector de la clase dirigente que todavía no ha perdido la cabeza desde el punto de vista político.

Al mismo tiempo, debemos anticipar que la radicalización política de la clase obrera será enorme y que atravesará por varias etapas centristas. Los elementos más adelantados podrán ser ganados más o menos directamente al programa del partido revolucionario, pero las masas más amplias primero tendrán que atravesar por experiencias con programas y tendencias que ofrecen soluciones más pragmáticas y superficialmente "realistas" a el callejón sin salida creado por la política de los dos principales partidos de los grandes negocios.

Por ejemplo, esto podría asumir ciertas formas, digamos la expansión de la influencia del Partido Verde y un aumento de su popularidad. O podría ser otra organización reformista de la izquierda que todavía no se ha establecido. Tampoco deberíamos presumir que tendencias semi populistas e "izquierdistas" no van a surgir dentro del Partido Demócrata mismo. Yo propongo, por ejemplo, que todas las maniobras de los dirigentes principales de la AFL-CIO, bajo los auspicios del presidente del Sindicato de los Empleados de Servicios, Andrew Stern, ex estudiante radical, se llevarán a cabo para reinvigorar la reputación comprometida del Partido Demócrata, sobretodo a medida que se acercan nuevas y enormes luchas de clase.

Nuestras labores serán muchas, complicadas y difíciles. Tendremos que conducir la lucha por nuestro programa—por todo el patrimonio histórico de la Cuarta Internacional—sin titubeos y sin adaptarnos. Al mismo tiempo, tendremos que tomar en cuenta los problemas, las contradicciones y la inevitable confusión de las amplias masas de trabajadores, estudiantes y jóvenes que empiezan a moverse hacia la izquierda. La verdad es que tenemos que tomar en cuenta los problemas causados por décadas de traiciones por parte de los burócratas de los sindicatos y el impacto que sus esfuerzos han tenido en destruir de la mente de la clase obrera todo vestigio de conciencia de clase y las mejores tradiciones de luchas militantes, de solidaridad y de sacrificio.

Como dijera Trotsky en varias ocasiones: nuestro punto de partida es la situación objetiva y las obligaciones que le impone a la clase obrera, no el nivel actual de conciencia de la clase. El partido es el vehículo para conquistar el atraso político y llevar a la clase al nivel que la crisis del capitalismo exige. Pero esta misión requiere, como hemos notado, susceptibilidad y la capacidad para hacer una adaptación pedagógica, no política, a la conciencia actual de la clase.

Tenemos que estar preparados y, con mucha paciencia, conversar y dialogar con trabajadores y jóvenes y asíencontrar tácticas para ayudarlos a vencer a sus ilusiones en los Verdes, en Nader, en los Noam Chomskys del mundo y en fuerzas parecidas. Debemos conducir nuestra polémica con nuestros adversarios políticos reformistas y del centro con firmeza y de manera decisiva, pero siempre de manera objetiva y, siempre que sea posible, fraternalmente.

La firmeza de nuestros principios, que es como una roca, nos capacitará para poner en práctica la lucha por el socialismo, el internacionalismo y la independencia política de la clase obrera contra los partidos y la política de la burguesía con toda la flexibilidad de táctica y modo necesarios.

Es necesario prestar atención a los debates y las discusiones que toman lugar dentro del Partido Demócrata y en sus períferas con mucho cuidado. Para propósito de este informe, les puedo proveer solamente varios ejemplos de lo que actualmente se escribe y se dice.

Debemos declarar desde un principio que la calidad general de los debates dentro del Partido Demócrata es, desde el punto de vista intelectual y político, pésima. Pero no cabe duda que la degradación general de la cultura que ha acompañado a la supresión del socialismo—y de las luchas de la clase obrera—ha resultado en un deterioro bien marcado del partido burgués más antiguo de Estados Unidos.

