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El Congreso Nacional Africano sufre un colapso electoral cuando muerte de De Klerk recalca su podrido historial

Las recientes elecciones municipales a nivel nacional en Sudáfrica otorgaron al African National Congress (ANC; Congreso Nacional Africano) del presidente Cyril Ramaphosa solo el 46 por ciento de los votos, la primera vez que no logró cruzar el umbral del 50 por ciento.

Fue, por mucho, el peor resultado del ANC desde que asumió el poder en las elecciones de 1994 tras el fin del odiado régimen del apartheid y el dominio de la minoría blanca.

Según el recuento oficial:

· El ANC obtuvo el 46 por ciento de los votos, en comparación con el 54 por ciento en las elecciones municipales de 2016

· La principal oposición, reunida en la Democratic Alliance (DA; Alianza Democrática), que obtiene la mayor parte de su apoyo de votantes blancos y de color (el término sudafricano para ciudadanos multirraciales), ganó el 22 por ciento, en comparación con el 27 por ciento en 2016.

· El partido nacionalistas negro de Julius Malema, Economic Freedom Fighters (Luchadores por la Igualdad Económica) ganaron el 10 por ciento, en comparación con el 8 por ciento en 2016

· El Inkatha Freedom Party (IFP, Partido de la Libertad Inkatha), basado en el etnonacionalismo zulú, ganó un 6 por ciento

· El Freedom Front Plus Party, en gran parte nacionalista afrikáner, ganó el 2 por ciento y

· El recién formado ActionSA, cuyo líder ha hecho estridentes comentarios xenófobos, también ganó el 2 por ciento.

El ANC sufrió derrotas en ciudades claves como Johannesburgo, Pretoria y Gqeberha (anteriormente conocido como Puerto Elizabeth) y perdió su mayoría en KwaZulu-Natal, por mucho la región del ANC más grande y la provincia natal del expresidente Jacob Zuma. Mantuvo una mayoría en 161 de los 250 ayuntamientos, frente a 176 en 213 ayuntamientos en 2016, mientras que la DA tiene mayoría en 13 y el IFP en 10. Un total de 66 municipios no tienen una mayoría.

La debacle se expresó no solo en la pérdida de votos para el ANC y los principales partidos de oposición. La participación electoral fue solo del 47 por ciento de los 26 millones de votantes registrados de Sudáfrica, 11 puntos porcentuales menos que en las últimas elecciones. Pero incluso esto no logra captar el alcance de la debacle. Más de 13 millones de los 40 millones de sudafricanos con derecho a votar, uno de cada tres votantes elegibles, principalmente votantes primerizos desilusionados con la política electoral, no se molestaron en registrarse.

Cyril Ramaphosa (Crédito: Agencia de Noticias Tasnim)

Se suma a los reveses del ANC tanto en las elecciones municipales de 2016 como en las elecciones parlamentarias de 2019 a medida que aumentaba la ira por la corrupción generalizada. En 2018, la facción de Ramaphosa en el ANC obligó al entonces presidente Zuma a dimitir por acusaciones antiguas de corrupción, en medio de temores de que sus acciones y las de sus compinches estuvieran afectando negativamente los intereses comerciales de Sudáfrica en el país y en el extranjero, y erosionando el apoyo electoral del ANC.

A principios de este año, Zuma, de 79 años, veterano de la lucha contra el apartheid desde los 17, que cumplió una condena de 10 años de prisión en la isla Robben en la década de 1960 junto a Nelson Mandela y fue miembro del Partido Comunista Sudafricano hasta 1990, recibió una sentencia de 15 meses de prisión por desacato al tribunal por negarse a testificar ante la Comisión Zondo sobre corrupción y captura del Estado. Las protestas de sus partidarios, principalmente en KwaZulu-Natal, se transformaron en un movimiento más amplio contra el Gobierno del ANC. Fue liberado dos meses después y puesto en libertad condicional por motivos médicos. Zuma ahora enfrenta un juicio pospuesto durante mucho tiempo por fraude y corrupción relacionado con los pagos realizados por un tratado de armas en 1999.

