Español
Perspectiva

El ultimátum de 48 horas de Trump: una amenaza criminal de un asesinato en masa

Incendios y columnas de humo en la instalación petrolera de Fuyaira, Emiratos Árabes Unidos, 14 de marzo de 2026 [AP Photo]

El sábado por la noche, el presidente de Estados Unidos, Donald Trump, publicó un ultimátum en sus redes sociales que debe ser reconocido por lo que es: una amenaza de violencia genocida contra una nación de 90 millones de personas, respaldada por la amenaza explícita de aniquilar la infraestructura de la que dependen sus vidas. 'Si Irán no abre completamente, sin amenazas, el estrecho de Ormuz en 48 horas', escribió Trump, 'Estados Unidos atacará y aniquilará sus diversas centrales eléctricas, comenzando por la más grande'.

Se trata de un acto de criminalidad política sin precedentes en la posguerra. La única comparación histórica posible es el ultimátum que la administración Truman emitió a Japón en agosto de 1945 tras el lanzamiento de las bombas atómicas sobre Hiroshima y Nagasaki. Ningún otro gobierno en la historia moderna ha amenazado de forma tan explícita con destruir los sistemas vitales de toda una población civil como condición para la sumisión política.

Irán opera más de 110 centrales eléctricas. Incluso su eliminación parcial desencadenaría una cascada de catástrofes humanitarias que se extenderían durante días, semanas y meses. En 72 horas, los hospitales se quedarían sin electricidad, poniendo en peligro a miles de pacientes con soporte vital, diálisis y respiradores. En cuestión de días, los sistemas de bombeo de agua y tratamiento de aguas residuales colapsarían en todo el país, creando las condiciones propicias para brotes masivos de cólera, fiebre tifoidea y disentería.

Trump no especificó a qué se refería con 'la más grande', pero la central eléctrica más grande de Irán por capacidad es la Central Eléctrica de Ciclo Combinado de Damavand, con una capacidad de generación de 2868 megavatios, ubicada a 35 kilómetros al sureste del centro de Teherán, el principal centro eléctrico de la capital. Aproximadamente diez millones de personas se quedarían sin electricidad simultáneamente.

También está la central nuclear de Bushehr, el único reactor comercial en funcionamiento de Irán, ubicada en la costa del golfo Pérsico. El director general del Organismo Internacional de Energía Atómica (OIEA), Rafael Grossi, ya advirtió que un ataque directo contra Bushehr “podría provocar una liberación muy elevada de radiactividad al medio ambiente”, con consecuencias que se extenderían mucho más allá de Irán. Pero ni siquiera se requiere un ataque directo para desencadenar una catástrofe.

El OIEA ha identificado un segundo mecanismo, igualmente devastador: la destrucción de las dos líneas eléctricas principales que suministran electricidad a la central provocaría la fusión del núcleo del reactor, desencadenando un fallo catastrófico de los sistemas de seguridad críticos de la planta. Incluso sin una fusión nuclear, un ataque a la central de Bushehr podría provocar una fuga de radiación en el golfo Pérsico, contaminando así el agua potable de millones de personas en toda la región.

Irán ha respondido al ultimátum afirmando que, si sus centrales eléctricas son atacadas, el estrecho de Ormuz se cerrará por completo y no se reabrirá hasta que se reconstruya la infraestructura destruida. Toda la infraestructura energética israelí y estadounidense en la región ha sido declarada objetivo legítimo. Los Estados del golfo, cuyas poblaciones dependen de plantas desalinizadoras para el 99 por ciento de su agua potable (plantas que funcionan con electricidad), se enfrentan a una catástrofe humanitaria propia.

El ultimátum responde a una lógica clara. La guerra comenzó como un ataque selectivo: una campaña de asesinatos dirigida a doblegar a Irán mediante la eliminación de su liderazgo. Posteriormente, escaló a un bombardeo implacable de ciudades e infraestructura, la destrucción de las defensas aéreas y ataques contra buques y activos navales en el estrecho de Ormuz. Estas medidas no han logrado sus objetivos. Estados Unidos e Israel se han enfrentado a una resistencia decidida, lo que ha llevado la escalada a formas cada vez más extremas y abiertamente criminales.

Destruir la red eléctrica de Irán no reabrirá el estrecho de Ormuz. Tres semanas de bombardeos han alcanzado más de 8.000 objetivos, destruido o dañado más de 120 buques de guerra y causado la muerte de decenas de altos funcionarios; y el estrecho permanece cerrado. Reabrirlo requerirá tropas terrestres, y estas ya están en camino. El USS Tripoli, con 2.200 infantes de marina de la 31ª Unidad Expedicionaria de Marines a bordo, llegará al mar Arábigo este fin de semana. Un segundo grupo anfibio, el USS Boxer, con 2.500 infantes de marina, zarpó de San Diego. Una tercera Unidad Expedicionaria de Marines también está en ruta. En total, aproximadamente 7.500 infantes de marina se dirigen a la zona de guerra, fuerzas preparadas para operaciones de combate directo en territorio iraní.

En términos más generales, la guerra contra Irán marca una nueva etapa en el esfuerzo que el imperialismo estadounidense lleva realizando desde hace décadas para contrarrestar el declive del capitalismo estadounidense mediante una violencia implacable. El objetivo estratégico es restablecer las condiciones de dominación colonial a través del terror y la conquista. Esto no es simplemente producto de la mente de Trump, del mismo modo que la imprudencia y la criminalidad del régimen nazi no surgieron únicamente de la psicología de Hitler. Surge de la crisis objetiva del capitalismo y de la determinación de una clase dominante de preservar su poder.

