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Perspectiva

El espectro del “comunismo de la IA”: los modelos chinos de pesos abiertos y la crisis de la burbuja estadounidense de la IA

Visitantes en el stand de Kimi K3, de Moonshot, durante la Conferencia Mundial de Inteligencia Artificial en Shanghái, el viernes 17 de julio de 2026. [AP Photo/Ng Han Guan]

El lanzamiento de dos modelos chinos de inteligencia artificial (IA) que compiten con el nivel de los sistemas estadounidenses más avanzados, coincidiendo con la Conferencia Mundial de Inteligencia Artificial en Shanghái, ha provocado pánico en Washington y en Silicon Valley, dejando al descubierto la fragilidad de la burbuja especulativa sobre la cual descansa hoy la totalidad del mercado bursátil estadounidense.

El jueves, un día antes de la apertura de la conferencia, la firma pequinesa Moonshot AI lanzó Kimi K3, que, en palabras del Wall Street Journal, principal órgano del capital financiero estadounidense, “sacudió a los mercados mundiales” y es “considerado a la altura de los mejores del mundo”. Tres días después, Alibaba presentó en avance Qwen 3.8 Max, afirmando haber superado a Kimi K3.

“El principal evento de IA de China envía un mensaje a EE.UU.: vamos por ustedes”, tituló el Journal desde Shanghái. El jefe de política de seguridad nacional de Anthropic, Tarun Chhabra, había declarado apenas la semana anterior que la ventaja estadounidense habría sido de 12 a 18 meses si las firmas chinas no hubieran entrenado sus modelos con los resultados de los sistemas estadounidenses. Esa ventaja se mide ahora en semanas: solo Claude Fable 5 y GPT-5.6 Sol, lanzados en junio y julio, se mantienen por encima de Kimi K3.

Lo que ha provocado la crisis es la apertura de los nuevos modelos. Ambos son de “pesos abiertos”: Moonshot publicará los pesos completos [es decir, los parámetros resultantes de su entrenamiento] de Kimi K3 antes del 27 de julio, y Alibaba ha prometido lo mismo. Una vez hechos públicos, cualquiera puede descargarlos, examinarlos, modificarlos y ejecutarlos en su propio hardware, sin deberle nada a las corporaciones estadounidenses de IA.

El objetivo de toda la industria estadounidense de la IA ha sido monetizar y monopolizar esta tecnología. Los cientos de miles de millones ya invertidos y los billones proyectados para centros de datos descansan sobre la premisa de que la inteligencia artificial de vanguardia seguirá siendo una mercancía escasa y monopolizada, de la cual un puñado de corporaciones extrae rentas. Si los modelos de IA de mayor calidad pueden reproducirse libremente, su precio debe caer hacia el costo básico de la electricidad y el silicio necesarios para ejecutarlos. Lo que se evapora es la renta, y la renta es lo único que sostiene las valoraciones de OpenAI y Anthropic, ambas en preparativos para salir a bolsa.

La confianza de los inversores en que las empresas estadounidenses mantendrían su dominio de la vanguardia tecnológica, escribe el Journal, “ha estado en el centro del auge, ayudando a justificar billones de dólares en gasto en infraestructura”. Sin embargo, todo el edificio es deficitario. Según cifras recopiladas a partir de informes ante la SEC y reportes de ganancias, las principales tecnológicas estadounidenses han volcado cerca de 1,4 billones de dólares en IA frente a unos 700.000 millones de dólares en ingresos acumulados, y solo Nvidia, que vende el hardware que las demás consumen, opera con ganancias.

Las acciones vinculadas a la IA representan ahora un récord del 45 por ciento de la capitalización bursátil del S&P 500 y han aportado aproximadamente tres cuartas partes de los rendimientos del índice en los últimos tres años. Sin la IA, el mercado bursátil estadounidense apenas habría subido: prácticamente todo su avance de los últimos años ha sido una apuesta a la permanencia del monopolio de la IA, una masa colosal de capital ficticio, títulos de papel sobre futuras ganancias monopólicas que la aparición de modelos abiertos comparables está dejando sin valor.

La burbuja de la IA puede estallar en cualquier momento, y los acontecimientos de la última semana indican que ese momento podría llegar antes de lo previsto. El viernes, el Nasdaq cayó un 1,4 por ciento, quedando cerca de un 6 por ciento por debajo del récord que había alcanzado seis semanas antes, mientras que el Índice de Semiconductores de Filadelfia cerró su peor semana en más de 15 meses, con una caída del 12,5 por ciento. No puede predecirse si el actual declive marca el inicio del colapso o es apenas otro temblor.

Pocas veces los defensores de la propiedad privada exponen su causa con tanta franqueza como Dean Ball, exfuncionario de la administración Trump y ahora “jefe de futuros estratégicos” de OpenAI. Un mundo dominado por modelos de pesos abiertos, declaró Ball en X, equivaldría a un “comunismo de la IA total”, en el cual la inteligencia artificial dejaría de ser “un producto de mercado” para convertirse en un “bien público” provisto por el Estado, una perspectiva que denunció como un “infierno distópico”.

La declaración es una confesión involuntaria. Lo que aterra a los oligarcas de la IA es que la inteligencia artificial se libere de la correa de la propiedad privada y se convierta en lo que ya es en esencia: un producto social, creado a partir del conocimiento, el lenguaje y el trabajo de toda la humanidad, y perteneciente por derecho a toda la humanidad.

