Argentina se acerca a una confrontación revolucionaria. Dos años y medio del gobierno de Milei han producido una destrucción sistemática de las condiciones de vida de la clase trabajadora, la transformación fascista del aparato estatal y la subordinación directa del país a los intereses del imperialismo estadounidense. La Ley de Modernización Laboral, aprobada en febrero, autoriza jornadas laborales de doce horas, elimina los contratos sectoriales y recorta las indemnizaciones por despido. Se trata de un ataque masivo contra los derechos laborales conquistados durante más de un siglo de lucha.
El cierre de la fábrica de neumáticos FATE, con el consiguiente despido de 920 personas, la represión policial crónica contra los jubilados en sus protestas semanales frente al Congreso, la autorización para que tropas estadounidenses ingresaran a bases navales argentinas y el rescate de U$20 mil millones del FMI, coordinado en septiembre pasado por el secretario del Tesoro de Trump, Scott Bessent, están allanando el camino hacia una creciente explosión social. Este es un régimen que, como escribió el WSWS en marzo, fue diseñado conscientemente para 'hacer retroceder al país 100 años'.
En este contexto, el Primero de Mayo de 2026 fue un evento de gran carga política, seguido de cerca por la burguesía argentina, la prensa principal y sectores de la intelectualidad pequeñoburguesa. Por primera vez desde la formación del pseudoizquierdista Frente de Izquierda y Obreros-Unidad (FIT-U) en 2011, sus cuatro partidos integrantes realizaron dos manifestaciones separadas en la fiesta internacional de los trabajadores. Mientras que el Partido Obrero (PO), el Movimiento Socialista de los Trabajadores (MST) y la Izquierda Socialista (IS) realizaron una concentración conjunta en la Plaza de Mayo de Buenos Aires, el Partido de los Trabajadores Socialistas (PTS), el partido más grande del FIT-U y la principal facción de la Corriente Revolucionaria Permanente Morenista (CRP-CI), congregó a una multitud mayor, de más de 5.000 personas, en una concentración aparte a ocho kilómetros de distancia, en el estadio Ferro.
Discurso de Bregman y respuestas del PTS a la crisis en Argentina
La concentración de los morenistas contó con la participación de destacados miembros del PTS, representantes de las facciones de la CRP en Francia, Brasil y Chile, y activistas sindicales de FATE y de empresas como Mondelez, Lustramax y Georgalos. La oradora principal fue la diputada Myriam Bregman, cuyo discurso clausuró el evento.
La Izquierda Diario, sitio web del PTS, informó con orgullo:
El evento también tuvo una importante cobertura mediática en canales de televisión, emisoras de radio y periódicos, al final de una semana en la que el “fenómeno Myriam Bregman” había dominado el debate nacional en Argentina. La creciente atención mediática se debe a las encuestas que muestran a Bregman como la líder política con la imagen más positiva del país.
El objetivo fundamental del mitin de Ferro, anunció el PTS, era lanzar la campaña por un “nuevo partido obrero” en Argentina. Bregman definió su contenido político en su discurso:
¿No llegó la hora de poner en pie un nuevo movimiento histórico? ¿Un nuevo movimiento histórico que se organice desde abajo? ¿Un movimiento de los trabajadores y de las trabajadoras? ¿Un partido de la clase trabajadora? Por eso nuestra propuesta es la de discutir cómo se organiza, se pone en pie, un movimiento por un partido de la nueva clase trabajadora. De esa clase trabajadora cada vez más explotada, cada vez más oprimida, feminizada, perseguida, discriminada.
Y tenemos para partir la fuerza del Frente de Izquierda. También tenemos un programa para empezar a discutir, que es el programa del Frente de Izquierda, que es un programa de independencia de clase.
El programa del partido que se construirá es, en palabras del propio Bregman, “el programa del Frente de Izquierda”, no el de la Cuarta Internacional, ni el del trotskismo, ni basado en ningún documento programático con un contenido socialista definido.
Para seguir exponiendo el proyecto político de los morenistas, Bregman declaró:
Porque nosotros, nosotras nunca ocultamos que queremos transformar esta sociedad de raíz. Porque terminar con este sistema capitalista cada vez más decadente es la manera de lograr que no haya más genocidios, que no haya más monstruos como estos que estamos padeciendo en este momento, y para eso nos tenemos que proponer el objetivo de construir nuestra propia herramienta política: un nuevo partido de la clase trabajadora.
