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Perspectiva

La inundación entre Nepal y China, el cambio climático y la lucha por el socialismo

En el transcurso de apenas unas horas, en la mañana del miércoles, una cascada de agua y rocas arrasó con un tramo de 72 kilómetros de los ríos Trishuli y Bhote Koshi, produciendo una inundación repentina que destruyó y dañó severamente a decenas de poblados en los distritos nepalíes de Rasuwa y Nuwakot. El cruce del Puerto de Gyirong entre Nepal y el Tíbet, alguna vez el principal punto de control comercial y turístico de la región, fue arrasado por completo.

Las autoridades han confirmado al menos 389 muertos en Nepal y 3 en China, con otros 910 y 558 desaparecidos, respectivamente. Han circulado en redes sociales numerosos videos desgarradores de personas que intentaban huir de la inundación—descrita por los hidrólogos como “concreto líquido”—, muchas de las cuales perecieron trágicamente.

Rescatistas usan una excavadora para trasladar a un lugar seguro a una víctima de la inundación repentina, a orillas del río Trishuli, en el distrito de Nuwakot, en Nepal, el miércoles 26 de agosto de 2026. [AP Photo/Niranjan Shrestha]

“Hasta esta madrugada, esto era muy pintoresco... Había una central y una planta hidroeléctrica. Todo ha sido arrasado”, le declaró a Al Jazeera el jueves Rajendra Poudel, trabajador de salud en la localidad de Betrawati. “Esto es desgarrador; no encuentro palabras”.

La inundación sepultó buena parte de las aldeas de Timure y Syapru Besi, en Rasuwa, y de Betrawati, en Nuwakot, y destruyó al menos 19 puentes y unos 40 kilómetros de carreteras. La Autoridad Eléctrica de Nepal estimó que se habían perdido 430 megavatios de capacidad de generación. El jueves, las autoridades chinas advirtieron que un nuevo lago, formado detrás de los escombros del deslizamiento, podría reventar y enviar una segunda oleada por los mismos valles.

Las imágenes satelitales sugieren que la causa inmediata del desastre fue una masa de hielo y roca que se desprendió de una ladera cubierta de glaciares en el Tíbet, produciendo una avalancha lo suficientemente grande como para ser detectada como un evento sísmico de magnitud 5,2 en Alemania y por el Servicio Geológico de Estados Unidos. La catástrofe social resultante, sin embargo, es la más reciente consecuencia de la negativa de los gobiernos capitalistas del mundo a detener el cambio climático y preparar a sus poblaciones ante sus inevitables consecuencias mortales.

Los estudios sobre regiones de gran altitud como el Himalaya, incluida la frontera entre Nepal y el Tíbet que resultó inundada, han demostrado durante años que estas zonas son particularmente vulnerables al calentamiento global. Pequeñas cantidades de calentamiento derriten la nieve; la roca expuesta absorbe entonces más luz solar, produciendo más calentamiento, derritiendo más nieve, y así sucesivamente, en un ciclo de retroalimentación positiva.

El Centro Internacional para el Desarrollo Integrado de Montaña (ICIMOD), una institución científica intergubernamental, informó en 2023 que los glaciares del Himalaya desaparecieron un 65 por ciento más rápido entre 2011 y 2020 que en la década anterior. Un estudio similar del ICIMOD, en marzo de este año, concluyó que los glaciares del Himalaya tienen una tasa de pérdida de hielo el doble de la que tenían en el año 2000. El informe advirtió, apenas hace cinco meses, que “esto no es un problema lejano; es una crisis que se desarrolla en tiempo real, con nuevos desastres cada verano y cada temporada de monzones”.

La respuesta de los gobiernos del mundo a este aspecto particular de la crisis climática ha sido irrisoria. En julio de 2025, el Fondo Verde para el Clima (GCF) aprobó un programa para proteger a 2,4 millones de nepalíes de las inundaciones glaciares, incluido el drenaje de cuatro lagos de alto riesgo y la construcción de sistemas de alerta temprana. El presupuesto para este proyecto es de 49,9 millones de dólares a lo largo de siete años, el equivalente a aproximadamente lo que gasta el ejército estadounidense en 30 minutos, al ritmo del proyecto de ley de asignaciones de 839.000 millones de dólares que la Cámara de Representantes aprobó en enero.

Cualquier otra iniciativa para combatir el cambio climático es igualmente impotente, subordinada al impulso de la ganancia corporativa y a los recursos, cada vez mayores, redirigidos hacia la guerra. La administración Trump se retiró del Acuerdo de París el 27 de enero, y emitió una revocación del dictamen de la Agencia de Protección Ambiental sobre los gases de efecto invernadero el 12 de febrero, jactándose de ser “la mayor acción de desregulación individual en la historia de EE.UU.”.

Estados Unidos ni siquiera asistió a la cumbre climática de las Naciones Unidas (COP30) de noviembre pasado, en Belém, Brasil, y la propuesta de una hoja de ruta para eliminar gradualmente los combustibles fósiles y limitar las emisiones de carbono fue bloqueada por China, India, Arabia Saudita y Rusia. En Europa, los compromisos climáticos están siendo abandonados en masa, mientras las potencias imperialistas continúan rearmándose en preparación para una confrontación directa con Rusia.

