Tras el discurso del presidente estadounidense Donald Trump en la Asamblea General de la ONU, en el que insinuó que podría iniciar conversaciones de alto nivel con el gobierno del presidente brasileño Luiz Inácio Lula da Silva (Partido de los Trabajadores – PT) sobre las cuestiones políticas y económicas relacionadas con los abusivos aranceles del 50 por ciento impuestos por EE.UU. a Brasil, ambos mandatarios mantuvieron una videollamada de 30 minutos el lunes 6 de octubre.
En su conversación con Trump, Lula solicitó al gobierno estadounidense que suprimiera el recargo del 40 por ciento sobre productos brasileños y que se eliminaran las sanciones impuestas a funcionarios brasileños. Entre estas medidas se encuentra la aplicación sin precedentes de la Ley Magnitsky contra el ministro del Supremo Tribunal Federal (STF), Alexandre de Moraes. Él fue el relator del caso que culminó con la condena a 27 años de prisión del expresidente Jair Bolsonaro por el intento de golpe de Estado del 8 de enero de 2023. Moraes también es uno de los principales defensores de la regulación de las redes sociales en Brasil.
Los aranceles contra Brasil introdujeron una dimensión abiertamente política en la guerra comercial de Trump contra el mundo. Trump los justificó argumentando que Bolsonaro, un estrecho aliado suyo cuyo intento golpista se inspiró directamente en el asalto al Capitolio del 6 de enero de 2021 en EE.UU., es víctima de una “cacería de brujas” por parte del sistema judicial brasileño. Además, las restricciones impuestas por Moraes a las plataformas de redes sociales, como la prohibición temporal de X en agosto del año pasado, han sido denunciadas por Trump y los oligarcas de las Big Tech que lo rodean como formas de “censura”.
Tanto Trump como Lula, así como funcionarios de sus gobiernos, celebraron esta conversación inicial, que continuará en las próximas semanas y meses, con la posibilidad de futuras reuniones presenciales entre ambos. Medios brasileños señalaron que Bolsonaro no fue mencionado durante la conversación, y el diario Folha de S. Paulo citó a un ministro del gobierno de Lula diciendo que fue “cordial, pero ‘superficial’”.
En su red social Truth Social, Trump escribió que la llamada con Lula fue “muy buena” y que el “tema principal [de la conversación] fue la economía y el comercio entre nuestros dos países”. Añadió que “¡Nuestros países prosperarán juntos!”
Por su parte, Lula escribió en X: “recordamos la buena sintonía que tuvimos en nuestro encuentro en Nueva York durante la Asamblea de la ONU,” y continuó: “Considero nuestro contacto directo como una oportunidad para restablecer los lazos amistosos de más de 201 años entre las dos mayores democracias de Occidente”.
El encuentro entre Lula y Trump tras bambalinas en la Asamblea General de la ONU, y la posibilidad de una conversación entre ambos, fue preparado con semanas de antelación, mediante múltiples reuniones entre altos funcionarios de ambos gobiernos en las esferas diplomática, comercial y económica. Una capa influyente de capitalistas vinculados a la industria manufacturera brasileña, el sector más afectado por los aranceles, trabajó estrechamente con el gobierno de Lula y participó en las negociaciones con sus contrapartes estadounidenses y la administración Trump.
También hubo una fuerte presión por parte de congresistas demócratas y un sector del Partido Republicano, así como de un poderoso sector empresarial estadounidense, que denunciaron los aranceles a Brasil por aumentar la inflación sobre productos ampliamente consumidos en Estados Unidos, como el café. También argumentaron que podrían provocar miles de despidos dentro de EE.UU. y, no menos importante, una mayor expansión de las relaciones comerciales de Brasil con China, que ya ha superado a EE.UU. como principal socio comercial del país.
En septiembre, el segundo mes desde la imposición de los aranceles estadounidenses, las exportaciones de Brasil hacia Estados Unidos cayeron un 20,3 por ciento en comparación con el mismo mes de 2024. Las exportaciones brasileñas hacia China aumentaron un 14,7 por ciento en ese mismo mes, impulsadas principalmente por la soja, producto que el gigante asiático ha comenzado a comprar más a Brasil en detrimento del agro estadounidense.
La fuerte interdependencia entre las economías de Brasil y Estados Unidos, así como la naturaleza política de los aranceles impuestos a Brasil, ya habían llevado a que el 43 por ciento de los productos brasileños exportados a Estados Unidos estuvieran exentos del recargo del 40 por ciento. Sectores económicos de ambos países esperan que las conversaciones entre Lula y Trump conduzcan a una reducción o eliminación de dichos aranceles.
El gobierno de Lula espera que las negociaciones se guíen por una “lógica de ganar-ganar”, como ha afirmado recientemente el presidente brasileño, y que resulten en inversiones estadounidenses en Brasil. El vicepresidente Geraldo Alckmin, responsable de las negociaciones con EE.UU., ha declarado que ambos países podrían establecer asociaciones en centros de datos y minerales críticos, entre otros sectores.
Brasil posee amplias reservas de minerales críticos, en particular tierras raras, esenciales para la industria electrónica y militar. Más importante aún, estos recursos están en el centro de la guerra comercial de EE.UU. contra China, que controla gran parte de las reservas y el refinado de dichos minerales. Una posible asociación entre Brasil y EE.UU. en este sector ayudaría a reducir la dependencia estadounidense de China.
