Menos de tres semanas después de que Estados Unidos e Israel lanzaran su guerra criminal contra Irán, una inminente invasión terrestre por parte de las tropas estadounidenses está allanando el camino para que el conflicto se convierta en una conflagración global.
Unos 7.500 infantes de marina están a punto de llegar a la región a bordo de varios buques pertenecientes a tres grupos de asalto anfibio estadounidenses. El grupo del USS Tripoli fue redesplegado desde la región de Asia Pacífico, mientras que el personal asignado a los tres buques del Grupo Anfibio de Ataque USS Boxer, con base en California, interrumpió sus vacaciones para partir hacia Oriente Próximo con antelación. Una tercera unidad de infantes de marina de tamaño similar se dirige a la región.
Las catastróficas consecuencias de una invasión terrestre se derivan del carácter criminal de la guerra entre Estados Unidos e Israel contra Irán. El presidente estadounidense Donald Trump anunció el inicio de la guerra en la madrugada del 28 de febrero, menos de dos días después de que diplomáticos estadounidenses e iraníes se reunieran en Ginebra para la tercera ronda de negociaciones. El objetivo declarado del imperialismo estadounidense es la destrucción de la sociedad iraní, algo que Trump y su secretario de Guerra, Pete Hegseth, de corte fascista, han reiterado en numerosas ocasiones. El viernes, Trump volvió a celebrar el programa de asesinatos selectivos empleado por las fuerzas estadounidenses e israelíes para eliminar a decenas de líderes militares y políticos, incluido el líder supremo, el ayatolá Ali Jameneí, declarando: “Todos han muerto... Queremos hablar con ellos, pero no tenemos con quién. Nos gusta así”.
Esta bravuconería propia de la mafia no puede ocultar que la guerra de exterminio ha sumido al imperialismo estadounidense y mundial en una crisis cada vez más grave. El plan de Trump para descabezar el régimen burgués-clerical de Teherán e impulsar un “cambio de régimen” desde el aire ha fracasado estrepitosamente. Irán ha respondido tomando el control del estrecho de Ormuz y lanzando ataques de represalia contra bases e infraestructura energética estadounidenses en toda la región del golfo Pérsico. Los precios del petróleo y el gas natural se han disparado, amenazando con provocar conmociones sociales y económicas en los centros imperialistas de Norteamérica y Europa, mientras la inflación galopante empobrece a millones de trabajadores.
La única respuesta que el gánster de la Casa Blanca tiene para ofrecer es intensificar la guerra. Axios informó el viernes que tres fuentes de la Casa Blanca afirmaron que el despliegue de tropas terrestres está siendo “considerado seriamente”. Uno de los escenarios más probables es el intento de capturar la isla de Kharg, donde se procesa cerca del 90 por ciento de las exportaciones de petróleo de Irán. Trump declaró a los periodistas el jueves que “no desplegaría tropas en ningún lugar”, antes de añadir, con tono dictatorial: “Si lo hiciera, desde luego no se los diría”.
Puede que Trump se haya convencido, como Hitler antes que él, de que solo él puede determinar el curso de la guerra. Pero la realidad es que, simplemente enviando un número tan elevado de tropas a la región, su despliegue se ha vuelto prácticamente inevitable. La alternativa sería una humillante retirada de Washington. En un contexto de creciente rivalidad entre las grandes potencias por las materias primas, la mano de obra barata, la influencia geoestratégica y el control de las rutas comerciales, Trump difícilmente podría sobrevivir políticamente a semejante retirada.
El despliegue de tropas terrestres intensificará aún más la escalada bélica. Las 13 bajas militares estadounidenses reportadas hasta el momento se multiplicarán rápidamente, exigiendo el envío de un número cada vez mayor de tropas. Irán podría atacar posiciones estadounidenses en la isla de Kharg, ubicada a tan solo 24 kilómetros de la costa, o a lo largo del litoral continental si se lanzaran operaciones allí. Irán contaría con la capacidad de reforzar sus posiciones defensivas gracias a su población de 93 millones de personas. Un centro de estudios australiano comparó la situación con la operación lanzada Reino Unido y sus aliados en 1915 durante la Primera Guerra Mundial para capturar la península de Galípoli, que resultó en más de 250.000 muertes y terminó en fracaso.
