El martes por la noche, en el lujoso hotel Lotte New York Palace, Donald Trump recibió a la presidenta interina de Venezuela, Delcy Rodríguez, junto al secretario de Estado Marco Rubio, el secretario del Tesoro Scott Bessent, la jefa de Gabinete Susie Wiles y el subjefe de Gabinete Stephen Miller.
Según Axios, Trump fue quien habló la mayor parte del tiempo y entretuvo a su invitada con un relato de la operación militar “de precisión” que capturó a su predecesor, Nicolás Maduro, el 3 de enero. Horas antes, ella había permanecido con la mirada perdida cuando Trump se jactó, desde la tribuna de la Asamblea General de la ONU, de que las tropas estadounidenses “arrestaron al dictador delincuente, el verdadero criminal Nicolás Maduro”, y concluyó: “Al vencedor le pertenecen los despojos”.
Maduro y su esposa, Cilia Flores, se encontraban en una celda del Centro de Detención Metropolitano de Brooklyn, a unos 15 kilómetros de distancia. Rodríguez publicó posteriormente una foto suya sonriendo junto a Trump, calificando la reunión de “histórica”.
Al día siguiente se dirigió a la Asamblea General. Agradeció a Trump su “disposición a retomar el camino de las relaciones diplomáticas y de cooperación”, elogió como “uno de los más grandes jamás suscritos” el acuerdo del 28 de agosto que entregó a las fuerzas invasoras el control mayoritario sobre una quinta parte de las reservas de petróleo de Venezuela —las mayores del mundo—. Luego prometió elecciones en el “momento correcto”.
Lo que omitió fue aún más significativo. No hubo una sola palabra sobre Maduro y Flores, ni sobre las más de 100 personas asesinadas durante la invasión. Tampoco mencionó a Wilber Rafael Garcés Pérez, el repartidor venezolano de DoorDash de 28 años al que un agente de ICE disparó el domingo en Austin y que fue encarcelado con la bala aún alojada cerca de la columna vertebral, ni a los inmigrantes venezolanos que han muerto bajo custodia de ICE.
La coreografía fue una humillación sin precedentes de principio a fin. Rodríguez llegó el lunes en un avión privado con matrícula estadounidense y fue recibida por el encargado de negocios de Washington en Caracas, John Barrett, con un beso en la mejilla.
El Wall Street Journal publicó el titular “De vicepresidenta de un ‘dictador’ a aliada de Trump”, recordando que en 2019 había dicho ante esa misma Asamblea que Venezuela “no se arrodilla ante poder imperial alguno”. Belén Fernández, de Al Jazeera, escribió que “regresó para agradecer al hombre que llevó a cabo” el cambio de régimen y el saqueo de recursos contra los que alguna vez había advertido. El Financial Times observó que “ha tenido que mostrar deferencia hacia Washington de una manera que la mayoría de los líderes considerarían humillante”.
En septiembre de 2019, como vicepresidenta de Maduro, Rodríguez encabezó la campaña “No más Trump”, que, según el Gobierno, reunió 13 millones de firmas contra las sanciones estadounidenses que prometió entregar a la ONU. “No más Trump, ni para Venezuela ni para la humanidad, porque sabemos que es una amenaza internacional”, declaró. Siete años después, la amenaza internacional ha ocupado su país, encarcelado a su presidente y tomado su petróleo. Ella le ha dado las gracias por ello.
¿Qué es, entonces, lo “histórico”? Nunca antes un Gobierno que pretende cubrirse con la bandera del socialismo y el antiimperialismo había llevado a cabo una rendición tan descarada de la soberanía nacional y luego había volado a Nueva York para celebrarla ante el mundo. Esto tiene importantes implicaciones para los trabajadores de todo el mundo.
