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Un nuevo intercambio con el historiador brasileño Mário Maestri sobre el trotskismo y la Revolución estadounidense

El historiador brasileño Mário Maestri ha enviado una respuesta a nuestro artículo “Una vez más en defensa de la Revolución estadounidense: respuesta a un historiador brasileño”, publicado el 17 de agosto de 2026, en el que desarrolla más a fondo su postura sobre el carácter de la Revolución estadounidense y la independencia de Brasil. A continuación, publicamos nuestra respuesta, seguida de su carta íntegra.

La Masacre de Boston, 5 de marzo de 1770 [Photo by Unknown/The White House / CC BY-NC-ND 4.0]

Permítame comenzar señalando que la “nanobiografía” incluida en nuestro artículo no fue escrita con el objetivo de envenenar la discusión. Para que quede claro: no se trata de una disputa sobre su dedicación a la causa de la revolución socialista, ni sobre la valiente lucha que usted y su generación libraron contra las dictaduras militares, enfrentándose a la persecución, el exilio y todos los riesgos personales que conllevaba la militancia política.

El propósito de esas líneas era explicar la dimensión política de su actividad intelectual, la cual nos parece tan notable en el ámbito público como en el académico. Ante el desafío de presentarla brevemente, optamos por indicar las principales organizaciones políticas en las que usted ha participado durante el último medio siglo.

Resulta significativo que, aunque usted narró esta trayectoria en términos más ricos y detallados que nosotros, nada de lo que escribió refuta las asociaciones que establecimos: con la Convergência Socialista (morenista) y con la Democracia Socialista (mandelista) —ambas, como habíamos señalado, se integraron posteriormente en el PT—; con el PSOL, en cuya primera dirección nacional provisional usted participó; y con el PCB. Por más que esta “mezcolanza de siglas” le parezca “fantasiosa, grotesca y risible”, no es la veracidad de estas asociaciones lo que usted cuestiona. Lo que usted cuestiona específicamente es que se le describa como un “veterano del movimiento pablista”. Y es precisamente aquí donde, de hecho, tenemos una diferencia de concepción.

Sobre la escisión histórica con el pablismo

Para nosotros, el término “pablismo” no se utiliza como un epíteto. Es la designación de una división objetiva en la historia del movimiento trotskista, una división que se remonta a la escisión de 1953 en la Cuarta Internacional. Al presentarlo como un veterano del movimiento pablista, no estamos emitiendo un juicio sobre su carácter; estamos describiendo una afiliación política que es históricamente verificable y que usted mismo, en su respuesta, confirmó al añadir más siglas partidarias —todas directamente vinculadas al Secretariado Unificado pablista— por las cuales pasó a lo largo de su militancia.

Michel Pablo (derecha) con Ernest Mandel

Permítame reconstruir brevemente esta historia. La ruptura de 1953 enfrentó al Comité Internacional —fundado en defensa del programa de la Cuarta Internacional y de la construcción de sus secciones como partidos revolucionarios independientes orientados a dirigir a la clase obrera en la lucha por el poder político— contra la tendencia liquidacionista encabezada por Michel Pablo y Ernest Mandel. Para los pablistas, esta construcción ya no era necesaria: los partidos trotskistas debían disolverse, en cada país, dentro de las organizaciones de masas dirigidas por burocracias estalinistas, socialdemócratas y nacionalistas burguesas, a las que atribuían, bajo la presión de las “fuerzas objetivas” y sus supuestos giros hacia la izquierda, el papel de llevar a cabo las tareas de la revolución socialista.

Una década después, esta división política se profundizó con el giro hacia una reunificación sin principios con los pablistas llevado a cabo por el Socialist Workers Party (SWP) estadounidense —y sus partidarios en América Latina y Asia—, que dio origen al Secretariado Unificado en 1963. Esta maniobra, que amenazaba la continuidad del trotskismo, fue combatida valientemente por la dirección británica del CICI, la Socialist Labour League (SLL), dirigida por Gerry Healy, apoyada por la Organisation Communiste Internationaliste (OCI) francesa.

En el centro de la lucha contra la reunificación sin principios se encontraban los acontecimientos en América Latina y, sobre todo, la interpretación de la Revolución Cubana. El SWP y sus partidarios latinoamericanos caracterizaron a Cuba como un “Estado obrero”, proclamaron que una “nueva época en la historia de la revolución mundial” había comenzado con el ascenso al poder del movimiento nacionalista pequeñoburgués dirigido por Fidel Castro, y asignaron al trotskismo el papel servil de “fortalecer y enriquecer la corriente internacional del castrismo”. Sobre la base de este programa, proclamado en la fundación del Secretariado Unificado pablista, sus organizaciones siguieron la política liquidacionista de reagrupamiento político con las “fuerzas liberadas por la Revolución Cubana”.

Healy y la SLL se opusieron frontalmente a esta caracterización y perspectiva: Cuba no era un Estado obrero, puesto que allí no existía ninguna dictadura del proletariado en forma alguna; las nacionalizaciones de Castro no alteraban el carácter capitalista del Estado; y la Revolución Cubana constituía, de hecho, una confirmación negativa de la Teoría de la Revolución Permanente: allí donde la clase obrera no logra dirigir a las masas campesinas y destruir el poder estatal capitalista, la burguesía resuelve a su manera los problemas de la “revolución democrática”. Por encima de todo, sin embargo, la SLL se opuso a la concepción de que el castrismo había demostrado que fuerzas de clase distintas del proletariado, y direcciones políticas distintas de partidos marxistas conscientes —es decir, la Cuarta Internacional—, podían llevar adelante la revolución socialista en la época presente.

Es importante señalar que el Comité Internacional no se oponía, en principio, a una discusión sobre la reunificación con los pablistas. Lo que el CICI exigía era que tal discusión se basara en una evaluación de las causas de la escisión de 1953 y de su continua relevancia política una década después. Estas exigencias fueron rechazadas. La reunificación se consumó precisamente sobre la base de una profundización de la política pablista: empirismo, objetivismo, capitulación ante direcciones no proletarias y liquidación de la Cuarta Internacional. La respuesta a estas exigencias de principios no fue el debate, sino ataques virulentos y calumniosos: el CICI fue calificado de “sectarios ultraizquierdistas”, una calumnia presentada por Joseph Hansen en “Cuba: The Acid Test” (Cuba: la prueba de fuego).

