En lo que pareció un comentario casual, Donald Trump declaró abiertamente las intenciones de su administración hacia Cuba con una claridad escalofriante el viernes pasado.
Ante un público adinerado en el Forum Club de Palm Beaches, Trump se refirió a “Cuba, que tomaremos casi de inmediato”. El comentario provocó risas entre la multitud, lo que lo llevó a explicar: “Cuba está en problemas. Primero resolveremos uno. Me gusta terminar el trabajo. De regreso de Irán, tal vez hagamos que el portaaviones USS Abraham Lincoln se detenga a unos 100 metros de la costa y digan: ‘Muchas gracias. ¡Nos rendimos!’”.
Lejos de ser una broma, estas declaraciones reflejan la verdadera trayectoria de la política estadounidense. Ese mismo día, Trump firmó una orden ejecutiva que designaba a Cuba como una 'amenaza inusual y extraordinaria', ampliando considerablemente las sanciones contra la isla. La orden no solo apunta al Estado cubano, sino también a empresas extranjeras dedicadas a la seguridad, la energía, las finanzas, la minería 'o cualquier otro sector... según lo determine el secretario del Tesoro, en consulta con el secretario de Estado'.
Esta escalada se produce tras la declaración de estado de emergencia nacional contra Cuba en enero, que amenazaba con imponer aranceles a cualquier país que suministrara combustible a la isla.
Sin embargo, la última orden ejecutiva marca un cambio táctico respecto a las licencias recientes que permitían que el capital estadounidense penetrara en Cuba a través del sector privado. Este aparente alejamiento de permisos selectivos, que buscaban hacer que sectores de la clase capitalista cubana y el aparato estatal colaboraran en una operación de cambio de régimen, supone una escalada drástica de la amenaza de acción militar.
El creciente desastre estadounidense en Irán aumenta el peligro de que Trump busque lo que cree que será una rendición rápida de La Habana y una victoria política antes de las elecciones legislativas de noviembre.
Estas medidas políticas y económicas acompañan una mayor militarización de la región. Un día antes de las declaraciones de Trump, la Armada estadounidense anunció que su 'flota híbrida está lista' tras la finalización de los ejercicios Flex 2026 en Key West, Florida, a tan solo 140 km la costa norte de Cuba.
Los ejercicios buscaban desarrollar un mayor alcance, decisiones más rápidas y acciones decisivas en el Caribe y Centroamérica. Si bien oficialmente se presentaron como operaciones antidrogas, los simulacros incorporaron sistemas avanzados de inteligencia artificial, plataformas no tripuladas y capacidades de integración de respuesta rápida.
La magnitud, la ubicación y la sofisticación tecnológica de estas maniobras desmienten su propósito declarado. Flex 2026 tuvo lugar justo enfrente de Cuba, coincidiendo con misiones intensificadas de recopilación de inteligencia para mapear las defensas de la isla, incluidos vuelos de drones MQ-4C Triton y aviones de reconocimiento RC-135 Rivet Joint, ampliamente utilizados para preparar ataques de precisión.
El ejercicio Flex 2026 también puso a prueba un escenario de 'cadena de asesinatos' contra supuestos 'barcos de narcotraficantes', mientras el Pentágono intensifica su ola de ejecuciones extrajudiciales que ha asesinado al menos a 186 pescadores en el Caribe y el Pacífico, falsamente acusados de narcotráfico, lo que subraya el carácter ilegal de la actividad militar estadounidense en la región.
La doctrina de la “guerra híbrida”, que se está poniendo a prueba —y que se ha perfeccionado a través de los conflictos en Ucrania y Oriente Próximo—, ahora se dirige hacia Cuba. Esta estrategia integra operaciones cibernéticas, guerra de inteligencia, presión económica y fuerza militar convencional en una campaña unificada cuyo objetivo es el cambio de régimen.
Estos acontecimientos ponen al descubierto la falsedad de la retórica de Washington sobre la “seguridad hemisférica”. En un contexto de crecientes rivalidades globales y la erosión de la hegemonía estadounidense, el Caribe se está transformando una vez más en un escenario de agresión imperialista.
Sin embargo, más allá de la importancia geopolítica de Cuba, cuyas aguas bordean la mayor parte del tráfico marítimo de la costa este y del golfo de México hacia el canal de Panamá, el imperialismo estadounidense está preparando un ataque histórico contra Cuba en represalia por la revolución de 1959.
En el discurso inaugural del Acto Internacional del Primero de Mayo organizado por el Comité Internacional de la Cuarta Internacional, el presidente del consejo editorial del WSWS, David North, explicó:
Denunciamos el bloqueo a Cuba, la asfixia deliberada de todo un pueblo mediante cortes de combustible y sanciones. Incluso después de dos tercios de siglo, la clase dirigente estadounidense nunca se ha reconciliado con la revolución cubana. Entre 1959 y 1960, el régimen de Castro expropió unos 1.800 millones de dólares en activos de empresas estadounidenses. De un solo golpe, la revolución desmanteló el imperio mafioso que floreció bajo la dictadura de Batista.
