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Un estudio encuentra que los países en desarrollo han pagado un precio catastrófico durante la pandemia de COVID

Esta semana, se publicó un nuevo estudio multinacional preimpreso que analiza el daño causado por el COVID-19 en los países en desarrollo. Como señalaron los autores, la falta de datos sistemáticos detallados y apreciables a nivel nacional y subnacional en los países de bajos ingresos ha hecho que la estimación del impacto del COVID-19 en estas regiones sea compleja.

Las muertes generalmente bajas reportadas por COVID-19 en países de bajos ingresos han dado la apariencia de que estas regiones, debido a la edad más joven de la población, como algunos han observado, han eludido en parte el impacto de la pandemia en comparación con los países de altos ingresos. Sin embargo, el verdadero número de víctimas puede permanecer oculto debido a la falta de información. Sigue siendo una cuestión urgente, ya que una respuesta mundial a la pandemia requiere una evaluación precisa de la devastación provocada por la pandemia en todas partes del mundo.

La Organización Mundial de la Salud ha evaluado que las muertes por COVID-19 hasta finales de 2020 fueron de al menos tres millones en lugar de los 1.8 millones reportados oficialmente. Escribieron: “Las muertes por COVID-19 son un indicador clave para rastrear la evolución de la pandemia. Sin embargo, muchos países aún carecen de sistemas de registro civil y estadísticas vitales que funcionen con la capacidad de proporcionar datos precisos, completos y oportunos sobre nacimientos, defunciones y causas de defunción”.

La revista The Economist estimó recientemente el exceso de mortalidad en más de 15 millones de muertes, a pesar de que las muertes por COVID reportadas eran de menos de cinco millones en ese momento. Muchas naciones de bajos ingresos tuvieron un exceso de muertes muchas veces mayor que sus cTMIas oficiales de muertes por COVID, aunque también reconocieron la falta de certeza de estas estimaciones debido a datos inadecuados.

Incluso el modelo del Institute for Health Metrics and Evaluation, uno de los más conservadores, sitúa el actual “exceso de mortalidad por COVID-19” en 12,35 millones a nivel mundial. Por el contrario, sus proyecciones actuales para las muertes reportadas por COVID-19 se sitúan en 5,2 millones, con registros sumamente incompletos.

El último estudio también reconoce que los recuentos tan incompletos en los países en desarrollo pueden estar contribuyendo a estas discrepancias. Un estudio de Zambia señaló que solo el diez por ciento de las muertes por COVID con una prueba de PCR positiva documentada fueron debidamente registradas. La investigación epidemiológica encontró que el COVID pudo haber causado hasta el 87 por ciento de todas las muertes en el país a mediados de 2021.

De manera similar, se han reportado 450.000 muertes acumuladas por COVID hasta septiembre de 2021 en India. Sin embargo, un estudio publicado en forma preimpresa en julio de 2021, que estimaba el exceso de mortalidad a través de una revisión de los datos del sistema de registro civil, los sistemas de notificación de muertes y las encuestas a nivel nacional encontró que se habían perdido más de tres millones de vidas a causa del COVID, siete a ocho veces más que lo informado.

En consecuencia, los autores buscaron determinar la prevalencia general de contagios por COVID-19 en los países en desarrollo, establecer la relación entre la seroprevalencia en relación con la edad y luego establecer la tasa de mortalidad por infección (TMI; la proporción de muertes entre todos los infectados, tanto en casos detectados como no detectados) y por edad para estos países. Finalmente, intentaron comparar la TMI con los de países de altos ingresos.

La razón fundamental para usar la TMI es que muchas personas infectadas son asintomáticas o solo tienen síntomas leves y no son detectadas. Si bien la proporción de muertes con respecto a los casos diagnosticados, o la tasa de casos letales, es más fácil de determinar, la TMI proporciona una evaluación más precisa del impacto de la enfermedad en la población.