Ramaphosa, sucesor de Zuma, expresa igualmente la trayectoria del ANC y su política. Tras liderar el sindicato más grande de Sudáfrica, el Sindicato Nacional de Mineros, Ramaphosa se convirtió en secretario general del ANC en 1991. Pronto se convirtió en multimillonario y en 2012, en su calidad de accionista de las minas de Lonmin en Marikana, llamó a las autoridades para que tomaran medidas contra los mineros en huelga. Esto fue orquestado por el Gobierno del ANC y sus aliados en la federación sindical oficial, el Congreso de Sindicatos Sudafricanos (COSATU, por sus siglas en inglés). Las fuerzas de seguridad dispararon contra los huelguistas, matando a 34 e hiriendo a otros 78.

Desde que se convirtió en presidente, este político más rico de Sudáfrica prometió erradicar la corrupción del ANC, reactivar la debilitada economía del país y reducir el desempleo, especialmente entre los jóvenes, en un intento por restaurar la suerte electoral del ANC. Lejos de lograrlo, ha presidido una crisis económica cada vez más profunda que ha convertido a Sudáfrica, con uno de los niveles de desigualdad de ingresos más altos del mundo, en un polvorín social.

Mientras la subsecretaria general del ANC, Jessie Duarte, enfatizó que “No somos perdedores, somos el partido ganador”, no cabe duda de que la dirigencia del ANC, plagada de facciones, está consternada por el resultado. Es probable que Ramaphosa enfrente un desafío como líder del ANC o se vea obligado a despedir a algunos de sus colegas más abiertamente corruptos, lo que podría precipitar divisiones en el partido.

Lo que está ocurriendo es un colapso histórico en el apoyo popular del ANC. En el sentido más inmediato, este es el precio por su mal manejo de la pandemia, y mal despliegue de las vacunas, los cortes de energía, la escasez de agua, el aumento de los precios, la tasa de desempleo del 34 por ciento y la corrupción endémica. Pero esto a su vez es tan solo el producto final de no haber avanzado los intereses sociales de millones de trabajadores negros que seguían su liderazgo para poner fin a las grotescas desigualdades que caracterizaban el régimen de la minoría blanca bajo el apartheid. En cambio, el ANC, habiendo rescatado el gobierno capitalista, presidió una profundización de la desigualdad social y económica mientras una fina capa de burgueses negros agrupados alrededor del partido ha cosechado los beneficios del “Empoderamiento económico negro” como títeres y testaferros de las grandes corporaciones.

Las dificultades del ANC no disminuyeron por los esfuerzos de figuras internacionales y los medios corporativos para elogiar a F. W. de Klerk, el último presidente de Sudáfrica bajo el apartheid, quien murió la semana pasada. Nada personifica mejor el papel del ANC en la represión de los esfuerzos revolucionarios de los trabajadores y las masas oprimidas que la reaparición de De Klerk como fantasma de Banquo, recordando a todos su gran crimen político.

Fue De Klerk quien en 1990 anunció el fin del odiado régimen del apartheid, levantando la prohibición de 30 años al ANC, liberando a Mandela de la cárcel y abriendo el camino para el sufragio universal que llevaría al ANC al poder en las elecciones de 1994.

Pero quienes elogian a De Klerk como un “hombre valiente” están perpetrando un fraude profundamente cínico. Empapado desde la infancia en la política del apartheid, se convirtió en legislador del gobernante Partido Nacional en 1972, ingresando al gabinete de P. W. Botha en 1978 y sirviendo durante años como su mano derecha, antes de convertirse en presidente a finales de 1989.

De Klerk decidió trabajar con el ANC como único medio para preservar el capitalismo sudafricano y, de hecho, para evitar su colapso, desencadenando una reacción en cadena en las antiguas colonias de las potencias imperialistas.

De Klerk hizo su asombroso anuncio en enero de 1990, después de que el régimen de apartheid de Sudáfrica se enfrentara a años de protestas masivas y huelgas desde 1984, perdiendo el control sobre los municipios negros de la clase trabajadora y al borde de una guerra civil.

Su acto de realpolitik en la búsqueda de una convivencia con el ANC se puede comparar hasta cierto punto con la adopción por parte de su contemporáneo, Mijaíl Gorbachov, de ciertas medidas democráticas limitadas ( glasnost ) para aplacar la oposición popular, mientras que presidía hacia un programa económico de mercantilización ( perestroika ), que marcó el rumbo de la restauración capitalista. La restauración capitalista fue catastrófica para el grueso de la población de la ex Unión Soviética, mientras que una pequeña capa de viejos burócratas y nuevos capitalistas usurparon propiedades estatales y amasaron fabulosas fortunas.