El calentamiento del Himalaya está ocurriendo en conjunto con tendencias globales, todas ellas en aumento. El 22 de agosto, cuatro días antes de la inundación, el Servicio de Cambio Climático Copernicus de la Unión Europea registró la temperatura diaria más alta jamás medida en la superficie oceánica mundial, 21,1 grados Celsius, superando el récord establecido en marzo de 2024. También resulta significativo que esta medición se haya producido a fines de agosto, cuando los océanos suelen estar enfriándose.

Antes, en julio de este año, Europa Occidental registró temperaturas promedio 2,79 grados C por encima del promedio histórico, provocando incendios forestales que desplazaron de sus hogares a más de 375.000 personas en Francia y España. Ese mismo mes, los incendios forestales en Canadá y el centro del país de EE.UU. cubrieron buena parte de la mitad oriental de América del Norte con humo tóxico, con el índice de calidad del aire superando los 900 en Duluth, Minnesota, y los 500 en grandes áreas metropolitanas como Detroit.

Y el 13 de agosto, la Administración Nacional Oceánica y Atmosférica de EE.UU. (NOAA, por sus siglas en inglés) informó que existe una probabilidad superior al 90 por ciento de que se desarrolle un fenómeno de El Niño muy fuerte este otoño e invierno, y una probabilidad del 69 por ciento de que sea el más fuerte jamás registrado, provocando un repunte aún más pronunciado del calentamiento global.

Que tantos desastres hayan ocurrido, y sigan ocurriendo, es una acusación contra el sistema capitalista. Una de las primeras advertencias ampliamente conocidas sobre los peligros del calentamiento global la dio el fallecido astrónomo Carl Sagan, quien advirtió en 1985 que ya había “señales inequívocas” y que era necesario emprender una vasta movilización internacional para evitar que se sintieran los peores impactos.

La humanidad vive hoy en el mundo en el que esas advertencias, y las de la inmensa mayoría de los científicos del planeta, han sido ignoradas de manera activa. Los trabajadores enfrentan cada día tormentas más devastadoras, olas de calor más largas, sequías más severas e incendios forestales que parecen no cesar nunca. Los arrecifes de coral están muriendo, amenazando partes significativas de la cadena alimentaria terrestre. El derretimiento glaciar y el aumento del nivel del mar están inundando lentamente cada ciudad costera del planeta, con el potencial de desplazar a un tercio de la población mundial.

Los últimos 41 años también han demostrado que la humanidad nunca ha poseído una capacidad mayor para comprender y dominar estos procesos naturales. Los satélites mapean cada glaciar en el Himalaya y en todo el mundo; la IA y las supercomputadoras modelan el clima con décadas de anticipación; enormes mejoras en la energía solar, eólica, mareomotriz, geotérmica y otras formas alternativas de energía han hecho que la necesidad de quemar carbón, petróleo y gas natural sea, en teoría, obsoleta; los avances en nuevos materiales superconductores están a punto de reducir drásticamente la necesidad misma de generar tanta electricidad.

Pero la aplicación de esta capacidad y la reorganización de la vida social y económica a escala internacional sobre esta base están bloqueadas a cada paso por la ganancia privada y la división del mundo en Estados nación rivales. Así, la solución al cambio climático no es una cuestión científica o técnica, sino una cuestión política y marcadamente revolucionaria .

Federico Engels escribió en El papel del trabajo en la transformación del mono en hombre que “por cada una de esas victorias” sobre la naturaleza, “enfrentamos su venganza”, y que controlar las consecuencias de la producción “requiere algo más que el mero conocimiento. Requiere una revolución completa en nuestro modo de producción existente hasta ahora, y, simultáneamente, una revolución en todo nuestro orden social contemporáneo”.

Lo mismo puede decirse hoy con aún más fuerza. Ningún gobierno capitalista propone una solución seria al cambio climático, porque esta no puede lograrse mientras la vida económica esté subordinada a los intereses materiales de la oligarquía financiera. Tampoco puede depositarse ninguna confianza en los programas de los partidos verdes y las organizaciones pseudoizquierdistas, todos los cuales aceptan el orden social actual como algo que simplemente necesita ser reformado.

Así, la solución al cambio climático es el derrocamiento revolucionario del propio capitalismo. Esto debe ser llevado a cabo por la clase obrera, la única fuerza social internacional y, por lo tanto, la única capaz de realizar la transformación necesaria de las industrias energética, agrícola y logística, con el fin de reducir, revertir y controlar el cambio climático.

El Comité Internacional de la Cuarta Internacional, los Partidos Socialistas por la Igualdad y la Alianza Internacional Obrera de Comités de Base (AIO-CB) luchan por movilizar a los trabajadores sobre esta base, y por la expropiación de la oligarquía financiera y la reorganización de la economía mundial sobre bases socialistas.

(Artículo publicado originalmente en inglés el 27/08/2026).

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