La noche del viernes, 8 de septiembre a las 11:11 p. m., hora local, un devastador terremoto de magnitud 6,8 en la escala de Richter sacudió el sur de Marruecos, cerca de Marrakech. La cifra de muertes ya superó las 2.800. Muchas de ellas ocurrieron en pueblos pequeños y aislados en la cordillera Alto Atlas, donde fue el epicentro. Hay al menos 3.000 heridos, muchos de ellos en estado crítico, y el tiempo se está agotando para muchos que siguen atrapados bajo las estructuras destruidas.
Si bien murieron 18 personas en Marrakech, una atracción turística global con casi 1 millón de habitantes, la mayoría de los fallecidos fue en pueblos montañosos, cuyas casas viejas y precarias de adobe quedaron destruidas por el terremoto. En un solo pueblo, Tafeghaghte, se ha confirmado que 90 de los 200 habitantes murieron y docenas más están desaparecidos y se teme que murieron o estén atrapados en los escombros.
Los escasos reportes de estos pueblos muestran cómo el Gobierno marroquí está abandonando a su suerte a la mayor parte de las víctimas. Propiamente los habitantes en Agadir, Marrakech y otras áreas que fueron menos afectadas por el sismo se han visto obligados a comprar comida, agua y otros suministros críticos y transportarlos a los pueblos en sus vehículos personales.
“No hay ninguna señal de las autoridades por el momento. Estamos aislados. Sin las donaciones, nos estaríamos muriendo de hambre”, comentó Mustapha El-Machmoum, un habitante de un pueblo afectado, a AFP. “Ayer les pedimos a las autoridades carpas, pero no ha llegado nada. Estamos durmiendo en el suelo con frío. Los adultos podemos aguantar, pero los niños no”.
Como ocurrió con el terremoto en Turquía y Siria que se cobró decenas de miles de vidas en febrero, la catástrofe sísmica en Marruecos no es solo un desastre natural. El conocimiento y la tecnología para limitar en gran medida el impacto de tales eventos existe. Sus consecuencias devastadoras se deben completamente a intereses económicos y las condiciones sociales. En el capitalismo, la política está dominada por el afán de lucro empresarial y riqueza personal de las élites gobernantes, que no siente más que desprecio hacia las vidas de las masas.
La efectividad de las viviendas modernas antisísmicas y la necesidad de construirlas son plenamente reconocidas por los científicos. En 2021, el terremoto en Fukushima, Japón, que es uno de los países más propensos a los sismos, superó la magnitud 7 en la escala de Richter. No obstante, gracias a las considerables inversiones en viviendas antisísmicas en Japón, solo fallecieron tres personas y 16 sufrieron heridas de gravedad.
En 2021, la revista International Journal of Disaster Risk Science concluyó que 1,5 mil millones de personas viven en áreas de alto riesgo de terremotos en todo el mundo. Una lista de Forbes de las ciudades más propensas—Katmandú, Estambul, Delhi, Quito, Manila, Islamabad, San Salvador, Ciudad de México, Izmir y Yakarta— está compuesta en gran medida por megaciudades de millones de habitantes. En 1999, Nature advirtió en un artículo que la construcción de casas antisísmicas tiene “baja prioridad” y añadió: “La ausencia de construcciones antisísmicas en las ciudades del futuro sería indefendible”.
La clase capitalista, que controla todos los Gobiernos nacionales, ha rechazado el gasto necesario en viviendas más seguras por considerarlo una pérdida intolerable de sus ganancias. En su lugar, desde 1990, se han destinado billones de dólares a rescates bancarios y a las guerras de Estados Unidos y la OTAN en Yugoslavia, Afganistán, Irak, Libia, Mali y Ucrania. Hoy, los ocho individuos más ricos del mundo poseen la misma cantidad que la mitad de la población mundial. Pero en innumerables zonas propensas a los terremotos, muchísimas personas viven en viviendas que pueden condenarlas a la muerte en caso de un gran sismo.
Marruecos, situado en la falla entre las placas tectónicas africana y euroasiática, ha sufrido terremotos de gran magnitud, como el de 1960 en Agadir y el de 2004 en Alhucemas. Sin embargo, los marroquíes no solo viven en viviendas inseguras construidas con ladrillos de barro, sino que no se han hecho preparativos para responder a los desastres.
