El anuncio del secretario de Guerra Pete Hegseth de que el Pentágono transmitirá en directo el fusilamiento de Nidal Hasan, el expsiquiatra del Ejército que mató a 13 personas en Fort Hood, Texas, en 2009, marca una nueva etapa en el descenso del Estado norteamericano hacia la barbarie fascista. El plan ha provocado disgusto en todo el mundo.
Hasan será fusilado el 3 de diciembre por un pelotón de soldados. Sería la primera ejecución llevada a cabo por las Fuerzas Armadas estadounidenses desde 1961 y la primera en Estados Unidos transmitida al público. En una entrevista con el medio de extrema derecha Real America’s Voice, Hegseth prometió “asegurarse de que la gente pueda verlo”, porque “la gente necesita entender que este tipo de cosas tiene consecuencias graves”. La oficina de derechos humanos de la ONU ha afirmado que la transmisión violaría la prohibición absoluta de la tortura.
El entrevistador de Hegseth fue Jack Posobiec, un propagandista fascista implicado en el intento de golpe de Estado del 6 de enero, quien inauguró la Conferencia de Acción Política Conservadora de 2024 declarando: “Bienvenidos al fin de la democracia. Estamos aquí para derrocarla por completo”.
Con la aprobación de Trump, Hegseth eligió el método poco habitual del pelotón de fusilamiento y afirmó: “Bueno, me gusta un poco la mentalidad que teníamos en la Segunda Guerra Mundial”. El Ejército estadounidense de aquella guerra ahorcó a la mayoría de los soldados que ejecutó, muchos de ellos a manos de un único verdugo militar, y recurrió rara vez al pelotón de fusilamiento. La Wehrmacht de Hitler se apoyaba en el pelotón de fusilamiento para imponer la obediencia: fusiló a más de 18.000 de sus propios soldados, mientras los ocupantes nazis realizaron ahorcamientos públicos masivos en Polonia y la Unión Soviética, que fotografiaban y difundían como advertencia. Esa es la “mentalidad” que Hegseth admira y pretende emular.
¿Qué propósito cumple este espectáculo?
Se escenifica, en primer lugar, para los sectores más atrasados y degradados de la sociedad estadounidense, a los que Trump cultiva en mítines que han caído a estándares aún más bajos, si es que eso todavía era posible. El miércoles, en San Antonio, Trump se jactó ante la multitud: “Vamos a impartir justicia definitiva contra un asesino malvado”. Su propósito más amplio es embrutecer a la población e implicarla en los asesinatos perpetrados por el Estado.
El hombre que organiza la ejecución pública es un sádico. Hegseth pertenece a una red de iglesias cofundada por Doug Wilson, quien se describe a sí mismo como nacionalista cristiano. Entre sus tatuajes figura el eslogan neofascista “Deus Vult”, en latín “Dios lo quiere”, el grito de guerra de las cruzadas medievales contra el mundo musulmán. En un servicio de oración en el Pentágono transmitido en directo en marzo, pidió a Dios una “violencia abrumadora en la acción contra quienes no merecen misericordia”. Hegseth habría encajado perfectamente en los batallones nazis que ametrallaron a partisanos y judíos por toda la Europa oriental ocupada, y habría disfrutado de esa labor. Pero Hegseth no es un psicópata aislado. Es el secretario de Guerra, elegido por Trump y confirmado por el Senado.
Hegseth se está tomando como modelo a Heinrich Himmler, con Trump como su Führer. Los nazis construyeron las Waffen-SS de Himmler como un ejército del partido al margen de la Wehrmacht, juramentado personalmente a Hitler y seleccionado por su fiabilidad ideológica. La búsqueda de hombres de ese tipo por parte de Hegseth no comenzó en el Pentágono. En 2019, cuando era presentador de Fox News, presionó a Trump para que indultara a soldados acusados o condenados por crímenes de guerra en Irak y Afganistán, insistiendo en que “no son criminales de guerra, son guerreros”. Trump accedió. Como secretario de Guerra, Hegseth ha convertido el “espíritu guerrero” en la consigna de su gestión y ha purgado a generales y a los principales abogados militares.
Hegseth es producto de unas Fuerzas Armadas integradas exclusivamente por voluntarios, una fuerza cada vez más aislada de la población civil, y pretende ampliar esa brecha. Su pelotón de fusilamiento no estará compuesto por verdugos profesionales, sino por soldados comunes a quienes se ordenará disparar contra un hombre paralizado ante una audiencia masiva. El objetivo es vincular a los soldados con el régimen mediante la complicidad y seleccionar y cultivar dentro de las Fuerzas Armadas un sector dispuesto a realizar ese tipo de tareas.
Trump, Hegseth, Stephen Miller y otros miembros del régimen son fascistas que aspiran a copiar a Hitler, pero todavía no están en condiciones de hacerlo. Se enfrentan a una oposición masiva a sus políticas y sus guerras. La aprobación de Trump ha caído al 32 por ciento, el nivel más bajo de cualquiera de sus dos mandatos, y menos de tres de cada diez personas aprueban su guerra contra Irán. Precisamente porque la Administración carece de apoyo popular, está recurriendo a las Fuerzas Armadas.
Sobre todo, la ejecución transmitida en directo es un mensaje a las Fuerzas Armadas. En Quantico, en septiembre pasado, Trump dijo a los generales reunidos que utilizaran “algunas de estas ciudades peligrosas como campos de entrenamiento”. Cuando seis legisladores demócratas recordaron a los soldados en noviembre pasado que podían rechazar órdenes ilegales, Trump denunció el video como “¡CONDUCTA SEDICIOSA, castigable con la MUERTE!”.
