Cuando se acaba el segundo año de la pandemia de COVID-19, queda claro que los Gobiernos de toda Europa y el mundo no tienen ninguna política para frenar las infecciones ni las muertes masivas. A pesar de las abundantes investigaciones sobre el virus y la vacunación de dos tercios de la población en la Unión Europea (UE), siguen muriendo aproximadamente 4.000 personas a diario por COVID-19 en Europa y los contagios siguen aumentando.
La canciller saliente alemana Angela Merkel admitió ayer: “Tenemos una situación que superará todo lo que hemos vivido hasta ahora”.
La semana pasada fue testigo de 2,4 millones de contagios de COVID-19 en Europa, el máximo semanal desde el comienzo de la pandemia. Se registran récords en infecciones en Alemania, Austria, Países Bajos, Chequia, Eslovaquia y pronto en Bélgica. Sin embargo, después de que el Parlamento alemán dejara de considerar el jueves que existe una “situación epidémica de alcance nacional”, poniendo fin a los fundamentos legales para las medidas nacionales de salud pública necesarias para contener el COVID-19, el ministro saliente de Salud, Jens Spahn, puso de manifiesto descaradamente la indiferencia fascistizante hacia las muertes masivas que prevalece en los círculos gobernantes.
“Para cuando se acabe el invierno, prácticamente todos en Alemania, como se ha planteado a veces y de forma un tanto cínica, estarán vacunados, recuperados o muertos”, afirmó Spahn, y añadió: “Con la variante delta, que es altamente transmisible, es muy probable que cualquier persona que no se ha vacunado se contagie en los próximos meses a menos que tenga mucho, mucho cuidado…”.
Después de casi 1,4 millones de muertes por COVID-19 en Europa, la burguesía europea ha adoptado plenamente el mantra antisocial del primer ministro británico Boris Johnson: “No más putos confinamientos, dejen que los cuerpos se apilen por miles”. Con tal de que las políticas sanitarias científicas para eliminar la transmisión del virus cuesten cientos de miles de millones de euros y reduzcan el flujo de ganancias a las principales corporaciones y bancos, no serán toleradas.
Lo que Spahn promueve es una criminalidad política desenfrenada de magnitud genocida. No se ha puesto en marcha ninguna campaña pública para educar a los 157 millones de personas no vacunadas en la UE sobre la necesidad de vacunarse ni para ofrecer un mayor acceso a las vacunas. Decenas de millones más están esperando vacunas de refuerzo, según aumentan los contagios de personas vacunadas. La transmisión descontrolada del virus en las condiciones actuales inundaría completamente los hospitales con decenas de millones de pacientes graves. Dejaría a millones más con COVID largo y otras enfermedades crónicas y debilitantes.
Como el Comité Internacional de la Cuarta Internacional (CICI) ha insistido desde el principio de la pandemia, sólo un movimiento internacional de la clase obrera puede acabar con el COVID-19. Para ello, debe estar armado con un claro análisis político y científico de la pandemia y de la respuesta asesina de los Gobiernos y partidos capitalistas.
Los partidos del próximo Gobierno alemán –el Partido Socialdemócrata (SPD, siglas en alemán), el Partido Democrático Libre (FDP) y el Partido Verde— alardean abiertamente de su hostilidad al distanciamiento social. Marco Buschmann (FDP), considerado como posible ministro de Justicia, se regodeó en Twitter: “Hemos eliminado de la ley medidas como los confinamientos, el cierre generalizado de escuelas y negocios o los toques de queda. Ya no se pueden aplicar”.
Con su declaración, Buschmann no solo resumió las opiniones de la nueva coalición gobernante, sino de toda la clase dirigente. El impulso para acabar con la “situación epidémica” provino originalmente de Spahn. La decisión fue apoyada por el partido ultraderechista Alternativa para Alemania (AfD) y por el partido La Izquierda, que impone una política de anteponer las ganancias a la vida en los estados alemanes donde gobierna con el SPD y Los Verdes.
El confinamiento parcial impuesto por el Gobierno austriaco para prevenir un mayor colapso del sistema hospitalario, que ya está en marcha en varias provincias, no evitará una cantidad espantosa de muertes. La mayoría de los lugares de trabajo y escuelas no esenciales seguirán abiertos, dejando que el virus circule. Si bien los cierres parciales restringen drásticamente los movimientos de la población al salir del trabajo o de la escuela, las masas de trabajadores intuyen que esos cierres no acabarán con la pandemia.