Esta formulación refleja con precisión el carácter oportunista de la propuesta del PTS. La defensa del socialismo —la declaración de que “no ocultamos” nuestro deseo de “terminar con el capitalismo”— se presenta como una opinión personal de la dirección del PTS. Sin embargo, no es el programa del partido que pretenden construir. La “herramienta política” proyectado es un partido obrero reformista, orientado hacia una burocracia sindical peronista en crisis, basado en el “programa del FIT-U”: una plataforma genéricamente “independiente de clase” sin un contenido socialista definido. La defensa del socialismo se incorpora como un derecho de tendencia dentro de un partido obrero reformista, justificada por la necesidad de “unir fuerzas” y “organizar la simpatía” registrada en las encuestas.
La propuesta del PTS se inscribe firmemente en la podrida tradición política del pablismo, del cual el morenismo es una variante: la adaptación de fuerzas que se autoproclaman revolucionarias a los aparatos burgueses encargados de contener el movimiento obrero, mediada por la retórica de la unidad y pretextos tácticos como el “aislamiento” de los revolucionarios. La operación no exige que la dirección del PTS deje de afirmar retóricamente su oposición al capitalismo. Al contrario, exige que continúe haciéndolo, porque es precisamente esa cobertura la que permite al partido, amplio y programáticamente reformista, atrapar a los trabajadores y jóvenes radicalizados, desviándolos de la tarea histórica de construir una dirección marxista revolucionaria.
La demanda de un “nuevo partido de la clase trabajadora” se combinó en el discurso de Bregman con un llamado aparentemente radical a “coordinadoras, asambleas barriales, asambleas populares, todo lo que sea necesario para que los sindicatos, para que los centros de estudiantes vuelvan a ser herramientas de lucha”.
La función explícita de estos organismos es lograr que los sindicatos vuelvan a ser instrumentos de lucha. La orientación no es hacia la formación de órganos independientes de poder obrero —soviets, comités autónomos de fábrica, estructuras de doble poder en el sentido elaborado por el marxismo revolucionario a partir de las experiencias de las revoluciones rusas de 1905 y 1917—. Se trata de la formación de organismos intermedios diseñados para presionar a las direcciones burocráticas existentes de la CGT y recuperarlas como instrumentos de lucha. El aparato sindical peronista, corrupto y burocratizado, no se pretende abolir; se trata, aparentemente, de empujarlo hacia la izquierda y obligarlo a emprender una autorreforma.
La obsesión de los morenistas con las encuestas y el índice de aprobación de Bregman fue el tema dominante en el podio del mitin. El líder del PTS, Christian Castillo, inició su discurso citando la encuesta de Atlas Intel, que sitúa a Bregman en primer lugar en cuanto a índices de aprobación (47 por ciento de aprobación frente a 46 por ciento de desaprobación, con el resto de las figuras políticas principales en baja popularidad y Milei con un 62 por ciento de desaprobación). Bregman concluyó su intervención señalando que “la gente empieza a decirlo: ¡presidencial!”.
Si bien el PTS basó su intervención en los resultados de las encuestas, en un contexto donde sectores de la opinión pública burguesa, los medios de comunicación y la intelectualidad pequeñoburguesa ven al partido como una posible opción administrativa para la siguiente fase de la crisis, da la espalda a las masas trabajadoras y jóvenes alienados de la política institucional argentina. Estas masas, que cobrarán protagonismo en las revueltas revolucionarias previstas, quedan fuera del horizonte estratégico del PTS.
El concepto de la “nueva clase trabajadora” promovido por el PTS merece un análisis directo. Describir a la clase obrera como “feminizada, perseguida y discriminada” no es una interpretación marxista de la sociedad de clases. Es el vocabulario de la política identitaria, orientada hacia las preocupaciones de la clase media alta, al igual que las autodefiniciones de la manifestación como “feministas” y “ecológicas”. Más fundamentalmente, ignora por completo la transformación más decisiva que ha experimentado la clase obrera en las últimas décadas: su masiva expansión e integración internacional a través de la globalización de la producción.
