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Perspectiva

La erradicación del COVID-19 es la única manera de detener la pandemia

Científica del laboratorio clínico de Stanford, Selam Bihon, procesa muestras de la parte superior de las vías respiratorias de pacientes sospechosos de COVID-19, 3 de febrero de 2021, Palo Alto, California (AP Photo/Noah Berger)

En todo el mundo, los contagios, las hospitalizaciones y las muertes por COVID-19 están aumentando. Estados Unidos nuevamente es el epicentro de la pandemia con más de 155,00 casos y 967 muertes por COVID-19 reportados oficialmente el jueves. El número de contagios en personas vacunadas aumenta cada día, subrayando los peligros de las nuevas variantes del SARS-CoV-2.

Pese a ser minimizada como una enfermedad que solo afecta a los adultos mayores, el virus está infectando a cada vez más adultos jóvenes y niños no vacunados. En la segunda semana de agosto, más de 121.000 niños dieron positivo al virus y un récord de más de 1.900 niños fueron hospitalizados solo en EE.UU. Se espera que estas cifras se disparen en las próximas semanas en medio de la reapertura de escuelas.

En esta coyuntura crítica, ¿cómo se tratará la pandemia?

Las líneas de batalla en esta lucha global ya fueron claramente demarcadas. Han aparecido tres estrategias básicas para abordar el virus: 1) la “inmunidad colectiva”; 2) la mitigación; y 3) la erradicación. La propagación global de la variante altamente infecciosa Delta y la campaña para reabrir completamente las escuelas en todo el mundo, a pesar de los riesgos bien conocidos para los niños, han profundizado los antagonismos entre estas tres posiciones y dejado en claro que la erradicación global es la única estrategia fundamentada en la ciencia y efectiva.

La inmunidad colectiva

La “inmunidad colectiva”, la afirmación fraudulenta de que la propagación rápida del virus en los sectores más jóvenes y vigorosos de la población creará un escudo humano alrededor de los más vulnerables—no es una estrategia para combatir el virus y salvar vidas. En cambio, es una política que busca proteger a sangre fría los intereses financieros, empresariales y geopolíticos de las élites gobernantes sin importar la pérdida de vidas humanas. Se opone a cualquier medida anti-COVID que afecte estos intereses, como los confinamientos, las aperturas de escuelas e incluso el uso de mascarillas. Promueve la desconfianza y el odio hacia la ciencia, incluso al punto de alentar la oposición a vacunarse.

La “inmunidad colectiva” inició como un desquiciado experimento en Suecia, que se rehusó a implementar confinamientos en marzo de 2020 y alcanzó tasas de muerte casi 10 veces mayores a las de su vecina Finlandia. El epidemiólogo jefe sueco Anders Tegnell le escribió a su contraparte finlandés el 13 de marzo de 2020, “Un punto a favor de mantener las escuelas abiertas es alcanzar la inmunidad de rebaño más rápido”.

Esta estrategia fue dotada de una justificación ideológica por Thomas Friedman del “liberal” New York Times, el cual aclamó el enfoque sueco y escribió el 23 de marzo de 2020, “¿Esta cura [los confinamientos] —incluso por un tiempo corto— es peor que la enfermedad?”.

Esta frase —“la cura no puede ser peor que la enfermedad”— fue inmediatamente adoptada por Donald Trump en Estados Unidos, Boris Johnson en Reino Unido, Jair Bolsonaro en Brasil, Narendra Modi en India y otras figuras fascistizantes. No tiene ninguna credibilidad científica y se basa en la aplicación del concepto darwinista social del siglo diecinueve de la “supervivencia del más apto”. Su carácter totalmente reaccionario fue resumido en palabras de Boris Johnson, quien soltó en noviembre del año pasado, “¡No más jodidos confinamientos, dejemos que los cuerpos se apilen por miles!”.

Mitigación

El segundo enfoque estratégico hacia la pandemia es la llamada “mitigación”, un conjunto sin forma de medidas que intentan negociar entre las realidades del virus y los intereses financieros de las élites gobernantes. Esta estrategia equivale al aurea mediocritas o “dorada medianía” de la epidemiología.

Existe un amplio espectro de medidas de mitigación que limitan la propagación del COVID-19, como el uso de mascarillas, el distanciamiento social, las pruebas, el rastreo de contactos, poner a los pacientes infectados en cuarentena, ventilación, vacunas y otras. Estas medidas tienen un papel en reducir la velocidad de la transmisión viral. Pero no conducen a una contención efectiva del virus y, sin una estrategia para romper la cadena de transmisión viral, de hecho puede ser contraproducente.