El caso del Movimiento de Izquierda Revolucionaria (MIR) chileno es la expresión más concreta de la política pablista de reagrupamiento. El MIR no fue una formación que surgiera paralelamente al movimiento trotskista en Chile, sino producto de su liquidación deliberada. Influido por las perspectivas que animaban la reunificación pablista de 1963, el Partido Obrero Revolucionario (POR) fue disuelto dentro de una amalgama de tendencias políticas pequeñoburguesas. Luis Vitale —un argentino enviado a Chile por Nahuel Moreno, quien dirigió esta operación— llamó en 1961 a los trotskistas latinoamericanos a “reunir todas aquellas fuerzas, independientemente de sus orígenes específicos, dispuestas a tomar la experiencia cubana como punto de partida para las luchas revolucionarias en sus propios países”. El resultado fue exactamente aquello contra lo que había advertido la SLL: una organización orientada hacia el guerrillerismo y la aventura armada, a expensas de la construcción del partido revolucionario de la clase obrera y de la lucha por el poder estatal sobre la base de la movilización independiente de los trabajadores.

Registramos, a este respecto, su declarada oposición al guevarismo dentro del MIR a partir de 1971. Pero, para entonces, las condiciones políticas para tal oposición ya habían sido afectadas significativamente por las desviaciones políticas producidas por el pablismo, cuyos partidarios, incluido Vitale, ya habían sido expulsados del MIR. Sin un profundo ajuste de cuentas político con la reunificación de 1963 y sus perspectivas oportunistas, el éxito de esa lucha era imposible. En la derrota de la clase obrera chilena, con el ascenso de la brutal dictadura de Pinochet en 1973, y en toda América Latina de manera más amplia, el precio político del liquidacionismo pablista fue pagado con la sangre de miles de jóvenes, trabajadores y campesinos, empujados hacia desastrosas luchas guerrilleras o convertidos en víctimas de las derrotas que estas produjeron.

Ante estos resultados catastróficos, el Secretariado Unificado realizó giros políticos y se dividió internamente en tendencias mutuamente hostiles. Pero las perspectivas que produjeron estas derrotas, y que habían sido combatidas sistemáticamente por el CICI, nunca fueron sometidas a un serio ajuste de cuentas. Por el contrario: las calumnias y ataques contra el Comité Internacional no hicieron más que intensificarse.

En septiembre de 1976, prácticamente todos los dirigentes del movimiento pablista —tendencias que habían pasado años combatiéndose entre sí— se unieron para denunciar la investigación del CICI “Seguridad y la Cuarta Internacional” sobre el asesinato de Trotsky y la infiltración del movimiento trotskista por agentes estalinistas y del Estado capitalista. Tras declarar que la investigación era un “montaje” sin haber sometido sus pruebas a examen alguno, estas tendencias se reunieron en enero de 1977 en Londres, en una Plataforma de la Vergüenza, para denunciar al CICI en términos histéricos, negándole a Gerry Healy el derecho a hablar en su propia defensa. La esencia de su oposición al CICI era la defensa incondicional de Joseph Hansen, Sylvia Franklin y Robert Sheldon Harte —todos los cuales posteriormente se demostró que eran agentes de la GPU infiltrados en el movimiento trotskista (y también del FBI, en el caso de Hansen). Su propio relato de haber participado activamente entre 1974 y 1977 en la Ligue Révolutionnaire des Travailleurs —la propia sección de Ernest Mandel— nos parece que, lejos de contradecir nuestra caracterización, la confirma. Fueron precisamente los años en los que la oposición pablista al CICI alcanzó su punto más virulento.

Dicho esto, no pretendemos implicarlo personalmente en estos ataques contra el CICI. Esta oposición a la investigación sobre la infiltración estalinista del movimiento trotskista, sin embargo, no fue un episodio aislado. Surgió de la orientación, presente a lo largo de toda la historia del pablismo, hacia la adaptación y rehabilitación de la burocracia soviética, para la cual la exposición de su papel como agencia del imperialismo dentro del movimiento obrero mundial representaba una amenaza directa. Esta orientación encontraría su culminación lógica en la capitulación completa de Mandel y su facción, al frente del Secretariado Unificado, ante Gorbachov. Mientras el CICI denunciaba las reformas de Gorbachov como los preparativos de la burocracia estalinista para liquidar el Estado obrero soviético, Mandel escribió que “sería absurdo imputarle a él y a su equipo el deseo de restaurar el capitalismo en la URSS”, que “en las circunstancias actuales sería irresponsable propugnar el debilitamiento de Gorbachov”, y que “este absolutismo ilustrado... sigue siendo la única alternativa a una dictadura ominosa”.

En la biografía política que usted presenta, habla entre paréntesis de su reciente afiliación, motivada por la invitación de “comunistas veteranos”, al PCB. En su libro de 2020, Domenico Losurdo, um farsante na terra dos papagaios: ensaios sobre o Estalinismo e Neo-Estalinismo no Brasil [Domenico Losurdo, un farsante en la tierra de los papagayos: Ensayos sobre el estalinismo y el neoestalinismo en Brasil], usted había narrado este mismo episodio en términos bastante diferentes:

En noviembre de 2017, mi compañera y yo nos incorporamos, durante ocho meses, a la Célula Internacionalista del PCB-RS... Nuestra decisión de incorporarnos surgió de nuestra evaluación de las posibilidades y oportunidades que entonces presentaba el PCB —un partido por el que sentíamos, y sentimos, gran simpatía, después de su decisión de abrazar el programa socialista... En junio de 2019, dejamos la Célula Internacionalista, y a nuestros queridos camaradas, con quienes seguimos en contacto. Las razones fueron múltiples y simples: la inutilidad de la militancia en una rama regional dominada por jóvenes “identitarios”, mordidos por un electoralismo desenfrenado y, sobre todo, poco inclinados a la discusión, teniendo nosotros prácticamente ningún contacto con los organismos nacionales del partido.

Aquí usted declara su “gran simpatía” por el PCB —que usted mismo reconoce, en el mismo libro, que está infestado de fervientes apologistas de Stalin— y atribuye su salida a una conjunción de “razones simples”, completamente ajenas a cuestiones históricas y políticas fundamentales. Las denuncias que usted hace de los crímenes del estalinismo y de sus apologistas contemporáneos —ante las cuales no somos indiferentes— no cambian su orientación básica hacia el partido histórico del estalinismo brasileño. Esta relativización de la división histórica definitiva entre el trotskismo —la única continuación genuina del marxismo revolucionario— y el estalinismo contrarrevolucionario está objetivamente inscrita en la tradición del pablismo, lo reconozca usted o no.

