El asesinato policial del veterano de la Guerra de Irak, Brian Easley

12 julio 2017

En la mañana del 7 de julio, Brian Easley, un veterano de la Guerra de Irak de 33 años de edad, entró en una filial del banco Wells Fargo en el condado de Cobb, Georgia, un suburbio de Atlanta, y les dijo a las dos personas que estaban dentro, ambas trabajadoras del banco, que tenía explosivos en su mochila y que las iba a tener como rehenes.

Llamó a una estación local de televisión y, en una voz tranquila, explicó que no estaba robando el banco, sino que tenía una demanda: el Departamento de Asuntos de los Veteranos (VA; Veteran Affairs) había eliminado injustamente el pago mensual de $892 por una lesión que sufrió en Irak, y quería que le reintegran los fondos.

Imploró, “Tomaron mi cheque de incapacidad; no tengo nada y estaré en la calle y no tengo dinero para comida ni nada, y me voy a morir de hambre”. Lo que más le preocupaba era qué le podría pasar a su hija de ocho años.

Mientras tanto, afuera, se reunía una horda de policías con equipo de asalto. Sitiaron y restringieron el acceso a toda el área, con vehículos militares blindados rodeando el banco. Un negociador del FBI llamó al banco y Easley repitió su demanda: $892.

Para todos los involucrados, incluyendo las propias rehenes, era claro que Easley no representaba ninguna amenaza. En la llamada telefónica con WSB-TV, Easley aseguró que no les haría daño. “Estas señoras son muy buenas y han sido de mucha ayuda y apoyo”, dijo.

Las rehenes le dijeron a la prensa que Easley fue “gentil” y “respetuoso”. Según un periódico local, un portavoz de la policía dijo que, “en ningún momento, nadie dentro ni fuera del banco estuvo en riesgo de ser herido”.

Nada de esto le impidió a un equipo SWAT utilizar un vehículo blindado para entrar a través de una pared del banco y acribillar al joven a balazos. La policía confirmó más tarde lo que ya había dejado claro la conversación telefónica: Easley no tenía una bomba, ni en su mochila ni en su cuarto de hotel.

Les daba igual; la policía prefirió la muerte de Easley. Al final, fue un asesinato estatal premeditado para enviarle un mensaje en particular a la población.

La conversación grabada entre Easley y la editora de reportajes de WSB-TV, Stephanie Steiger, constituyó un grito desesperado de ayuda. “Tuve la sensación de que sólo quería alguien con quien hablar”, dijo Steiger.

Easley, un cabo segundo, luchó en Irak entre el 2003 y el 2005, el período de invasión y sus consecuencias inmediatas, cuando el combate era el más intenso y el número de víctimas civiles alcanzó su punto más alto. La invasión y ocupación estadounidenses asolaron la sociedad iraquí y condujeron a la muerte de hasta un millón de iraquíes, así como unos dos mil soldados estadounidenses. El léxico de la invasión se plasmó mientras Easley todavía estaba allá, con términos como conmoción y pavor, (shock and awe), Faluya, Abu Ghraib, Blackwater, Misión cumplida, centros de detención clandestinos, Haditha.

Brian Easley (Fuente: WSBTV Atlanta)

Al igual que a la mayoría de los veteranos, a Easley le costó aclimatarse a la vida civil. Aceptó un empleo de salario bajo en un almacén en Georgia y se mudó con sus padres. Intentó volver a estudiar con un interés en cinematografía, pero parece que no logró salir adelante. Él y su esposa se divorciaron y tenía dificultades para llegar a fin de mes.

Easley dijo que, después de que el VA descontinuara los pagos por su incapacidad, comenzó a quedarse sin dinero. Vivía en un motel cercano, pero sólo le quedaba para una noche más. El sábado se iba a quedar sin hogar.

Amaba a su hija y estaba preocupado de no tener cómo cuidar de ella. Varios días antes, fue a un hospital de veteranos para buscar ayuda, pero en vez de ofrecerle apoyo para su salud mental, el VA llamó a la policía para que se lo llevaran del lugar

Los familiares de Easley respondieron horrorizados al enterarse de su muerte. “Ese no es el Brian que conozco”, dijo Jazzima Damons dijo. “No le haría daño a nadie, a nadie”.

Sierra Damons comentó: “Nuestra familia está conmocionada ahora mismo porque el Brian que dicen que fue a este banco no es él; él es una persona muy cariñosa”.