Como se mencionó anteriormente, la relación entre la edad y la mortalidad por COVID-19 es un factor crítico que se debe investigar. En muchos países en desarrollo, la edad media de la población es mucho más baja que en las regiones de ingresos altos, lo que lleva a muchos a conjeturar que estos países están indudablemente más protegidos. Los autores escribieron: “Varios estudios recientes han evaluado la gravedad del COVID-19 en los países de altos ingresos con sistemas de salud avanzados, y varios han documentado una fuerte relación entre la TMI y la edad. De hecho, un estudio encontró que las diferencias en la composición por edad de la población y la prevalencia específica por edad de COVID-19 representaron casi el 90 por ciento de la variación en la TMI de la población entre ubicaciones”.

Sus hallazgos han refutado las opiniones mantenidas anteriormente de que tales regiones se salvaron de la devastación de la pandemia y proporcionan el contexto necesario para las discrepancias entre las muertes por COVID reportadas y el exceso de muertes, como se documenta en las fuentes citadas.

La TMI se estimó a partir de la seroprevalencia, la presencia de anticuerpos contra el coronavirus en el suero sanguíneo de los analizados. Esta medida del nivel de infección en la población fue considerablemente más alta en los países en desarrollo después de una sola ola de infecciones en comparación con los países de ingresos altos. Los autores escriben: “Cuando la mayoría de las ubicaciones de altos ingresos tienen una seroprevalencia por debajo del 20 por ciento ... una gran cantidad de países en desarrollo tienen una seroprevalencia que supera con creces esta tasa”. Esto significa que, en el curso de cada ola de infecciones, una gran parte de la población se infectó.

Figura 1 La seroprevalencia por edad y locación

Un encuentro significativo es que la seroprevalencia entre los grupos de edad en los países en desarrollo era esencialmente la misma, lo que significaba que los jóvenes tenían la misma probabilidad de infectarse que los ancianos.

La pobreza abyecta en muchas de estas regiones en desarrollo, incluyendo África, América Latina y el sudeste asiático, es paralizante. Muchas familias se ven obligadas a vivir juntas en viviendas reducidas. Aquellos que tienen la suerte de encontrar empleo trabajan en labores exigentes y cerca de otros trabajadores, lo que le da al virus un amplio margen para propagarse ampliamente en las comunidades. En tales casos, la idea de que se pueda aislar a la población anciana es absurda.

Con respecto a las estimaciones de la TMI regional para la población de un país en desarrollo en comparación con los países de ingresos altos, estas fueron más heterogéneas. Cinco regiones estaban por debajo de las estimaciones para los países de ingresos altos y cuatro eran iguales. Desglosados en ubicaciones más pequeñas, dieciséis eran más altas, de las cuales ocho áreas tenían una TMI dos veces mayor que las estimaciones para los países de altos ingresos. Tales diferencias pueden parecer desconcertantes, pero hablaremos de esto más adelante.

Cuando la TMI entre países de ingresos altos y bajos se estratificó por edad, el impacto real de la pandemia en los países en desarrollo se volvió más claro. Por ejemplo, aunque el virus rara vez mata a los jóvenes, las muertes específicas por edad en los países en desarrollo en comparación con los países de altos ingresos para los menores de 25 años fueron 2,3 veces más altas. En otras palabras, alguien de la misma edad en un país en desarrollo tenía más del doble de riesgo de morir por COVID que su contraparte en un país con significativamente más recursos.

Figura 2 Tabla que muestra la comparación de la razón de TMI entre áreas de ingresos bajos y altos por edad

En los grupos de edad más altos, las diferencias en las tasas de mortalidad se redujeron pero nunca convergieron. Por ejemplo, los que tenían entre 40 y 50 años tenían una TMI de casi el doble que los de la misma edad en los países de ingresos altos. Entre 60 y 70, el TMI fue 1,5 veces mayor en los países en desarrollo.

