Setenta y cinco años desde el final de la Segunda Guerra Mundial

9 mayo 2020

Hoy hace 75 años, finalizó la Segunda Guerra Mundial en Europa. En la madrugada del 7 de mayo, el coronel general Albert Jodi firmó la rendición incondicional de la Wehrmacht en Reims, Francia. Una semana antes, cuando se aproximaba el Ejército Rojo, Adolfo Hitler se suicidó en el búnker Führer en Berlín. Todos los combates finalizaron a la media noche del 8 de mayo de 1945.

La Segunda Guerra Mundial fue el conflicto más brutal y sangriento en la historia humana. Los crímenes y las crueldades superan las peores pesadillas imaginables para la humanidad.

Aproximadamente 70 millones de personas murieron, dos terceras partes de las cuales eran civiles: hombres, mujeres y niños desarmados. No eran daños colaterales. El exterminio de gran parte de la población fue un objetivo explícito de la guerra de aniquilación de los nazis, que llegó a su sangriento punto culminante en el asesinato de 6 millones de judíos.

Solo la Unión Soviética perdió 27 millones de ciudadanos, la mitad de ellos civiles. De los 13 millones de uniformados fallecidos, 3,3 millones se congelaron o murieron de hambre en los campos de prisioneros de guerra alemanes, que por sí solo fue un monstruoso crimen de guerra. Cualquier miembro del Partido Comunista, judío o partisano, que capturaran los alemanes era matado a tiros inmediatamente. Varios distritos fueron sometidos a hambrunas, arrasados con fuego o destruidos.

La firma de la rendición incondicional el 7 de mayo de 1945 en Reims, el general Jodi de frente a la izquierda (Musée de la reddition de Reims)

Tal terrorismo asesino no se limitó a los frentes de batalla. Junto a los judíos que fueron transportados a Auschwitz desde todos los rincones de Europa, cientos de miles de sinti y roma, miembros de otras minorías, trabajadores forzados y prisioneros políticos perdieron su vida a manos de los nazis. Aproximadamente 200.000 personas con discapacidades fueron matadas como parte de un programa de eutanasia. Las cortes militares alemanas sentenciaron a 1.5 millones de soldados de la Wehrmacht por interrumpir el impulso bélico, incluyendo a 30.000 que fueron sentenciados a muerte. Las víctimas del sistema judicial civil nunca se recuperaron. Tan solo la Corte popular de Justicia emitió 5.200 penas capitales.

Los aliados adaptaron cada vez más sus métodos a los de su enemigo. Por primera vez en batallas modernas, ambos bandos exterminaron deliberadamente a poblaciones civiles en grandes ciudades. El asedio de Leningrado de dos años por parte de la Wehrmacht cobró más de 1 millón de vidas. El bombardeo de Dresden, Hamburgo y otras ciudades por parte de los aliados, matando a decenas de miles de civiles lejos de los frentes de batalla. En abril de 1945 presidente estadounidense Harry Truman firmó una orden para arrojar una bomba atómica sobre Japón, en Postdam, a menos de 30 kilómetros del bunker Führer.

El trauma, la indignación y el tormento provocados por los crímenes indescriptibles y las crueldades perpetrados durante la Segunda Guerra Mundial cimentaron profundamente la convicción en gran parte de la población alemana y global: “¡No más fascismo! ¡No más guerras!”. Pero tres cuartos de siglo desde el final de la guerra, el fascismo y la guerra son peligros globales inminentes otra vez.

Estos peligros existieron mucho antes de la pandemia global de COVID-19, pero el virus los ha acelerado rápido.

Conceptos como “inmunidad de rebaño” y “triaje” se han insertado en las conversaciones cotidianas. Son parte de una discusión sobre cuántas vidas humanas han de sacrificarse por “la economía”, es decir, por los especuladores en el mercado bursátil y los superricos. A pesar de las urgentes advertencias de los expertos médicos, millones de trabajadores están siendo obligados a regresar a trabajar. El presidente estadounidense Donald Trump ha descrito a los estadounidenses como “guerreros” listos para dar sus vidas por el bien mayor.

Wolfgang Schäuble, el presidente del Parlamento federal, declaró que “no es correcto decir que la protección de la vida y la salud son prioridades incondicionales sobre todo lo demás”.

La amenaza de una Tercera Guerra Mundial, que significaría el fin de la civilización humana, nunca ha sido tan grande como hoy.

