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Lula, de Brasil, visita la Casa Blanca y encubre los crímenes imperialistas de Trump

El presidente brasileño Luiz Inácio Lula da Silva durante una reunión con el presidente estadounidense Donald Trump. Washington, D.C., 7 de mayo de 2026. [Photo: Ricardo Stuckert/PR]

El jueves 7 de mayo, el presidente brasileño Luiz Inácio Lula da Silva, del Partido de los Trabajadores (PT), se reunió con Donald Trump en la Casa Blanca, en Washington. La sesión, de tres horas de duración —calificada por ambos líderes como «muy buena»—, incluyó una reunión bilateral a puerta cerrada, una sesión ampliada con delegaciones ministeriales y un almuerzo de trabajo. No se firmaron acuerdos formales. Los aranceles impuestos por la administración Trump contra Brasil siguen vigentes.

Lo que el encuentro produjo fue una actuación política nauseabunda de un líder nacionalista burgués en bancarrota, la última entrega de Lula en su papel de larga data como auxiliar del imperialismo estadounidense en América Latina.

Al salir de la Casa Blanca, Lula dijo a la prensa: «Me voy de aquí con la idea de que hemos dado un paso importante en la consolidación de la relación democrática e histórica que Brasil tiene con Estados Unidos». Se deshizo en elogios hacia la sonrisa de Trump —«una foto de Trump riendo es mejor que una con el ceño fruncido, y me aseguré de hacerle reír un poco»— y describió su relación como «amor a primera vista», una cuestión de «química». Se declaró «muy, muy satisfecho».

Esta actuación debe entenderse como lo que es. Apenas tres semanas antes, en la llamada «Movilización Progresista Global» en Barcelona, Lula calificaba a Trump de unilateralista belicoso: «No podemos permitir que el mundo gire en torno al comportamiento de un presidente que cree que por correo electrónico o Twitter puede gravar productos, castigar a países y hacer la guerra». El 16 de abril declaró sin rodeos a El País: «Trump no tiene derecho a levantarse por la mañana y pensar que puede amenazar a un país».

El giro de esas declaraciones al bombardeo de amor del jueves no fue impulsado por ningún cambio en la conducta de Trump. El cambio de actitud de Lula correspondió, de hecho, a una aguda crisis del imperialismo estadounidense provocada por la debacle militar que ha sufrido en Irán.

Lula aceptó ser utilizado para proporcionar legitimidad internacional a la administración fascista de Trump precisamente en el momento en que más lo necesitaba. La postura del presidente brasileño como opositor «de izquierda» a la guerra se derrumbó con una sola llamada telefónica de Trump —quien, según se informa, se despidió con un «te quiero»— invitándolo a la Casa Blanca.

«No voy a pelearme con él por sus opiniones sobre la guerra»

Cuando se le preguntó sobre Irán, Venezuela y Cuba, Lula los descartó diciendo que, propiamente hablando, no eran «asuntos brasileños». Eran cuestiones de la «opinión» personal de Trump, y él no permitiría que se interpusieran en su camino. «No voy a pelearme con él por sus opiniones sobre la guerra», dijo sobre la invasión de Irán.

La invasión estadounidense de Venezuela —llevada a cabo hace apenas cuatro meses, con el presidente Nicolás Maduro aún detenido ilegalmente en territorio estadounidense— fue tratada como un asunto zanjado. Al ser preguntado sobre el tema, declaró:

Él [Trump] cree que todo en Venezuela está resuelto. Espero que así sea, porque he estado lidiando con Venezuela desde 2002. ... Y si Dios quiere, Delcy podrá cumplir su mandato como presidenta.

Esta extraordinaria declaración implica una legitimación de los crímenes de Washington contra Venezuela y su pueblo, y del orden político neocolonial que el imperialismo estadounidense está imponiendo a toda América Latina.

Esta legitimación no comenzó el 7 de mayo. Como informamos en febrero, Lula ya había sancionado de hecho el secuestro de Maduro al considerar que su regreso a Venezuela «no era la principal preocupación». Desde su colaboración con la administración Biden para impugnar las elecciones venezolanas de 2023 hasta su cordial reunión con Trump en vísperas de la invasión de Washington al país sudamericano, Lula ha actuado como fiscal del imperialismo en América Latina. Este trabajo preparatorio convirtió a Lula en cómplice directo de la agresión consumada el 3 de enero.

La política de Lula hacia Cuba profundiza este papel. El jueves, difundió la cínica afirmación de la Casa Blanca de que Trump «no tiene intención de invadir Cuba». Al encubrir el estrangulamiento criminal impuesto a 11 millones de cubanos por el bloqueo total de Washington, Lula se puso totalmente a disposición del gobierno de EE. UU.:

Le dije [a Trump] que si necesita ayuda para discutir la situación en Cuba, estoy totalmente a su disposición... [Él] dijo que no tiene intención de invadir Cuba. Y creo que eso es una gran señal, especialmente porque Cuba quiere entablar un diálogo y encontrar una solución.

La oferta de Lula de «ayudar» al imperialismo a lidiar con Cuba lo delata como socio menor en la operación destinada a revertir la Revolución Cubana de 1959 y convertir a la isla nuevamente en un protectorado colonial de Estados Unidos.

En cuanto a la guerra contra Irán, el traicionero cambio de postura de Lula es el más descarado.