Estas discrepancias en la tasa de mortalidad subrayan el impacto significativo que tienen los factores socioeconómicos en cualquier país. Al comienzo de la pandemia, rápidamente se supo que una intervención médica temprana salvaba vidas. El acceso a hospitales, oxígeno de alta concentración, unidades de cuidados intensivos y una variedad de productos farmacéuticos son indispensables para las posibilidades de que alguien sobreviva al COVID-19.

Las olas masivas que azotaron diversas regiones como Brasil, Europa del Este, África e India demostraron la rapidez con la que se inunda el sector de la salud de un país en desarrollo. Las escenas de familias que esperaban en fila con botes de oxígeno vacíos junto con fosas comunes y piras funerarias en llamas llenaron la prensa. El gráfico de exceso de mortalidad de Polonia y Sudáfrica a continuación captura la verdadera magnitud oculta de la devastación cuando estas oleadas arrasaron con cada país.

Figura 3 Exceso de mortalidad diaria (línea roja) frente a muertes informadas por COVID (tono gris) en Polonia y Sudáfrica.

Con respecto a las discrepancias en la TMI por varias regiones, los autores compararon estas estimaciones con el porcentaje de registros de defunción bien certificados. Como lo demuestra la figura siguiente, los países que documentaron con mayor precisión la causa de la muerte por lo general tenían una TMI poblacional más alta. En contraste, países como India, Pakistán, Nepal, Kenia y Etiopía, con una TMI baja, no certificaron adecuadamente las muertes.

Los autores escribieron: “En general, la explicación más probable de las grandes diferencias en la TMI informada parece ser simplemente el registro de muertes en cada región. Mientras que otros factores, como el PIB, están correlacionados con las tasas de mortalidad, también están altamente correlacionados con los informes de muertes, y una explicación probable parece ser que la mayoría de los lugares con una TMI muy baja son simplemente aquellos lugares que no pueden registrar las muertes por COVID-19 de manera adecuada”.

En otras palabras, los países pobres no escaparon al impacto de la pandemia, simplemente carecían de la capacidad de informar y documentar este impacto de forma sistemática.

Figura 4 TMI de población y registros de defunción bien certificados

El estudio subraya ante todo el carácter global de la pandemia. Ninguna región se ha librado de la devastación causada por las políticas capitalistas que han permitido que el virus se mueva libremente para no obstaculizar el insaciable afán de lucro. También ha puesto de manifiesto la tremenda desigualdad en el acceso a los recursos que ha producido tal miseria social.

Aunque el PIB mundial cayó un 3,3 por ciento en 2020, la riqueza colectiva de los milmillonarios del mundo aumentó en casi 4 billones de dólares en el mismo período.

La pérdida económica, en términos reales, significa que se borró el equivalente a 255 millones de puestos de trabajo en todo el mundo, particularmente en América Latina, el sur de Europa y el sur de Asia. El FMI predice que 95 millones de personas cayeron en la pobreza extrema, y que esto aumentará a 207 millones para 2030 como subproducto del severo impacto a largo plazo de la pandemia.

No solo se están infectando más personas en los países más pobres que en los países de altos ingresos, debido a la incapacidad para llevar a cabo el distanciamiento social, el uso de mascarillas y otras medidas de mitigación, la tasa de mortalidad asociada con las infecciones por COVID es mayor, por falta de infraestructura de atención médica. Los sistemas de informes débiles significan que existe una gran cantidad oculta de muertes a ojos del mundo.

Solo una estrategia internacional basada en una perspectiva socialista revolucionaria puede abordar estas enormes y espantosas disparidades.

Las élites gobernantes no solo se niegan a utilizar los recursos necesarios para combatir el COVID-19 porque reduciría sus ganancias. Ven la pandemia como una “catástrofe natural” bienvenida que librará al planeta de lo que ellos consideran como personas improductivas que solo merman su capacidad de extraer más plusvalía. Este es el otro aspecto tácito y criminal de su política hacia el coronavirus.

(Publicado originalmente en inglés el 7 de octubre de 2021),

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