En ese contexto, no hay límite que los perpetradores no estén dispuestos a cruzar. La normalización de las amenazas de aniquilar la infraestructura civil —y el intento deliberado de provocar una catástrofe radioactiva en el golfo Pérsico— aumenta la posibilidad de que Estados Unidos e Israel recurran a medidas aún más extremas, incluido el uso de armas nucleares.

Comentando sobre el uso de armas nucleares al final de la Segunda Guerra Mundial, el historiador Gabriel Jackson escribió:

En las circunstancias específicas de agosto de 1945, el uso de la bomba atómica demostró que un jefe de Estado psicológicamente muy normal y elegido democráticamente podía usar el arma del mismo modo que lo habría hecho el dictador nazi. De esta manera, Estados Unidos —para cualquiera que se preocupe por las distinciones morales en la conducta de los distintos tipos de gobierno— desdibujó la diferencia entre fascismo y democracia.

Esta observación adquiere un nuevo significado en relación con la guerra contra Irán. El problema no radica únicamente en la criminalidad de las amenazas que se están profiriendo, sino también en el hecho de que no encuentran una oposición significativa dentro de la estructura política establecida. Esto, en sí mismo, pone de manifiesto el avanzado deterioro de la democracia estadounidense y la convergencia de la violencia imperialista en el extranjero con el autoritarismo en el país.

Ninguna figura política importante en Estados Unidos —ni un senador, ni un gobernador, ni un solo líder del Partido Demócrata— ha condenado la amenaza de destruir la infraestructura energética de una nación de 90 millones de habitantes. Ni la representante Alexandria Ocasio-Cortez ni el senador Bernie Sanders han emitido ninguna declaración al respecto.

En los programas de entrevistas dominicales, la destrucción deliberada de la red eléctrica de un país se trató simplemente como una cuestión táctica. Ningún invitado utilizó las palabras “crimen de guerra”, “derecho internacional”, “Convenio de Ginebra”, “castigo colectivo”, “infraestructura civil” o “ilegal”.

Este silencio refleja hasta qué punto toda la élite política, sin distinción de partidos, ha aceptado el marco de la violencia imperialista estadounidense como el orden natural de las relaciones internacionales. La expresidenta del Comité Nacional Demócrata (DNC), Donna Brazile, declaró: “Los demócratas comprenden que Irán ha representado una amenaza, no solo para la región del golfo, sino para el mundo entero”.

El Congreso no ha declarado una guerra. No se ha aprobado ninguna autorización para el uso de la fuerza militar. El presidente de Estados Unidos, por su cuenta, lleva cuatro semanas en guerra y ahora amenaza, también por su cuenta, con destruir toda la infraestructura energética de una nación soberana. En cualquier sistema democrático, esto justificaría la destitución de Trump. Y no hay ni una sola voz relevante en la élite política que lo plantee.

El consejo editorial del New York Times , en representación del Partido Demócrata, publicó este fin de semana una extensa crítica a la gestión de Trump en la guerra. El editorial argumenta que Trump mintió sobre la capacidad nuclear de Irán y ocultó la crisis en la producción de municiones estadounidenses. Sin embargo, antes de ofrecer cualquier crítica, el consejo editorial del Times se esfuerza por dejar claro que “existe un debate razonable sobre la conveniencia de esta guerra” y que Trump “podría presentar argumentos basados en hechos a favor de confrontar al régimen ahora”.

La objeción del Times no es que la guerra sea un crimen, sino que Trump no ha presentado argumentos suficientemente coherentes a su favor.

Los medios corporativos, el Partido Demócrata y el Partido Republicano representan a la misma oligarquía financiera. Su premisa común es que el imperialismo estadounidense tiene derecho a imponer su voluntad mediante la violencia ilimitada y que la vida de millones de seres humanos es prescindible.

Existe una enorme oposición a esta guerra entre los trabajadores y la juventud de Estados Unidos y del resto del mundo. La cuestión es si esta oposición se transformará en un movimiento consciente con una estrategia y una visión definidas.

El 28 de marzo se celebrarán manifestaciones “Sin reyes” como las dos importantes protestas el año pasado. En el centro de cada protesta debe estar la exigencia del fin de la guerra contra Irán. No a la guerra de exterminio estadounidense-israelí contra Irán. No al ataque generalizado contra Oriente Próximo, incluido el genocidio en Gaza. Cualquier movimiento que considere la guerra como algo secundario, o que evite nombrarla directamente, deja intacto el principal mecanismo mediante el cual la clase dominante se encamina hacia la dictadura y la catástrofe.

Un movimiento contra la guerra no puede construirse apelando al Congreso, al Partido Demócrata ni a la prensa corporativa que ha normalizado el exterminio. Debe construirse llevando la lucha contra la guerra a los lugares de trabajo y las industrias que hacen funcionar a la sociedad: los puertos, los centros logísticos, las refinerías, las redes ferroviarias, las escuelas y los hospitales.

El ultimátum de Trump no es simplemente una amenaza contra Irán. Es una advertencia al mundo entero sobre lo que la clase dominante está dispuesta a hacer para mantener su poder. No hay que responder con llamados a las instituciones cómplices de estos crímenes, sino con la movilización del inmenso poder social de la clase trabajadora. La lucha para acabar con la guerra debe situarse en el centro de las luchas emergentes por salarios, empleo, nivel de vida y derechos democráticos. La lucha contra la guerra es inseparable de la lucha contra la dictadura y el sistema capitalista que las engendra. La alternativa a la barbarie es la movilización socialista, independiente e internacional de la clase trabajadora.

(Artículo publicado originalmente en inglés el 23 de marzo de 2026)

Loading