La clase obrera es ahora una clase integrada globalmente, unida por cadenas de suministro, redes logísticas y flujos financieros de una magnitud sin precedentes, cuyas luchas son objetivamente internacionales y cuyo poder solo puede organizarse sobre una base internacional. El rechazo de los morenistas a la clase obrera internacional se expresa en su programa: un partido nacionalista, orientado a los sindicatos argentinos y a la coyuntura electoral burguesa del país, cuyo “internacionalismo” consiste en saludos festivos intercambiados entre partidos afiliados que operan dentro de sus respectivos marcos nacionales y están subordinados a ellos.
Bregman cerró su discurso con un llamado a “una verdadera rebelión, una huelga general, para poner fin a la situación que enfrentan millones”, formulado retóricamente como un Cordobazo del siglo XXI. La invocación del Cordobazo en este contexto borra la lección central de aquel levantamiento obrero y estudiantil de 1969 que sacudió Argentina. Este levantamiento planteó objetivamente la cuestión del poder político. Fue derrotado por la ausencia de un liderazgo marxista consciente, el mismo vacío político que la tendencia morenista, una de cuyas continuaciones directas representa el PTS, contribuyó a crear y mantener. El Cordobazo es invocado como una metáfora inspiradora por la misma tendencia política cuya intervención ayudó a allanar el camino desde el potencial revolucionario de 1969 hasta la catástrofe contrarrevolucionaria de 1976.
La fractura en el FIT-U
El FIT-U salió fracturada de aquel Primero de Mayo. Por primera vez desde su formación en 2011, los cuatro partidos que componen el frente celebraron mítines por separado.
El Frente de la Izquierda y los Trabajadores-Unidad (FIT-U) reúne a cuatro partidos: el PO, el MST, el IS y el PTS. El PTS, el MST e IS se formaron a través de sucesivas escisiones del tronco morenista; el PO surgió de una línea independiente y puramente nacional. Constituido en 2011, cuenta con escaños parlamentarios a nivel federal y provincial. Como ha documentado el World Socialist Web Site a lo largo de los años, la función política del FIT-U ha sido encubrir la burocracia de la CGT, canalizar a los trabajadores radicalizados de vuelta al peronismo e impedir el surgimiento de un liderazgo político independiente de la clase trabajadora.
A mediados de abril, el PTS anunció que celebraría una manifestación independiente el Primero de Mayo, justificando su decisión en dos puntos en una carta abierta al FIT-U. Primero, denunció a los demás partidos del Frente por participar en iniciativas que diluyen “la demarcación con el peronismo y la burocracia sindical, abriendo la posibilidad de un ‘frente anti-Milei’ sin ninguna demarcación de clase respecto a la traidora dirigencia sindical”.
Segundo, presentó la manifestación de Ferro como parte de “una serie de actividades internacionales de su corriente”, en referencia a las manifestaciones del PRC en París y São Paulo durante 2025. El PTS, por lo tanto, buscaba presentarse como más consistentemente “internacionalista” y más firme en su demarcación de clase que sus socios del Frente.
En la manifestación conjunta del Primero de Mayo de los demás partidos del FIT-U, el discurso más sustancial recayó en el líder del MST, Alejandro Bodart, secretario general de la Liga Internacional Socialista (LIS). Como si hablara en el umbral de la formación de gobierno, describió la situación política en Argentina en los siguientes términos:
Milei está en apuros, peores que nunca. […] El otro pilar del régimen burgués argentino también está en apuros: el Partido Justicialista. […] Por primera vez en la historia, la izquierda está en boca de todos. […]
Sabemos que hay compañeros que, ante esta nueva situación, se preguntan: ¿Podemos gobernar? ¿Tenemos la fuerza para hacerlo?
Miren, compañeros, no solo podemos gobernar, sino que debemos liderar a la izquierda para sacar al país de esta crisis.
Tanto en el discurso del Primero de Mayo de Bodart como en una carta abierta del 22 de abril a la dirección del PTS, el MST acusó al partido de Bregman de desperdiciar lo que considera una “oportunidad histórica” para la izquierda debido a una supuesta actitud sectaria y a la indecisión a la hora de tomar el poder.