En Venezuela, el aparato estatal construido por el chavismo, su ejército, policía y servicios de inteligencia, ahora protege directamente los intereses de las compañías petroleras estadounidenses y de los acreedores de Wall Street. Dentro de Estados Unidos, la misma administración que Rodríguez elogia está construyendo un Estado policial contra los inmigrantes y la clase trabajadora, y presenta a Venezuela como un modelo para la “Doctrina Donroe” en el hemisferio.
Para los trabajadores internacionalmente, los chavistas están demostrando lo que harán los nacionalistas burgueses y sus admiradores de pseudoizquierda cuando el imperialismo les pone una pistola en la cabeza.
Rodríguez agradeció a Trump por respaldar la “reinserción de nuestro país en los espacios multilaterales”. Su aparición en la ONU no marca nada de eso. Es la subyugación del país bajo servidumbre colonial. Washington recauda los ingresos petroleros de Venezuela y los mantiene en una cuenta que controla. El Financial Times informa que Caracas debe pedir permiso a la Oficina de Asuntos Económicos, Energéticos y Empresariales del Departamento de Estado, dirigida hasta agosto por Caleb Orr, un asesor de 32 años del secretario de Estado Marco Rubio, para gastar su propio dinero en los salarios de los maestros o en medicamentos.
Están prohibidos los pagos a compañías chinas o rusas. El secretario de Energía Chris Wright ha declarado que Beijing no tendrá ningún derecho sobre los ingresos petroleros venezolanos, cortando el pago de al menos 10.000 millones de dólares en préstamos chinos. Ninguna carga venezolana ha llegado a China desde enero y las empresas conjuntas rusas han sido canceladas.
El episodio refuta la fantasía de que el orden de posguerra dominado por Estados Unidos dará paso pacíficamente a un mundo “multipolar”. El imperialismo estadounidense está respondiendo a su declive apoderándose de recursos estratégicos a punta de pistola y expulsando a sus rivales de lo que considera su patio trasero. Esto solo puede interpretarse como las etapas iniciales de una guerra mundial.
Washington teme “protestas masivas en las calles”
Los arquitectos del protectorado estadounidense saben que están sentados sobre un volcán. “Un Gobierno democrático va a enfrentar protestas masivas en las calles por la inflación, la economía”, dijo una fuente estadounidense a Axios. “Podría amenazar todo el proyecto”. En una conferencia de prensa el miércoles, Rubio explicó que la “verdadera amenaza” sería “elegir a alguien que herede un desastre económico y social absoluto”. Primero debe reestructurarse la deuda de Venezuela para sus acreedores y solo entonces podrían celebrarse elecciones.
La promesa de elecciones sin una fecha es una hoja de parra. La forma política que requiere un régimen completamente subordinado al imperialismo, que debe extraer la riqueza de la nación para el capital extranjero mientras los trabajadores reciben salarios de hambre, es un Estado policial fascista. Como explicó León Trotsky en 1938, “En los países latinoamericanos el fascismo es la expresión de la dependencia más servil del imperialismo extranjero”.
En la década de 1970, Washington instaló o respaldó dictaduras militares fascistas en Chile, Argentina, Uruguay, Bolivia, Brasil, Paraguay y Perú para imponer los dictados del capital estadounidense sobre una clase trabajadora rebelde, asesinando y haciendo desaparecer a decenas de miles de personas. El régimen de Rodríguez, respaldado por el mismo alto mando militar que sirvió a Maduro y que ahora responde ante Rubio, está siendo preparado para desempeñar ese papel.
La explosión ya se está gestando. Los apagones de hasta 16 horas diarias en Aragua, Carabobo y partes de Caracas han provocado protestas nocturnas, con residentes bloqueando avenidas en Maracay y golpeando cacerolas en Guacara. Para el jueves, maestros, profesores universitarios, trabajadores industriales y jubilados convocaron una protesta nacional en los 24 estados para exigir salarios dignos. Los profesores universitarios informan de un salario base de menos de un dólar al mes.