Los dos elementos principales promovidos por los defensores de la estrategia de mitigación son las vacunas y el uso de mascarillas. El Gobierno de Biden en EE.UU., el de Trudeau en Canadá y muchos otros en todo el mundo han hecho afirmaciones extraordinarias de que la simple combinación de estas medidas pondrá fin a la pandemia. Estas afirmaciones se basan en una distorsión completa del carácter de la variante Delta.

En primer lugar, se ha demostrado científicamente que la variante Delta es demasiado transmisible y resistente a las vacunas para que las campañas de vacunación detengan los contagios. Un modelo teórico reciente de la Dra. Malgorzata Gasperowicz en la Universidad de Calgary estimó que, con el 64 por ciento de la población completamente vacunada y asumiendo que las vacunas tienen una eficacia del 60 por ciento contra la variante Delta, la tasa R (reproducción) permanecería al nivel sumamente alto de 3,7. Su modelo descubrió que, únicamente a través de una combinación de vacunas y medidas de salud pública incluyendo confinamientos, se puede reducir la tasa R a 0,86.

En segundo lugar, el tipo de mascarillas que utiliza el público general son totalmente inadecuadas para la variante Delta, que es mucho más transmisible y produce una carga viral aproximadamente mil veces mayor que la cepa original del virus. Dada su extrema carga viral, algunos científicos han estimado que exponerse por un segundo a la variante Delta es equivalente a 15 minutos de exposición a la cepa original del virus, lo que en gran medida deja sin protección a las muchas personas que utilizan las mascarillas de tela y quirúrgicas. Para empeorar las cosas, es frecuente que las mascarillas se utilicen incorrectamente, dado que el público no entiende claramente el proceso de transmisión viral por la educación inadecuada e información falsa.

Esta primavera y verano, el Gobierno de Biden y otros a nivel global proclamaron el fin de la pandemia, presentando la vacuna como una solución mágica y diciéndoles a los individuos acunados que podían quitarse las mascarillas y prescindir de todas las precauciones. Dieron el visto bueno a la reapertura completa de escuelas, afirmando que los niños no vacunados se podían proteger simplemente utilizando mascarillas. En cuestión de semanas, estas mentiras quedaron al descubierto con los contagios masivos en las escuelas y los lugares de trabajo de todo EE.UU., incluyendo aproximadamente 35.000 infecciones sintomáticas en personas vacunadas cada semana.

El lema de los políticos y la prensa corporativa que aboga por una estrategia de mitigación es que todos necesitan “a aprender a vivir con el virus”. Los defensores de la mitigación aceptan fundamentalmente que el COVID-19 se volverá endémico, que siempre habrá un nivel bajo y persistente de contagios y, periódicamente, incluso habrá incrementos que llevarán a los hospitales al límite. La estrategia de mitigación acepta económica y políticamente el enfoque básico de que los intereses de las corporaciones no pueden verse afectados.

La mitigación es el equivalente en la epidemiología al reformismo en la política capitalista. Así como el reformista guarda esperanzas de que las reformas graduales y de a poquito disminuirán y aliviarán eventualmente los males del sistema de lucro, los mitigacionistas fomentan la ilusión de que el COVID-19 eventualmente evolucionará en algo que no será menos dañino que un resfriado común. Esta es una quimera totalmente divorciada de la ciencia sobre la pandemia.

En realidad, en la medida en que el virus se propague, seguirá mutándose en variantes nuevas, cada vez más infecciosas, letales y resistentes a las vacunas que amenazarán a toda la humanidad. A menos que sea erradicado a escala global, las brasas del COVID-19 seguirán encendidas y crearán las condiciones para que el virus vuelva a brotar.

Aquellos que defienden la estrategia de la mitigación quieren negociar con el COVID-19, pero el coronavirus se rehúsa a negociar con ellos. No está siendo impulsado por argumentos lógicos, sino por las despiadadas leyes de la transmisión viral.

Erradicación

Consecuentemente, la única estrategia viable es la erradicación, basada en las políticas defendidas por los más destacados epidemiólogos, virólogos y otros científicos a lo largo de la pandemia. La erradicación significa la implementación de universal de todo el arsenal de medidas para combatir el COVID-19, coordinadas a nivel global, para sofocar el virus de una vez y por todas.