Con el término “sectarismo”, el MST se refiere a la negativa del PTS a compartir el “fuerte apoyo electoral y la imagen pública positiva, reflejados en diversas encuestas y sondeos de opinión”, de los cuales “la camarada Myriam Bregman es quien mejor sabe sacar provecho”.
Al acusar al PTS de rechazar la posibilidad de que el FIT-U “llegue al poder”, el MST no se refiere a un gobierno formado mediante el derrocamiento del Estado burgués argentino y el establecimiento de la dictadura del proletariado. Se trata de la participación del FIT-U como variante de izquierda en una fórmula de gobierno dentro del régimen burgués-democrático, siguiendo la línea de Syriza en Grecia en 2015 y Podemos en España entre 2020 y 2023.
El Partido Obrero, a través de Gabriel Solano, se unió al MST e Izquierda Socialista para criticar al PTS por dividir la concentración. Antes del acto, Solano denunció como “una vergüenza” la decisión del PTS de convocar un “evento divisionista”, insistiendo en que el partido de Bregman aún tenía tiempo para rectificar lo que calificó de postura “autorreferencial”. Desde la tribuna, clausuró la concentración con un llamamiento al FIT-U para que convoque una Asamblea Nacional abierta a todos los combatientes del país como alternativa de futuro.
El PO ocupa una posición particular dentro del FIT-U. Surgida de una escisión de la MIR-Praxis (Política Obrera) de los años sesenta, un grupo orientado al guevarismo, estableció varias alianzas oportunistas con grupos internacionales que se habían separado de la Cuarta Internacional. Entre ellos se encontraba, durante la década de 1970, la corriente internacional liderada por Pierre Lambert, otro pablista que rompió con el Comité Internacional de la Cuarta Internacional en 1971 y que luego se aliaría brevemente con Moreno.
La PO tiene la mayor presencia sindical de entre los cuatro partidos: a través de Romina del Plá en el sindicato de maestros, la SUTNA de trabajadores de neumáticos liderada por Alejandro Crespo, y el Polo Obrero entre los desempleados y trabajadores del sector informal. Compite con el PTS por ver cuál de las dos formaciones se presenta como mejor defensora de la delimitación de clases. Mientras que el PTS aboga por un nuevo partido obrero inspirado en el PT brasileño de sus inicios y el MST propone un único partido FIT-U con la derecha de las tendencias, el PO impulsa la convocatoria de una Asamblea Nacional abierta a “todos los combatientes” para “transformar Argentina” en el sentido más amplio.
Solano expuso el análisis subyacente en su editorial del 8 de mayo en Prensa Obrera, “La estrategia de poder de la izquierda”: las encuestas revelan una brecha entre la imagen positiva de Bregman y la menor intención de voto del FIT-U, lo que pone de manifiesto la tarea de “generar lealtad” entre los sectores populares. Según la interpretación del PO, los trabajadores se están inclinando hacia posiciones revolucionarias; sin embargo, la coyuntura aún no está madura. En consecuencia, lo que se requiere es adaptarse a la radicalización espontánea de los trabajadores como vía de menor resistencia, sin romper las ilusiones en la burocracia sindical ni en el peronismo.
Las polémicas entre los cuatro partidos —sobre quién es más sectario, quién se adapta mejor al peronismo, quién capitaliza electoralmente la popularidad de Bregman— no representan diferencias de principios. El propio Bodart lo dejó claro cuando, en Plaza de Mayo, declaró que el MST estaba “abierto a cualquier salida” que permitiera al frente debatir cómo aprovechar la “oportunidad histórica”: el partido obrero propuesto por el PTS, el partido único con tendencias progresistas propuesto por el MST o la Asamblea Nacional propuesta por el PO son, para él, opciones intercambiables. Lo que une a las tres fórmulas es el diagnóstico subyacente: la situación aún no está madura, la clase obrera se está inclinando hacia la izquierda pero aún no está preparada, la tarea consiste en gestionar la coyuntura actual más que en organizar la toma del poder.
Este es precisamente el diagnóstico al que Trotsky respondió en ¿Adónde va Francia otra vez? en 1935, contra el estribillo estalinista de que “la situación no es revolucionaria”. Su respuesta fue categórica: “La situación es revolucionaria, tan revolucionaria como puede serlo, dadas las políticas no revolucionarias de los partidos obreros”. La función de la perspectiva centrista —entonces y ahora— es convertir la supuesta inmadurez de la coyuntura en la justificación para adaptarse a las mismas fuerzas que bloquean la revolución: la burocracia sindical, el peronismo y el proceso electoral burgués.