El presidente estadounidense se simpatiza abiertamente con milicias fascistas en EE.UU. y dictadores derechistas de todo el mundo. Y ha amenazado a Venezuela, Irán e incluso la potencia nuclear de China con una guerra. La oposición demócrata lo apoya en esto. El gasto militar del Tercer Reich se ve eclipsado por el presupuesto de defensa de EE.UU., que alcanzó $738 mil millones este año. En 1938, el año previo a la guerra, Hitler invirtió 17.5 mil millones de marcos en el ejército. En términos actuales, equivale a $78 mil millones.

Alemania, para el colmo, se ha convertido en un caldo de cultivo para la rehabilitación de la guerra y el fascismo. Ningún otro país europeo ha aumentado su presupuesto de defensa tan rápido. Solo en 2019, lo incrementó 10 por ciento a casi $50 mil millones. En este proceso, Alemania superó a Reino Unido y tiene ahora el sétimo presupuesto militar más grande del mundo, detrás de Francia.

La perspectiva de la élite gobernante fue resumida por Joschka Fischer del partido Los Verdes, quien llamó a los alemanes a utilizar el 8 de mayo para “superar su pacifismo”. El país necesita “escapar de sus instintos pacifistas”, escribió en el Tagesspiegel. Al acercarse el fin del “apadrinamiento suave” del poder protector de EE.UU. está obligando a “Europa a defender su propia seguridad”. Esto “no podría servir sin Alemania”. El declive de la protección estadounidense está suscitando “interrogantes para Alemania que otros han respondido por nosotros desde la primavera de 1945”. En otras palabras, ¡volvamos a la época previa a 1945!

El líder de la oposición en el Parlamento federal alemán y el presidente honorario de la ultraderechista Alternativa para Alemania (AfD), Alexander Gauland, describió el 8 de mayo como “un día de derrota absoluta”, cuando Alemania perdió su “capacidad para establecer la agenda”. Realizó estas declaraciones en rechazo a una solicitud iniciada por la superviviente de Auschwitz, Esther Bejarano, para convertir el 8 de mayo en un feriado nacional. Esto se produce poco después de que Schäuble describiera el año 1945 como una “catástrofe”.

El profesor de extrema derecha Jörg Baberowski dio inicio a la rehabilitación de los nazis hace seis años con su comentario de que Hitler “no fue cruel”. Contando con la defensa de la administración universitaria, la prensa y los políticos, mientras el Sozialistische Gleichheitspartei (SGP, Partido Socialista por la Igualdad), que lo había criticado, fue colocado en la lista de organizaciones anticonstitucionales del Servicio Secreto. Baberowski tenía programado dar el discurso inicial de la principal conmemoración del final de la Segunda Guerra Mundial en el monumento en Torgau, Sajonia. Su presentación fue prevenida solo por el coronavirus, que obligó cancelar el evento.

La gran mayoría de la población en Alemania e internacionalmente se opone al regreso del militarismo y el fascismo. Pero mera oposición es insuficiente para prevenir otra catástrofe. Es necesario tener un entendimiento claro de sus causas y una perspectiva política para combatirlos. Las lecciones de la Segunda Guerra Mundial muestran que la lucha contra el fascismo y la guerra es inseparable de la lucha contra el capitalismo. Exige la movilización de la clase obrera internacional para luchar por un programa socialista.

Existe incontables obras históricas, sociológicas y literarias sobre los nazis y la Segunda Guerra Mundial. Pero la extracción de lecciones del impulso de la civilización humana hacia la barbarie colisionó inmediatamente con potentes intereses políticos y sociales.

Las élites alemanas siguieron sus carreras en las grandes empresas, el Gobierno y los servicios de inteligencia, el poder judicial, la policía, las universidades y el Ejército después de 1945 y no tenían ningún interés en mirar atrás. De repente se declaró que Hitler, a quien sirvieron y acogieron, los había seducido y abusado. El führer debía ser hecho el culpable de todo y ellos meramente seguían órdenes o incluso eran combatientes secretos de la resistencia. Tomó 18 años antes de que el primer juicio se realizara para los guardias de la SS en Auschwitz, donde fue exterminado más de un millón de personas entre 1940 y 1945.

El Gobierno estadounidense, que expuso los crímenes nazis al mundo en los juicios de Nuremberg, cambio su curso de un momento a otro al necesitar a expertos nazis para la guerra fría. Los juicios fueron suspendidos después de darle la pena capital a dos docenas de los peores criminales y penas de cárcel a cinco veces más.

A pesar de que los gobernantes estalinistas de la Unión Soviética y Europa del este persiguieron a criminales de guerra de forma un poco más activa, no tenían ningún interés en esclarecer las cuestiones históricas. Esto habría revelado su propio papel criminal en vísperas de la Segunda Guerra Mundial, cuando la burocracia estalinista paralizó y suprimió las luchas de los partidos comunistas de masas contra el fascismo y la guerra.