En marzo, en la cumbre de la CELAC en Bogotá, Lula había comparado la invasión de Irán con las mentiras que justificaron la guerra de Irak:

Ahora han invadido Irán con el pretexto de que Irán estaba construyendo una bomba nuclear. ¿Dónde están las armas químicas de Saddam Hussein?... No podemos seguir viviendo en un mundo de mentiras, donde se construye al enemigo, se construye una imagen negativa del enemigo para justificar la destrucción.

En Barcelona, en abril, declaró: «Trump invade Irán y sube el precio de los frijoles en Brasil. Sube el precio del maíz en México. Sube la gasolina en otro país. Son los pobres quienes pagarán por la irresponsabilidad de guerras que nadie quiere».

Pero tres semanas después, cuando los periodistas le preguntaron si mantenía su valoración de que Trump es un «belicista», Lula reformuló sus críticas como un desacuerdo cortés: «Creo mucho más en el diálogo que en la guerra. Creo que la invasión de Irán causará más daño del que él [Trump] imagina».

Lula informó haber hablado con Trump «con la mayor calma» sobre «reformar el Consejo de Seguridad de la ONU» y colaborar con este agente de la paz para encontrar soluciones a «las guerras que tienen lugar en todo el mundo», invitando al zorro a rediseñar el gallinero. ¡Qué tremenda hipocresía!

«No tenemos preferencia»

Tras descartar la criminalidad internacional de Trump como algo que no es «asunto de Brasil», Lula llegó a lo que realmente había venido a discutir a Washington: el objetivo de Estados Unidos de reafirmar su hegemonía imperialista sobre América Latina y hacer frente a la influencia de China.

Con una franqueza desarmante, Lula reconoció que «Estados Unidos comenzó a perder su hegemonía a partir de 2008», y que «Brasil empezó a tener en China a su principal socio comercial».

«Le dije al presidente Trump que es importante que Estados Unidos vuelva a interesarse por los asuntos de Brasil», concluyó.

En el centro de los objetivos depredadores del imperialismo en Brasil se encuentran las extraordinarias reservas de minerales críticos y tierras raras del país, las segundas más grandes del mundo. Estos materiales «son muy importantes, especialmente en lo que respecta a las capacidades militares de los países», y «Brasil tiene la obligación de compartirlos con cualquiera que desee asociarse con nosotros», declaró Lula.

En una demostración clarísima de las perspectivas fallidas del nacionalismo burgués, Lula declaró: «No tenemos preferencias. Lo que queremos es asociarnos con empresas estadounidenses, chinas, alemanas, japonesas y francesas, cualquiera que quiera ayudarnos a extraer, a separar y a producir la riqueza que nos ofrecen estas tierras raras».

Este es el programa de una burguesía compradora que subasta los recursos de su nación al mejor postor imperialista, con el gobierno de Lula como intermediario. Sus objeciones al imperialismo estadounidense se sitúan enteramente en el ámbito de los métodos, no de los objetivos. «El diálogo es más barato que la guerra», le dice a Trump, argumentando desde el punto de vista de las perturbaciones en las ganancias capitalistas.

La “guerra contra el crimen”, una tapadera imperialista

La llamada “lucha contra el crimen organizado” fue un tema central en la reunión del jueves. Lula habló con entusiasmo sobre una propuesta para que los países latinoamericanos “formen un grupo” con Washington para coordinar una ofensiva hemisférica. “Creo que podemos formar una gran alianza con Estados Unidos”, declaró.

La fraudulenta bandera de la lucha contra el «narcoterrorismo» ha servido como principal pretexto para la carrera militar y política del imperialismo estadounidense por América Latina bajo Trump. Se ha utilizado para justificar el inicio de la actual masacre de pescadores en el Caribe y ha servido como excusa para la invasión de la propia Venezuela.

Lula no ignora esto. Pero, incapaz de organizar una resistencia real a esta burda conspiración —que inevitablemente provocaría una oposición popular masiva en Brasil y más allá—, el presidente de la «izquierda» brasileña busca un papel de liderazgo dentro de ella.

«A Trump le gusta Brasil», dijo luego a los periodistas, dirigiendo el comentario al pueblo brasileño. Le aseguró, con una confianza estudiada, que el presidente fascista de EE. UU. «no ejercerá ninguna influencia en las elecciones brasileñas». Esto no solo es ingenuo, sino una completa mentira que encubre conscientemente la intervención imperialista activa de EE. UU. en la política brasileña.

Como escribió el WSWS tras la reunión de Malasia, «los esfuerzos conscientes de Lula por desarmar a la clase trabajadora ante la creciente amenaza del fascismo y la agresión imperialista» expresan «el callejón sin salida al que ha llevado el programa nacionalista burgués defendido por el Partido de los Trabajadores en Brasil y los gobiernos de la Marea Rosa en toda América Latina». El degradante espectáculo del jueves no hace más que confirmarlo.

Un programa nacionalista, es decir, uno que acepta la legitimidad del orden capitalista imperialista, no tiene respuesta ante el estallido de la guerra, el fascismo y la agresión neocolonial. Lo que la clase trabajadora de América Latina requiere es la construcción de su propio partido revolucionario, que luche por la revolución socialista internacional: la construcción del Comité Internacional de la Cuarta Internacional.

(Artículo publicado originalmente en inglés el 8 de mayo de 2026)

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