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Milei explota las Malvinas para reforzar el aparato represivo de Argentina

Milei se encuentra frente al primer F-16 de la Fuerza Aérea Argentina, Río Cuarto, diciembre de 2025 [Foto: Ministerio de Defensa / CC BY 4. [Photo by Ministry of Defense / CC BY 4.0]

El 17 de septiembre, el Gobierno fascistoide del presidente Javier Milei envió al Congreso argentino una “Ley de Defensa de la Soberanía Nacional” y pidió a los legisladores que le otorgaran “máxima prioridad”. El proyecto de ley siguió a una transmisión nacional del 3 de septiembre en la que Milei declaró que las Malvinas (Falkland Islands), ocupadas por Reino Unido desde 1833, enfrentaban “un peligro claro y urgente” debido a la explotación petrolera en alta mar.

Pidió a todo el establishment político que “hagamos nuestras armas a un lado y mostremos un frente unido ante el mundo”, ya que “Malvinas es una de esas causas que están por encima de cualquier diferencia política”.

Las disposiciones del proyecto sobre las islas elevan las multas y las penas de prisión para las empresas que exploten recursos en el Atlántico Sur sin autorización argentina. El resto está dirigido a la represión interna. Crea un Consejo de Seguridad Nacional, inspirado en el de Washington, presidido por Milei e integrado por los ministros de Relaciones Exteriores, Defensa y Economía y el jefe de la Secretaría de Inteligencia de Estado (SIDE), con facultades para imponer “un régimen de medidas urgentes”. Reescribe la Ley de Defensa Nacional para abarcar amenazas “tanto estatales como no estatales”, “de carácter cinético o no cinético”, y asigna a las Fuerzas Armadas la protección de “infraestructura crítica”. Libera a la SIDE de la supervisión judicial y crea un registro de terrorismo al que cualquiera puede ser incorporado sobre la base de “motivos razonables para sospechar”.

Días después de la transmisión, un decreto de emergencia entregó más de 217.000 millones de pesos (US$142,3 millones) a las Fuerzas Armadas y 30.500 millones (US$20 millones) a los servicios de inteligencia, mientras recortaba la salud, la vivienda y la educación.

La ocupación británica de las Malvinas es una expresión real de la opresión de Argentina por parte del imperialismo, aunque lejos de ser la más significativa frente al saqueo del país por el FMI, el capital financiero y las corporaciones transnacionales.

Milei a procedido a reestructurar la economía históricamente industrializada del país y cambiar su posición en la división internacional del trabajo de acuerdo con las exigencias del capital financiero imperialista, a favor del saqueo de las arcas públicas, la especulación financiera, la extracción de recursos y la agroindustria. Milei ha eliminado alrededor de un tercio del presupuesto público y ha supervisado la destrucción de 354.000 empleos y decenas de miles de empresas como parte de esta transformación, mientras casi un tercio de la población vive ahora por debajo de la línea oficial de pobreza.

Milei está utilizando un agravio histórico genuino para establecer el aparato político necesario para reprimir a una clase trabajadora que ha llevado a cabo cuatro huelgas generales y para continuar esta transformación económica —un programa de desregulación y liberalización que intentó la dictadura militar cuando lanzó la guerra de las Malvinas— y para vincular a Argentina con los planes militares de Washington en el Atlántico Sur.

Más allá de leves diferencias tácticas, los peronistas han cerrado filas detrás de la “causa nacional” de las Malvinas. La pseudoizquierda, encabezada por el Partido de los Trabajadores Socialistas (PTS) morenista y el Partido Obrero (PO), ha denunciado tanto el contenido represivo del proyecto sobre las Malvinas como la hipocresía de los peronistas. Pero estos partidos responden con un programa nacionalista propio, que ni siquiera menciona a la única fuerza capaz de derrotar al imperialismo: la unidad de los trabajadores argentinos y latinoamericanos con sus hermanos de clase en Estados Unidos y Reino Unido.

El historial de EE.UU. respecto a las Malvinas

El 2 de abril de 1982, la junta militar del general Leopoldo Galtieri, ante un colapso económico y protestas masivas, ocupó las islas para subordinar a la población a la dictadura. La administración Reagan, después de una breve mediación, respaldó a Reino Unido con inteligencia, combustible y misiles. El 2 de mayo, el Gobierno de Thatcher hundió el crucero General Belgrano fuera de la zona de exclusión declarada mientras el buque se alejaba, matando a 323 marineros argentinos. La guerra mató a 649 militares argentinos y 255 británicos, además de tres habitantes de las islas. La rendición argentina del 14 de junio provocó la caída de la junta y otorgó a Thatcher capital político para su ofensiva contra la clase trabajadora británica.