El carácter político y social del “fenómeno Bregman”
Para comprender las verdaderas acciones del PTS, es necesario entender por qué la burguesía argentina lo observa con atención. El FIT-U obtiene entre el 9 y el 10 por ciento de los votos. Bregman se ha consolidado como la figura política con mayor aprobación en el país. Aparece regularmente en canales de televisión burgueses; la dirigencia del PTS concede entrevistas a importantes medios de comunicación; sectores de la clase dirigente argentina evalúan activamente al partido como una posible opción administrativa para la siguiente fase de la crisis.
El “fenómeno Bregman” no es principalmente un fenómeno popular de la clase trabajadora, sino un fenómeno político-mediático producido por una coyuntura específica: la crisis del gobierno de Milei y la desmoralización del peronismo han creado un vacío que sectores de la burguesía intentan llenar, promoviendo un instrumento de izquierda para contener la radicalización de las masas. Los resultados de las encuestas del PTS, su presencia parlamentaria, su orientación hacia la opinión burguesa y su propuesta de un nuevo partido amplio con un programa no socialista reflejan la función política que el partido se prepara para cumplir.
Dicha función ha sido documentada por el WSWS durante todo el gobierno de Milei. Como escribimos en marzo de 2026, el FIT-U ha operado en una “sórdida división del trabajo entre el peronismo, la burocracia sindical peronista y la pseudoizquierdista FIT-U para reprimir la lucha de clases y reforzar los ataques de Milei contra la clase trabajadora”. En FATE —el ejemplo actual más concreto— el sindicato SUTNA del Partido Obrero, al que el PTS considera un “faro” para los trabajadores argentinos, ha oscilado entre llamamientos teatrales a la ocupación de la fábrica y peticiones al gobernador peronista Axel Kicillof para nacionalizar la planta bajo administración estatal: presión sobre el Estado capitalista, no movilización independiente de la clase trabajadora. La retórica beligerante del FIT-U y su integración práctica en el aparato político burgués no son contradictorias; son dos caras de la misma moneda política.
Esta es la contradicción que el concepto marxista de centrismo capta con precisión. El centrismo adopta la retórica de la revolución socialista, mientras que su práctica política concreta sirve para contener el desarrollo de la revolución. Se distingue del reformismo declarado, que defiende abiertamente la colaboración de clases, y del oportunismo de derecha, que abandona toda referencia al socialismo. El centrismo es más peligroso porque, envuelto en estandartes revolucionarios, ocupa el espacio político donde debería surgir un auténtico liderazgo revolucionario y bloquea su desarrollo.
La función política del PTS y las lecciones del moren i smo
La función que el PTS se prepara para cumplir como componente central de la CRP-CI fue definida previamente por el Grupo de Igualdad Socialista en Brasil en su declaración de marzo de 2026: “Los morenistas se rebautizan como “Corriente Revolucionaria Permanente”: Una conspiración contra el trotskismo y la inminente revolución socialista”. El cambio de nombre de la antigua Fracción Trotskista —decidido en la conferencia morenista de São Paulo en diciembre de 2025— busca enterrar la continuidad del PTS con la historia del morenismo y sus traiciones, rehabilitar a las fuerzas que traicionaron a la clase trabajadora en el pasado y preparar nuevas traiciones.
En la crisis argentina, la función particular del PTS es rescatar a los aparatos desmoralizados —la burocracia sindical peronista y el régimen político burgués— proporcionándoles una cobertura de “izquierda” capaz de absorber y desviar la radicalización revolucionaria de la clase trabajadora.
Las consecuencias de operaciones políticas de este tipo, en momentos de crisis revolucionaria abierta, están grabadas con sangre en la historia de América Latina. Chile bajo la Unidad Popular en 1973 y Argentina bajo el gobierno de Perón y la junta de Videla entre 1973 y 1976 demuestran concretamente lo que produce el bloqueo de la dirección revolucionaria cuando la clase obrera se enfrenta a las condiciones objetivas de la revolución socialista.