Si leemos los pronunciamientos sobre las elecciones del 2004 y las varias recetas que se han formulado para resuscitar las fortunas del partido, apenas podremos encontrar siquiera un análisis que relacione la debacle de Kerry a los procesos objetivos de la historia, la sociedad y la economía. Por lo general, los análisis no van más allá de alusiones a ciertas estadísticas sobre el voto y las cifras de las encuestas, las cuales por lo general se usan para comprobar ideas políticas preconcebidas. Es con una regularidad deprimente que uno oye invocaciones para darle al partido una nueva "narrativa", lo cual sólo demuestra la influencia maligna de los disparates postmodernistas y la creencia bien arraigada que las causa de todos los problemas se encuentra en la imagen y no en la realidad, y que el pináculo del éxito depende de las artimañas que se puedan usar para vender esa imagen.

Sin embargo, dentro del Partido Demócrata existen diferentes facciones y tendencias que luchan entre sí. A la derecha se encuentra el Consejo de la Dirigencia Demócrata (siglas en inglés: DLC), entre cuyos miembros se encuentran los Clintons, Al Gore y Kerry. El análisis de todos estos consta de que los Demócratas perdieron en el 2004 porque no se habían movido suficientemente hacia la derecha.

Por ejemplo, castigan a Kerry por no haber dejado bien claso que el podía ser tan "fuerte y áspero" contra el terrorismo musulmán y tan dispuesto a usar la fuerza militar como Bush. Pero no dicen qué más Kerry pudo haber hecho, dada su presentación superpatriótica como héroe de guerra en la convención Demócrata, en cuya plataforma, justamente detrás de él, se encontraba un reparto de generales y admirales jubilados. Pero, como elemento de su "estrategia en el corazón del pueblo" para revivir las fortunas del Partido Demócrata, éstos exigen la repudiación, aún más explícita, de la postura anti guerra del partido durante el inicio de la década de los 70 y abogan por aceptar el militarismo. Will Marshall, presidente del Instituto para una Política Progresista, organización que funciona bajo los auspicios del Consejo de la Dirigencia Demócrata, del cual es teórico principal, ha escrito que [el partido] "necesita una versión moderna de las tradiciones establecidas por Kennedy y Truman para crear un internacionalismo muscular, el cual vinculaba la fuerza militar a la voluntad para usarla, con gran disposición, y así establecer la seguridad colectiva".

Todos los luminarios de este grupo muestran un odio extraño y obsesivo hacia Michael Moore. Bastante típica es esta declaración de Marshall: "Dejemos la adoración de Michael Moore a las estrellas de Hollywood y de Cannes. Los Demócratas no deberían aliarse el anti americanismo apestoso que la izquierda inspira con sus teorías de conspiraciones". Odian a Michael Moore porque lo asocian con oposición a la guerra y a los grandes negocios.

Critican despiadadamente a toda tendencia que quiera ganarse el apoyo de la clase obrera con insignias populistas. Más bien abogan para que los Demócratas adoptrn "el lenguaje de la fe". Los Demócratas, escribe Marshall, "deberían defender la cláusula del establecimiento y la libertad de religión sin tener que acostarse con los absolutistas seculares de la ACLU [siglas en inglés de la Unión Estadounidense para la Defensa de los Derechos Civiles]".

Otro luminario del DL,c Bruce Reed, ex asesor del Presidente Clinton sobre la política exterior, plantea el problema ante el Partido Demócrata de la siguiente manera: "¿Cómo puede un partido azul convertirse de nuevo en un partido rojo, blanco y azul otra vez?"

La misma línea fundamental la presentó de manera más brusca Peter Beinart, editor de la revista New Republic [La Nueva República], en una columna publicada por el Washington Post el mes pasado. Bajo el subtítulo de "Lecciones de la Guerra Fría para reclamar le fe en la seguridad nacional", el artículo elogia la adopción de una postura anticomunista como plataforma básica adoptada por los liberales del Partido Demócrata hacia finales de la década del 40. También aboga por esta postura de la Guerra Fría como modelo para la presunta guerra contra el extremimsmo musulmán. Y propone que se establezca una versión anticomunista moderna del grupo Americanos por la Acción Democrática y "lograr que la lucha contra el enemigo totalitario de Estados Unidos se convierta en una pasión liberal".