La lucha contra el Proyecto 1619 y el racialismo

Llegamos ahora a las cuestiones históricas que dieron origen a este intercambio. Usted escribe que le sorprendió nuestra “reprimenda profesoral”, es decir, nuestra observación de que ignoró lo que hemos publicado en defensa de la Revolución Americana de 1776. Usted explica que cada uno busca en las publicaciones que lee aquello que le interesa, y que lo que le interesa del WSWS es su cobertura de las luchas de los trabajadores estadounidenses.

Pero usted no nos escribió para elogiar nuestra cobertura de la lucha de clases en Estados Unidos. Nos escribió para objetar nuestra supuesta “insistencia en caracterizar el movimiento de independencia estadounidense como algo más que una revolución nacional-burguesa inconclusa”. Una crítica de ese tipo no puede plantearse ignorando aquello que se critica. Nuestra exigencia no era pedantería: era que usted abordara el conjunto de trabajos en los que se elaboró nuestra posición. Su respuesta procede, una vez más, como si ese trabajo no existiera.

La demostración más clara es su tratamiento del Proyecto 1619, que usted deja de lado como “un proyecto que desconozco por completo”. La lucha contra el Proyecto 1619 no es un tema incidental de nuestros escritos sobre 1776; es el contexto político en el que fueron realizados. No lo caracterizamos como “un apologista del ‘liberalismo estadounidense’ y de la ‘propaganda de guerra imperialista’”. Lo que afirmamos fue una convergencia de su posición con la del New York Times, y su respuesta refuerza esa evaluación en lugar de debilitarla.

Usted escribe que “la independencia estadounidense liberó al Sur esclavista de la creciente presión ejercida por Inglaterra —a partir de comienzos del siglo XIX— para poner fin al comercio transatlántico de esclavos”. Esto es precisamente lo que Nikole Hannah-Jones afirmó en el ensayo que inauguró el Proyecto 1619, sosteniendo que la Revolución de 1776 fue, en esencia, una contrarrevolución en defensa de la esclavitud. Esa afirmación fue expuesta como un fraude. El WSWS llevó a cabo una campaña sistemática contra ella en colaboración con destacados historiadores del período, que obligó al Times a modificar el pasaje sin reconocer por qué.

Su conclusión política es igualmente la del Proyecto: que los descendientes de los esclavizados y desposeídos “no tienen nada que celebrar respecto de 1776” y deben liberarse de las “fantasmagorías patrióticas”. Y cuando usted explica los 184 años que siguieron invocando “decenas de miles de linchamientos” que fueron “en gran parte perpetrados por trabajadores blancos”, adopta su categoría central: una identidad blanca suprahistórica cuyo atributo definitorio es el racismo, dentro de la cual se disuelve la clase obrera estadounidense. La falsedad histórica de la atribución de la violencia racista a los “trabajadores blancos” ha sido ampliamente expuesta en nuestra respuesta al Proyecto 1619, que, nuevamente, le instamos a leer.

Sobre el carácter revolucionario de 1776

Esto nos lleva al fondo de la cuestión. En su primera carta usted había llamado a la independencia estadounidense “una revolución nacional-burguesa inconclusa”. En su respuesta, la formulación ha desaparecido discretamente, y lo que queda es esto: “No tiene sentido pasar por alto el carácter social restrictivo y no revolucionario de 1776 presentando la Guerra Civil —que ocurrió 84 años después— como una ‘Segunda Revolución Americana’”.

Sea usted consciente de ello o no, ese ataque no está dirigido únicamente contra el WSWS. Está dirigido contra una interpretación de la Revolución Americana que se origina en el propio Marx. En 1864, en nombre de la Asociación Internacional de los Trabajadores, escribió que “así como la Guerra de Independencia estadounidense inició una nueva era de ascenso para la clase media, así la Guerra Antiesclavista estadounidense hará lo mismo para las clases trabajadoras”.

El carácter revolucionario de 1776 también fue evocado poderosamente por Lenin. En agosto de 1918, mientras la república soviética luchaba por su existencia contra los ejércitos combinados de la reacción zarista y las potencias imperialistas, Lenin se dirigió a los trabajadores de Estados Unidos:

La historia de la América moderna y civilizada se abrió con una de esas grandes guerras, verdaderamente liberadoras, verdaderamente revolucionarias, de las cuales ha habido tan pocas... Esa fue la guerra que el pueblo estadounidense libró contra los bandidos británicos que oprimían a América y la mantenían en esclavitud colonial.

Lenin no contrapuso esa tradición a la lucha contra el imperialismo estadounidense. Apeló a la primera para armar la segunda. Convocando a los trabajadores estadounidenses a unirse a la “guerra civil contra la burguesía”, continuó:

El pueblo estadounidense posee una tradición revolucionaria que ha sido adoptada por los mejores representantes del proletariado estadounidense, quienes han expresado repetidamente su completa solidaridad con nosotros, los bolcheviques. Esa tradición es la guerra de liberación contra los británicos en el siglo XVIII y la Guerra Civil en el siglo XIX.

El movimiento trotskista continuó esta tradición. James P. Cannon, fundador del movimiento trotskista estadounidense, escribió en 1951, en “De Karl Marx al Cuatro de Julio”, argumentando que el movimiento revolucionario de los trabajadores es “el heredero legítimo de los hombres de 1776”, y formuló precisamente aquello que a usted le parece carente de sentido: los hombres de 1776 aseguraron la independencia de la nación; la Guerra Civil, “la Segunda Revolución Americana”, destruyó la esclavitud y unificó el país; la Tercera Revolución Americana debe arrebatar la industria de las manos de “una camarilla parasitaria”.

Usted escribe que “por mucho que pueda dolerles a los nacionalistas estadounidenses, no podemos olvidar que el partido Patriota venció con el apoyo de la Francia monárquica y absolutista”. Lenin respondió a esta calumnia, significativamente, cuando trazó un paralelo para defender Brest-Litovsk frente a quienes acusaban a los bolcheviques de colaborar con el imperialismo alemán:

El pueblo estadounidense recurrió hace mucho tiempo a estas tácticas en beneficio de su revolución. Cuando libró su gran guerra de liberación contra los opresores británicos, también tenía en su contra a los opresores franceses y españoles que poseían una parte de lo que hoy son los Estados Unidos de Norteamérica. En su ardua guerra por la libertad, el pueblo estadounidense también llegó a “acuerdos” con algunos opresores contra otros con el propósito de debilitar a los opresores y fortalecer a quienes luchaban de manera revolucionaria contra la opresión...