En la coalición socialista-estalinista de la “Unidad Popular” de Salvador Allende, elegida en 1970 en medio de un auge revolucionario, se llevó a cabo el programa del “Camino Chileno al Socialismo”: nacionalizaciones parciales combinadas con la defensa intransigente del Estado burgués y las Fuerzas Armadas chilenas como “el fundamento de granito del proceso revolucionario”. Cuando los trabajadores comenzaron a formar cordones industriales y órganos autónomos de poder en respuesta a la conspiración empresarial de octubre de 1972, el gobierno aplicó la Ley de Control de Armas para desarmarlos y nombró al general Augusto Pinochet comandante en jefe del Ejército. El resultado fue el golpe de Estado del 11 de septiembre de 1973, la detención, tortura y asesinato de decenas de miles de trabajadores y jóvenes, y dos décadas de dictadura fascista.
El factor decisivo de esa derrota fue la ausencia de un partido marxista revolucionario capaz de orientar a la clase obrera chilena hacia la ruptura con el estalinismo y la socialdemocracia, y hacia la lucha por la toma del poder. Dicha ausencia estuvo ligada al ataque revisionista pablista contra la Cuarta Internacional. El Partido Obrero Revolucionario (POR), sección chilena de la Cuarta Internacional, rompió con el Comité Internacional en 1963 bajo la dirección pablista y posteriormente se disolvió, fusionándose en 1965 con fuerzas castristas y maoístas para formar el Movimiento de Izquierda Revolucionaria (MIR), de centro. El MIR ofreció un apoyo crítico a Allende y canalizó a los obreros y campesinos que se desmarcaban del estalinismo y la socialdemocracia hacia una orientación de presión sobre el gobierno de la Unidad Popular, en lugar de organizar la lucha por el poder obrero. Fue la disolución del partido trotskista por parte de Pablo y su sustitución por el centrismo del MIR lo que impidió que la clase obrera chilena superara a sus dirigentes traicioneros y allanó el camino a la derrota de 1973.
En Argentina, durante esos mismos años, la operación morenista desempeñó un papel análogo. El Partido Revolucionario de los Trabajadores (PRT), formado en 1965 por la fusión del grupo morenista con el Frente Revolucionario Indoamericanista Popular de Mario Santucho, se dividió en 1968, en vísperas del Cordobazo: Nahuel Moreno se integró progresivamente en el aparato peronista burgués, mientras que Santucho adoptó los métodos de la guerrilla.
En 1973, bajo el gobierno de Perón —mientras los escuadrones de la muerte de la Triple A perpetraban una ola sistemática de asesinatos contra la izquierda— los morenistas declararon: “Nuestro partido es el único de la izquierda revolucionaria argentina que ha proclamado públicamente su apoyo al proceso de institucionalización”. Tras el golpe militar de Jorge Rafael Videla en marzo de 1976, los morenistas sostuvieron que el régimen de Videla no era contrarrevolucionario “ni objetiva ni subjetivamente”. Lo que siguió fue la destrucción física de la vanguardia obrera argentina: 30.000 personas asesinadas o desaparecidas.
El PTS busca conscientemente enterrar esta historia. Sin embargo, su política actual está completamente arraigada en ella. La propuesta central del mitin de Ferro —el “ gran partido de la nueva clase trabajadora ”— es la reedición contemporánea de una operación que el morenismo llevó a cabo por primera vez en la década de 1980.
En 1982, en medio de la crisis de la dictadura, Nahuel Moreno reconstituyó su organización como el Movimiento al Socialismo (MAS), concebido explícitamente como un instrumento para canalizar la radicalización que se gestaba durante la transición democrática negociada entre los militares y el imperialismo estadounidense. El panfleto de Moreno, 1982: C omienza la Revolución, atribuía la derrota de 1976 no a las traiciones del peronismo y el morenismo, sino a la “conciencia política reaccionaria y ultracapitalista” del trabajador argentino. El MAS presentó a Luis Zamora —un abogado de clase media sin experiencia en el movimiento obrero— como su candidato presidencial en 1983, una operación que simbolizó su perspectiva pequeñoburguesa.
