Luiz Inácio Lula da Silva, del Partido de los Trabajadores (PT), ganó el domingo por primera vez en la historia un cuarto mandato como presidente de Brasil. Con el 51,79 por ciento de los votos válidos, frente al 48,21 por ciento del senador Flávio Bolsonaro, del Partido Liberal (PL), Lula revirtió el resultado de la primera vuelta, en la que Flávio había ganado por 47 por ciento contra 45,2 por ciento. La abstención, que en la primera vuelta había sido la más alta desde 1998, cayó a la más baja en dos décadas, y los votos nulos y en blanco alcanzaron un mínimo histórico.
La reelección de Lula fue impulsada por una hostilidad generalizada al regreso al poder de los Bolsonaro, cuya campaña emanaba el inconfundible hedor del fascismo. Las semanas previas a la segunda vuelta estuvieron marcadas por masivas manifestaciones en las principales ciudades del país, motivadas por el repudio a la perspectiva de un gobierno encabezado por el hijo y representante directo de Jair Bolsonaro — preso por conspirar para llevar a cabo un golpe fascista en 2022-2023 — y subordinado a la agenda imperialista de Washington.
Este revés para la extrema derecha desencadenó declaraciones de organizaciones políticas que apoyan a Lula según las cuales el país había sido apartado del abismo. El vicepresidente Geraldo Alckmin, exgobernador de São Paulo por el derechista Partido de la Socialdemocracia Brasileña (PSDB), aportó la fórmula al declarar que Lula había salvado “por segunda vez, la democracia brasileña”.
Esta complacencia política es alimentada por la pseudoizquierda, que celebra la victoria como el anuncio de una nueva floración del reformismo en Brasil y el mundo. La revista Jacobin, órgano de los Socialistas Democráticos de Estados Unidos (DSA, por sus siglas en inglés), la celebró como “un rayo de esperanza en un mundo oscuro”. Estas interpretaciones son tan irreales como desorientadoras para la clase trabajadora y la juventud de Brasil y a escala internacional, que se encuentran en confrontación directa con un sistema capitalista mundial en su agonía.
Esa misma noche, Flávio declaró que no reconocía el resultado y que buscaría su anulación. Al día siguiente, el presidente estadounidense Donald Trump dijo que la votación “parecía otra elección amañada”. Los mercados financieros, por su parte, ya exigen al gobierno recién elegido del Frente Ampla — la coalición que reúne al PT y a partidos de la derecha tradicional — la rápida introducción del asalto fiscal que se prepara para llevar a cabo. La reelección de Lula abre un período de intensificación de la lucha de clases, en el que las aspiraciones de los trabajadores y jóvenes que votaron por él chocarán de frente con el programa capitalista de su gobierno.
El giro y la crisis del PT
Hasta hace unas semanas, los analistas burgueses y los partidarios de Trump celebraban el ascenso de una “ola azul” en América Latina, un supuesto desplazamiento a la derecha de la población, expresado en el auge de gobiernos fascistas integrados en el “Escudo de las Américas” de Washington. Esta tesis fraudulenta está siendo refutada por una explosión de rebelión social contra estos gobiernos y sus programas de austeridad capitalista. Prácticamente todos tienen calificaciones de aprobación igual de abismales que las de su patrón en Washington, Donald Trump. La derrota de Flávio Bolsonaro es otra demostración de la bancarrota de la red de extrema derecha promovida directamente por el imperialismo estadounidense en la región.
Pero esto no significa que la victoria del PT y de su Frente Ampla haya “detenido la ola derechista de la región”, como lo expresó emblemáticamente CNN.
La crisis del PT y de los gobiernos nacionalistas burgueses de la Marea Rosa latinoamericana en su conjunto es un proceso histórico irreversible. La ventaja de Flávio en la primera vuelta, el margen de menos de cuatro puntos en la segunda y el avance del PL de Bolsonaro, que se convirtió en el mayor bloque del Congreso y ganó gobernaciones, incluidas las de Río de Janeiro, Río Grande del Sur y Santa Catarina, representan una derrota irreparable para las perspectivas del PT y de las pseudoizquierda que lo apoyan.
El callejón sin salida al que se enfrenta el PT es una expresión de la crisis de todo el régimen burgués brasileño, que ha dado origen a la amenaza del fascismo y la dictadura. A lo largo de tres mandatos de Lula (2003-2010 y 2023-2026) y uno y medio de Dilma Rousseff (2011-2016), el PT administró fielmente los intereses del capital.
Un cuarto mandato no interrumpirá este proceso, sino que lo profundizará. Al seguir desempeñando su papel de garante del orden burgués en crisis — implementando las demandas del capital de ataques y buscando un acomodo con la extrema derecha —, el gobierno del Frente Ampla alimentará su propia crisis y nutrirá la amenaza fascista.
La amenaza de golpe y el imperialismo estadounidense
Los Bolsonaro, en colusión con Washington, ya continúan la conspiración golpista. La noche del domingo, Flávio declaró que “es imposible reconocer el resultado de las elecciones en el contexto en que ocurrieron las cosas” y anunció que exigirá la anulación de los resultados.