Su respuesta vuelve más de una vez a lo que parecen ser insinuaciones de que somos “nacionalistas estadounidenses”, de que cometemos “deslices chovinistas”, etc. Nada de esto viene acompañado de un análisis político. ¿Extiende usted también tales afirmaciones a los escritos de Marx, Lenin y Cannon?

Hablando en mi propio nombre —como trotskista brasileño y miembro del Grupo Socialista por la Igualdad (GSI)— debo decir que me molestó particularmente su observación de que “puede sorprender a Tom Mackaman que este acontecimiento haya despertado [‘comprensiblemente’, según usted] poco interés en Brasil”. Allí, y en su afirmación de que la Revolución Americana es “un tema bastante alejado de mis preocupaciones actuales”, no puedo evitar detectar un tipo de “antiestadounidismo” que ha circulado durante mucho tiempo en América Latina como un sustituto falso del auténtico antiimperialismo. Su función ha sido promover diversas formas de nacionalismo pequeñoburgués —desde el castrismo hasta el chavismo— que hoy están completamente podridas. Esta política representa la trampa más mortal para la clase obrera brasileña y latinoamericana: encadena a los trabajadores a las burguesías nacionales en bancarrota e impide que libren una lucha real contra el imperialismo estadounidense, una lucha que depende de construir una colaboración invencible con los trabajadores de Estados Unidos.

La Conspiración Bahiana de 1798

Su respuesta contiene una serie de errores fácticos elementales respecto de la historia de Estados Unidos, resultado previsible de escribir sobre una historia que usted declara que le interesa poco. Pero su error más grave pertenece a la historia brasileña y está contenido en el pasaje en el que intenta ridiculizarnos. Usted escribe:

Mis críticos se entregan a fantasías respecto de la Conspiración Bahiana de 1789, afirmando que fue obra de “artesanos, soldados y hombres libres de color inspirados por la Revolución Haitiana”, ¡un acontecimiento que solo estallaría en 1791, dos años después del movimiento bahiano!

La Conspiración Bahiana tuvo lugar en 1798, como nuestro artículo había señalado correctamente. Ocurrió siete años después del estallido de la revolución de los esclavos en Saint-Domingue, la región de la la isla Hispaniola que llegaría a ser conocida como Haití, no dos años antes.

La influencia del levantamiento haitiano sobre los procesos políticos que se desarrollaban en Bahía a finales de la década de 1790 —una influencia que también fue económica, ya que la interrupción de la producción azucarera en la isla antillana impulsó un resurgimiento de la economía azucarera bahiana con profundas y explosivas implicaciones sociales— es un hecho historiográfico sólido. Como escribe Patrícia Valim, especialista en la Conspiración Bahiana:

Además de las noticias de la Revolución Francesa y de la Independencia de las Trece Colonias, debe recordarse que en el año 1798 estaba en curso la revuelta de los esclavos de la colonia francesa de Saint-Domingue, lo que mantenía a las autoridades en estado de alarma. ... Considerando que la oralidad era el medio por el cual las personas se enteraban de lo que sucedía en el mundo, no parece excesivo sugerir que los cautivos interpretaban las noticias, confiriéndoles sus propios significados e instrumentalizando, hasta cierto punto, las ideas libertarias entonces en circulación.[1]

La reducción de la Conspiración Bahiana —o Revuelta de los Sastres, como es más comúnmente conocida— a nada más que un “complot de las clases dominantes bahianas” que “nunca propuso la abolición de la esclavitud” es una falsificación histórica.

En História da Sedição Intentada na Bahia em 1798, el estudio más paradigmático sobre el tema, Luís Henrique Dias Tavares sitúa el comienzo de las discusiones conspirativas en 1793-94, “entre un pequeño grupo de ‘hombres de consideración’, brasileños que repudiaban la explotación colonial y se sentían atraídos por la Francia de las ideas democrático-burguesas”. Estas ideas, sin embargo, encontraron una verdadera difusión entre las capas populares de Salvador, entonces una ciudad de 60.000 habitantes que atravesaba una profundización de la polarización social: la expansión agrario-exportadora que enriquecía a los grandes propietarios y comerciantes había elevado drásticamente los precios de los alimentos y los bienes básicos. En ese contexto, escribe Tavares, “Hombres libres, pero socialmente discriminados, mulatos, soldados, artesanos, antiguos esclavos y descendientes de esclavos concibieron la idea de una república que garantizara la igualdad. Son ellos quienes hablan de un levantamiento en 1798”.

Bustos de dos de los mártires de la Conspiración Bahiana —Luís Gonzaga dos Virgens y Manuel Faustino dos Santos Lira— en Praça da Piedade, Salvador, Bahía [Foto de Wikimedia/Alex@Eddi / CC BY 3.0] [Photo by Wikimedia/Alex@Eddi / CC BY 3.0]

En la mañana del 12 de agosto de 1798, Salvador despertó y encontró 11 boletines manuscritos colocados en diferentes puntos de la ciudad, convocando al pueblo de Bahía a la revolución. Más de dos siglos después, el contenido revolucionario de estos documentos todavía resuena poderosamente en el presente. Uno de los boletines, confiscado por la policía, dice:

Hombres, ha llegado el momento de vuestra resurrección, sí, de que os levantéis nuevamente del abismo de la esclavitud, de que alcéis la Sagrada Bandera de la Libertad. La Libertad consiste en el estado feliz, en el estado libre de abatimiento: la libertad es la dulzura de la vida, el reposo del hombre en paralelo de igualdad con los demás; en suma, la Libertad es el reposo y la bienaventuranza del mundo. Francia se exalta cada día más, Alemania ya ha doblado la rodilla ante ella, Castilla solo aspira a su alianza, Roma ya vive anexionada, el Pontífice está abandonado y exiliado: el rey de Prusia está prisionero de su propio pueblo: todas las naciones del mundo tienen sus ojos puestos en Francia, la libertad es agradable a todos: ha llegado la hora, pueblo, pueblo, ha llegado la hora de que defendáis vuestra Libertad; el día de nuestra revolución, de nuestra Libertad y de nuestra felicidad está próximo, cobrad ánimo, pues seréis felices para siempre.

