En medio del desastre económico, sindicatos de Brasil promueven la candidatura presidencial de Lula da Silva para 2018

por Miguel Andrade
21 marzo 2017

El pasado martes 7 de marzo, el Instituto Brasileño de Geografía y Estadística (IBGE), el organismo oficial de medición demográfica y económica de ese país, publicó su informe económico anual completo sobre el año fiscal 2016, revelando la profundización de la crisis económica de Brasil.

El producto interno bruto (PIB) cayó un 3.6 por ciento, agravando la caída del 3.8 por ciento de 2015, llevando la economía del país a su nivel de 2010. Esta caída de dos años consecutivos es también la más aguda desde que el IBGE comenzó a llevar registros en 1948, lo que confirma la crisis actual como la peor en un siglo.

También fue la primera vez que la industria, la agricultura y los servicios sufrieron una disminución simultánea desde 1996, debido a la combinación de una caída en la demanda internacional, sequías severas en el norte del país y heladas en el sur que redujo la producción agrícola un 6.6 por ciento. La caída del 3.8 por ciento en la producción industrial acompaña la reducción del 6.6 por ciento en 2015. En este contexto, la tasa de inversión de Brasil permanece en el 16.4 por ciento del PIB, el peor índice desde que la medición actual fue implementada en 1995, con una caída del 28.6 por ciento desde 2013.

Sin embargo, más reveladora aún es la aceleración de la caída del consumo en los hogares, de un 3.9 por ciento en 2015 a un 4.2 en 2016, una exposición aguda de los efectos a largo plazo de la tasa de desempleo aplastante, que oficialmente ha alcanzado un récord de 13 millones de trabajadores, un 12 por ciento de la fuerza laboral del país. La categoría de “desempleo amplio”, de acuerdo a un informe de enero del banco suizo Credit Suisse que comprende a obreros que han abandonado la búsqueda de empleo debido a desocupación persistente, incluye a 23 millones de trabajadores.

La caída en el consumo redujo la inflación a su nivel más bajo desde 2000, en el final del gobierno del presidente Fernando Henrique Cardoso, que siguió las recetas del Fondo Monetario Internacional, libró una lucha de clases contra los trabajadores con una devaluación de la moneda, privatizaciones y desempleo masivo que destrozaron los salarios y el poder de compra de forma generalizada, y condujo a la victoria electoral del Partido de los Trabajadores (PT) en 2002.

Las cifras económicas sombrías seguramente acelerarán la intención del gobierno actual del presidente Michel Temer de vender los activos del país, una tarea cada vez más difícil a la vista de la caída fuerte en los beneficios esperados en medio de la corriente crisis. El 15 de marzo Folha de São Paulo informó que tres compañías habían disminuido sus ofertas en la privatización de aeropuertos del noreste, previamente considerados “altamente lucrativos” debido a la posibilidad de concentrar la conexión de vuelos entre América del Sur y el hemisferio norte. El jueves 16 de marzo se completó la venta pública de los derechos de administración de cuatro grandes aeropuertos.

El gobierno de Temer está agravando los grandes ataques contra los derechos sociales bajo la forma de “reformas” laborales y de pensiones, dirigidas a aumentar la edad de retiro y temporalizar las relaciones de trabajo con medidas radicalmente pro-imperialistas, como la venta de energía clave e infraestructura de transporte, y el consentimiento para la propiedad de la tierra de parte de empresas extranjeras. Rápidamente, la burguesía brasileña está dejando de lado incluso la pretensión de las políticas de “independencia nacional” promovidas por el gobierno del Partido de los Trabajadores durante el auge de las materias primas a principios de los años 2000.

Después de romper el monopolio del gigante estatal petrolero Petrobras sobre los inexplorados campos de petróleo de extracción profunda (llamados pre-salinos) fuera de la costa de Río de Janeiro y São Paulo, a fines de febrero la administración de Temer impuso al gobierno del estado de Río la venta de su infraestructura de agua y alcantarillado bajo la amenaza de estrangulamiento financiero, exaltando luego la maniobra como un modelo para todo el país.

Pero en realidad casi todas las medidas impuestas por la administración de Temer ya habían sido iniciadas por los gobiernos del Partido de los Trabajadores de los presidentes Dilma Rousseff y, previamente, Lula da Silva.

La privatización de toda la infraestructura orientada a las materias primas — puertos, ferrocarriles, canales — iniciada por el gobierno del Partido de los Trabajadores enfrenta desafíos similares a los del sector aeroportuario. El influyente diario financiero Valor Econômico publicó el 8 de marzo una entrevista extensa con el antiguo secretario de Transportes y Puertos de Rousseff, Cesar Borges, en la que el ex ministro se quejó de la reticencia de la actual administración de Temer a incluir fondos de pensiones y bancos públicos en la expansión de la infraestructura privatizada, como se había decidido previamente en el gobierno del PT.

Las pretensiones nacionalistas, y a veces incluso “anti-imperialistas”, de las políticas del Partido de los Trabajadores son expuestas aún más por la fragilidad del crecimiento económico bajo su gobierno. Las políticas del PT se limitaron a poner todo el aparato del estado detrás de un puñado de “campeones nacionales”, o monopolios brasileños privados como la empresa constructora Odebrecht y su subsidiaria petroquímica Braskem con el fin de ganar a la competencia por la demanda china y, durante su apogeo, asegurar proyectos de África para el Caribe y América del Sur.

