La primera vuelta de las elecciones presidenciales de Brasil, celebrada este domingo, ha fijado una segunda vuelta entre el actual presidente fascistoide del país, Jair Bolsonaro, y el expresidente Lula da Silva, del Partido de los Trabajadores (PT). Lula obtuvo el 48,4% de los votos, frente al 43,2% de Bolsonaro.
El resultado fue un revés para el candidato del PT, al que los sondeos de la víspera le daban una posible victoria en primera vuelta con hasta un 51%. Pero, sobre todo, la actuación de Bolsonaro superó las expectativas. Hasta el último momento, las encuestas lo situaban entre el 36% y el 38% de los posibles votantes.
El período que se avecina, hasta la segunda vuelta electoral del 30 de octubre, será de intensificación de la aguda crisis política que ensombrece las elecciones brasileñas.
El presidente fascistizante, que ha declarado que no aceptará otro resultado que no sea su victoria, utilizará el próximo período para promover una serie de maniobras destinadas a subvertir las elecciones y permanecer en el poder independientemente de su resultado.
Entrevistado el domingo por la noche después de que el Tribunal Electoral (TSE) anunciara que habrá una segunda vuelta, Bolsonaro se negó a responder a las preguntas de los periodistas sobre si creía que 'hubo fraude' en el recuento de votos y si confiaba en los resultados anunciados. En cambio, declaró: 'Esperaré la evaluación de las fuerzas armadas... Eso depende de mi ministro de Defensa'.
Por primera vez en la historia del actual régimen civil de Brasil, los militares realizaron un recuento de votos paralelo. El ministro de Defensa y colaborador clave en la conspiración dictatorial del presidente, el general Paulo Sergio Oliveira, fue invitado a acompañar los trabajos en la sala donde se realiza el recuento de votos, que Bolsonaro calificó de 'sala secreta' y señaló como la incubadora de un fraude electoral.
Ni el general Oliveira ni ningún otro cuerpo militar se ha pronunciado hasta ahora sobre los resultados de la primera vuelta. Este silencio, después de que los militares se arrogaran el papel de árbitros de la votación, revela la inestabilidad política que marcará el próximo período.
En las redes sociales de los partidarios de extrema derecha del presidente, empiezan a aparecer gráficos que muestran una progresiva caída de la ventaja de Bolsonaro en el recuento de votos. Insinúan que el vuelco a favor de Lula fue producto del fraude. El mismo argumento fraudulento fue utilizado por Donald Trump en su intento de subvertir las elecciones estadounidenses de 2020, que sirve de modelo para la conspiración de Bolsonaro en Brasil.
Lula se dirige a una segunda vuelta mucho más dura de lo esperado. Incluso si es elegido, tendrá su investidura cuestionada por el actual presidente apoyado por sectores del Estado y los militares, lo que le obligará a hacer una serie de acuerdos con estos elementos de la derecha antes de llegar al poder. Pero sus problemas no acaban ahí.
El PT y sus aliados sufrieron una abrumadora derrota ante la extrema derecha en las elecciones legislativas. Mientras que el bloque electoral formado por el PT, el maoísta PCdoB y los Verdes eligió a 79 diputados, el Partido Liberal de Bolsonaro eligió a 99 y tendrá la bancada más numerosa en la Cámara (posición que hasta ahora ocupaba el PT). Más de 300 de los 513 diputados elegidos pertenecen a partidos de la extrema derecha del espectro político brasileño.
Estos acontecimientos concretan aún más el análisis realizado por el Grupo Socialista Brasileño por la Igualdad (GSI) de que un posible nuevo gobierno del PT tendrá un carácter profundamente reaccionario y políticamente inestable desde el principio.
Pero mientras los analistas de los medios de comunicación burgueses se apresuran a declarar la consolidación de la 'ola de la derecha' entre la población brasileña, el giro a la derecha del sistema político proporciona sólo una expresión groseramente distorsionada y unilateral de los conflictos de clase que están madurando en Brasil.
Un fenómeno que crece año tras año, en un país donde el voto es obligatorio, es la alta tasa de abstención de los votantes brasileños. Este año alcanzó más del 21%, la cifra más alta en 24 años. Detrás de ella, hay un rechazo generalizado al montaje político y económico capitalista que aún no ha encontrado una forma política directa.
En 2018, la encuesta de Latinobarómetro reportó la opinión generalizada entre los latinoamericanos de que sus países son gobernados 'por unos pocos grupos poderosos para su propio beneficio'. Esta idea fue compartida por el 90 por ciento de los brasileños. La encuesta también informó que sólo el 6 por ciento de la población veía la distribución económica como justa.
Desde la elección de Bolsonaro en 2018, cuando se realizó la encuesta, las condiciones de crisis que enfrenta la clase trabajadora han empeorado profundamente. Decenas de millones han sido empujados por debajo del umbral de la pobreza, mientras que las políticas criminales adoptadas por el gobierno en respuesta a la pandemia del COVID-19 han producido un número oficial de 686.000 muertes totalmente evitables en Brasil, el segundo en número después de los Estados Unidos.
El hecho de que el PT y sus aliados de pseudoizquierda se hayan mostrado incapaces de fortalecer su influencia en medio de la crisis del odiado gobierno de Bolsonaro es indicativo de su bancarrota política y de la hostilidad masiva hacia ellos dentro de la clase trabajadora.
La campaña presidencial de Lula tenía como objetivo fundamental ganar el apoyo de las fuerzas políticas capitalistas y burguesas tradicionales profundamente rechazadas por las masas brasileñas. Al aliarse con figuras de la derecha que antes había presentado como los peores enemigos de la clase obrera, como el compañero de fórmula de Lula para la vicepresidencia, Geraldo Alckmin, el PT dejó clara su intención de preservar un sistema de explotación que se ha vuelto intolerable para las masas.
Los votos a Lula representaron, sobre todo, un rechazo a Bolsonaro. Por otro lado, el repentino fortalecimiento de Bolsonaro, captando votos destinados a candidatos presentados como agentes de la 'renovación' de Brasil, expresa el rechazo consolidado al PT después de los 13 años de gobierno del partido en favor del capitalismo.
Independientemente del gobierno que asuma el poder, los trabajadores se enfrentarán a las políticas de profundización de los ataques capitalistas a su nivel de vida y al avance de las fuerzas fascistas que pretenden reintroducir un régimen dictatorial en Brasil.
Estas amenazas no pueden ser enfrentadas en las urnas el 30 de octubre, sino sólo con las luchas de masas de la clase obrera brasileña e internacional que están a la orden del día.
Un paso importante en la preparación consciente de ese movimiento independiente de la clase obrera lo dio el Grupo Socialista por la Igualdad (GSI) en su acto 'La crisis de la democracia en Brasil y la perspectiva de la revolución socialista', celebrado en vísperas de las elecciones.
(Publicado originalmente en inglés el 3 de octubre de 2022)