Una reunión celebrada el 25 de agosto para planificar un levantamiento armado fue traicionada a las autoridades, desencadenando una ola de arrestos que condujo al procesamiento de 33 personas. Entre ellas había “11 esclavos, cinco sastres, seis soldados de la tropa remunerada, tres oficiales militares, un comerciante, dos orfebres, un bordador, un albañil, un cirujano, un carpintero y un maestro de escuela”.[2] Cuatro hombres, todos ellos hijos o nietos de esclavos, fueron condenados a muerte por dirigir una conspiración contra la Corona portuguesa: Luís Gonzaga das Virgens e Veiga, soldado; Lucas Dantas de Amorim Torres, soldado y ebanista; João de Deus do Nascimento, maestro sastre; y Manuel Faustino dos Santos Lira, aprendiz de sastre. Fueron ahorcados, y sus cabezas y miembros cercenados fueron exhibidos en puntos estratégicos de la ciudad como escarmiento.

La historia del movimiento revolucionario bahiano se reconstruye a partir de los fragmentos que se han conservado, sobre todo de los registros de los procesos penales. Estos indican que Manuel Faustino desempeñó el papel más activo en la movilización de esclavos para el levantamiento y revelan sus métodos. Uno de los esclavos interrogados, Inácio Pires, declaró que el aprendiz de sastre lo había invitado a “un levantamiento” destinado a establecer “un gobierno de Igualdad, con la esclavitud abolida”. En la confrontación entre ambos hombres, el propio Faustino confirmó la invitación a “un levantamiento” que debía establecer un gobierno de “igualdad y libertad para todos los esclavos”.[3]

No soy historiador y no abordo este tema como especialista. Por el contrario: el WSWS está deseoso de colaborar y debatir con historiadores que investigan este y otros episodios extraordinariamente significativos de la historia brasileña. Lo más preocupante de su tratamiento descuidado de la Conspiración Bahiana —como ocurre con la Revolución Americana— es que engendra desprecio por ese pasado revolucionario.

Lo que ha llevado al CICI a librar una lucha intransigente en defensa de la tradición revolucionaria de la Primera y Segunda Revoluciones Americanas es la comprensión de que el esfuerzo de la burguesía por liquidar esa historia —presentarla como una “fantasmagoría” que es mejor olvidar— constituye un componente esencial de su estrategia contrarrevolucionaria: desorientar a la clase obrera y deslegitimar de antemano la futura revolución socialista.

Fraternalmente,

Tomas Castanheira

[1] Valim sostiene también que la relación entre ambos episodios fue posteriormente exagerada en sentido peyorativo por la historiografía del siglo XIX, habiendo caracterizado el historiador Francisco Adolfo de Varnhagen la revuelta bahiana como una “Conspiración Socialista, imitación de la Revolución de Saint-Domingue llevada a cabo por hombres de ‘la más baja calidad’”. VALIM, Patrícia. Corporação dos enteados: tensão, contestação e negociação política na Conjuração Baiana de 1798. FFLCH-USP. São Paulo, 2012.

[2] TAVARES, Luís Henrique Dias. História da Sedição Intentada na Bahia em 1798. Salvador: EDUFBA, 2016.

[3] TAVARES, Luís Henrique Dias. Da Sedição de 1798 à Revolta de 1824 na Bahia: estudos. Salvador/São Paulo: EDUFBA/Editora UNESP, 2003.

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El carácter no revolucionario de la independencia de Estados Unidos

Mário Maestri

Respondo a la extensa refutación —de autoría del historiador Tom Mackaman y Tomas Castanheira (WSWS, 24 de agosto de 2026)— de mi breve cuestionamiento del carácter revolucionario de la independencia estadounidense de 1776. Antes de aclarar mi posición, ofrezco algunas breves reflexiones sobre el “método de discusión” necesario para un debate constructivo y expongo, en estilo telegráfico, mi comprensión de la “revolución” en la historia.

1. Por una discusión saludable

Las primeras ocho líneas de la respuesta dirigida a mí —referentes a mi pasado como militante marxista revolucionario durante los últimos 60 años— me sorprendieron. Esa nano-biografía, un revoltijo de siglas, es fantasiosa, grotesca e hilarante. Prefiero creer que no fue incluida para desacreditarme antes incluso de abordar mis argumentos, sino que fue escrita apresurada y descuidadamente.

Calificarme de “morenista” y “pablista” debe haber hecho revolcarse de risa a mis amigos políticos —y a quienes no son mis amigos—. Por ello me veo obligado a escribir una descripción de mi activismo marxista revolucionario desde 1967 —que abarca Brasil, Chile y Bélgica—, que se adjunta a esta respuesta.[1]

También me sorprendió la reprimenda profesoral por afirmar que soy un lector habitual del WSWS mientras supuestamente no he leído los diversos artículos de la publicación que defienden 1776 como una revolución. Buscamos en las diversas publicaciones que leemos la información que nos interesa. En el excelente WSWS, sigo principalmente la magnífica cobertura de las luchas obreras en Estados Unidos.

La llegada tardía de Estados Unidos a Brasil

La independencia estadounidense de 1776 es un tema bastante alejado de mis preocupaciones actuales. Puede sorprender a Tom Mackaman que este acontecimiento haya despertado poco interés en Brasil, donde es celebrado principalmente por los consulados estadounidenses al estilo trumpista.

Esta falta de interés es comprensible. Contrariamente a lo sugerido por ciertos deslices chovinistas en los textos de mis críticos, Estados Unidos ejerció poca influencia sobre la historia y la política de Brasil hasta comienzos del siglo XX. Después de la independencia de 1822, fue Inglaterra —particularmente en lo referente a la economía y la diplomacia— y Francia —en lo referente a la cultura— las que ejercieron una enorme influencia sobre Brasil. El inglés estadounidense solo comenzó a enseñarse en escuelas privadas y cursos de idiomas en la década de 1960.

Debido a que niego el carácter revolucionario de la independencia estadounidense desde una perspectiva marxista, también se me acusa esencialmente de adoptar la postura del “Proyecto 1619” del New York Times, un proyecto que desconozco por completo. Así, además de ser “morenista” y “pablista”, supuestamente soy un apologista del “liberalismo estadounidense” y de la “propaganda de guerra imperialista”.

También se me acusa de “menospreciar” la “Revolución Americana” porque afirmé —y sigo afirmando— que “no destruyó el orden esclavista”, no produjo “ninguna transformación de clase” y no alteró “las relaciones internas de explotación”, transfiriendo esencialmente el poder político a “‘capitalistas y propietarios de esclavos’”. Sin embargo, no “menosprecio” 1776 ni ningún otro acontecimiento histórico, pues los juicios morales son ajenos al materialismo histórico.