Su pretexto es la decisión del ministro del Supremo Tribunal Federal (STF), Cristiano Zanin, de extender la votación hasta las 7:00 p. m., tras informes de que autobuses fueron retirados de las calles en varias ciudades para impedir que los votantes llegaran a las urnas. El argumento es absurdo. La extensión, que incluso fue solicitada por la propia campaña de Bolsonaro, nunca podría explicar una diferencia de 4,4 millones de votos. Las afirmaciones, al igual que las insensatas acusaciones de Trump de un supuesto “robo” de las elecciones de 2020 en Estados Unidos, no buscan demostrar fraude alguno, sino proporcionar el pretexto político para un golpe de Estado.
El silencio oficial de la Casa Blanca fue roto el lunes por la tarde por el propio respaldo de Trump a la tesis golpista de los Bolsonaro. Dijo a los reporteros: “No tomé partido, pero me pareció otra elección amañada. Las elecciones tienen que ser indiscutibles, y a mí me pareció muy mal”.
Eduardo Bolsonaro, hermano de Flávio, difundió un video en inglés en el que calificó la elección de “claramente fraudulenta” e hizo un llamado a los gobiernos extranjeros: “No reconozcan estas elecciones”. Eduardo vive en Estados Unidos, desde donde ha coordinado las actividades de los fascistas brasileños en colaboración directa con la administración Trump. En vísperas de la votación, ya había sembrado la narrativa del fraude y argumentado que, si era derrotado, su hermano debía abandonar el país, como hizo Jair Bolsonaro en los días previos al ataque del 8 de enero de 2023.
La solución a una derrota electoral, dijo Eduardo en la misma entrevista en un podcast, sería “enviar a los Marines”, es decir, una intervención militar estadounidense. La fórmula evoca directamente la operación militar estadounidense que secuestró a Maduro en Caracas en enero.
El veredicto del capital
Los millones que votaron por Lula para frenar el fascismo esperan del nuevo gobierno una agenda social y política que choca directamente con los intereses reales que determinarán las políticas de su cuarto mandato. El capital financiero presentó sus demandas tan pronto como los mercados abrieron el lunes. En respuesta a los resultados electorales, el dólar saltó 8,65 por ciento, a 5,42 reales, y el índice de futuros de la Bolsa de Valores de São Paulo se desplomó 15 por ciento, activando una suspensión automática de as operaciones. Con las tasas de interés futuras disparándose, el Tesoro Nacional canceló las subastas de bonos de tasa fija e indexados a la inflación programadas para la semana.
Los mercados habían apostado abiertamente por Flávio y por su tesouraço (recorte masivo del gasto) inspirado en la “motosierra” de Milei. Tras la primera vuelta, el Ibovespa subió 7,7 por ciento en una sola sesión. La reacción del lunes es un ultimátum político al gobierno de Lula: debe demostrar que es capaz de imponer a la clase trabajadora el mismo programa de recortes que la burguesía esperaba de Flávio.
Los analistas del banco británico Barclays enumeraron las señales que esperan, incluida la elección del ministro de Hacienda, la meta fiscal de 2027 y el costo de las promesas de campaña — el aumento del programa de transferencias de efectivo Bolsa Família, el pago de 5.000 reales por Pix para microempresarios, la gratuidad del transporte colectivo los fines de semana y la exención del impuesto federal a la gasolina — que, según Estadão, requerirán recortes de al menos 39.800 millones de reales en el presupuesto de 2027.
La campaña de Lula ya había dejado clara su orientación al presentar a Alckmin como el hombre que entiende del ajuste fiscal y al incluir en su programa de gobierno una expresión ausente en 2022: “responsabilidad fiscal”. Los primeros movimientos para formar el nuevo gabinete lo confirman. Según Correio Braziliense, Alckmin es el principal candidato a ministro de Hacienda, con el fin de “recuperar la simpatía de Faria Lima” — el Wall Street de São Paulo —, “que se abalanzó a favor de la campaña de Flávio Bolsonaro”.
El historial del PT no deja dudas sobre la respuesta que el partido está preparando. En octubre de 2014, Dilma Rousseff fue reelegida con el 51,64 por ciento de los votos y, un mes después, entregó el Ministerio de Hacienda a Joaquim Levy, un ejecutivo del banco Bradesco.
Como escribió entonces el WSWS:
Después de que Rousseff y el Partido de los Trabajadores (PT) oficialista hicieran una campaña electoral advirtiendo que la victoria de su oponente, Aécio Neves (Partido de la Socialdemocracia Brasileña — PSDB), significaría entregar la economía del país a los banqueros y un regreso a las políticas de hace una docena de años, antes de que el PT llegara al poder por primera vez, la ironía no se le escapó a nadie.
El programa de austeridad profundizó la recesión, desmoralizó la base social del PT y allanó el camino para el juicio político de 2016 y, más tarde, para la elección de Bolsonaro. La situación a la que se enfrenta Lula hoy es similar, pero mucho más aguda.