En Alemania, el Partido Comunista de Alemania (KPD, siglas en alemán) se rehusó a solicitar la formación de un frente unido con el Partido Socialdemócrata (SPD) contra los nazis, a pesar de que ambos partidos obreros eran mucho más fuertes que los nazis hasta 1932. En Francia y España, los estalinistas subordinaron a la clase obrera a los frentes populares con la burguesía liberal, persiguieron y asesinaron a los trabajadores revolucionarios y abrieron la puerta así a la victoria de la reacción.

Los escritos de León Trotsky, quien defendió la herencia del marxismo y de la Revolución rusa contra la degeneración estalinista de la Unión Soviética, aún son la fuente más importante para los que quieran entender la Segunda Guerra Mundial y la dictadura nazi.

Trotsky insistió en que la Segunda Guerra Mundial derivó de las mismas causas que la Primera Guerra Mundial: la disputa por la hegemonía mundial entre los principales Estados nación capitalistas en un mundo cada vez más integrado; la contradicción entre la economía mundial y el sistema de Estados nación sobre el cual se basa el capitalismo y la incompatibilidad fundamental entre las fuerzas productivas socializadas con la propiedad privada de los medios de producción.

Para el verano de 1934, cinco años antes de la Segunda Guerra Mundial, Trotsky advirtió:

Las mismas causas, las cuales son inseparables del capitalismo moderno, de la última guerra imperialista han alcanzado una tensión infinitamente mayor que la de mediados de 1914. El temor de las consecuencias de una nueva guerra es el único factor que restringe la voluntad del imperialismo. Pero la efectividad de este freno es limitada. La presión de las contradicciones interiores empuja a un país tras otro al camino del fascismo, que a su vez no puede mantener su poder fuera de la preparación de explosiones internacionales.

La personalidad de Hitler influenció el curso de los eventos, pero no fue la causa de la guerra. La verdadera cuestión que se debe plantear es cómo es que un psicópata antisemita de los callejones más oscuros de Viena se convirtió en líder de Alemania. La respuesta es clara: la élite gobernante necesitó a Hitler y su movimiento fascista como un ariete contra las aspiraciones socialistas de la clase obrera y para preparar una segunda guerra imperialista.

“Este epiléptico alemán con una calculadora en su cerebro y un poder ilimitado en sus manos no cayó del cielo ni surgió del infierno: no es más que la personificación de todas las fuerzas destructivas del imperialismo”, escribió Trotsky de Hitler en 1940.

Reino Unido y EE.UU. no libraron la guerra para defender la democracia contra el fascismo, como afirmaron, sino en pro del reparto imperialista del mundo.

La guerra no resolvió ninguno de los problemas que provocó. Con base en el poder económico de EE.UU. y las políticas del estalinismo, que suprimieron el movimiento revolucionario de la clase obrera y desarmaron los poderosos movimientos de resistencia en Francia e Italia, apareció una tregua frágil entre las potencias imperialistas. En Europa del este, no ocurrieron revoluciones socialistas. Los estalinistas en los llamados Estados tapón solo procedieron a imponer nacionalizaciones amplias hasta que los elementos burgueses se orientaron más firmemente hacia Occidente. Al mismo tiempo, suprimieron los levantamientos obreros, incluyendo en Alemania Oriental en 1953 y en Hungría en 1956.

Las huelgas de masas y las rebeliones estudiantiles que estremecieron Francia, gran parte de Europa y EE.UU. entre 1968 y 1975 instaron a la élite gobernante a emprender una contraofensiva y desregular los mercados financieros. Los resultados fueron una integración sin precedentes de la producción global y una intensificación de la lucha por la hegemonía mundial.

La disolución de la Unión Soviética en 1991 no representó el fin del socialismo, sino el colapso del programa nacionalista de la burocracia estalinista. Anunció, como lo señaló únicamente el Comité Internacional de la Cuarta Internacional entonces, el comienzo de una nueva etapa de conflictos imperialistas y una nueva era de guerras y revoluciones.

Treinta años después, este análisis ha sido comprobado más allá de cualquier duda. El capitalismo mundial está encaminándose hacia otra catástrofe, mientras se radicaliza rápido la clase obrera, la cual es mucho más grande e internacionalmente conectada. La cuestión decisiva en la actualidad es la construcción del Comité Internacional de la Cuarta Internacional y sus secciones, los Partidos Socialistas por la Igualdad, para darles una orientación política socialista a las luchas de la clase obrera. Solo el derrocamiento del capitalismo puede prevenir otra catástrofe de las proporciones de la Segunda Guerra Mundial.

(Publicado originalmente en inglés el 8 de mayo de 2020)

Peter Schwarz