2. Sobre la revolución en la historia

En la epistemología marxista, cuando la expansión de las fuerzas productivas es obstruida por las relaciones sociales de producción, la acción de las clases ascendentes desencadena una crisis revolucionaria; si tiene éxito, esta crisis da paso a nuevas relaciones de producción y a nuevas instituciones políticas, ideológicas y culturales. Según el marxismo, este movimiento revolucionario está determinado esencialmente dentro de la esfera de la producción.

Esta es una realidad inherente a todos los modos de producción clasistas de la humanidad, configurada tanto por sus determinaciones generales como específicas. La transición de la producción esclavista clásica al feudalismo —un proceso de siglos— fue impulsada por las luchas de los esclavizados, abriendo el camino para el surgimiento de la producción feudal.

Las transiciones del feudalismo al capitalismo, y de este último al socialismo, ocurrieron más rápidamente, pero siguieron siendo impulsadas por las clases explotadas. Como hemos visto, estas transiciones revolucionarias estuvieron determinadas predominantemente por la esfera de la producción —es decir, en el nivel de la infraestructura (fuerzas productivas, relaciones de producción, etc.)— y no en el nivel de la superestructura (cultura, ideología, etc.), como mis críticos parecen sugerir con frecuencia.

3. 1776: avances históricos no revolucionarios

Lo mismo ocurrió en 1776 en lo que llegaría a ser Estados Unidos, e incluso —en menor medida— en 1822 con la independencia de Brasil; estos fueron movimientos no revolucionarios.

Quienes cuestionan mis puntos de vista señalan múltiples avances resultantes de la independencia estadounidense: la abolición de la primogenitura y de la tenencia hereditaria de cargos públicos; la eliminación de las propiedades territoriales reales; la eliminación de vestigios de derechos de propiedad aristocrático-feudales; etcétera. Estos eran consecuencias y remanentes del orden colonial y monárquico británico. De una metrópoli que había atravesado su revolución burguesa en 1642, pero que permitía la supervivencia subordinada del antiguo orden aristocrático.

Estoy de acuerdo con la proposición de que la ruptura con la metrópoli abrió el camino para el “rápido desarrollo de las relaciones capitalistas”, relaciones que ya existían y eran dominantes en las colonias del Norte, en lugar de surgir de la independencia política. De hecho, 1776 también facilitó el desarrollo y la consolidación de la producción esclavista del Sur.

La independencia estadounidense liberó al Sur esclavista de la creciente presión ejercida por Inglaterra —a partir de comienzos del siglo XIX— para poner fin al comercio transatlántico de esclavos, una medida impulsada por el interés británico en las materias primas africanas y la penetración en el continente africano. Bajo la protección de la bandera estadounidense, los barcos continuaron cruzando el Atlántico, financiados principalmente por capitalistas de Nueva York y Rhode Island.

Constituciones esclavistas

Con la Independencia de 1776, las constituciones de los estados estadounidenses y de la propia nación no reflejaron “demandas de soberanía popular”, a menos que se defina “el pueblo”, como era común en la época, meramente como hombres libres propietarios.

No fue sino hasta la década de 1850 —más de setenta años después de la Guerra de Independencia— cuando las restricciones al voto basadas en la propiedad fueron completamente abolidas en Estados Unidos... para los hombres libres. Los indígenas estadounidenses no obtuvieron formalmente el derecho al voto hasta 1920, unos 140 años después de 1776.

Incluso después de 1865, una característica definitoria de Estados Unidos —en el Norte, el Este y el Sur— fue una severa discriminación racial con profundas consecuencias económicas; esto estaba muy lejos de la afirmación progresista de que 1776 había desatado una “cultura democrática de masas”. A menos, por supuesto, que consideremos la “democracia” en el sentido ateniense del término, ¡con derechos de voto reservados exclusivamente a los ciudadanos nacidos libres!

Además, la supuesta “cultura democrática de masas” que se dice surgió de la Independencia no transformó “la esclavitud en una cuestión política por primera vez en la historia moderna”, como se ha afirmado. ¡Transcurrieron 84 años completos entre 1776 y la Guerra Civil sin que jamás se adoptara un programa claro!

Una república sin democracia

Y, durante esos más de 80 años, el poder legislativo estadounidense nunca debatió verdaderamente la abolición de la esclavitud. ¡Fueron necesarios nada menos que 184 años —y decenas de miles de linchamientos— para aprobar una ley federal integral de derechos civiles para la población de ascendencia africana! Linchamientos que fueron, en gran medida, perpetrados por trabajadores blancos.

En 1776, en las colonias del Norte y del Centro, el modo de producción dominante era mercantil-capitalista —manufactura, comercio marítimo, agricultura campesina, etc.—, basado principalmente en el trabajo libre. En el Sur prevalecía el modo de producción esclavista colonial, basado en el trabajo esclavizado y apoyado por la población blanca, que constituía la mayoría.

Con la Independencia de 1776, estas relaciones de producción dominantes no experimentaron cambios fundamentales. Las antiguas colonias rompieron su dependencia de la metrópoli sin completar su “revolución burguesa” mediante la abolición de la esclavitud, un proceso reflejado en muchas otras naciones del llamado Nuevo Mundo. Ni siquiera llevaron a cabo una revolución democrática arraigada en las masas.

Independencia sin el apoyo de los explotados[subhead]

Este no es el lugar para discutir la naturaleza de la Guerra Civil, la abolición de la esclavitud y la expansión de las relaciones capitalistas de mercado hacia el Sur —acompañadas por la persistencia de una dominación semiservil mediante el Apartheid, todo ello mientras las clases dominantes del Norte permanecían en silencio—.

Es un tema complejo que implica la coexistencia complementaria de dos modos de producción dominantes —el sistema mercantil esclavista en el Sur y el sistema mercantil capitalista en el Norte— junto con sus respectivas formaciones sociales dentro de un solo Estado, hasta que su coexistencia objetiva se volvió imposible.

Sin embargo, vale la pena recordar que la guerra fue iniciada por los estados esclavistas y que Lincoln hizo todo lo que estuvo a su alcance para mantenerlos dentro de la Unión; además, la esclavitud fue abolida el 1 de enero de 1863 únicamente en los estados confederados. Durante dos años, los afroamericanos continuaron legalmente esclavizados en los estados de la Unión. Solo con la conclusión de la guerra —específicamente el 31 de enero de 1865— se decretó el fin de la servidumbre en Estados Unidos.