Por esto los oligarcas buscan ahora criminalizar los modelos de pesos abiertos, una campaña que ya se encuentra bastante avanzada. Funcionarios de seguridad de la administración Trump, según reportan el Journal y Axios, han considerado listas negras comerciales, alertas federales de seguridad y una orden ejecutiva dirigida contra los modelos de pesos abiertos, aunque hasta ahora las discrepancias internas han impedido actuar. El ascenso de Kimi ha reavivado estos esfuerzos, y la facción de seguridad nacional parece estar ganando terreno. A falta de una prohibición formal, se están preparando normas de contratación pública y campañas de presión pública para alejar a las empresas e ingenieros estadounidenses de los modelos chinos, que han adoptado por ser más baratos y casi igual de buenos. El objetivo es forzarlos de vuelta hacia los modelos de las empresas estadounidenses, con el fin de sostener sus valoraciones.

El Estado ya ha ejercido este poder contra una empresa estadounidense. En junio, una directiva de exportación del Departamento de Comercio obligó a Anthropic a retirar Claude Fable 5, su modelo más potente, durante 19 días, lo cual demuestra que el Estado capitalista impondrá un control directo sobre esta tecnología sin importar quién sea su propietario.

La hipocresía de estas maniobras no tiene límites: el imperialismo estadounidense ha pasado décadas acusando a sus rivales de prácticas comerciales desleales y subsidios estatales, del acero a la industria aeroespacial, y sin embargo las propias corporaciones estadounidenses de IA son criaturas del Estado, construidas sobre décadas de investigación financiada públicamente y engordadas con contratos federales, subsidios a los chips y exenciones fiscales. Sam Altman, Dario Amodei y Demis Hassabis, que encabezan OpenAI, Anthropic y DeepMind de Google, construyeron sus fortunas sobre la mitología del libre mercado sin trabas y ahora claman por una intervención estatal de mano dura contra competidores a los que no pueden derrotar. La administración Trump, un gobierno de oligarcas, dará forma a cualquier medida que surja para saquear al público y enriquecer a la aristocracia financiera.

Las alarmas han llevado a los oligarcas a atacarse públicamente. David Sacks, asesor de IA de la Casa Blanca denunció la publicación de Ball como la confesión de una “estrategia de captura regulatoria”. Detrás de la disputa se halla un conflicto de intereses materiales entre las facciones cuya riqueza está ligada a las valoraciones de las empresas de modelos cerrados ya establecidas, y aquellas que se beneficiarían de una inteligencia barata y abundante, sin importar su origen.

Ante esta crisis, la clase dominante estadounidense responde como lo ha hecho ante cada desafío a su dominio: con nacionalismo económico y preparativos de guerra. Pero un modelo de pesos abiertos cruza todas las fronteras del planeta en el tiempo que toma transferir un archivo, y no existe arancel que pueda gravar la propagación del conocimiento. Precisamente porque la tecnología china no puede ser derrotada en una competencia abierta, la campaña en su contra es inseparable de los controles a la exportación, la guerra comercial y la acumulación militar en el Pacífico. Ese camino conduce a la fragmentación de la cultura científica mundial en bloques hostiles y, en su punto final, a la guerra entre potencias con armamento nuclear.

El señor Ball, en su pánico ante el “comunismo de la IA”, ha revelado sin querer una verdad básica. La pretensión de un puñado de oligarcas multimillonarios de ser propietarios de esta tecnología, de racionar sus beneficios en función de las ganancias y de convertirla en arma de guerra no tiene ninguna legitimidad histórica. Lo que Ball llama un “infierno distópico” es la alternativa que hoy se plantea: la transformación de la IA en infraestructura pública en beneficio de todos.

Como infraestructura pública, la IA haría posible, por primera vez en la historia, la planificación racional y democrática de la producción a escala mundial, orientada a las necesidades humanas y no a la ganancia privada. Los mismos sistemas hoy utilizados para la vigilancia y la guerra podrían volcarse hacia resolver enfermedades, ir más allá de los combustibles fósiles y liberar a miles de millones de personas del trabajo embrutecedor.

El Estado capitalista chino, que persigue su propia agenda nacional, no traerá ese futuro. Solo la clase obrera internacional puede hacerlo. El Comité Internacional de la Cuarta Internacional ya ha demostrado la aplicación revolucionaria de esta tecnología con Socialism AI, lanzado por el World Socialist Web Site el 12 de diciembre de 2025, para orientar la IA hacia la educación socialista de los trabajadores y los jóvenes, y poner a su disposición las lecciones acumuladas de más de 150 años del movimiento marxista.

El significado de la última semana no reside en el triunfo de un capitalismo nacional sobre otro. Las fuerzas productivas creadas por un trabajo integrado globalmente han desbordado tanto la propiedad privada como el sistema de Estados nacionales, y las convulsiones en las bolsas estadounidenses registran esa contradicción en el lenguaje del mercado. Se resolverá de una de dos maneras: por las clases capitalistas, mediante el colapso económico, la dictadura y la guerra; o por la clase obrera internacional, mediante la reorganización socialista de la vida económica a escala mundial. Un espectro recorre a los oligarcas de la IA: el espectro del “comunismo de la IA”. Su terror está bien fundado.

(Artículo publicado originalmente en inglés el 23 de julio de 2026).

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