El 3 de septiembre, el presidente argentino, Javier Milei, pronunció dos discursos. Por la mañana, en Santiago, Chile, le dijo al V Encuentro Regional del Foro Madrid, una asamblea internacional de fuerzas fascistoides, que el golpe militar de 1973 contra Salvador Allende había iniciado cuatro décadas de prosperidad. Esa noche, flanqueado por todo su gabinete en la televisión nacional, anunció sanciones, decretos y una base naval en defensa del reclamo argentino sobre las islas Malvinas.
Los dos discursos estaban profundamente conectados. Un gobierno cuyo programa de austeridad alimenta la crisis económica y el descontento de masas recurre simultáneamente a la rehabilitación de las dictaduras militares y al chovinismo nacionalista. Ambos están dirigidos contra la clase obrera, y ambos profundizan la subordinación de Argentina al imperialismo estadounidense.
Otro discurso, pronunciado hace dos años, ofrece la clave para entender en términos de clase la política de Milei. En enero de 2024, en el Foro Económico Mundial de Davos, pronunció una diatriba fascista que fue recibida con aplausos atronadores por los oligarcas reunidos. Elon Musk lo elogió. El Wall Street Journal publicó su discurso bajo el titular de que le había “trasplantado agallas” a la audiencia de Davos.
Ahora, con el ascenso de la AfD en Alemania y de la extrema derecha a nivel mundial, así como con los esfuerzos continuos de Trump por socavar el orden constitucional en EE.UU., la normalización de este tipo de política se encuentra ya muy avanzada. Lo que Milei dice hoy, lo dice como voz de una oligarquía financiera que ha concluido que ya no puede gobernar a través de formas democráticas.
El discurso de Santiago estuvo cargado de tropos fascistas: desde describir la oposición parlamentaria en Argentina como “un golpe de Estado”, hasta jactarse de haber deportado a más de 10.000 personas el año pasado y a 14.000 en lo que va de este año, pasando por un guiño a la teoría del “gran reemplazo”, al afirmar que el gobierno español le estaba allanando el camino a “las hordas extranjeras que terminarán reemplazándolos”.
“Tras el derrocamiento del comunista Allende”
Sus declaraciones más significativas, sin embargo, fueron su tributo a 1973. Milei le dijo al Foro Madrid:
Chile es un lugar emblemático porque con su historia reciente nos recuerda el valor inmenso de dar la batalla cultural, tras el derrocamiento del comunista Allende, Chile entró en un período de estabilidad y crecimiento que se extendió por más de 40 años y, gracias a ello, Chile fue sin lugar a dudas la envidia en términos económicos de toda la región.
Lo que Milei describe como “estabilidad y crecimiento” fue un reinado de terror fascista. El 11 de septiembre de 1973, los militares chilenos, con la asistencia directa de la CIA, la inteligencia militar estadounidense y la administración Nixon, bombardearon el Palacio de la Moneda e instalaron la dictadura del general Augusto Pinochet. Unos 3.000 trabajadores, estudiantes y socialistas fueron asesinados o desaparecidos. Decenas de miles fueron torturados en el Estadio Nacional y en centros clandestinos en todo el país. El Congreso fue disuelto, los partidos fueron prohibidos, los sindicatos fueron aplastados.
Este aparato de terror existió con un propósito definido: imponer, a punta de fusil, el programa de libre mercado diseñado por los “Chicago Boys” formados bajo Milton Friedman. La privatización, la desregulación y la destrucción de los salarios solo pudieron llevarse a cabo después de que la clase obrera fuera físicamente decapitada. Ese es el contenido real del “modelo chileno” que Milei celebró en Santiago, una semana antes del aniversario del golpe, junto al presidente José Antonio Kast, defensor de toda la vida de la dictadura.