Esta no es la única comparación que se puede establecer entre el conflicto actual y la Primera Guerra Mundial. Otra es la rapidez con la que todas las grandes potencias imperialistas se ven arrastradas a la guerra. A principios de semana, los imperialistas europeos aún declaraban en una reunión de ministros de Asuntos Exteriores en Bruselas que esta “no es nuestra guerra”. Para el jueves, Reino Unido, Canadá, Francia, Alemania, Italia, los Países Bajos y Japón emitieron un comunicado comprometiéndose a participar en la limpieza del estrecho de Ormuz. El viernes, Reino Unido anunció que autorizaba a Estados Unidos a utilizar sus bases para atacar objetivos iraníes que se utilizan para impedir el paso de barcos por la vía marítima, que sirve como ruta de tránsito para el 20 por ciento del petróleo mundial. Los principales temores que impulsan a los europeos hacia la escalada en un intento desesperado por poner fin rápidamente a la guerra son que su prolongación paralice sus economías debido a los altos precios energéticos, prive a Ucrania de armas fabricadas en Estados Unidos para continuar la guerra contra Rusia y fortalezca financieramente al Kremlin gracias a mayores ingresos por petróleo y gas.
La expansión de la guerra tiene sus raíces en un capitalismo sumido en la crisis, que se manifiesta en las contradicciones irreconciliables entre una economía global y la división del mundo en Estados nación, así como entre el carácter social de la producción y la concentración de las fuerzas productivas en manos de una minúscula oligarquía financiera. Esta oligarquía, en nombre de Trump, espera que, al controlar los recursos energéticos de Irán y marginar a Rusia y China en Oriente Próximo, Estados Unidos pueda superar su prolongado declive económico.
El objetivo de Washington es borrar el siglo XX revirtiendo los logros sociales y políticos alcanzados por la clase trabajadora en las luchas revolucionarias y anticoloniales de ese período, y devolver al mundo a la opresión colonial manifiesta que caracterizó los albores del imperialismo a finales del siglo XIX, con la única diferencia de que Estados Unidos, en lugar de Reino Unido, será la potencia hegemónica indiscutible. Para llevar a cabo esta estrategia, la clase dominante requiere intensificar la lucha de clases interna, paralelamente a la guerra militar en el extranjero. Por eso, la operación de Trump para instaurar una dictadura en Estados Unidos no encuentra una oposición real dentro de la clase dominante, y las élites gobernantes europeas están integrando sistemáticamente a partidos de extrema derecha en la política establecida.
Desde el principio, el World Socialist Web Site llamó la atención sobre la naturaleza criminal de esta guerra y su potencial de escalada. El primer día de la guerra, el presidente del Consejo Editorial Internacional del WSWS, David North, escribió:
Esta guerra no resolverá la crisis social interna de la sociedad estadounidense, ni revertirá el prolongado deterioro de la posición global del capitalismo estadounidense.
Todas estas contradicciones, tanto internas como internacionales, se intensificarán. La guerra misma escalará inevitablemente y envolverá a todo el planeta.
Durante una reunión en la Casa Blanca con la primera ministra japonesa, Sanae Takaichi, el jueves, Trump reconoció más o menos la magnitud de la guerra que ha desatado, al comparar el bombardeo estadounidense-israelí de Irán con el ataque japonés a Pearl Harbor en 1941. Cuando un periodista le preguntó por qué Japón y otros aliados de Estados Unidos no recibieron aviso previo de la guerra, Trump declaró: “No le dijimos a nadie porque queríamos que fuera una sorpresa. ¿Quién sabe más de sorpresas que Japón? ¿Por qué no me avisaron de Pearl Harbor? ¿Verdad?”.
El ataque japonés a Pearl Harbor en diciembre de 1941 provocó la entrada de Estados Unidos en la Segunda Guerra Mundial. Al finalizar la masacre en 1945, la guerra se había cobrado la vida de más de 80 millones de personas y había sido testigo de los horrores del Holocausto nazi contra los judíos europeos y del lanzamiento de dos bombas atómicas estadounidenses sobre ciudades japonesas. Washington y sus rivales imperialistas están dispuestos a utilizar métodos igualmente despiadados hoy en día para asegurar su parte del botín en el nuevo reparto del mundo.
Detener el resurgimiento de la barbarie imperialista exige la movilización de la clase obrera internacional para la reorganización socialista de la sociedad. Los trabajadores de los países imperialistas no tienen ningún interés en financiar las guerras de saqueo de las élites gobernantes mediante una inflación galopante, recortes de empleo y la eliminación de programas sociales. Sus aliados naturales en la lucha por derrotar al imperialismo estadounidense y europeo son los trabajadores de Irán y de todo Oriente Próximo, quienes solo podrán frenar la conquista imperialista participando en la lucha global por el poder político, que pasará a manos de la clase obrera y del socialismo. Este es el programa que defienden el World Socialist Web Site y el Comité Internacional de la Cuarta Internacional.
(Artículo publicado originalmente en inglés el 21 de marzo de 2026)