En la izquierda se encuentran vestigios de un Nuevo Trato debilitado y las cenizas de la política de protesta. He aquí un reformismo sin verdaderas reformas y un lenguaje de protesta para fomentar la política burguesa convencional. Una muestra bastante cínica de este último es un artículo en el tomo corriente de la revista Mother Jones. Lo escribió un verdadero canalla político, ex participante en las manifestaciones contra la guerra en Vietnam y actualmente profesor universitario: Todd Gitlin. Elogia la campaña de Kerry como anticipante de un nuevo fenómeno: la fusión de las manifestaciones de las masas y la "maquinaria" del Partido Demócrata.

Gitlin escribe que Bush, con el odio que ha engendrado, ha "obligado a las dos tendencias divergentes de la izquierda—al liberalismo, al ala progresista, o como se le antoje a uno llamar los—en la misma república insurgente y abierto la posibilidad de una resurección histórica. Convenció a los antiguos bestias de carga Demócratas y a los activistas recientemente inspirados, a los viejos profesionales y a los nuevos amateurs, a los trabajadores que todavía tienen fe en los sindicatos obreros y a los que registran al pueblo para votar, que si no se unen lo más probable es que cuelguen por separado...

"Así, pues, en el 2004, un vasto y desligado movimiento de regeneración se encontró con un Partido Demócrata luchando para renacer, y las dos fuerzas, en vez de mirarse una a la otra con desconfianza y ponerse a pensar en como abatir a la otra hasta convertirla en polvo, decidieron hacerse amigos, no sólo para reinventar la política—lo cual en sí no es una misión muy fácil—sino para redentar a Estados Unidos.

Si dejamos a un lado esta ridícula presentación de la campaña pro guerra del multimillonario Kerry, podemos ver que lo que Gitlin elogia explícitamente es su aspecto más reaccionario; es decir, el éxito de haber restringido y emasculado el sentimiento de las masas contra la guerra y el gobierno de Bush. Y es precisamente este modelo del futuro al cual recurre. Implícitamente lamenta como tragedia política el conflicto entre, por una parte, el movimiento anti guerra de la década del 60 y, por otra, la maquinaria del Partido Demócrata de esa época; maquinaria que encontró su expresión más despiadada en el motín de la policía que el alcalde de Chicago, Richard Daley, desató contra los manifestantes en las afueras de la Convención del Partido Demócrata en 1968.

Y como punto final, citaré varios artículos publicados en el tomo de diciembre de la revista American Prospect, rival liberal al Consejo de la Dirigencia Demócrata más convencional. Robert Reich, ministro de relaciones laboristas bajo Clinton, fue uno de sus fundadores. La línea general de estas piezas, aún con ciertas diferencias y divergencias de énfasis, es que el Partido Demócrata tiene que asumir una vez más el manto de la reforma liberal y dirigirse, por medio una campaña populista, a los intereses económicos de la clase obrera.

Podemos obtener una idea de la superficialidad de este nuevo reformismo promulgado por el grupo si leemos parte del artículo principal, escrito por el historiados liberal, Alan Brinkley. Bajo el títular, "Reconectemos con el pueblo trabajador", escribe:

"Los Demócratas necesitan quitarle énfasis a la cultura y regresar al campo clasista....Roosevelt ganó dos victorias preponderantes—con enormes mayorías en el Congreso nacional—no hablando de la cultura sino de las clases sociales...A veces Roosevelt usaba el lenguaje del conflicto entre las clases de manera sin precedentes en la historia de la presidencia. ‘Nos hemos ganado el odio de la avaricia atrincherada', declaró en su discurso sobre el estado de la nación en 1936. ‘Buscan la restauración de su poder egoísta...Si cedemos ante ellos tomarán el rumbo de todas las autocracias del pasado: poder para sí mismos y la esclavitud del pueblo'". Pero Brinkley inmediatamente pasa de la condena de Roosevelt a la "avaricia atrincherada"—algo totalmente desconocido por los Demócratas de hoy—a escribirlo siguiente: "Nadie desearía que el Partido Demócrata de hoy día adopte semejante lenguaje o se pinte a sí mismo como adversario del mundo empresarial".

Podemos imaginar al escritor persignándose mientras sus lectores intonan, "Qué Dios no lo permita!"

Brinkley prosigue a respaldar la "guerra contra el terrorismo" y le insta a los Demócratas que forjen "una relación cómoda con la cultura militar y el orgullo nacional". Revela su pesimismo desmoralizado cuando sugiere que la "reconstrucción del Partido Demócrata" será una labor que "probablemente tomará décadas".