En ese mismo período, el MAS planteó explícitamente la propuesta de construir un amplio “partido obrero”. Su programa de 1985 establecía:
Es posible que el próximo ejemplo del poderoso desarrollo del Partido de los Trabajadores de Brasil impulse a algunos dirigentes sindicales a repetir esa experiencia en nuestro país. Es bien sabido que los principales dirigentes sindicales vinculados a la socialdemocracia o a la Iglesia promovieron el desarrollo del PT, calculando que este bloquearía la deriva de la vanguardia obrera hacia el comunismo o los trotskistas. Por nuestra parte, también hacemos un llamado a quienes piensan de esa manera a fundar un Partido de los Trabajadores, dejando de lado el sectarismo.
La demanda de construir un partido obrero —formulada originalmente por Trotsky en 1938 como una táctica para la movilización política independiente de la clase obrera en Estados Unidos— fue convertida por el MAS en una demanda “vacía de su contenido revolucionario y puesta al servicio de los agentes de la burguesía en el movimiento obrero”, como escribió la CICI en su declaración de 1987: “¡No al estalinismo y al Frente Popular! ¡Construyamos la Cuarta Internacional!”. El PT brasileño fue invocado como modelo: un partido construido por líderes sindicales vinculados a la socialdemocracia y la Iglesia precisamente para bloquear la canalización de la vanguardia hacia los trotskistas, como el propio MAS reconoció.
El “gran partido de la nueva clase trabajadora”, defendido por Bregman en el Estadio Ferro el 1 de mayo de 2026, traslada la misma estrategia a la situación actual. Bregman no era políticamente activa cuando Moreno lo llevó a cabo por primera vez en la década de 1980, pero el tipo de liderazgo político que representa es la continuación directa del modelo Zamora: una figura mediática, abogada, atractiva para los sectores pequeñoburgueses urbanos, completamente ajena a la tradición teórica y programática trotskista.
El PTS surgió del MAS, fundado en 1988 tras la expulsión de su tendencia del partido. Lejos de constituir una ruptura con la tradición morenista, el nuevo partido se fundó sobre la historia del MAS, al tiempo que discrepaba de su liderazgo posterior a Moreno. Las estructuras internas del PTS, formadas mayoritariamente por cuadros del MAS y sus descendientes políticos, reproducen esta orientación como una práctica política natural. El camino que Bregman propone en este momento de profunda crisis revolucionaria es el mismo cuya aplicación práctica condujo a la catástrofe del 11 de septiembre de 1973 en Chile y al golpe de Estado del 24 de marzo de 1976 en la propia Argentina.
El acto del Primero de Mayo del CICI y el camino para la clase obrera en Argentina
La tarea política que enfrenta la clase obrera argentina no puede llevarse a cabo dentro del marco del FIT-U, ni sobre la base de la política del PTS, cuya función objetiva es la de un obstáculo centrista al desarrollo del liderazgo revolucionario. No puede ser llevada a cabo por el PO, el IS y el MST, cuya convergencia política con el PTS en la orientación de la integración al sistema político argentino se confirmó el Primero de Mayo. No puede ser llevada a cabo por la burocracia de la CGT ni por sus alas disidentes, comprometidas con la contención de la lucha de clases; ni por ninguna tendencia disidente peronista, comprometida con continuar la función histórica del peronismo como mediador entre el capital argentino y el imperialismo estadounidense.
La tarea consiste en la construcción, en Argentina, de una sección del Comité Internacional de la Cuarta Internacional (CICI), el partido revolucionario internacional del proletariado y la auténtica continuidad programática del trotskismo. Esto exige una ruptura programática consciente con toda la tradición morenista y pseudoizquierdista, y la asimilación de las luchas históricas del CICI contra el pablismo, el estalinismo y todas las variantes de oportunismo. Requiere la formación política de cuadros marxistas en medio del estallido mismo de la lucha de clases que se está gestando.
La manifestación del Primero de Mayo del CICI, celebrada ese mismo año, dio sustancia a esta tarea. A diferencia del “internacionalismo” del mitin de Ferro —una acumulación de saludos a luchas en distintos países sin articulación programática—, el mitin de la CICI reunió 18 intervenciones de 14 países de los cinco continentes, con transmisión subtitulada en 11 idiomas, articulando desde una única orientación estratégica internacional las tareas políticas que enfrenta la clase obrera en cada continente. La CICI es hoy la única tendencia política en el mundo que aborda la crisis mundial como la erupción de las contradicciones históricas e irresolubles del sistema capitalista, y que identifica a la clase obrera internacional como la fuerza revolucionaria capaz de resolverla. El auténtico lenguaje del marxismo no se habla en ningún otro lugar.