En un reportaje tras bastidores sobre los acontecimientos que precedieron al encuentro entre Lula y Trump en la Asamblea General de la ONU, el diario Estado de S. Paulo informó que a mediados de septiembre, Richard Grenell, enviado especial de EE.UU. para misiones especiales, se reunió con el vicepresidente Alckmin y el canciller Mauro Vieira. Según el reportaje:
En esas conversaciones, el ministro [Vieira] habría hecho gestos que indican que el gobierno de Lula no tiene intención de rivalizar o desafiar a Estados Unidos. El canciller brasileño habría enfatizado que, dentro de los BRICS, el Itamaraty actuó para equilibrar y minimizar el sesgo antioccidental; que Lula se distanció de [el presidente venezolano Nicolás] Maduro (y no reconoció la elección fraudulenta de 2024); que el país no se adhirió a la Nueva Ruta de la Seda, incluso bajo presión de China. Por eso, Lula habría dicho que Trump tomaba decisiones basadas en información incorrecta. Vieira también dio la versión oficial del intento de golpe tras las elecciones de 2022 y el juicio de 2025.
La afirmación de que la administración Trump puede estar malinformada sobre Brasil no solo es una peligrosa autoilusión que ignora la ofensiva creciente de Washington contra América Latina, en particular contra Venezuela, sino que también oscurece las verdaderas causas de la guerra comercial de Trump contra Brasil y el mundo.
Como ha señalado el WSWS repetidamente, existe una agenda militarista detrás de esta guerra comercial. Es uno de los frentes en una guerra cuyo objetivo es revertir, por medios militares, la pérdida de la hegemonía estadounidense con el ascenso de China en las últimas décadas. En su marcha hacia un conflicto militar con el gigante asiático, la administración Trump considera a América Latina como un futuro campo de batalla.
La ofensiva de EE.UU. contra la región se ha intensificado dramáticamente en las últimas semanas. La serie de asesinatos extrajudiciales mediante ataques con misiles contra pequeñas embarcaciones frente a las costas de Venezuela, basados en suposiciones no probadas de que transportaban drogas, ha estado acompañada de declaraciones belicistas de Trump, quien amenazó al presidente venezolano Nicolás Maduro: “deja a América en paz o serás aniquilado con fuego y furia como nunca se ha visto”.
La respuesta del gobierno de Lula ante este desarrollo ha sido una combinación de preocupación y acomodación frente al imperialismo estadounidense, como lo demostró claramente la reciente conversación entre Lula y Trump. Lula guardó silencio sobre los primeros ataques de EE.UU. contra embarcaciones frente a la costa caribeña de Venezuela, para no poner en riesgo las negociaciones en curso que llevaron a su reciente conversación telefónica con Trump. Al mismo tiempo, además de no reconocer la reelección de Maduro, como señaló el informe de Estado, el gobierno de Lula fue responsable de bloquear el ingreso de Venezuela al bloque BRICS.
Una preocupación central para el gobierno de Lula es que una invasión estadounidense a Venezuela pueda tener repercusiones en Brasil, que comparte una frontera de más de 2.000 km con su vecino caribeño en la sensible región amazónica. Desde la reclamación venezolana sobre el Esequibo en diciembre de 2023, el gobierno de Lula ha militarizado esta frontera. Actualmente, las Fuerzas Armadas brasileñas están llevando a cabo el mayor ejercicio militar de su historia, con la participación de 10.000 soldados y el uso de su equipo militar más avanzado en la región amazónica.
La administración Trump podría estar considerando a Brasil como un posible aliado en sus planes de guerra de cambio de régimen contra Venezuela. En este sentido, el acercamiento entre los gobiernos de Lula y Trump es un componente central de la actual ofensiva estadounidense.
Esto también se reflejó en el hecho de que Trump solicitó que el secretario de Estado Marco Rubio asumiera las negociaciones con el gobierno brasileño. Anteriormente, dichas negociaciones eran dirigidas por el enviado especial Richard Grenell, quien también lideraba los diálogos con el gobierno de Maduro y representaba a una facción de la administración Trump opuesta a una invasión inmediata de Venezuela para derrocar a Maduro. El lunes, el New York Times informó que Trump le pidió a Grenell la semana pasada suspender todas las negociaciones diplomáticas con Venezuela.
Hay mucha especulación en la prensa brasileña acerca de cómo se desarrollarán las negociaciones entre EE.UU. y Brasil con Rubio liderando del lado estadounidense. Un artículo en la revista Exame escribió que “El nombramiento de Rubio ha dividido a los analistas, quienes señalan que aumenta las posibilidades de que el gobierno estadounidense busque convencer a Brasil de tomar acciones contra Venezuela”.
El informe citó al analista político y editor jefe de la revista Americas Quarterly, Brian Winter, quien escribió en X: “Los brasileños piensan que fue bien [la conversación entre Lula y Trump], pero nombrar a Marco Rubio como interlocutor de Trump es el camino más difícil para Brasil. Él ha sido un escéptico de Lula desde hace mucho tiempo y podría insistir en demandas relacionadas con Venezuela, China y más”.
El gobierno de Lula está representando un complicado y delicado acto de equilibrio entre China y EE.UU., con la ilusión de que puede sacar provecho del conflicto emergente entre estas potencias mundiales. Esta orientación solo expone la incapacidad del gobierno de Lula para ofrecer una salida progresista a la creciente crisis del capitalismo global, de la cual tanto la guerra arancelaria de Trump como la escalada de Washington contra Venezuela en preparación para una guerra contra China son expresiones.
La insistencia en que la ofensiva de la administración Trump contra América Latina puede detenerse en la mesa de negociaciones solo sirve para desarmar políticamente a los trabajadores de toda la región, quienes enfrentan la necesidad de emprender una lucha unificada contra el capitalismo a través de las fronteras nacionales.
(Artículo publicado originalmente en inglés el 8 de octubre de 2025)
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