Hubo un tiempo en que Gideon Rachman, columnista principal del Financial Times, era considerado ampliamente como uno de los periodistas burgueses más inteligentes e informados históricamente. Aunque estaba firmemente comprometido con la defensa de los intereses capitalistas, era consciente de las catástrofes del siglo XX. Rachman recurría con frecuencia a las lecciones de las dos guerras mundiales para advertir a los dirigentes políticos contra cálculos temerarios.
Uno de los ensayos más conocidos de Rachman, publicado en el FT el 4 de febrero de 2013, llevaba por título “La sombra de 1914 cae sobre el Pacífico”. Comenzaba así:
Las películas parpadeantes en blanco y negro de hombres que “saltaban de las trincheras” en la Primera Guerra Mundial parecen increíblemente lejanas. Sin embargo, la idea de que las grandes potencias de hoy jamás podrían volver a entrar en una guerra por accidente, como ocurrió en 1914, es una complacencia excesiva. Las crecientes tensiones entre China, Japón y Estados Unidos tienen ecos del terrible conflicto que estalló hace casi un siglo.
Rachman advirtió contra el olvido de las consecuencias de los errores de cálculo y expresó la esperanza de que “el hecho de que vivamos en la era nuclear también haga mucho menos probable que se repita la crisis de 1914”.
Pero el estallido de la guerra en Ucrania en 2022 produjo un cambio dramático en la perspectiva de Rachman. Su capacidad para realizar análisis históricamente informados ha sido una de las víctimas del conflicto. El periodista que una vez advirtió contra los errores de cálculo desastrosos eleva ahora la temeridad al nivel de principio estratégico.
El 5 de octubre, el Financial Times publicó una columna de Rachman bajo el titular “Las amenazas nucleares de Putin ya no funcionan”. Días antes, el Gobierno ruso había entregado una nota a la OTAN declarando que utilizaría “todo el arsenal de fuerzas y capacidades a su disposición, incluidas las armas nucleares”, si la alianza intentaba aislar la región de Kaliningrado. La nota advertía que un conflicto podría comenzar con ataques contra “centros de toma de decisiones” en países de la OTAN. El 1 de octubre, en el Club de Debate Valdai, Vladimir Putin confirmó que la nota significaba exactamente lo que decía.
La respuesta de Rachman consistió en tranquilizar a sus lectores. Desde febrero de 2022, escribe, Putin ha utilizado repetidamente el arsenal nuclear para intimidar a Occidente sin cumplir sus amenazas. Se han suministrado a Ucrania tanques, aviones de combate y misiles de largo alcance, “todos antes descartados”. Ucrania atacó los bombarderos estratégicos de Rusia en junio de 2025 y no pasó nada. El tabú contra el uso de armas nucleares, concluye, ha demostrado ser “muy poderoso”, y el declive de la disuasión rusa es “principalmente una buena noticia”.
La columna merece una respuesta porque expone con una franqueza inusual la premisa sobre la cual los Gobiernos de Reino Unido, Alemania, Francia, Polonia y los Estados bálticos están librando la guerra contra Rusia: como Rusia no ha utilizado armas nucleares, jamás lo hará, haga lo que haga la OTAN.
Se trata de una inferencia a partir de una conducta bajo condiciones que ya no existen. Durante la mayor parte de la guerra, los combates estuvieron confinados a Ucrania, Rusia aún no se enfrentaba a amenazas abiertas de intervención de la OTAN y ninguna parte de la Federación Rusa había sido atacada ni amenazada con ser separada. En la única ocasión en que Rusia sufrió un serio revés militar, en el otoño de 2022, los funcionarios estadounidenses informaron que los comandantes rusos habían discutido el uso de armas nucleares tácticas, y el presidente Biden habló públicamente del peligro de un “Armagedón”. El historial solo demuestra que el umbral aún no se había alcanzado.
Pero eso, como indica el discurso de Putin, puede dejar de ser así. Kaliningrado, un territorio ruso con alrededor de un millón de habitantes, está situado entre Polonia y Lituania, en un mar Báltico que la adhesión de Finlandia y Suecia ha convertido en un charco de la OTAN. Durante todo el verano, la OTAN realizó ejercicios aéreos y anfibios alrededor del enclave. En septiembre, el ministro de Relaciones Exteriores polaco, Radosław Sikorski, señaló que Rusia había retirado tropas de Kaliningrado para la guerra en Ucrania y pidió ejercicios de la OTAN tan agresivos que el Kremlin no pudiera estar seguro de las intenciones de la alianza. La doctrina nuclear rusa, revisada en noviembre de 2024, permite el uso nuclear en respuesta a un ataque convencional que amenace la integridad territorial del país. Esa disposición fue escrita precisamente para Kaliningrado.
Recordemos la historia que Rachman ha decidido olvidar. Antes de 1914, las potencias europeas atravesaron una serie de crisis —Marruecos, Bosnia, Agadir, las guerras balcánicas—, cada una de las cuales terminó antes de llegar a una guerra general. En 1909, una Rusia debilitada cedió ante un ultimátum alemán sobre Bosnia. En julio de 1914, Berlín esperaba que Rusia volvería a retirarse. No lo hizo. Los ministros del zar concluyeron que una segunda capitulación acabaría con Rusia como gran potencia. Rachman observa que en Reino Unido “las tribulaciones del club de fútbol Manchester City eran una noticia más importante” que las advertencias de Putin. En los últimos días de julio de 1914, el público francés estaba absorbido por el juicio de Madame Caillaux, absuelta de asesinato el día en que Austria-Hungría declaró la guerra a Serbia.