Los regímenes recurren a ejecuciones ejemplarizantes cuando sus ejércitos comienzan a desmoronarse. Hegseth concedió su entrevista a bordo del portaaviones USS Abraham Lincoln cuando regresaba de un despliegue de 321 días en la guerra contra Irán, una misión que había prolongado dos veces. Ocho marineros del grupo de combate del Lincoln intentaron suicidarse, uno de ellos saltando por la borda; aun así, Hegseth desestimó las informaciones sobre las condiciones a bordo como “completamente tergiversadas”, y Trump declaró que el despliegue “no fue ni de lejos lo suficientemente largo”. Una Administración que se prepara para utilizar a las Fuerzas Armadas contra la población está mostrando a cada soldado lo que les espera a quienes desobedezcan sus órdenes, y a la población lo que les espera a quienes se opongan a sus políticas fascistas.
Incluso el único soldado estadounidense fusilado por deserción durante la Segunda Guerra Mundial, el soldado raso Eddie Slovik, fue ejecutado en secreto. Un pelotón de fusilamiento de su propio regimiento lo mató en Francia el 31 de enero de 1945, después de que el general Dwight Eisenhower aprobara la sentencia en plena batalla de las Ardenas. El Ejército solo le dijo a la esposa de Slovik que él había muerto en el frente europeo; la verdad salió a la luz con el libro de William Bradford Huie de 1954, que fue llevado al cine en 1974. El Ejército de 1945, cuyos soldados creían luchar contra el fascismo, mantuvo oculto el asesinato. Hegseth, que toma a Himmler como modelo, quiere que el mundo lo vea.
Los hombres que supervisan la ejecución de Hasan son criminales de guerra que no han sido procesados. Desde septiembre de 2025, por orden de Hegseth, las Fuerzas Armadas han hecho estallar embarcaciones en el Caribe, matando a más de 200 personas sin juicio. En el primer ataque, Hegseth presuntamente ordenó que no sobreviviera nadie después del primer ataque y un segundo misil mató a dos hombres que se aferraban a los restos en llamas.
La guerra contra Irán es una guerra de agresión, lo que el Tribunal de Núremberg identificó como “el crimen internacional supremo”. Las reiteradas amenazas de Trump de aniquilar a la población civil iraní también constituyen crímenes de guerra.
La ejecución de Hasan también se nutre de las tradiciones más oscuras del sur estadounidense bajo el régimen de Jim Crow. La última ejecución pública en Estados Unidos, el ahorcamiento en 1936 de Rainey Bethea, un hombre negro de 22 años, en Owensboro, Kentucky, atrajo hasta 20.000 espectadores. En Waco, a unos 96 kilómetros de Fort Hood, una turba de más de 10.000 personas torturó y quemó vivo a Jesse Washington, un trabajador agrícola negro de 17 años, el 15 de mayo de 1916. Un fotógrafo local vendió imágenes de la quema como postales. La transmisión en directo de Hegseth es la postal de un linchamiento en la era de internet, con el propio Estado detrás de la cámara.
El asesinato de 13 personas por parte de Hasan, 12 de ellas soldados, fue un crimen reaccionario. Pero, como explicó el World Socialist Web Site en 2009, la masacre fue un daño colateral de las guerras en Irak y Afganistán, que causaron directamente casi un millón de muertes. El Estado que libró esas guerras ahora utiliza la muerte de sus propios soldados como pretexto para una ejecución pública, en medio de un frenesí de ejecuciones en todo el país. La semana pasada, Tennessee le administró a Christa Pike dos dosis letales de pentobarbital que no consiguieron matarla y le dejaron los brazos quemados y llenos de ampollas.
El plan de transmitir en directo la ejecución de Hasan ha provocado una amplia repulsión popular y ha sido denunciado en las redes sociales. El apoyo a la pena de muerte en sí ha caído al 52 por ciento, cerca de su nivel más bajo en medio siglo. Este sentimiento ha obligado a sectores del establishment político a pronunciarse. Legisladores republicanos y demócratas, un exabogado militar del Ejército, la Conferencia de Obispos Católicos de Estados Unidos e incluso un superviviente de Fort Hood han criticado la transmisión en directo, y el vicepresidente JD Vance ha sugerido que quizá no se lleve a cabo. Les preocupa la reputación de las Fuerzas Armadas y la estabilidad del Estado; casi todos ellos, sin embargo, defienden la pena de muerte.
Al momento de redactar estas líneas, Bernie Sanders, Alexandria Ocasio-Cortez y Zohran Mamdani no han dicho nada sobre la ejecución prevista. Fieles a su costumbre, esperarán a que suficientes figuras de derecha hayan convertido la oposición en una postura aceptable antes de sumarse a ella.
El pelotón de fusilamiento de Fort Hood expresa la esencia reaccionaria de la oligarquía gobernante estadounidense, cuyos equivalentes, desde Alemania hasta Chile, están cultivando las mismas fuerzas fascistas. Su recurso a estos métodos expresa la crisis histórica del capitalismo mundial, que ya no puede reconciliar la riqueza de un puñado de multimillonarios con las formas democráticas de gobierno.
Solo la clase obrera, en Estados Unidos y a nivel internacional, actuando de forma independiente de todos los partidos capitalistas, puede detener el descenso hacia la barbarie fascista. La lucha contra la guerra, la dictadura y los asesinatos de Estado es inseparable de la lucha por el socialismo mundial, que pondrá fin a la subordinación de la vida humana al lucro privado y sentará las bases de una cultura nueva y superior. Esta es la perspectiva del Partido Socialista por la Igualdad y del Comité Internacional de la Cuarta Internacional.
(Artículo publicado originalmente en inglés el 10/10/2026)