En su discurso de apertura, David North, presidente del Consejo Editorial Internacional del WSWS, situó la guerra entre Estados Unidos e Israel contra Irán, iniciada el 28 de febrero de 2026, como “la culminación de un periodo histórico singular de 35 años que comenzó con la disolución de la URSS en 1991”, no como un “episodio aislado” ni la “política de un presidente en particular”, sino como una nueva etapa cualitativa de barbarie capitalista. “La guerra mundial”, afirmó, “no es una amenaza futura, sino una realidad que se está desarrollando actualmente”. La guerra contra la clase trabajadora en todos los países —el desmantelamiento de los derechos sociales, la redistribución ascendente de la riqueza, el giro de las élites gobernantes hacia el autoritarismo y los métodos fascistas— es un componente inseparable de la misma trayectoria.
La manifestación identificó 2026 como un punto de inflexión fundamental en la historia moderna. “El periodo de relativo equilibrio social ha terminado”, declaró North. “Los primeros meses de 2026 marcan el punto en el que la resistencia de la clase obrera se ha consolidado como una fuerza global, a una escala que sitúa directamente en la agenda histórica las cuestiones fundamentales de la época: guerra o paz, dictadura o democracia, socialismo o barbarie.”
La cuestión decisiva de la época, afirmó North, es socialismo o barbarie, cuál de estas dos tendencias prevalecerá. Su respuesta concreta reside en la construcción consciente del liderazgo político revolucionario de la clase obrera internacional. El elemento cualitativamente decisivo de la intervención de la CICI es el propio CICI: el partido mundial de la revolución socialista, con sus secciones nacionales, los Partidos y Grupos por la Igualdad Social, como partidos trotskistas guiados por una estrategia internacional común. North concluyó su discurso de apertura:
La pregunta que se plantea ahora no es si debemos luchar, sino cómo luchar y bajo qué bandera. Nuestra respuesta a estas preguntas es la siguiente: El camino a seguir es la lucha consciente y organizada de la clase obrera internacional por el poder. La bandera es la de la Cuarta Internacional. Decimos: ¡Construyan secciones del Comité Internacional de la Cuarta Internacional en cada país! ¡Retomen la lucha por el socialismo! ¡Adelante hacia la revolución socialista mundial!
La Alianza Internacional Obrera de Comités de Base (AIO-CB) funciona como instrumento para movilizar a la clase obrera internacional, independientemente de las burocracias sindicales nacionales, construyendo comités de base en fábricas, plataformas logísticas, escuelas y universidades de todo el mundo. Tanto el partido mundial como la Alianza dan expresión política a lo que el morenIsmo es estructuralmente incapaz de concebir: la existencia objetiva de una clase obrera globalmente integrada cuyos intereses están en conflicto directo con la forma de dominación capitalista organizada en torno al Estado-nación y las burocracias sindicales nacionales. El “internacionalismo” morenIsta permanece atrapado en el marco nacional argentino porque su estructura política y su horizonte estratégico están completamente determinados por la coyuntura electoral del Estado-nación argentino.
El WSWS hace un llamado a los trabajadores y jóvenes argentinos que siguen con seriedad la crisis política en su país y que se sienten atraídos por las posiciones aparentemente combativas del PTS y el FIT-U, a estudiar rigurosamente la historia del Comité Internacional de la Cuarta Internacional y el programa del trotskismo revolucionario. El legado político del pablismo y el morenismo —Chile 1973, Argentina 1976, MAS 1982— no es un pasado para ser evocado retóricamente; es la prueba objetiva de lo que tales tradiciones producen en momentos de crisis revolucionaria. La repetición de ese patrón no es el destino, sino la consecuencia inevitable de la continuidad del liderazgo político morenista. La alternativa es la construcción consciente de un liderazgo revolucionario internacional en Argentina como una tarea política inmediata, en medio de la explosión de la lucha de clases.
(Artículo publicado originalmente en inglés el 13 de mayo de 2026)
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