Milei se refirió luego al levantamiento de masas de 2019 en Chile:
El país entero se viera sumido en una ola de violencia izquierdista sin precedentes, que dejó decenas de muertos entre 2019 y 2020, porque los izquierdistas, en un punto, creían que tenían razón en ejercer la violencia para llevar adelante sus políticas.
Se trata de una falsificación descarada. Fue el Estado chileno el que mató a decenas de manifestantes y disparó contra más de 400 de ellos en los ojos, además de los miles detenidos y torturados.
Resulta apropiado que Milei combine la represión de 2019 con su tributo al golpe. En su momento, el presidente Sebastián Piñera lanzó un estado de emergencia que puso a soldados en las calles contra los manifestantes, por primera vez desde Pinochet.
La carta de las Malvinas
Horas después, Milei salió en la televisión nacional para afirmar que su gobierno perseguiría el control sobre las Malvinas. Alegó que “vientos de cambio” favorecían el reclamo argentino, citando el comentario de Trump de que Washington podría reconsiderar su posición de reconocer el control británico de las islas, a las que llama Falklands.
En realidad, el comentario de Trump fue bastante evasivo: “Siempre reviso todas las posiciones. Esa es solo una de tantas”. Cuando GB News le preguntó si ayudaría a Reino Unido en una disputa, Trump se mostró molesto, quejándose de que el Reino Unido “no estuvo ahí para ayudarme” en el asunto de Irán.
Lo absurdo de que Milei se envuelva ahora en la bandera queda subrayado por su admiración abierta de Margaret Thatcher, quien ordenó el hundimiento del General Belgrano, matando a 323 marinos argentinos. Adoptó la postura soberanista apenas hace unos meses, en medio de una rápida caída en su nivel de aprobación y ante las próximas elecciones.
El precedente histórico es inconfundible. En abril de 1982, la junta fascista-militar, en bancarrota económica y enfrentando a una clase obrera que retomaba su combatividad tras una represión brutal, invadió las islas. Las dirigencias peronista y estalinista, que acababan de ser sometidas a golpes, marcharon hacia la Plaza de Mayo detrás del general Leopoldo Galtieri. Y el revisionista Nahuel Moreno, quien había roto con el Comité Internacional de la Cuarta Internacional y vivía en el exilio, llamó a sus partidarios a unirse al “campo militar” de la junta, negándose a plantear una sola exigencia de clase independiente. Cientos de conscriptos murieron por un régimen que había desaparecido a 30.000 personas, y esta causa nacional se convertía en el instrumento a través del cual los trabajadores quedaban atados a sus propios verdugos.
Una vez más, toda la élite política argentina cierra filas detrás de la “causa de las Malvinas”. Los peronistas, que de día denuncian la austeridad de Milei, hacen eco de sus reclamos territoriales sin ningún reparo. Lo mismo hacen las organizaciones morenistas.
La posición trotskista es la opuesta. La teoría de la revolución permanente de León Trotsky establece que, en los países de desarrollo capitalista tardío, oprimidos por el imperialismo, las tareas democráticas —entre ellas la expulsión de la dominación extranjera— no pueden confiarse a la burguesía nacional. Solo la clase obrera, luchando por su propio poder de clase, puede llevarlas a cabo como parte de la revolución socialista mundial.
La toma británica de las islas en 1833 y la guerra de la Marina Real de 1982 fueron crímenes coloniales. Pero la lucha contra el imperialismo solo puede ser librada por una clase obrera que mantenga una independencia política irreconciliable frente a su propia burguesía.
Los discursos de Milei son una medida de la crisis de su gobierno. El índice de desaprobación de Milei se sitúa cerca del 65 por ciento, mientras que el 64 por ciento rechaza ahora la afirmación de que sus políticas económicas de “terapia de choque” son necesarias pese al dolor que causan, y el 65 por ciento dice que el sacrificio no valdrá la pena, cifras que a comienzos de año estaban divididas en partes iguales.
