Estados Unidos ha reanudado la guerra abierta contra Irán. Durante la última semana, las fuerzas estadounidenses han bombardeado cientos de objetivos en todo el país, han vuelto a imponer un bloqueo naval a una nación de 90 millones de habitantes y han declarado el derecho a continuar la embestida indefinidamente. Lo que se está desarrollando es una nueva etapa de una guerra de conquista, dirigida a la destrucción de Irán como Estado independiente, la toma del estrecho de Ormuz y la transformación del corredor energético más importante del mundo en un peaje estadounidense.
En virtud del acuerdo del 17 de junio, Estados Unidos había levantado el bloqueo de los puertos iraníes a cambio de 60 días de paso seguro para los barcos por el estrecho. El “alto el fuego” duró apenas tres semanas. Trump declaró su fin el 8 de julio, el último día de la cumbre de la OTAN en Ankara, donde las potencias imperialistas se comprometieron a elevar el gasto militar hacia el 5 por ciento del PIB y celebraron los ataques de Ucrania contra territorio ruso.
El viernes, Trump amenazó con que “el Ejército de EE.UU. está listo, dispuesto y capacitado, por un período de un año, sujeto a prórroga, para diezmar y destruir por completo todas las zonas de Irán”. A partir del sábado por la noche, las fuerzas estadounidenses atacaron más de 300 objetivos en todo Irán durante tres noches consecutivas. El Cuerpo de la Guardia Revolucionaria Islámica respondió declarando el “el cierre hasta nuevo aviso” del estrecho, por el que normalmente pasa una quinta parte del suministro diario mundial de petróleo.h
Luego, el lunes por la mañana, Trump anunció la reimposición del bloqueo naval contra Irán y, en una entrevista con el locutor de radio Hugh Hewitt, declaró: “Los vamos a golpear muy fuerte esta noche, y los vamos a golpear fuerte mañana. Y no hay nada que puedan hacer al respecto”. Estados Unidos, escribió en Truth Social, “será reembolsado, a una tasa del 20 por ciento sobre toda la carga enviada” a través del estrecho.
Estos acontecimientos confirman la advertencia emitida por el World Socialist Web Site el 15 de junio de que cualquier alto el fuego con el imperialismo estadounidense sería el preludio de una nueva guerra. “El fin de esta etapa de la guerra no significa el fin de la guerra”, escribimos. “El marco de alto el fuego de 2026 allanará el camino para la guerra que le sigue”.
La renovada embestida es producto del fracaso del imperialismo estadounidense en lograr sus objetivos. Trump lanzó su ataque contra Irán en febrero para derrocar al gobierno en Teherán, desmantelar el programa nuclear iraní, destruir sus fuerzas armadas y tomar el estrecho de Ormuz. Después de 136 días, ninguno de estos objetivos se ha logrado.
Hay una lógica definida en las acciones del imperialismo estadounidense. En la última semana, Trump ha amenazado con apoderarse de la isla de Jarg, por donde fluye aproximadamente el 90 por ciento de las exportaciones de petróleo de Irán, y con destruir las centrales eléctricas iraníes y las plantas desalinizadoras que abastecen el agua potable de 90 millones de personas. Dos grupos de ataque de portaaviones, dos grupos anfibios y unos 50.000 soldados estadounidenses están concentrados en la región.
Un bloqueo es un acto de guerra, y su lógica conduce hacia la invasión. ¿Cómo pretende la administración Trump llevar a cabo la ocupación del estrecho de Ormuz? Tal operación requeriría un despliegue masivo de tropas terrestres y bajas mucho mayores que las ya impuestas a las fuerzas estadounidenses en todo Oriente Próximo.
Hay que hacer una advertencia adicional. El 10 de junio, el periodista Seymour Hersh informó que Trump había preguntado si “era factible” usar armas nucleares de bajo rendimiento contra las fábricas subterráneas donde Irán construye sus misiles. Dada la situación desesperada que enfrenta el imperialismo estadounidense, no se puede descartar el uso de armas nucleares.