Es interesante que una prognosis y una apreciación más astutas de la crisis y la vulnerabilidad del gobierno de Bush la presenta el liberal de la Guerra Fría, Arthur Schlesinger, hijo. Ya le ha dado la vuelta la manzana más de varias veces y bien sabe como gobiernos "intachables" pueden derrumbarse bajo la presión de grandes eventos. En una pieza titulada "La oportunidad toca la puerta", escribe: "Luego de cierto tiermpo, el pueblo de Estados Unidos, hasta la derecha religiosa, se cansará de Irak. Creo que esto tomará lugar cerca de las elecciones de medio plazo en el 2006. No existe ninguna garantía de inmunidad para presidentes que gobiernan durante tiempos de guerra. La Guerra de Corea forzó al Presidente truman a retirarse en 1952. La Guerra de Vietnam forzó al Presidente Johnson a renunciar en 1968".

Uno de los artículos más desmoralizados de la revista lo escribió el editor principal, Garance Franke-Ruta. David North, en su discurso, "Luego de las elecciones del 2004: los problemas políticos a los que se encara la clase obrera norteamericana" (incluído rn La crisis de la democracia en Estados Unidos), dice lo siguiente: "Declarar que los votantes respaldaron a los Republicanos debido a que se interesan más en los ‘valores' que sus propios intereses materiales significa substituir al análisis sociopolítico científico con la mística".

Pero ese es precisamente el punto de vista de Franke-Ruta, quien ataca a la "visión materialista de la política que no comprende, de ninguna manera fundamental, materialista lo que millones de gente valora más en la vida...Esta visión general, puramente lo que millones de gente valoran más en la vida...Y mês general aún, esta visión puramente materialista del interés propio simplemente no comprende la naturaleza humana".

Hemos reservado nuestras últimas palabras para Reich, cuyo artículo, que concluye [a la revista] es un llamado al populismo económico. Escribe: "Otra vez, los Demócratas están "replanteándose" el significado de su política. Después de derrotas anteriores, semejantes "replanteamientos" resultaron en un viraje hacia la derecha. Los Demócratas cortejaron a los votantes bien adinerados de los suburbios que podían cambiar de parecer repentinamente, constantemente se distanciaron de las raícesa obreras del partido...Los Demócratas solían hablar apasionadamente acerca de la justicia social, lo cual todavía debería ser el corazón de la moralidad de los Demócatas...La única manera en que los Demócratas pueden luchar contra el populismo culturral es con un populismo económico basado en las convicciones y en la fe".

Tenemos que decir varias cosas acerca de la línea de Reich. En primer lugar, el capitalismo estadounidense mucho menos puede hoy fomentar reformas sociales que en la época de Roosevelt (a pesar de la Gran Depresión) o durante los 60. Hasta el programa "La guerra contra la pobreza" del Johnson fue un proyecto condenado a fracasar. Así pues que esas declaraciones de Reich y otros semejantes acerca de un retorno a la reforma social no tienen casi ningún sentido.

Y tampoco deberíamos olvidar que el mismo Reich comparte la responsabilidad política por un gobierno que ignominiosamente abandonó la reforma al seguro médico, destruyó los programas federales del bienestar social y proclamó "el fin del gobierno basado en el bienestar".

De todo modo, un serio esfuerzo para virar al Partido Demócrata hacia el populismo económico ocasionaría divisiones internas que seguro habría una escisión.

No obstante todo esto, las diferentes posturas que se han presentado dentro el Partido Demócrata tienen su significado político.Reflejan los esfuerzos que de una manera u otra se están intentando para resuscitar a esta agencia y prepararla a desviar el movimiento de la clase obrera. No faltarán grupos y tendencias radicales que, aunque formalmente no integrantes del Partido Demócrata, prestarán su ayuda a este plan.

Esa es la razón por la cual la educación de nuestros cuadros en la historia y los principios del movinmiento marxista y en las lecciones de las luchas de la clase obrera internacional es tan crucial hoy día. Esa preparación interna irá mano a mano con el desarrollo del World Socialist Web Site y una penetración aún más profunda de la clase obrera.

Concluído