La escalada actual se basa directamente en la visita de la delegación de la Casa Blanca a La Habana el 10 de abril —la primera desde 2016—, que en la práctica lanzó un ultimátum de guerra al gobierno cubano. Durante esa reunión, los funcionarios estadounidenses exigieron importantes concesiones económicas y políticas como pretexto para la escalada, incluyendo la liberación de todos los presos políticos en cuestión de semanas, una mayor apertura de la economía y la compensación por los activos estadounidenses expropiados tras 1959.
La administración Trump ya intentó fabricar un casus belli. A mediados de abril, la Casa Blanca informó al Congreso que Cuba supuestamente había ayudado a reclutar a 5.000 combatientes para Rusia en la guerra en Ucrania. En realidad, el gobierno cubano incluso inició procesos penales contra personas acusadas de trata de personas relacionadas con las labores de reclutamiento.
Mientras tanto, la situación económica de la isla continúa deteriorándose bajo el peso del bloqueo estadounidense. La llegada a finales de marzo del petrolero ruso Anatoly Kolodkin —autorizada por Trump— solo proporcionó un alivio pasajero, suministrando combustible suficiente para aproximadamente 10 días una vez refinado. Recientemente se observó que un segundo petrolero con destino a Cuba cambió de rumbo, permaneciendo semanas lejos con una carga menor.
La portavoz del Ministerio de Asuntos Exteriores ruso, Maria Zajarova, denunció el “chantaje y las amenazas” de Washington contra La Habana, reafirmando la solidaridad formal de Moscú. Sin embargo, los limitados envíos de combustible de Rusia no constituyen tanto una muestra de apoyo incondicional como una moneda de intercambio en las negociaciones con Estados Unidos sobre Ucrania, Oriente Próximo y otros puntos conflictivos geopolíticos.
Ante la creciente presión, La Habana ha respondido con una política contradictoria que combina concesiones y retórica nacionalista. Por un lado, funcionarios cubanos han abierto la puerta a la inversión extranjera 'sin restricciones' y han otorgado garantías a empresas estadounidenses durante conversaciones secretas en las que han participado sectores del gobierno cubano.
Por otro lado, el gobierno ha emitido advertencias sobre un peligro militar inminente. El Primero de Mayo, el presidente cubano Miguel Díaz-Canel y su predecesor Raúl Castro encabezaron una marcha de cientos de miles de personas hacia la Embajada de Estados Unidos, denunciando las amenazas de intervención militar e instando a la población a prepararse para defender el país.
Al mismo tiempo, La Habana sigue buscando el apoyo de potencias rivales. A finales de abril, durante una reunión en Moscú que congregó a organizaciones estalinistas y nacionalistas burguesas que conformaron la denominada “Red Socialista Internacional”, Fidel Castro Smirnov, nieto de Fidel Castro, denunció el embargo estadounidense, afirmando que le ha costado a Cuba más de 144.000 millones de dólares y que ahora está “asfixiando” a la isla. Sus palabras —“Fidel está aquí con nosotros … Soñando, cabalgando”— fueron recibidas con una ovación de pie.
Esta participación subraya los esfuerzos de los líderes cubanos, junto con figuras como los sandinistas de Nicaragua y Evo Morales de Bolivia, por mantener los lazos con Moscú mientras lidian con la creciente agresión estadounidense.
Sin embargo, estas maniobras revelan la bancarrota fundamental de la élite gobernante cubana y de todos los liderazgos nacionalistas burgueses. Mientras un sector busca el apoyo de Rusia y China, otro, según se informa, mantiene conversaciones con Washington con el objetivo de supervisar una transición hacia un régimen proestadounidense, similar a lo ocurrido en Venezuela, donde sectores del liderazgo chavista han impulsado la transformación del país en una semicolonia estadounidense tras el secuestro del presidente Nicolás Maduro.
La convergencia de sanciones, preparativos militares y ultimátums políticos deja claro que la administración Trump está sentando las bases para una confrontación directa con Cuba. Las amenazas abiertas de Trump, la expansión de la guerra económica y el despliegue de capacidades militares avanzadas en el Caribe apuntan al mismo objetivo: la reimposición de un régimen títere similar al de Fulgencio Batista.
Para los trabajadores de Cuba, Estados Unidos y el resto de América, estos acontecimientos plantean cuestiones urgentes y decisivas. La defensa de Cuba no puede confiarse a una dirección política que busca congraciarse con el imperialismo ni a ningún sector del Partido Demócrata estadounidense, que ha apoyado durante mucho tiempo un cambio de régimen en Cuba.
La lucha contra la guerra y el imperialismo exige la movilización independiente de la clase trabajadora a escala internacional, utilizando su poder económico para detener el embargo estadounidense contra Cuba y cualquier agresión militar.
(Artículo publicado originalmente en inglés el 5 de mayo de 2026)