Tampoco es Irán el objetivo final. La guerra contra Irán es un frente de una guerra mundial en desarrollo que amenaza a la humanidad con la catástrofe. Avanza junto con la masacre en curso de Israel en Gaza, su violencia en Cisjordania y su bombardeo del Líbano, que ha matado a 4.322 personas desde marzo. La OTAN está escalando su guerra subsidiaria contra Rusia en Ucrania, y todas las facciones de la clase dominante estadounidense están unidas en la necesidad de enfrentarse a China.
Ninguna facción del establishment político se opone a los objetivos predatorios de la guerra, solo a sus resultados. Tanto demócratas como republicanos condenaron el acuerdo de junio por considerarlo demasiado favorable a Teherán. En un artículo de opinión del Wall Street Journal del 22 de junio, el exvicepresidente Mike Pence escribió que el acuerdo “huele al tipo de apaciguamiento” que Trump había rechazado en su primer mandato, instando a que de lo contrario “Trump debería dejar que las fuerzas armadas terminen el trabajo”.
La dirección demócrata atacó el acuerdo con un lenguaje idéntico. El líder de la minoría del Senado, Chuck Schumer, lo llamó el “arte de la rendición”. En los programas de televisión del domingo, los demócratas renovaron la crítica. El representante Jim Himes de Connecticut dijo a CNN que “el régimen sobrevivió a lo que el presidente nos prometió que sería un ataque para acabar con el régimen”.
El Partido Demócrata es un partido de Wall Street y del ejército. Sus líderes tienen conflictos tácticos con la administración sobre cómo se ha librado la guerra, pero están unidos en sus objetivos: la dominación estadounidense de Oriente Próximo y el conflicto con China, potencia nuclear. Se han dedicado sistemáticamente a excluir toda oposición a la guerra de su oposición a Trump y para suprimir la oposición a la guerra en la población.
La queja no es que Trump haya librado una guerra criminal de agresión, asesinado a un jefe de Estado y a los miembros de su familia durante negociaciones diplomáticas y matado a miles de iraníes. Es que la guerra aún no ha logrado alcanzar sus fines.
Las declaraciones de Trump expresan la criminalidad y el gansterismo absolutos del imperialismo estadounidense y de la oligarquía financiera que representa. La amenaza de destruir un país entero, hecha abiertamente y de manera pública, es una amenaza de violencia genocida, en sí misma un crimen de guerra. La exigencia de un tributo del 20 por ciento sobre toda la carga que pase por el estrecho es el lenguaje de una red de extorsión, respaldada por portaaviones.
La guerra es igualmente ilegal en el frente interno. Según la Ley de Poderes de Guerra, un presidente que compromete fuerzas en hostilidades tiene 60 días para obtener la autorización del Congreso o retirarlas. Trump ha convertido esta restricción en una máquina de movimiento perpetuo para guerras ilegales. Al acercarse el plazo, firmó el alto el fuego del 17 de junio y notificó al Congreso que las hostilidades habían “terminado”, lo que supuestamente dejaba el reloj de los 60 días, según la narrativa de la administración, sin efecto.
La guerra en el exterior y la dictadura en el interior no son dos políticas, sino una. Un gobierno que se arroga el derecho de destruir un país de 90 millones de habitantes no puede tolerar los derechos democráticos entre su propia población, sobre todo cuando esa población está pagando la guerra mediante precios disparados y una caída masiva del nivel de vida.
Pero esto señala la fuerza que puede detenerla. La clase obrera —en Estados Unidos, en Irán, en todo Oriente Próximo e internacionalmente— no tiene ningún interés en esta guerra y tiene todo el interés en ponerle fin. Los trabajadores de todo el mundo deben ser movilizados contra la ofensiva del imperialismo estadounidense contra Irán, como punta de lanza de un movimiento internacional contra la guerra dirigido contra el sistema capitalista que produce la guerra.
(Artículo publicado originalmente en inglés el 14 de julio de 2026)