Nuevamente, la posición de Washington hoy está determinada por los intereses depredadores del imperialismo estadounidense. A finales de agosto, Trump dijo que estaba revisando la neutralidad estadounidense respecto a las islas (“Siempre reviso todas las posiciones”), en medio de informes de que podría cuestionar la soberanía británica a menos que Londres aumentara el gasto militar, y se quejó de que Reino Unido “no había estado allí para ayudarme” con Irán. El 22 de septiembre, se reunió con el primer ministro británico Andy Burnham, le aseguró que Washington estaba “con ustedes hasta el final” y no dijo nada mientras Burnham se comprometía a “mantenerse firme” en el caso Falklands.

Mientras Trump toma pasos para apoderarse del control de Groenlandia, del petróleo venezolano y del canal de Panamá, Washington sin duda tiene los ojos puestos en el yacimiento petrolero Sea Lion frente a las Malvinas. Tras la aprobación del Departamento de Recursos Minerales de las Islas Falklands (en lo que Londres insistió que estaba en consonancia con el “derecho a la autodeterminación” de los isleños), Navitas Petroleum, de Israel, y Rockhopper Exploration, de Reino Unido, tomaron en diciembre de 2025 las decisiones finales de inversión para proceder con el desarrollo de la explotación. La Política Online informó el 3 de septiembre que oficiales de las Fuerzas Armadas argentinas sospechan que la base naval que Milei ha prometido para Tierra del Fuego está destinada a que el Pentágono supervise las Malvinas y el Atlántico Sur.

Los peronistas y la “unidad nacional”

La oposición peronista respondió al llamado de Milei. Juan Grabois, un peronista que se autodefine de “izquierda”, aplaudió la transmisión diciendo: “Aunque sea el peor gobierno del mundo, todo lo que se haga contra el invasor inglés está bien”. El gobernador de Buenos Aires, Axel Kicillof, probable candidato peronista a la presidencia, dijo a El Observador el 26 de septiembre que era “riesgoso sujetar la posición argentina y los reclamos históricos a esta coyuntura”, pero insistió en que “la causa Malvinas, para quienes la defendemos, es una política permanente que hay que sostener”. En la misma entrevista, realizada durante un viaje para reunirse con inversores y tenedores de bonos en Nueva York, elogió el impulso de Trump para “reindustrializar Estados Unidos” como “una novedad” y elogió al alcalde de Nueva York, Zohran Mamdani, diciendo que las medidas del “socialista democrático” estadounidense sobre el costo de vida “son las que estamos tomando en la provincia”. Mamdani había recibido a Trump en Gracie Mansion el 21 de septiembre, en su tercer encuentro.

El nacionalismo “latinoamericano” de los morenistas

El PTS, principal partido del Frente de Izquierda y de Trabajadores-Unidad (FIT-U), escribió sobre el proyecto de defensa de Milei en La Izquierda Diario el 28 de septiembre. Su editor general, Eduardo Castilla, describió la ley de la siguiente manera: “una causa nacional sentida por todo el pueblo argentino deviene instrumento para reforzar la represión interna”, cumpliendo “el sueño eterno de la derecha: permitir el accionar de las Fuerzas Armadas al interior del país”. También enumeró los vínculos del peronismo con Washington, señalando que la expresidenta Cristina Kirchner recibió a la jefa del Comando Sur de Estados Unidos, Laura Richardson, “con sonrisas”.

¿Qué propone el PTS en su lugar? Un artículo del 27 de septiembre de Ezequiel Silva explica:

La cuestión de Malvinas y del Atlántico Sur no puede pensarse como una reivindicación exclusivamente de Argentina. Por el contrario, se trata de una cuestión que involucra al conjunto de América Latina y que debe inscribirse en una lucha antiimperialista a escala continental … Defender el derecho argentino a recuperar las islas implica vincular esta lucha con el rechazo a toda intervención imperialista en América Latina, como ocurre en los casos de Venezuela y Cuba; … Esta perspectiva exige pensar la cuestión Malvinas en el marco de una estrategia de unidad socialista latinoamericana.

Los trabajadores de los centros imperialistas directamente involucrados, Estados Unidos y Reino Unido, están completamente ausentes de esta ecuación política. La colección de Estados burgueses que compiten por inversiones y por el favor de Washington en toda América Latina ocupa el lugar de la clase trabajadora internacional.

El programa concreto del PTS, como lo planteó La Izquierda Diario en marzo, es la “expropiación de las empresas imperialistas —en particular las de origen británico—”. El Partido Obrero promueve ejercer una “presión real”, que “requiere, como mínimo, afectar los intereses británicos en Argentina”. Si bien los trabajadores no pueden descartar los boicots y las medidas contra las empresas británicas, fundamentalmente ninguno de los dos partidos hace un llamamiento a los trabajadores británicos, que enfrentan la misma austeridad y los mismos presupuestos de guerra de su propio Gobierno.