Nuestra historia y la de ellos

Una génesis revolucionaria, democrática y popular de la independencia estadounidense sería una bendición para la izquierda estadounidense, al servir como poderoso contrapunto a la narrativa elitista en torno a los Padres Fundadores, quienes eran, en gran medida, importantes propietarios de esclavos. Thomas Jefferson, autor de la Declaración de Independencia, mantuvo esclavizadas a unas 600 personas a lo largo de su vida. George Washington, el primer presidente estadounidense, poseía más de 300 personas esclavizadas en el momento de su muerte. Y así sucesivamente.

El peor camino para la izquierda revolucionaria es reconstruir el pasado de acuerdo con sus propios deseos, borrando así la realidad histórica. Peor aún es creer en sus propias fantasías. El pasado —tal como realmente se desarrolló, y no como uno podría desear que hubiera sido— es la mejor herramienta para comprender el presente y transformarlo mediante la revolución.

De “clase en sí” a “clase para sí”

El carácter elitista, limitado y conservador de 1776 significó que la independencia estadounidense no constituyó una genuina revolución democrático-popular ni burguesa. Fue un movimiento dirigido por una alianza de clases dominantes mercantil-capitalistas.

Los actuales descendientes de trabajadores esclavizados, indígenas estadounidenses, trabajadores manuales sin propiedad —tanto rurales como urbanos— y sirvientes contratados no tienen nada que celebrar respecto de 1776; por el contrario, deben superar las fantasmagorías patrióticas —ya sean de derecha o de izquierda, por bien intencionadas que sean— que rodean aquellos acontecimientos.

El fracaso en lograr una revolución democrático-popular en 1776 pesó enormemente sobre el futuro de Estados Unidos, contribuyendo al carácter restringido de su democracia y a la ardua transición —todavía en curso— de su poderosa clase obrera de una “clase en sí” a una “clase para sí”.

4. Sobre la independencia de Brasil[subhead]

A pesar de poderosas fuerzas centrífugas provinciales, Brasil surgió de la independencia como un Estado unitario sin una nación, debido a la preocupación de las clases dominantes hegemónicas por mantener la producción esclavista y conservar sometida a la población esclavizada.

Incluso antes de la crisis colonial, facciones de las clases dominantes habían lanzado movimientos por la independencia de sus regiones específicas —sin preocuparse por las demás—, como en São Paulo (1641), Maranhão (1684), Minas Gerais (1707), Pernambuco (1710–1711) y Minas Gerais (1789). Las facciones de la clase dominante portuguesa que se trasladaron a Río de Janeiro con la familia real en 1808 no tenían intención de regresar a Portugal; por el contrario, pretendían establecer allí la sede de un nuevo imperio portugués, temiendo precisamente los movimientos independentistas que surgían en lo que entonces constituía la principal fuente de riqueza de Portugal.

Brasil fue hijo de la esclavitud

No fueron Dom João, Dom Pedro, José Bonifácio ni —mucho menos— las “corrientes revolucionarias atraídas por los principios de la Revolución Americana” quienes impulsaron la independencia unificada de Brasil; por el contrario, ese movimiento iba contra los intereses de las clases dominantes provinciales que soñaban con la independencia completa de sus propias regiones.

El carácter unitario del Estado brasileño no estuvo impulsado, en grado significativo —como sí ocurrió en Estados Unidos—, por el temor a represalias británicas. Portugal carecía de fuerza para conservar o reconquistar sus antiguas posesiones. De hecho, pronto intentó mantener el control únicamente sobre Bahía y el Norte.

La preocupación principal era que un conflicto interprovincial por las fronteras amenazara el orden esclavista y que pequeñas naciones brasileñas fueran incapaces de resistir la presión británica para poner fin al tráfico de esclavos. Las clases dominantes de las principales provincias esclavistas —Río de Janeiro, São Paulo, Minas Gerais, Rio Grande do Sul y Pernambuco— impusieron a las fuerzas federalistas y separatistas de las provincias periféricas una independencia centrada en el heredero aparente; este arreglo ofrecía diversas ventajas, aunque enumerarlas todas alargaría indebidamente esta réplica.

Independencia conservadora

Al entronizar al heredero de la corona metropolitana, la independencia de Brasil se convirtió en la más conservadora de las Américas. Sin embargo, aseguró tanto el poder de las clases esclavistas hegemónicas como la independencia política del país. El “Estado brasileño” no fue una continuación de la “estructura absolutista del imperio portugués”. Ni podía haberlo sido.

En Brasil, el orden esclavista reinaba de manera suprema. En Portugal, la libertad individual había prevalecido durante más de mil años, desde la abolición de la servidumbre iniciada alrededor del año 1000. Bajo la superficie, diversos modos de producción dan origen a diversas formas de dominación.

En el plano organizativo, la monarquía brasileña rechazó la aristocracia hereditaria y el gobierno absolutista; puso el poder militar en manos de la Guardia Nacional —que tenía una estructura provincial— y mantuvo un orden liberal-esclavista durante todo el Segundo Reinado, entre otras características. Como en Estados Unidos, la independencia no se produjo mediante la intervención de las clases subordinadas y explotadas, grupos que habían desempeñado un papel limitado en las disputas políticas pasadas de Brasil debido al enorme peso demográfico de la población esclavizada.

Una conspiración de las clases dominantes

Mis críticos se entregan a fantasías respecto de la Conspiración Bahiana de 1789, afirmando que fue obra de “artesanos, soldados y hombres libres de color inspirados por la Revolución Haitiana”, ¡un acontecimiento que solo estallaría en 1791, dos años después del movimiento bahiano! En realidad, la Conspiración Bahiana fue un complot de las clases dominantes bahianas; impulsada por la Revolución Francesa, incorporó a hombres libres de color de los sectores subordinados, que constituían la mayoría de la población.

Los miembros de las élites mencionadas que participaron en la conspiración retrocedieron cuando el movimiento se intensificó. Dado el turbulento clima internacional de la época, quedaron impunes. A pesar de ser el movimiento con la base popular más amplia, nunca propuso la abolición de la esclavitud, al igual que otras conspiraciones similares.

Mis detractores sostienen que “ninguno de estos movimientos regionales” —ya fueran nativistas o de la época de la Regencia— “fue capaz de trascender sus límites locales y asumir un carácter nacional”. No lo hicieron porque históricamente estaban impedidos de hacerlo; como hemos visto, todavía no existía una nación. El proceso de establecimiento de Brasil como Estado-nación comenzó con el inicio de la industrialización en la región Centro-Sur de Brasil durante las primeras décadas del siglo XX, acelerándose después de 1930 y 1937.