La prensa tradicional en todos los países promueve la mentira de que la erradicación global del COVID-19 es una “fantasía”. Pero hay precedentes históricos de campañas globalmente coordinadas de erradicación, como el ébola, la viruela, el polio y otras enfermedades. En todos los casos se necesitó una asignación masiva de recursos.

En un análisis presentado la semana pasada en la revista internacional BMJ Global Health, los profesores Michael Baker y Nick Wilson de la Universidad de Otago, Wellington, determinaron que la erradicación global del COVID-19 es teóricamente más factible que la del polio, pero menos que la de la viruela. Hacen hincapié en la necesidad de combinar los programas de vacunación, amplias medidas de salud pública y un interés global en combatir la enfermedad podría hacer posible su erradicación mundial.

Los elementos clave para contener y, en última instancia, erradicar la pandemia son las pruebas universales, el rastreo de contactos, cuarentenas seguras para pacientes contagiados, niveles estrictos de restricciones de viaje y un cierre de las escuelas y lugares de trabajo no esenciales. La producción y distribución de las vacunas necesita expandirse rápidamente para inocular rápido a los 5,8 mil millones de personas en el mundo que siguen sin ser vacunadas.

La importancia de las pruebas y el rastreo de contactos de forma regular y amplia, que no se han implementado en casi ningún país, no se puede exagerar. Estos métodos implican una campaña sumamente proactiva para localizar el virus y prevenir su acceso a los seres humanos. La única vulnerabilidad del coronavirus es que necesita un hospedador humano para sobrevivir y multiplicarse. Sin ese hospedador, el virus gradualmente se muere.

Todas las otras medidas de mitigación tienen un rol que desempeñar, particularmente a través del uso de mascarillas de alta eficiencia y la renovación de los sistemas interiores de ventilación. Pero estas tácticas deben emplearse como parte de una estrategia global general de erradicación. Esto debe involucrar una campaña incansable de educación pública y el suministro de enormes recursos financieros por parte de todos los Estados para garantizar la protección completa de los ingresos de todos los trabajadores afectados por los confinamientos.

No cabe duda de que la estrategia de erradicación es difícil. Pero todas las políticas correctas tienen un costo social. Los confinamientos necesarios solo necesitan durar pocas semanas o meses, dependiendo del nivel actual de transmisión en un país dado, y los viajes internacionales podrán reanudarse gradualmente según los casos caen a cero.

La estrategia de erradicación necesita ser adoptada por los educadores, padres, trabajadores automotores, de logística, de la salud y toda la clase obrera internacionalmente a fin de poner fin al sufrimiento innecesario por la pandemia y salvar millones de vidas. El Partido Socialista por la Igualdad, en apoyo a este programa, llama particularmente a que se cierren las escuelas en todos los países en los que se estén reabriendo. Aquellos que defienden la reapertura de escuelas para clases presenciales esencialmente abogan por enviar a los niños a edificios en llamas.

Solo un puñado de países han perseguido la estrategia de eliminación, incluyendo China, Nueva Zelanda y otros pocos, y se debe estudiar cada caso cuidadosamente. Sin embargo, los brotes recientes en cada uno de estos países, así como rebrotes importantes en Australia, Vietnam y otros países que habían suprimido casi completamente los contagios, subrayan que la estrategia de erradicación necesita ser global y que ningún país puede derrotar la pandemia solo.

La implementación de la estrategia de erradicación exige el desarrollo de un poderoso movimiento internacional y unificado de la clase obrera. Solo un movimiento masivo que no esté ni impulsado por el afán de lucro ni encadenado a la obsesiva búsqueda de riqueza personal puede ofrecer la fuerza social necesaria para obligar un cambio en política.

Los principios básicos que guían la estrategia de erradicación se basan en la ciencia y en la insistencia de que no puede haber límite en los montos gastados para erradicar el COVID-19 en todo el mundo. Los intereses sociales de las masas globales interactúan poderosamente con la verdad científica.

Para que esta estrategia tenga éxito, sus defensores en cada país necesitan empaparse con un entendimiento científico profundo de la pandemia. La clase obrera valora y depende del apoyo de los científicos y el programa científico necesario para erradicar el COVID-19 solo puede implementarse en la medida en que masas grandes de la población asuman esta lucha.

Este domingo 22 de agosto, el WSWS estará auspiciando un evento en línea internacional con destacados científicos que han promovido la erradicación desde que comenzó la pandemia. Urgimos a todos nuestros lectores a nivel internacional a que se registren hoy e inviten a sus compañeros de trabajo, amigos y familiares a este evento histórico.

(Artículo publicado originalmente en inglés el 20 de agosto de 2021)

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