Ya que muchos directores ejecutivos de estas empresas están ahora en prisión esperando ser enjuiciados por cargos de corrupción, la combinación de crisis económica causada por la desaceleración de la economía china y las investigaciones de corrupción en curso por el empleo de métodos criminales de parte de estas compañías es considerada “un riesgo importante” en varios países latinoamericanos por el think-tank o centro de estrategia Eurasia Group, informa Valor Econômico. Gobiernos locales ahora tratan de compensar con sus propios fondos por el abandono de proyectos de Odebrecht, y el think-tank estima que sólo el impacto de la crisis de Odebrecht y su retirada de la economía de Perú podría alcanzar el 1 por ciento del PIB de Brasil.

Un estudio adicional hecho público por el Credit Suisse el 7 de marzo, en medio de los informes que siguieron el anuncio de IBGE, apunta a la base frágil del crecimiento económico en el gobierno del PT: todo el aumento de la productividad durante la presidencia de Lula fue revertido con Rousseff, y la productividad actual de la fuerza laboral en Brasil es la misma que en 1980. La tasa anual de crecimiento con Lula entre 2002 y 2010 fue incluso menor que con Fernando Henrique Cardoso en la década de 1990, un período de desindustrialización y desempleo masivo.

Sin embargo, a medida que el enfado de la clase trabajadora crece con el estado de la economía, con los sindicatos forzados a llamar a una huelga general parcial de un día el miércoles 15 de marzo, toda la prensa alineada con el PT ha sintonizado “volta Lula” (vuelve, Lula) a todo volumen, lanzando su campaña presidencial para 2018. Viudo desde principios de febrero, cuando su esposa Marisa Letícia sufrió un derrame cerebral, Lula da Silva debe retornar ahora como presidente del PT e inaugurar su candidatura presidencial de 2018. Con ese fin, todo el aparato del PT está preparando un giro brusco a la derecha y poniendo en marcha una oposición a Temer casi exclusivamente entre sectores nacionalistas fraudulentos.

La revista Carta Capital, alineada con el PT, está liderando la carga. El tono de la crítica del PT a Temer quedó claro en una entrevista de alto perfil publicada por esa revista en octubre con el economista e historiador Pedro Cezar Fonseca, un académico especializado en el período de la dictadura fascista de Getúlio Vargas — a menudo descrito como el Perón brasileño — con el título “El proyecto de Temer sacude los cimientos del capitalismo”. La entrevista buscó ser una receta para el PT con el fin de “salvar el capitalismo brasileño de sí mismo”, parafraseando las palabras infames de Yanis Varoufakis, ex ministro de finanzas griego de Syriza y estrella de la pseudo-izquierda.

Conectando a Rousseff, Lula, el presidente João Goulart, derrocado a principios de los años 1960, y Vargas, Fonseca dice: “la amplitud del edificio político y económico de Vargas muestra un proyecto de desarrollo consciente”. Las políticas de Temer, por otro lado, son comparadas con las del entreguista (subordinado al capital extranjero, particularmente de Estados Unidos), las políticas económicas de la dictadura militar de 1964-1985 y la oposición burguesa a Vargas en las décadas de 1940 y 1950.

En una línea similar, el 19 de enero, Marcio Pochmann, economista del PT, declaró que la elección de Donald Trump en Estados Unidos exigía la habilidad exhibida por el dictador Vargas de participar en “política arriesgada”, que, según Pochmann, le falta a Temer. Las referencias son todavía más claras si uno considera que el propio Lula ha coqueteado durante mucho tiempo con la imagen de Vargas y otros caudillos como el argentino Juan Domingo Perón, y ha intensificado la comparación tras su detención en 2016 y la posterior remoción de Rousseff.

Por otra parte, referencias de desaprobación al golpe de 1964 no impidieron que, el 16 de febrero, la misma Carta Capital se alineara con el ejército, oponiéndose al gobierno de Temer en nombre de la “soberanía nacional” en el debate de derechos de propiedad de la tierra, y más tarde, el 3 de marzo, abriendo sus páginas al vicepresidente de la Federación Industrial de São Paulo (FIESP) para defender la política industrial del Partido de los Trabajadores.

El redoblar de tambores alcanzó su punto culminante el 15 de marzo, cuando el “frente unido” de sindicatos y partidos de pseudo-izquierda convocó delegaciones de trabajadores de todo el estado de São Paulo, en una demostración de cientos de miles de personas después de la huelga general parcial para escuchar el discurso demagógico de Lula en la Avenida Paulista, la vía principal de la ciudad de São Paulo.

En este proceso, la pseudo-izquierda brasileña también ha abandonado cualquier pretensión de oposición al PT. Su demanda principal desde 2016 ha sido un frente unido de las federaciones sindicales estrechamente controlado por el PT, el estalinista Partido Comunista de Brasil (PCdoB), el morenista Partido Socialista de los Trabajadores Unificados (PSTU) y el burgués Partido Social Democrático, fundado por Getúlio Vargas en la década de 1940.

Esta política es todavía más criminal a la vista del giro abrupto a la derecha del PT y la profunda crisis internacional, que está produciendo ganancias para la extrema derecha en un país tras otro. Estas ganancias son el resultado directo de la desorientación provocada en la clase trabajadora por la guerra llevada a cabo contra ella por la “izquierda” oficial, ya sea el PT y los gobiernos “chavistas” o “bolivarianos” de América Latina, los partidos socialdemócratas y socialistas en Europa, o el Partido Demócrata pro-Wall Street en los Estados Unidos.