La acción de De Klerk también estuvo ligada a salvar todo lo que pudiera para la élite capitalista de Sudáfrica. Al igual que Gorbachov, que se basó en la desorientación de la clase trabajadora después de décadas de un Gobierno estalinista y el apoyo de los disidentes pequeñoburgueses, De Klerk entendió que solo Mandela y el ANC podían proporcionar a la clase capitalista un chaleco salvavidas político. La perspectiva política del ANC, como la de sus aliados en el Partido Comunista Sudafricano estalinista y el Congreso de Sindicatos Sudafricanos, utilizó la teoría estalinista de dos etapas para proclamar el final formal del apartheid como una revolución democrática y una etapa necesaria antes de cualquier cambio para montar la lucha por el socialismo. Esto reflejaba el objetivo de las capas sociales pequeñoburguesas de desarrollar una burguesía negra junto a sus contrapartes blancos que tuviera el dominio político, si bien con menos poder económico.

El ANC, no menos horrorizado que la burguesía blanca por la militancia de los trabajadores y la juventud en los municipios, canalizó todo detrás de un programa negociado de “reformas democráticas” que preservaron la riqueza y la propiedad de las corporaciones internacionales y los gobernantes capitalistas blancos del país, abandonando cualquier compromiso de convertir los bancos, las minas y las principales industrias en propiedad pública y firmando acuerdos secretos con el Fondo Monetario Internacional para implementar políticas de libre mercado y abrir Sudáfrica al capital internacional.

El ANC sirvió como un medio para reprimir a la clase trabajadora negra cuyas luchas revolucionarias amenazaban la continuación del capitalismo sudafricano en un período de rápida transición, durante el cual la globalización de la producción se había generalizado, haciendo caducar los regímenes nacionalistas y autárquicos, incluyendo el régimen del apartheid de Sudáfrica.

Los Gobiernos del ANC, primero bajo Mandela, quien incluso nombró a De Klerk como su adjunto, luego Thabo Mbeki, Zuma y ahora Ramaphosa, ahora son ampliamente vistos por los trabajadores sudafricanos como los representantes corruptos de un poder gobernante adinerado al que alguna vez afirmaron oponerse. Como sus contrapartes en el Oriente Próximo y África, el ANC fue incapaz de proporcionar una solución a los problemas sociales y económicos que enfrentan la clase trabajadora y los campesinos. Su única respuesta a las tensiones sociales en fuerte aumento es la represión, las detenciones y el aplastamiento letal de protestas y huelgas.

Una vez más, la burguesía sudafricana se enfrenta a una clase trabajadora que busca promover sus intereses sociales independientes, encarnados más recientemente en la huelga de tres semanas de 155.000 trabajadores acereros y metalúrgicos el mes pasado, que fue traicionada por el sindicato National Union of Metalworkers of South Africa.

El camino del ANC de la oposición a la cooptación se ha replicado en África y Oriente Próximo, incluyendo la Organización de Liberación de Palestina, que siguió políticas similares, hizo las paces con el imperialismo y persiguió la riqueza y los privilegios para una capa estrecha después de la primera intifada que estalló en 1987.

La burguesía nacional, que depende del imperialismo y teme las masas obreras debajo, no puede resolver los problemas democráticos, económicos y sociales fundamentales que enfrentan las masas.

No hay forma de avanzar para la clase trabajadora en Sudáfrica o en cualquier otro lugar que no sea a través de la lucha de clases y la revolución socialista. Esto significa romper con la política capitalista del ANC y construir una sección del Comité Internacional de la Cuarta Internacional, cuya perspectiva y programa se basan en la Teoría de la Revolución Permanente elaborada por León Trotsky.

Trotsky estableció que, en países como Sudáfrica con un desarrollo capitalista tardío, la democracia genuina, incluyendo la resolución de la cuestión de la tierra para las masas campesinas, solo puede lograrse si la clase trabajadora toma el poder en sus propias manos, derrocando al capitalismo como parte de una lucha internacional por acabar con el imperialismo y establecer el socialismo mundial.

(Publicado originalmente en inglés el 15 de noviembre de 2021)

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