De hecho, más de 700.000 personas murieron en Europa entre noviembre de 2020 y abril de 2021, cuando gran parte del continente tenía tales confinamientos parciales.
La reimposición de los cierres en Austria y los llamamientos a más restricciones de salud pública en otros lugares están desencadenando una ola de protestas de extrema derecha contra los certificados de vacunas y las medidas de distanciamiento social. Unos 30.000 manifestantes marcharon y se enfrentaron a la policía en Bruselas el domingo, después de que la policía holandesa intercambiara disparos con manifestantes antivacunas en Rotterdam, y de que violentas protestas antivacunas sacudieran el territorio francés de ultramar de Guadalupe.
Es necesario hacer las advertencias más contundentes. Fuera del CICI, ningún movimiento político ha defendido la eliminación del virus ni ha planteado una perspectiva para acabar con la pandemia. Los Gobiernos de la UE mintieron sin cesar, afirmando que el COVID-19 es una “gripecita”, que las mascarillas no ayudan a protegerse, que los niños no se contagian ni transmiten el virus, o que la vacunación por sí sola detendría la pandemia. Los partidos falsamente presentados como de “izquierda” por los medios de comunicación capitalistas, como el La Izquierda de Alemania o Podemos de España, impusieron las mismas políticas mortales a nivel local y nacional que los partidos de derecha.
En condiciones en las que millones de personas no ven ninguna perspectiva ni esperanza de acabar con la pandemia, los partidos neofascistas de toda Europa están explotando la creciente frustración y rabia populares, exigiendo que se acaben los confinamientos, la vacunación y las políticas sanitarias necesarias. Está surgiendo un peligroso culto a la muerte, impulsado por los intereses financieros de la élite gobernante, que amenaza con reunir en torno a sí la base de masas necesaria para un movimiento fascista.
Por ahora, la extrema derecha no tiene apoyo en la mayoría de la clase trabajadora, que a lo largo de la pandemia ha luchado una y otra vez para proteger a la sociedad del virus.
Una ola de huelgas salvajes en la industria automotriz, manufacturera y cárnica, principalmente en el sur de Europa y Norteamérica, obligó a los Gobiernos a imponer estrictos cierres en la primavera de 2020. Sin embargo, estos Gobiernos se negaron a establecer políticas de rastreo de contactos que pudieron haber evitado que las infecciones restantes se convirtieran en una nueva ola de la pandemia. Cuando esa nueva ola surgió, estallaron nuevas huelgas y protestas en su contra, incluyendo huelgas escolares en Grecia, Francia y Alemania.
El actual recrudecimiento de la pandemia se produce en medio de una erupción internacional de huelgas, desde Deere, Volvo y Dana en Estados Unidos hasta los conductores de trenes y los trabajadores sanitarios alemanes, los trabajadores siderúrgicos españoles y los trabajadores del sector público portugués.
Esto demuestra la gran importancia de la Investigación Global de los Trabajadores sobre la Pandemia lanzada por el Comité Internacional de la Cuarta Internacional (CICI). La clase obrera puede luchar contra la pandemia. Sin embargo, bajo la niebla de mentiras de los funcionarios del Estado y los medios de comunicación, acosada por fuerzas políticas hostiles que solo pretenden defender las ganancias de los bancos y las grandes empresas, no pudo imponer espontáneamente las políticas necesarias para detener las muertes masivas.
Ninguna tendencia política fuera del CICI explicó que el costo de los billones que se agregaron al patrimonio neto de los multimillonarios en todo el mundo consistía en no detener la pandemia y salvar millones de vidas. A los trabajadores se les negó el conocimiento científico de que un periodo de confinamiento estricto para cortar la propagación, seguido de políticas de rastreo y vacunación masiva, puede detener el virus. Además, estas políticas no se adoptaron porque ninguno de los partidos establecidos y las burocracias sindicales funcionan como servidores del pueblo, sino como herramientas de los bancos.
Sin embargo, armada con una clara comprensión política y científica, la clase obrera puede derrotar a la aristocracia financiera y el creciente peligro del fascismo, y detener la pandemia. Animamos a los trabajadores y a los jóvenes de todo el mundo a que participen en la Investigación Global de los Trabajadores, a que aporten sus experiencias y a que den a conocer ampliamente su contenido y sus conclusiones en la clase obrera.
(Publicado originalmente en inglés el 22 de noviembre de 2021)