El dólar mayorista superó los 1.500 pesos, pese a la fuerte intervención del Banco Central para evitar una devaluación del peso, y el índice de riesgo país subió más del 20 por ciento en agosto. Los ingresos fiscales caen a medida que se contraen los sectores vinculados al consumo, y en junio el gobierno incumplió por primera vez su meta fiscal con el FMI. Unas 30.000 pequeñas y medianas empresas han cerrado, y se han eliminado cientos de miles de empleos.
La semana pasada, el gobierno impuso un salario mínimo de 383.800 pesos, por debajo de la línea oficial de indigencia y por debajo de lo que los propios empleadores habían ofrecido.
Mientras tanto, el presidente “anticorrupción” está sumido en escándalos: el fraude de la criptomoneda $Libra, en el cual la evidencia forense mostraría que habló con un lobista cinco veces en los minutos previos al lanzamiento; el caso de sobornos en la agencia de discapacidad, en el cual 19 personas han sido acusadas y un audio filtrado alegó coimas de entre 500.000 y 800.000 dólares mensuales; el uso del avión presidencial por parte de su jefe de gabinete; un exfuncionario arrestado con 2,5 millones de dólares en efectivo, drogas y equipo de espionaje; y su exjefe de campaña de facto, Fernando Cerimedo, enfrentando múltiples cargos en Bolivia.
En medio de estos escándalos, la administración Trump no vio ningún inconveniente en celebrar en Buenos Aires la cumbre mundial de la Administración para el Control de Drogas (DEA, por sus siglas en inglés), con el titular de la agencia, Terry Cole, elogiando las políticas de Milei “contra los narcotraficantes y contra los terroristas” como un “modelo para la región”. Lo que esto significa es la subordinación de la seguridad y la política exterior al imperialismo estadounidense y a sus preparativos de guerra contra China.
Ante cuatro paros generales desde que asumió el cargo, el gobierno de Milei ha respondido a la oposición con el “protocolo antipiquetes”, arrestos masivos, gases lacrimógenos y las golpizas a jubilados frente al Congreso. Incluso las celebraciones que siguieron a las victorias de Argentina en el Mundial, en julio, fueron recibidas con balas de goma, gas lacrimógeno y camiones hidrantes en Buenos Aires, Córdoba y otras ciudades.
Bajo Milei, el 1 por ciento más rico de la población controla íntegramente una cuarta parte de la riqueza nacional, mientras que el 50 por ciento más pobre, sufriendo todo el impacto de la austeridad “motosierra” de su gobierno, no puede costear las necesidades básicas de la vida.
Es dentro de este contexto social fundamental que debe entenderse la celebración, por parte del presidente argentino, de los regímenes de tortura de Pinochet y Videla. No se trata de una aberración política ni una excentricidad personal, sino una expresión reveladora del impulso de la burguesía, en Argentina como en todo el mundo capitalista, por poner las formas políticas de gobierno en consonancia con las relaciones sociales subyacentes.
Con la enorme concentración de riqueza en la cúspide, mientras los salarios, las pensiones y los servicios públicos son diezmados, las formas democráticas de gobierno se vuelven cada vez más inviables. El resultado es un giro hacia métodos fascistas en todas partes: el impulso de Trump por consolidar una dictadura presidencial en EE.UU., el ascenso de Alternativa para Alemania (AfD), heredera política del nazismo, y la llegada al poder de gobiernos de extrema derecha desde Argentina hasta Colombia.
Las mismas contradicciones sociales que impulsan a la clase dominante a resucitar los métodos asesinos de Pinochet están llevando a trabajadores y jóvenes a la lucha en toda América y a nivel internacional. Lo que se requiere para defender los derechos democráticos básicos y derrotar el impulso hacia la dictadura es la movilización industrial y política independiente de la clase obrera, armada con un programa socialista e internacionalista dirigido contra la dictadura, la guerra y el sistema capitalista que da origen a ambas.
(Artículo publicado originalmente en inglés el 08/09/2026).
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