El PTS justifica esta orientación con su versión de lo ocurrido en 1982. En marzo, La Izquierda Diario escribió que “lo correcto en la Guerra de Malvinas, una vez desatada la agresión imperialista, era ubicarse militarmente en el campo de la nación oprimida pero de forma independiente”. Esto es una defensa de la línea de su predecesor Nahuel Moreno, quien había roto con el Comité Internacional de la Cuarta Internacional en 1963 y cuyo partido se declaró en el “mismo campo militar” que Galtieri y llamó a los trabajadores a recolectar ropa, alimentos y cartas para el frente. El PTS dice que Moreno “intervino en general de manera correcta”. En otras palabras, históricamente, su discurso sobre métodos “independientes” no es más que una retórica vacía.

Durante la guerra, como explicó el CICI:

En resumen, las tareas de los trotskistas en Reino Unido consistían en defender incondicionalmente el derecho de Argentina a la autodeterminación y trabajar en todo momento por la derrota del Gobierno británico y sus fuerzas militares. En Argentina, los trotskistas tenían que defender la autodeterminación nacional con sus propios métodos, los métodos proletarios, defendiendo en todo momento la independencia política de la clase trabajadora y la bandera del internacionalismo revolucionario.

Como escribió Trotsky en el Programa de Transición, al apoyar a un país colonial el proletariado “no se solidariza en lo más mínimo” con su Gobierno burgués y “mantiene una plena independencia política”. Los morenistas, por el contrario, eligen el campo militar de la burguesía y descartan todo lo que dé a la defensa de la nación oprimida un contenido de clase trabajadora.

Una marea más rosa

La respuesta del PTS a la crisis del capitalismo argentino es su campaña por “comités por un partido de la nueva clase trabajadora”. Al lanzarla el Primero de Mayo, su dirigente Myriam Bregman anunció que su programa sería “el programa del Frente de Izquierda”, una plataforma sin un contenido socialista definido. Moreno llevó a cabo la misma operación en la década de 1980 con el Movimiento al Socialismo (MAS), que proponía un amplio “Partido de los Trabajadores” según el modelo del Partido de los Trabajadores (PT) de Lula en Brasil. Lo que se ofrece es una versión más “revolucionaria” y más latinoamericanista de los partidos nacionalistas y reformistas de la “marea rosa”, que incluía desde Lula hasta los chavistas.

Esta perspectiva se basa en una determinada evaluación de la situación mundial. En abril, La Izquierda Diario declaró, frente a quienes insisten “que estamos frente a la Tercera Guerra Mundial”, que “eso no es así”, y que “hoy no estamos en presencia de revoluciones”. Si la crisis objetiva del capitalismo no conduce hacia la guerra mundial ni el fascismo, y ninguna revolución está en la agenda, entonces se puede presionar al capitalismo para que se reforme a sí mismo y el Estado nación capitalista sigue siendo el ámbito natural de la lucha.

La misma perspectiva rige el trabajo de los morenistas en Estados Unidos. Su sección estadounidense, Left Voice, está orientada a presionar a los Socialistas Democráticos de Estados Unidos (DSA, por sus siglas en inglés), una facción del Partido Demócrata. Los trabajadores de Estados Unidos aparecen en la política morenista únicamente como un instrumento pasivo para presionar al Partido Demócrata y a la burocracia sindical, nunca como los aliados de los trabajadores argentinos y latinoamericanos contra un enemigo común.

Las consecuencias prácticas pueden verse en la planta de neumáticos Fate, en la provincia de Buenos Aires, ocupada desde febrero contra el despido de 920 trabajadores. El sindicato de los trabajadores de neumáticos SUTNA, dirigido por el PO y que el PTS elogia como un “faro”, ha canalizado la ocupación hacia apelaciones a Kicillof y a la legislatura provincial. Cuando un tribunal de apelaciones de San Isidro ordenó este mes desalojar la ocupación, la respuesta del sindicato fue recurrir ante los tribunales y, una vez más, ante Kicillof, quien ha justificado el cierre.

El camino a seguir

Trotsky escribió en 1934 que “la clase trabajadora no es indiferente a su nación. Al contrario, es precisamente porque la historia pone el destino de la nación en sus manos que la clase trabajadora se niega a confiar en otros la tarea de la libertad e independencia nacional al imperialismo”. No puede confiarla a Milei, a los peronistas ni a ninguna sección de la burguesía argentina.

La clase trabajadora se opone a la ocupación británica de las Malvinas y a toda base imperialista en el Atlántico Sur, incluida la que Washington podría estar preparando en Ushuaia. Pero la opresión imperialista de Argentina y de América Latina en su conjunto solo puede ser terminada mediante la movilización independiente de la clase trabajadora como parte de la revolución socialista mundial. Esto requiere la unidad de los trabajadores argentinos y latinoamericanos con los trabajadores de Estados Unidos y Reino Unido, quienes están vinculados con ellos mediante las cadenas globales de producción y son explotados por la misma oligarquía financiera. La tarea es construir comités de base vinculados en la Alianza Internacional Obrera de Comités de Base (AIO-CB) y una sección argentina del Comité Internacional de la Cuarta Internacional.

(Artículo publicado originalmente en inglés el 30/09/2026)

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