Visto desde el Kremlin y el Estado Mayor ruso, el historial que cita Rachman apunta a la conclusión opuesta. Todos los medios no nucleares para detener la escalada de la OTAN han fracasado. Como señala el propio Rachman, “la posición de la OTAN sobre la guerra en Ucrania no ha cambiado”. Rusia es mucho más débil que la alianza en fuerzas convencionales, y Kaliningrado no puede ser defendido por medios convencionales. Si la garantía de una ataque nuclear fuera abandonada en su primera prueba tras una amenaza pública, perdería su valor en todos los demás frentes. Los Gobiernos europeos declaran que su rearme debe estar completo para 2029 o 2030, lo que le indica a un planificador ruso que el equilibrio de fuerzas se desplazará constantemente en su contra.
Ese fue el razonamiento que convenció al Estado Mayor alemán en 1914 de que la guerra era mejor cuanto antes. Una guerra con la OTAN comenzaría con ataques contra la estructura de mando de las fuerzas nucleares rusas, creando presión para utilizar las armas antes de perderlas. Sergei Karaganov, quien forma parte de un consejo científico adjunto al Consejo de Seguridad de Rusia, ha defendido públicamente un ataque nuclear contra Europa para restaurar la credibilidad de la disuasión rusa. Rachman descarta tales voces como comentaristas que “despotrican y fantasean”.
El Gobierno de Putin, que representa a la oligarquía surgida de la restauración del capitalismo en la antigua Unión Soviética, no puede apelar a los trabajadores de Europa y Estados Unidos contra sus propios Gobiernos. Su único instrumento es la fuerza militar, y una derrota en una guerra con la OTAN significaría su fin. Nada de esto garantiza que Rusia utilice armas nucleares. Sin embargo, cada paso que da la OTAN aumenta la presión sobre Moscú para demostrar que al menos una de sus líneas rojas es real.
Rachman también da por sentado que una guerra con Rusia seguiría siendo convencional. En una sola noche de febrero, Rusia lanzó más de 70 misiles y unos 450 drones contra el sistema energético de Ucrania. Europa occidental no dispone de defensas aéreas capaces de detener ataques de esa magnitud. A los objetivos nombrados en la nota rusa se añadirían los puertos por los que deben pasar los refuerzos estadounidenses, nudos ferroviarios, centrales eléctricas, refinerías y plantas químicas. Europa experimentaría en semanas lo que Ucrania ha soportado durante cuatro años.
¿Está Rachman seguro de que los Gobiernos de la OTAN aceptarían semejante devastación “convencional” sin recurrir a las armas que poseen? La OTAN nunca ha renunciado al primer uso de armas nucleares. La doctrina francesa contempla una “advertencia final”, un ataque nuclear limitado para demostrar determinación, y en marzo el presidente Macron extendió la disuasión francesa a Europa con el respaldo del canciller Merz. Los Gobiernos que han escalado la guerra en cada etapa se enfrentarían a una elección entre la derrota y la opción nuclear. La doctrina rusa no deja dudas sobre la respuesta a un ataque nuclear. Una vez cruzado el umbral, la teoría de un intercambio limitado no tiene nada que la sostenga. Una simulación de Princeton de 2019 que comenzaba con un solo disparo de advertencia ruso proyectó más de 90 millones de muertos y heridos en cuestión de horas.
Rachman termina su columna con una declaración que hace añicos todo su argumento complaciente: “Desde que comenzó la guerra de Ucrania, tanto Rusia como la OTAN han tenido que adaptar sus ideas sobre cómo funciona la disuasión nuclear. El tabú contra el uso de armas nucleares es claramente muy fuerte. Pero ¿es absoluto? Nadie puede estar seguro. Ese tipo de incertidumbre es peligroso”.
¿Cuál es, precisamente, el nivel de incertidumbre? ¿Existe un 10, un 20 o un 50 por ciento de posibilidades de que se rompa el tabú nuclear? ¿En qué momento la confrontación con Rusia se convierte en un juego de ruleta rusa con cuatro recámaras y una cargada de ojivas nucleares? Cuando la consecuencia de equivocarse puede ser la destrucción del continente europeo, ¿con qué nivel de riesgo se siente cómodo Rachman?
No lo dice. Tampoco pide negociaciones ni que la OTAN retroceda de Kaliningrado. La única lección que ofrece a sus lectores es que las advertencias de Moscú pueden ser ignoradas.
Rachman habla en nombre de una clase dominante que necesita creer que Rusia está engañándola. Su política de rearme hasta el 5 por ciento del producto interno bruto, el resurgimiento del poder militar alemán, la subyugación de Rusia y la apropiación de sus recursos no puede llevarse a cabo bajo ninguna otra premisa. El costo se financia mediante la destrucción de los programas sociales, lo que está provocando una resistencia creciente. Al igual que en 1914, los Gobiernos que enfrentan una agitación social en el interior no calculan sobriamente los riesgos de la guerra.
A los pueblos de Europa no se les ha preguntado si aceptan la apuesta que se está haciendo en su nombre. La clase trabajadora de Europa, Rusia, Ucrania y Estados Unidos debe responder construyendo un movimiento internacional contra la guerra, dirigido contra el sistema capitalista que la produce.
(Artículo publicado originalmente en inglés el 07/10/2026)