La historia venezolana está llena de tales estallidos contra la subordinación al imperialismo. La huelga general de enero de 1958 derribó la dictadura de Marcos Pérez Jiménez. En febrero de 1989, cuando el presidente Carlos Andrés Pérez impuso un paquete del FMI que duplicó de la noche a la mañana los precios del combustible, los trabajadores se alzaron en el Caracazo en Caracas y en una docena de otras ciudades, y el ejército masacró a cientos, posiblemente miles. Al carecer de una dirección revolucionaria propia, la clase trabajadora vio su ira capturada por una facción del cuerpo de oficiales encabezada por Hugo Chávez.
El chavismo utilizó la bonanza petrolera de la década de 2000 para comprar la paz social mediante programas de bienestar limitados, mientras crecía la participación del sector privado en la economía y los bancos venezolanos se convertían en los más rentables del mundo. Nunca rompió la dependencia del país respecto del petróleo ni del capital financiero. Cuando los precios se desplomaron y se endurecieron las sanciones, la élite gobernante y la nueva capa de capitalistas chavistas, la boliburguesía, cargaron todo el peso de la crisis sobre las espaldas de la clase trabajadora.
Bajo las armas estadounidenses, ahora han intercambiado el petróleo de la nación y sus vínculos con Beijing y Moscú por la garantía de Washington de sus propias posiciones y fortunas. A esto condujo inevitablemente la defensa del capitalismo.
“La Marea Rosa” y la revolución permanente
El mismo proceso se ha desarrollado en toda la “Marea Rosa”. El Partido de los Trabajadores en Brasil, el peronismo en Argentina, el MAS en Bolivia y el correísmo en Ecuador administraron el capitalismo, desarmaron políticamente a la clase trabajadora y abrieron la puerta a la derecha.
Su colapso confirma la teoría de la revolución permanente de Trotsky: en los países oprimidos por el imperialismo, la burguesía nacional no puede conquistar una independencia genuina ni llevar a cabo las tareas fundamentales de la revolución democrática, porque teme a sus propios trabajadores mucho más que al imperialismo. Más bien, como estableció Trotsky y verificó la Revolución rusa de Octubre de 1917, estas tareas solo pueden ser llevadas a cabo bajo la dirección de la clase trabajadora, que se ve obligada a tomar el poder y pasar a medidas socialistas mientras busca la extensión internacional de su revolución.
De todos los movimientos de la “Marea Rosa”, el chavismo en Venezuela fue presentado, particularmente por tendencias revisionistas pablistas que habían roto con el trotskismo, como el ejemplo de una nueva vía hacia la liberación de la opresión imperialista e incluso hacia el socialismo. Entre estos elementos de pseudoizquierda, algunos llegaron al extremo de presentar al Gobierno de Chávez como la piedra angular para construir una “Quinta Internacional”. De esta perspectiva, no queda piedra sobre piedra.
El Comité Internacional de la Cuarta Internacional (CICI) fue el único que preparó a la clase trabajadora para estos acontecimientos. Desde hace 65 años, el CICI libró una lucha implacable contra el intento pablista de presentar al castrismo como una nueva vía al socialismo que hacía superflua la movilización política independiente de la clase trabajadora y la construcción de una dirección marxista en su vanguardia. Los trabajadores de América Latina siguen pagando el precio de las derrotas y traiciones infligidas bajo su bandera de sustituir la guerrilla pequeñoburguesa por la revolución proletaria.
El único camino adelante para los trabajadores venezolanos es una ruptura política con todas las facciones de la burguesía, incluido el chavismo y las fuerzas pequeñoburguesas pseudoizquierdistas que actuaron como sus animadoras. La tarea decisiva es asimilar las lecciones de la larga historia de lucha del trotskismo contra el revisionismo y su intersección con las tumultuosas luchas de todo el período pasado. Esta es la base irremplazable para construir secciones del CICI en toda América Latina y unir a la clase trabajadora de todo el hemisferio e internacionalmente en la lucha por la revolución socialista mundial.
(Artículo publicado originalmente en inglés el 25/09/2026)
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