El rey marroquí Mohammed VI, un viejo aliado del imperialismo estadounidense y francés, estaba de vacaciones en su mansión de 80 millones de euros junto a la Torre Eiffel de París cuando se produjo el terremoto. No ha hecho ninguna declaración desde su regreso a Marruecos, limitándose a difundir un breve clip, sin sonido, hablando con funcionarios de seguridad y salud. Ningún otro funcionario ha podido aún hacer declaraciones, según el periodista marroquí Omar Brouksy, ya que existe “una regla, no escrita pero inquebrantablemente obedecida, [que] establece que ningún funcionario puede hablar o hacer un viaje público antes que el soberano”.
La fría indiferencia del rey marroquí hacia las víctimas solo fue superada por la de Francia, antigua potencia colonial de Marruecos. La diáspora marroquí francesa cuenta con más de 1,5 millones de personas, y Marrakech es un destino vacacional muy popular en Francia. Sin embargo, después de que la monarquía marroquí indicara que prefería invitar a equipos de rescate españoles, británicos, qataríes y emiratíes en lugar de franceses, el Gobierno del presidente Emmanuel Macron anunció una donación de solo 5 millones de euros a organizaciones de rescate y ayuda en Marruecos.
Esto significa que Macron está donando a Marruecos el coste de solo uno de los 30 sistemas de artillería pesada César que ha enviado a Ucrania para la guerra de la OTAN contra Rusia.
La indiferencia de los Gobiernos capitalistas hacia las necesidades sociales esenciales de la población trabajadora, a la que ven con miedo y hostilidad, recuerda inevitablemente el último gran terremoto marroquí, que se cree que superó la magnitud del sismo de Marrakech. En noviembre de 1755, dos terremotos gemelos devastaron la ciudad portuguesa de Lisboa y la marroquí de Meknes.
En el pasaje de Cándido que dedicó al terremoto de Lisboa, el autor de la Ilustración, Voltaire se burló de los defensores de las monarquías absolutas que entonces gobernaban Europa. La devastación del sismo de Lisboa echó por tierra sus complacientes afirmaciones de que “Todo es para bien en el mejor de los mundos posibles”. Tres décadas después de que Voltaire publicara su obra, la monarquía absoluta por derecho divino fue barrida por la Revolución francesa.
Más de dos siglos después, el terremoto de Marruecos expone la bancarrota del orden capitalista, que no es menos corrupto y caduco de lo que era la monarquía absoluta francesa en tiempos de Voltaire.
En Libia, las autoridades del Ejército Nacional Libio (LNA, por sus siglas en inglés) informaron ayer que 2.000 personas murieron y más de 5.000 están desaparecidas tras la ruptura de una presa y que las aguas arrasaron gran parte de la ciudad de Derna. El LNA controla la mitad oriental de Libia, dividida entre milicias rivales que libran una sangrienta guerra civil desde la guerra de 2011 de la OTAN contra Libia.
En Turquía, miles y miles de víctimas del terremoto de febrero siguen viviendo bajo carpas, mientras que el Gobierno turco supervisa la construcción de más viviendas no resistentes a los terremotos en las que se obligará a vivir de nuevo a los trabajadores, y en las que miles de personas volverían a morir en el próximo terremoto. ¿Hay alguna duda de que, si el asunto se deja en manos de títeres de los bancos como Mohammed VI y Macron, van a dejar preparada la próxima catástrofe sísmica evitable?
En todo el mundo, la clase trabajadora se enfrenta a la realidad de que una minúscula e irresponsable élite dirigente despilfarra vastos recursos sociales esenciales para el bienestar e incluso la supervivencia de la población. Impermeable a las demandas de cambio, está obsesionada con su militarismo y sus niveles obscenos de riqueza. Esto es cierto tanto en antiguos países coloniales como Marruecos como en “democracias” imperialistas como Francia, donde la policía antidisturbios reprimió brutalmente esta primavera las protestas masivas contra los recortes de pensiones abrumadoramente impopulares de Macron.
El camino hacia adelante para la clase obrera es tomar el control de los recursos esenciales de la industria y el comercio mundiales arrancándolos de las manos de la burguesía y utilizándolos para satisfacer las necesidades sociales básicas, incluyendo las medidas de seguridad antisísmicas. Mientras estalla la ira en toda Europa y África –donde las masas de trabajadores y jóvenes exigen que las tropas francesas abandonen países como Níger, Malí y Burkina Faso— surgen las condiciones objetivas para esa lucha. Para ello es necesaria la unificación de los trabajadores de África, Europa y el resto del mundo en una lucha contra el capitalismo y el socialismo.
(Publicado originalmente en inglés el 11 de septiembre de 2023)