Las circunstancias exactas de la muerte de Easley siguen siendo confusas. Una versión que se maneja es que Easley liberó a las rehenes antes de ser asesinado por la policía. Según otra versión, los policías irrumpieron en el lugar y le dispararon a Easley de forma innecesaria e imprudente para liberar a las trabajadoras del banco.

La noticia de su muerte ha desencadenado una ola de ira en las redes sociales, con los residentes del suburbio de Atlanta denunciando al gobierno por abandonar a Easley después de enviarlo a combatir una guerra al servicio de los ricos: “Les lavan el cerebro, los envían a la guerra para robar, matar y destruir, y cuando cumplen con su agenda fraudulenta, los envían de vuelta a casa y los alimentan a los lobos. Qué triste”, dice un comentario en Facebook.

Otro comentario señala que, “Incluso la guerra en Irak se basó en mentiras. Nunca encontraron ADM [armas de destrucción masiva]. Mentiras y más mentiras. Vean el arsenal de armas prohibidas que el gobierno estadounidense tiene”.

Un tercer comentario indica, “Esto es triste y tiene que ser resuelto. ‘Apoyemos a las tropas’ es sólo una frase amigable que utilizan los políticos para asegurar votos y conseguir financiamiento para los contratistas militares. No les preocupa para nada el bienestar mental ni físico de nuestros veteranos cuando regresan de completar su servicio”.

La muerte de Easley ha tocado un punto sensible porque expone el impacto social tan devastador del estado permanente de guerra y militarización de la policía y la sociedad en general y del aumento de la pobreza y la desigualdad social. Los crímenes de guerra en el extranjero van acompañados por crímenes sociales contra la clase obrera dentro del país.

Este asesinato brutal y arbitrario del Estado resalta que el culto de veneración a los veteranos por parte de la élite política no es más que propaganda para promover guerras combatidas por los pobres para enriquecer a los ricos.

Desde que inició la “guerra contra el terrorismo” en el 2001, la frase “Dios bendiga a nuestras tropas” se ha convertido en una liturgia nacional, repetida ad nauseam por los políticos de ambos partidos y un sinnúmero de cabezas parlantes en la televisión. El ejército les paga millones a los equipos deportivos para desplegar banderas gigantescas, entonar canciones patrióticas y “homenajear a nuestros veteranos” con el sobrevuelo de bombarderos y aviones de combate en los estadios. Varios días festivos a nivel federal se dedican a la glorificación del ejército y de los “hombres y mujeres que arriesgan sus vidas para proteger a la nación”.

Tales alabanzas oficiales gotean de hipocresía y cinismo. La muerte de Easley demuestra cómo es que la clase gobernante percibe realmente a los jóvenes pobres y de clase trabajadora que envía a la guerra. Son carne de cañón corporativa. Cuando se acaba su tiempo de combate, sus devastados cuerpos y mentes son desechados por el gobierno como basura. Para el Estado y los oligarcas a quienes sirve, sus vidas valen menos que los $892 que Easley pedía.

Cada noche, cincuenta mil veteranos de guerra duermen sin techo en EE.UU. Un tercio de los veteranos con discapacidades entre las edades de 35 y 54 viven en la pobreza. Veinte veteranos se suicidan por día. Tan sólo desde el año 2001, más de 128 000 veteranos se han quitado la vida —más que la población de Topeka, Kansas; Lansing, Michigan; o Santa Clara, California—.

El punto de vista de la élite política hacia los veteranos que batallan contra las secuelas de la guerra fue resumido por el comandante general del Ejército, Dana Pittard, en el 2012. “El suicidio es un acto absolutamente egoísta... Personalmente, estoy harto de que los soldados decidan tomar sus propias vidas para que otros tengan que limpiar su desorden. ¡Sean adultos, actúen como adultos y lidien con sus problemas cotidianos como el resto de nosotros!”.

El núcleo de la crisis que enfrentan los veteranos es el sistema capitalista, dentro del cual las guerras imperialistas son inevitables. El gobierno estadounidense ha gastado aproximadamente $5 billones desde el 2001 en las guerras en Irak y Afganistán, mientras que más de la mitad del presupuesto del gobierno va dirigido a las fuerzas armadas a fin de defender los intereses globales los bancos y las corporaciones estadounidenses. Los vastos recursos que despilfarra el gobierno estadounidense en muerte y destrucción deben ser redirigidos para satisfacer las necesidades sociales más urgentes de toda la población —atención médica, vivienda, transporte, empleos y servicios de salud mental—.

Eric London