En su discurso de victoria la noche del domingo, Lula rechazó la idea de que tendría dificultades para gobernar con un Congreso “más conservador”: “Yo no elegí al Congreso, el pueblo lo eligió, y es con el Congreso con quien voy a trabajar y aprobar las cosas”. Más que reconocer la legitimidad formal de los legisladores electos, la declaración presenta fraudulentamente el carácter reaccionario del Congreso como una expresión genuina de las aspiraciones populares y señala que el gobierno se subordinará a su agenda derechista.
En el mismo discurso, Lula anunció que el gobierno federal “entrará” en la seguridad pública, con la consigna que marcó su giro a la derecha en la segunda vuelta: “A las personas trabajadoras les daremos protección. Al criminal le daremos cárcel”. Esta agenda apunta al fortalecimiento de un aparato represivo que inevitablemente será vuelto contra la clase trabajadora y toda la oposición social.
La pretensión del PT de arrancar de las manos de la extrema derecha la bandera antisocial al enarbolarla como propia solo sirve para legitimarla. Allana el camino para estas fuerzas y para el imperialismo estadounidense, que utiliza la narrativa fraudulenta de la “lucha contra el narcoterrorismo” para justificar su intervención en América Latina.
La pseudoizquierda y la lucha de clases que se avecina
El gran peligro de la situación es que la creciente oposición al fascismo, el imperialismo y el capitalismo sea canalizada hacia el apoyo a un gobierno burgués. Este gobierno ha implementado, y seguirá implementando, los dictados de austeridad del capital, la promoción de los militares y el acomodo al orden imperialista. Este es precisamente el papel de la pseudoizquierda y, sobre todo, de las fuerzas políticas que se presentan como revolucionarias, como los morenistas que abogaron por el “apoyo crítico” a la Frente Ampla de Lula en la segunda vuelta.
Estas mismas fuerzas trabajan ahora para contener la lucha de clases que está en la agenda mediante una política de presión sobre el gobierno recién elegido.
Esta política fue formulada sin rodeos por los principales dirigentes del Partido de los Trabajadores Socialistas (PTS) de Argentina, el partido que dirige la Corriente Revolución Permanente (CRP), la tendencia morenista a la que pertenece el Movimiento Revolucionario de los Trabajadores (MRT) en Brasil. El diputado Nicolás del Caño proclamó que “la alegría de gran parte del pueblo brasileño tiene que transformarse en una movilización independiente para barrer de Brasil y de todo el continente los planes del imperialismo, los grandes empresarios y la ultraderecha”.
Su colega diputada Myriam Bregman precisó el contenido de esta movilización: “solo una gran lucha en las calles puede derrotar las reformas reaccionarias de Temer y de Bolsonaro padre”.
Lo que abogan los morenistas es un programa de presión sobre el gobierno del Frente Ampla. Su horizonte se extiende solo hasta restablecer el statu quo anterior a la caída del PT en 2016, es decir, las mismas condiciones que produjeron la crisis actual. Extendida al continente, esta perspectiva apunta a un resurgimiento de la Marea Rosa como respuesta a los gobiernos de extrema derecha respaldados por el imperialismo. Lo que llaman fraudulentamente una “movilización independiente” es una movilización para traer de vuelta a estos gobiernos nacionalistas burgueses, con la perspectiva de presionarlos “a la izquierda”.
Los morenistas también invocan la rebelión que sacude a Francia y Europa. Para Bregman, la juventud brasileña “puede seguir el camino mostrado por la rebelión que sacude a Europa para derrotar toda política de austeridad y opresión”. Al tratar la reelección de la Frente Ampla como un paso en el mismo camino que Francia, falsean dos cosas a la vez: el significado de la victoria de Lula y la perspectiva de la rebelión internacional de la juventud y los trabajadores, que en la propia Francia ya están tratando de reducir a una presión sobre los sindicatos, dentro de un movimiento nacional y reformista.
Contra estas ilusiones, debe afirmarse con claridad lo que se avecina: una explosión de la lucha de clases. En Brasil, los trabajadores y jóvenes que votaron por Lula con la esperanza de mejorar sus condiciones de vida chocarán con la austeridad exigida por los mercados e implementada por la Frente Ampla. En toda América Latina, estas luchas confrontarán tanto a los regímenes fascistas de extrema derecha del tipo Milei como a los gobiernos burgueses de la “marea rosa” como el de Lula, como parte de la rebelión mundial contra la guerra y la austeridad que se extiende desde Francia, Grecia e Italia hasta Chile y México.
La tarea decisiva es forjar la independencia política de la clase trabajadora de todas las facciones de la burguesía, unir sus luchas a escala internacional y armarlas con un programa socialista. Esta es la perspectiva por la que lucha el Grupo Socialista por la Igualdad en Brasil, junto con el Comité Internacional de la Cuarta Internacional.
(Artículo publicado originalmente en inglés el 26/10/2026)
Leer más
- Los morenistas actúan para mantener a los trabajadores y a los jóvenes brasileños atrapados en el “Frente Amplio” de Lula
- ¿Quién es responsable del ascenso de Flávio Bolsonaro y de la extrema derecha en Brasil?
- Brasil entra en la segunda vuelta de las elecciones presidenciales en medio de un estallido mundial de la lucha de clases