Movimientos disidentes

La Independencia de 1822, así como los movimientos dirigidos por facciones regionales dominantes, no implicaron la participación de indígenas aculturados, libertos o trabajadores esclavizados. Cada vez que estos sectores intervinieron en movimientos autonomistas y federalistas regionales, las direcciones liberales separatistas o federalistas de dichos movimientos se retiraron, temiendo el avance de las llamadas “clases infames”, como ocurrió notablemente durante la Balaiada en Maranhão y Piauí, y la Cabanagem en Pará.

La lucha y resistencia de las comunidades esclavizadas tenían sus propias características específicas —al igual que en Estados Unidos—, incluyendo fugas, actos de justicia retributiva, quilombos —comunidades de cimarrones— e insurrecciones. Después de la Abolición y la proclamación de la República, las clases subalternas rurales libres lanzaron magníficos movimientos mesiánicos arraigados en cuestiones sociales; ejemplos destacados incluyen la guerra campesina de Belo Monte (Canudos), en Bahía, y el conflicto del Contestado, en Santa Catarina y Paraná.

La independencia de Brasil y el Primer y Segundo Reinados estuvieron gobernados por la preocupación de mantener la reproducción y la subordinación de la fuerza de trabajo esclavizada. Pedro I fue depuesto por negarse a someterse a las facciones proesclavistas dominantes. Su hijo fue un intérprete disciplinado de las necesidades de la esclavitud y fue enviado al exilio meses después de que la institución terminara, habiéndose vuelto completamente anacrónico.

Estados Unidos: un faro de la esclavitud

La victoria de la revuelta anticolonial de 1776 no despertó sentimientos antiesclavistas en las Américas; todo lo contrario. Los liberales conservadores y radicales de Brasil se inspiraron en la Constitución estadounidense —en lugar de la francesa— precisamente porque proponía un liberalismo federalista que acomodaba cómodamente la esclavitud sin escrúpulos. Hasta 1865, Estados Unidos sirvió como inspiración y pilar de apoyo para los esclavistas brasileños, no como un faro de libertad.

Al igual que en las antiguas colonias inglesas de Norteamérica, la independencia de Brasil en 1822 aseguró importantes conquistas —aunque no revolucionarias— manteniendo, en lugar de alterar, las relaciones de producción. La Independencia puso fin al carácter parasitario del comercio portugués y fortaleció los puertos brasileños, especialmente Río de Janeiro.

La Independencia redujo el costo de las importaciones, puso fin al privilegio de los portugueses de nacimiento respecto de los cargos públicos, mantuvo dentro del país los ingresos fiscales que anteriormente se enviaban a Portugal y conservó en Río de Janeiro instituciones estatales que anteriormente habían tenido su sede en la metrópoli.

Abolición: la única revolución social de Brasil

Después de la separación de Portugal, la administración de la Iglesia quedó bajo control estatal, y el sistema portugués de concesiones de tierras (sesmarias) fue abolido, estableciendo de hecho un régimen de tenencia de la tierra favorable a los grandes terratenientes. El sistema de morgado —patrimonio vinculado— fue abolido después de la expulsión de Dom Pedro.

La abolición de la esclavitud en Brasil —la única verdadera revolución del país— puso fin al orden esclavista y extinguió los modos de producción dominantes; no estuvo en lo más mínimo inspirada ni determinada por el fin de la institución en Estados Unidos más de veinte años antes. El fin de la era de la esclavitud en Brasil en 1888 se debió, por una parte, al cese del tráfico de esclavos en 1850 bajo presión de Inglaterra; esto condujo a una concentración de trabajadores esclavizados en el centro-sur cafetero —en medio de una población esclavizada en declive—, creando así zonas del país libres de esclavitud. El golpe final a la institución llegó con el abandono masivo de las plantaciones de café por parte de los esclavizados —particularmente en São Paulo— a finales de 1887 y comienzos de 1888.

[1] En 1968, fui miembro del pequeño y efímero Grupo Trotskista Revolucionario (GTR). En noviembre de 1970, partí al exilio en Chile, donde milité en el Movimiento de Izquierda Revolucionaria (MIR), mientras me oponía a la postura pro-Fidel de la dirección y a su mentalidad guerrillera (1972–1974). Después de un breve intento de resistencia militar contra el golpe, busqué refugio en Bélgica en 1974; allí, junto con un camarada chileno, fundé la Fracción Disidente del MIR, un grupo trotskista que defendía la centralidad de la clase obrera. Operando bajo el nombre de Izquierda Socialista, el grupo permaneció activo en Chile durante muchos años. En Bélgica, fui miembro de la Liga Revolucionaria de los Trabajadores (LRT), una sección del entonces Secretariado Unificado de la Cuarta Internacional, aunque discrepaba de la línea alineada con Mandel respecto de América Latina. Al regresar a Brasil en noviembre de 1977, ingresé en Convergência Socialista (Convergencia Socialista), una sección del Secretariado Unificado. Me opuse al revisionismo “morenista” y desempeñé un papel dirigente en la escisión antimorenista de 1980. La nueva organización resultante —que ya se estaba fragmentando— se fusionó con Democracia Socialista; posteriormente abandoné ese grupo en 1982 debido al sesgo electoralista que había adoptado. De 1984 a 1988, trabajé como corresponsal internacional para un periódico diario del Sur. De regreso en Brasil, como comunista sin afiliación partidaria, me dediqué a promover el marxismo revolucionario dentro de la academia y los medios de comunicación convencionales mediante libros, artículos, conferencias y otras actividades. En 1990, fundé el Grupo Centro de Estudios Marxistas (RS), que resultó ser una iniciativa duradera. En 2004, fui invitado a integrar la primera dirección provisional del PSOL y organicé la fracción “Primero de Mayo” para oponerme al giro del partido hacia el electoralismo, postura de la cual pronto me distancié. Desde 2000, he colaborado ampliamente con el MST (Movimiento de los Trabajadores Rurales Sin Tierra), impartiendo cursos, escribiendo publicaciones, etc. En 2018, por invitación de comunistas veteranos, mi compañera y yo participamos durante ocho meses en la célula internacionalista del PCB, que era mantenida aislada por la dirección regional en medio de un estado de desorganización masiva y generalizada.

(Artículo publicado originalmente en inglés el 24 de septiembre de 2026)

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